Una reflexión acerca de la responsabilidad social en su diseño Ricardo Victoria Uribe, Alejandra Uría Rangel y Juan José López Flores Resumen Introducción Caso 1. La desaparición de Rey y… Caso 2. Lego y la representación de… Caso 3. Barbie y la imagen corporal La responsabilidad social en el diseño… Juguetes en México. Una oportunidad… Conclusiones Bibliografía Resumen La presión social, los tiempos y las posibilidades que los compradores tienen de ejercer un cambio verdadero en los productos que deciden adquirir para sus hijos ha dado pie a cambios significativos en la industria juguetera. Campañas virales en las redes sociales como #Toylikeme y discusiones directas con las empresas a través de medios como Twitter, han dejado evidencia de la molestia del público hacia las compañías, con los cual se abrió un espacio para la discusión acerca de los mensajes que transmiten los juguetes. Esto está llevando, no sólo a las empresas jugueteras sino también a los diseñadores de juguetes a actuar como resultado, mediante el diseño de juguetes que reflejen la diversidad sociocultural y física del mundo, en lugar de basarse o crear expectativas irreales o anticuadas. Para establecer una discusión más acertada sobre el tema, es necesario analizar algunos casos de estudio. Para tal efecto se discuten tres de los casos recientes más conocidos de la industria juguetera, con los que se trata de explicar sus causas y resultados en cuanto al actuar de las marcas. El objetivo de este ensayo es reflexionar sobre estos casos de estudio con el fin de crear conciencia entre los diseñadores de juguetes sobre ser socialmente responsables. Palabras clave: responsabilidad social, diseño de juguetes, diversidad sociocultural, discapacidad. Social Responsibility and Diversity Representation in Toy Design. A Reflection The social pressure, coupled with current fashions and the consumers’ capabilities to enforce real change on the products they acquire for their children has started to create meaningful changes within the toy industry. Viral campaigns on social networks such as #Toylikeme, direct engagement with the toy companies through sites like Twitter, have showcased the inconvenience that the consumers have towards the companies, opening the floor for discussions on what messages the toys give to the children. This has lead, not only toy companies, but as well toy designers to contemplate and create toys that portray the sociocultural and physical diversity of the world, instead of just using or creating false and outdated expectations. In order to establish a reflection upon the topic, a few case studies have been revisited. To that aim, three of the most well-known cases of the recent toy industry are discussed, trying to understand their context and the results. The aim of this essay is to reflect on these cases in order to raise awareness of social responsibility amongst toy designers. Keywords: social responsibility, toy design, sociocultural diversity, disability. Introducción Hoy en día los juguetes pasan de ser simples objetos transformados por la imaginación del niño para comunicar y aprender, y se convierten en productos sofisticados que sirven de símbolos potentes en el proceso de generación de identidad. El juego es una actividad esencial en el ser humano pues forma parte de su desarrollo cognitivo, físico y social desde muy temprana edad; estimula la imaginación y presenta escenarios donde los infantes recrean situaciones que les ayudan a lidiar con la vida diaria y convivir con sus pares. Uno de los elementos de diseño que coadyuvan en este proceso de desarrollo son los juguetes, los cuales adquieren especial importancia en el desarrollo del niño, ya que se convierten en factores que motivan y enriquecen la actividad lúdica, con los cuales forman apegos y ven proyectadas sus personalidades y hasta características fisiológicas. El juguete está definido por la Real Academia de la Lengua Española como un “objeto atractivo con el que se entretienen los niños”, es decir que, como objeto, sirve para un fin dentro de una actividad; pero no sólo es herramienta sino también puede ser parte de la actividad. Los juguetes son símbolos que transmiten mensajes explícitos a los niños pero que, a su vez, son herramientas que ellos mismos usan para expresar su imaginación de manera autónoma, así como su crecimiento emocional (Sutton-Smith, 1986). Asimismo, el juguete puede ser definido como el objeto que, derivado de un contexto social y cultural, es un elemento de comunicación visual y representatividad por medio del cual el niño crea cierta identidad y expresa sus ideas mientras interactúa con el medio (Rossie, 2005) y que, a su vez, refleja significados llenos de valores culturales provenientes de dicho contexto y son un reflejo de los mismos (Smith, 2009), influyendo así en el desarrollo de identidad del usuario. Foto: Andrew-Art. Hoy en día los juguetes pasan de ser simples objetos transformados por la imaginación del niño para comunicar y aprender, y se convierten en productos sofisticados que sirven de símbolos potentes en el proceso de generación de identidad. El desarrollo de un juguete es tratado con el mayor detalle, investigando el mercado y la identidad del mismo, a través de grupos de enfoque (Kline y Smith, 2003). Lo anterior nos invitaría a entender mejor la relación del objeto del juego (juguete) y la actividad (juego) (Orihuela, 2013). Juguetes tales como G.I. Joe, las Tortugas Ninja, personajes de películas como Star Wars, superhéroes como Batman, muñecas como Barbie, y juguetes con elementos de ensamblaje o pedagógicos como las figuritas de Lego, son ejemplos de estos objetos que ayudan a los niños a expresar las ideas que tienen en sus mentes y a presentarse ante los otros. El juego es una actividad esencial en el ser humano pues forma parte de su desarrollo cognitivo, físico y social desde muy temprana edad; estimula la imaginación y presenta escenarios donde los infantes recrean situaciones que les ayudan a lidiar con la vida diaria y convivir con sus pares. Es por ello que, en los últimos años, ha habido una serie de campañas por parte de padres, asociaciones y coleccionistas para ejercer presión social y hacer de los juguetes un campo más basto en cuanto a representación de diversos fenotipos, discapacidades e incluso color de piel, y para alejarse lo más posible del paradigma de figura masculina de hombre caucásico sólo para niños y de mujer caucásica de medidas imposibles para niñas. La intención es acercar al juguete a una representación más equitativa y responsable socialmente del mundo que rodea a los infantes. Las empresas jugueteras son forzadas a actuar de manera socialmente responsable y a atender esta situación, pues la competencia de las plataformas digitales y la creciente accesibilidad de medios de “prototipaje” rápido que permiten al consumidor generar sus propios objetos, amenazan con dejarlas fuera del juego. Aunque este tema pudiera parecer a algunos un tanto superficial, los niños suelen usar a la figura de acción como una especie de avatar, ya sea de su persona o bien de algún personaje al que admiran y con ello expresar dicha admiración (Whitbrook, 2015). Es una forma de propiciar roles sociales, lo cual se antoja imposible si existe una carencia de figuras con mayor diversidad de raza, género o discapacidad. Al no incluir dichas opciones en el mercado, se segrega a una buena parte de éste, lo cual no tiene sentido desde el punto de vista económico y mucho menos moral y social (Whitbrook, 2015). A la luz de esto, y dado que el diseño de juguetes es uno de los campos de acción del diseñador, es necesario considerar que se debe actuar con responsabilidad social. Para ello es útil echar un vistazo a dos casos muy recientes de cómo esta presión social ha motivado un cambio en el diseño de juguetes para proveer de una mayor diversidad a los niños. Caso 1. La desaparición de Rey y Black Widow: escasez de figuras de acción femeninas Figura 1: La falta de figuras de Rey en los sets de juguetes en tiendas comerciales, causa molestia en las redes sociales como Twitter (Jaime Ford, Twitter. 2015). Una de las estrategias de mercadeo y transmedia que las películas originales de Star Wars desarrollaron a finales de la década de 1970 y principios de la de 1980, fue lanzar al mercado figuras de acción basadas en los personajes de las cintas. Tal fue el éxito que George Lucas creó su compañía, Lucasfilm, que posteriormente vendería a Disney por la destacada cantidad de cuatro mil millones de dólares. Desde entonces, películas entre las que están las precuelas y secuelas de la misma Star Wars, las de superhéroes de Marvel como Avengers, y las hechas por Pixar son ejemplo de este mismo modelo de negocios. Sin embargo, algo que siempre ha aquejado a este tipo de iniciativas mercadológicas ha sido el viejo paradigma de los ejecutivos de las jugueteras de que “las niñas no juegan con figuras de acción y los niños no quieren personajes femeninos en sus colecciones”; lo cual derivó en una notoria escases de personajes femeninos de películas que no fueran animadas, sin importar si los personajes en los que están basados son los protagonistas de la cinta (como es el caso de Rey en Star Wars: The Force Awakens) o son parte integral del equipo y acción desarrollada en la trama (como es el caso de Black Widow en Avengers). Esta forma de pensamiento no se extiende sólo a figuras de acción, sino a casi cualquier tipo de estrategia mercadológica de estas cintas, ya sean juegos de mesas, accesorios escolares o ropa. Al dejar de lado los personajes femeninos en estos productos de diseño, se priva a las niñas de la habilidad de desempeñar papeles personificando a sus heroínas. Lo que es peor, esto refuerza el paradigma de que las mujeres nunca podrán ser las heroínas de la historia, sino sólo objetos que deben ser rescatados de las manos del villano, quitándoles toda agencia y voluntad (Change.org, 2015). Figura 2: La figura de Rey si fue producida, pero en menores cantidades al resto y por tanto es más difícil de conseguir por el consumidor casual como los padres de familia (Fotografía cortesía de Luis Jaime Álvarez Moreno, 2016). La revista electrónica The Mary Sue (2015), a través de una entrevista con un empleado de Hasbro, la empresa juguetera que atiende estas licencias de productos, comenta que dicha empresa sólo impulsa los personajes masculinos de las películas antes mencionadas, pues considera que ya tiene el mercado femenino capturado con sus líneas basadas en las princesas de las cintas animadas de Disney. Esto se ve reflejado en sus presupuestos y volumen de órdenes, pues no desea poner a competir sus líneas entre sí por un mercado cada vez más reducido. Esto refuerza la creencia de que los niños no jugarán con figuras femeninas, lo cual provoca una profecía auto cumplida, pues ante la carencia de dichas figuras en proporción con el resto de los personajes, las pocas que se llegan a vender son luego revendidas a precios exorbitantes a coleccionistas, dejando a las niñas fuera de estos productos (Framke, 2016). Incluso el director de la película de Star Wars, J. J. Abrams, así como actores de Avengers como Mark Ruffalo, se han pronunciado a favor de que debiera haber más juguetes basados en las protagonistas femeninas de dichas cintas (Abrams, 2016). Esto ha provocado campañas virales, como peticiones en Change.org, para presionar a la compañía para que produzca dichas figuras. Es una batalla ganada a medias, pues si bien se han lanzado al mercado cantidades considerables y opciones diversas de la figura de Rey, pues es la protagonista de una cinta tan icónica de la cultura popular, el caso de Black Widow sigue siendo ignorado. Caso 2. Lego y la representación de la discapacidad Lego, la empresa sueca que produce juguetes armables a partir de bloques de plástico, ha tomado un papel preponderante en el mercado juguetero gracias a la popularidad y versatilidad de sus juguetes hasta cierto punto simples, las licencias que posee (Star Wars, DC Comics, Volver al Futuro, Marvel Comics, Tortugas Ninja, Harry Potter y Los Simpsons, por mencionar algunas), una película, parques de diversiones y otras actividades transmedia como videojuegos y accesorios. En años anteriores la empresa había cedido a la presión del público debido a sus tratos con Shell, empresa dedicada la explotación petrolera que planeaba perforar en el Ártico, y como reivindicación por negarse a enviar material para la escultura de un artista plástico y activista político chino. En ambas ocasiones, la empresa termino por ceder al final. Pero eso no fue todo, por tercera vez, Lego tuvo que cambiar su postura para agradar a sus consumidores, después de que la campaña viral “Toy like me”, lanzada en redes sociales en 2016, iniciara un esfuerzo para hacer que las empresas jugueteras incluyeran figuras que representaran diversas discapacidades en sus líneas de productos, esto con el fin de crear juguetes que fueran más representativos y empáticos con los niños que juegan con ellos. Mientras que la competencia directa de Lego, la empresa alemana Playmobil, ya accedido a esta petición, Lego se negaba a cambiar sus lineamientos de diseño para sus figuras (Dvorsky, 2016). Finalmente, a inicios de 2017 y sin mucha fanfarria inicial, Lego lanzo su primera minifigura (persona humanoide, usualmente basado en algún personaje de las licencias que maneja) en silla de ruedas, la cual se dio a conocer en la feria juguetera de Nuremberg, Alemania (Dvorsky, 2016). Figura 3: Mini figura en silla de ruedas (Friedrichs, 2016). Este lanzamiento provocó un gran impacto. La creación de esta figura, un joven hecho estilo lego con gorra y en silla de ruedas, ocasionó a Lego una ola de felicitaciones por parte de padres de familia, coleccionistas y grupos defensores de las personas con discapacidad (Atkinson, 2016). Rebecca Atkinson (2016), integrante fundador del movimiento “Toy like me” considera que el mensaje es más grande que la figura en sí, es un cambio para reconocer que en el mundo existen 150 millones de niños que padecen alguna discapacidad y que empiezan a ser presentados de manera positiva en los juguetes que consumen. La respuesta afirmativa a esta figura muestra que existe un nicho de mercado que los diseñadores de juguetes no han atendido adecuadamente. En gran medida, la respuesta recibida se puede considerar que ha sido gracias a las buenas relaciones públicas que Lego tiene con sus consumidores, ya que ha hecho caso y ha atendido sus preocupaciones. Los medios como la televisión, los videojuegos y, por supuesto, los juguetes, casi nunca presentan niños con algún tipo de discapacidad, haciendo de sus vidas y sus esfuerzos por integrarse a un mundo que no está diseñado para ellos un esfuerzo invisible. Cuando llegan a ser representados, usualmente es el contexto médico, como villano o como objeto de caridad. Esto genera un impacto negativo en su autoestima (Atkinson, 2016). Por tanto, si los diseñadores de juguetes desean actuar con la responsabilidad social que su profesión exige, es menester que se desarrollen más juguetes que ofrezcan representaciones positivas para que no se les segregue del mundo y la pequeña figura de Lego en silla de ruedas no se quede sola. Caso 3. Barbie y la imagen corporal En la década de 1940, los psicólogos afroamericanos Kenneth y Mamie Clark llevaron a cabo una serie de experimentos, replicados cada cierto tiempo en las pasadas décadas, en los que a los niños se les presentaba una muñeca de piel blanca y una de piel oscura, para posteriormente responder una serie de preguntas sobre cuál de las dos consideran “buena” y cual “mala” sobre todo en términos de belleza. Invariablemente, casi todos los niños, sin importar su origen étnico, escogían a la muñeca blanca. Ésta es una tendencia que se repite hoy en día (Massie, 2016). Este experimento demostró, en gran parte debido a cómo los medios y los juguetes disponibles influyen en el desarrollo de la personalidad de los infantes, que algo tan simple como la tez blanca tiene preponderancia en la mente sobre cómo se percibe la belleza. Las muñecas Barbie son ejemplos de los juguetes que han reforzado tan lamentable tendencia, haciendo que las niñas se sientan rechazadas por la imagen corporal que estas muñecas poseen (Massie, 2016). Un estudio llevado a cabo en la Universidad de Bath, Reino Unido, en 2005, encontró que las niñas en rangos entre 7 y 11 años han empezado a rechazar los estereotipos impuestos por la sociedad a través del constante maltrato, decapitación y daño a muñecas Barbie. Entre las razones dadas por las niñas para explicar su conducta, mencionan que odian a Barbie por ser “infantil”, “no están a la moda”, “son plástica o falsa”, “no tiene personalidad propia” y por “ser un ícono femenino” (Bath University, 2005). Actualmente la competencia directa de Barbie es la línea de muñecas Monster High, cada una con un diseño y personalidad “únicas” basadas en mitos y caricaturas tradicionalmente de historias de horror, pero retocadas para ser más amigables con las niñas. Finalmente, la línea Barbie ha recibido un serio rechazo por madres jóvenes que ven en la muñeca un objeto de diseño nocivo para el desarrollo de sus hijas por los estándares de belleza distorsionados que la muñeca promueve. Figura 4: La nueva línea de Barbie, con mayor diversidad (Barbie, 2016). En respuesta a esto, Mattel, la empresa que diseña y manufactura Barbie, decidió crear 33 nuevos diseños de muñecas, que serán lanzadas al mercado paulatinamente y que incluyen diversos fenotipos, complexiones físicas, estaturas, pesos y siete tonos de piel diferentes, con la idea mercadológica de promover una imagen corporal más realista y saludable, así como proveer de una mayor diversidad de imágenes corporales positivas que reflejen mejor el mercado en el que desean reinsertarse (Ellis-Petersen, 2016). Sitios como Buzzfeed realizaron pruebas con las muñecas, presentándolas a niñas de diversos contextos, las cuales se identificaron positivamente con los nuevos diseños, pues notaron que ahora se les parecen más en términos de estaturas, complexión y tonos de piel. Este movimiento por parte de Mattel ha sido recibido con cierto grado de desconfianza por parte de asociaciones de padres, no por lo que representa si no porque parece una estrategia de la empresa para levantar las alicaídas ventas de la línea Barbie y no por una sincera preocupación por sus usuarios finales (Valenti, 2016). Resulta clara la explicación a este rechazo, ya que Mattel ha sido más conservadora y, aunque el público presione, se espera menos de ella. La línea Barbie no se ha caracterizado por mostrar una sensibilidad social por iniciativa propia, si no por promover estándares de belleza poco saludables. Es un caso en donde la reticencia del mercado parecería resumirse a “muy poco, muy tarde”. Este cambio en la línea Barbie en un ejemplo de greenwashing, esto es, una práctica sólo para apaciguar a sus detractores, pero sin una intención de cambio real y, por lo tanto, no como un signo de responsabilidad social por parte de la empresa. La responsabilidad social en el diseño de juguetes Howard Bowen (1953) definía a la responsabilidad social como la persecución de políticas o la toma de decisiones deseables en términos de objetivos que sean benéficos y estén alineados a los valores de nuestra sociedad. Es posible argumentar que ser responsable socialmente implica la toma de decisiones conscientes por parte de todos los involucrados en una actividad determinada, en este caso el diseño de juguetes y en particular el de las figuras de acción, para que siga por una línea clara, la cual corresponda a los valores morales o éticos que beneficien a la sociedad en general y a todos sus integrantes en particular, lo cual quiere decir que se trata de todas las personas que integran las sociedades. El juguete dentro del contexto social requiere que los partícipes en su diseño desarrollen mayor consciencia, puesto que es una reproducción simplificada, sintetizada y esquematizada, de alguna manera, de los objetos de la vida y de la actividad de la sociedad adaptada a las peculiaridades de los infantes de una y otra edad así como del contexto que les rodea. Katie Ellis (2015) dice que “los juguetes son reflejo de los valores de las sociedades que los producen” y como tales, estos tienen un papel preponderante en el desarrollo cognitivo de los niños que los utilizan. El diseño, como quehacer, es gestor de valores materiales y sociales. El diseño de juguetes, siguiendo esta línea de pensamiento, muestra la falta de un análisis a partir de un referente de época y conducta social, en virtud de ser un área del diseño muy versátil y fácilmente influenciado por la moda (Orihuela, 2013). El juguete dentro del contexto social requiere que los partícipes en su diseño desarrollen mayor consciencia, puesto que es una reproducción simplificada, sintetizada y esquematizada, de alguna manera, de los objetos de la vida y de la actividad de la sociedad adaptada a las peculiaridades de los infantes de una y otra edad así como del contexto que les rodea. El hecho de que por tantas décadas las empresas jugueteras hayan ignorado dichos contextos, debido a paradigmas desactualizados en cuanto a la preferencia de su mercado por una mayor diversidad, se convierte en algo inverosímil desde el punto de vista de mercado y del ámbito social. Una mejor comprensión de la función que el juguete tiene en el desarrollo del niño apoyaría al entendimiento de otros objetos y de características conductuales y por tanto permitiría que éste fuera diseñado bajo un esquema de responsabilidad social. A pesar de que las técnicas de producción y los personajes han evolucionado con las tendencias de los niños y el contexto social en el que se desenvuelven (Orihuela, 2013), se observa que sin importar la tendencia en las preferencias de personaje, los diseñadores y las empresas responsables de su producción trabajan bajo estos esquemas paradigmáticos donde se cree y se espera que los niños deben ser hombres masculinos y fuertes, condicionados a jugar con juguetes que están asociados con los trabajos que están dominados por los hombres (por ejemplo, trabajadores de la construcción, policías); mientras que a las niñas se les enseña a ser amable, recatada y tener un gusto por las tareas domésticas. De este modo, los juguetes de las niñas suelen ser utensilios de cocina, muñecos bebés que pueden ser alimentados y responder a su arrullo, animales peludos que se imaginan que viven y por lo tanto deben ser atendidos y así sucesivamente. Sin embargo, como lo demuestra el caso de Star Wars y las figuras de Rey, estos esquemas han sido dejados atrás, y las niñas ya tienen ahora papeles decididamente de acción y protagónicos que no se sujetan a paradigmas sociales ya obsoletos. Es interesante notar como la presión ejercida por el mismo mercado del cuál las empresas creen tener la medida, ha sido la que ha orillado a estos cambios y, al mismo tiempo, la imagen que tienen dichas empresas respecto a sus clientes. Mientras que la propuesta de Lego ha sido recibida con emoción por parte de consumidores que perciben a la empresa como flexible y, si bien algo renuente, dispuesta a escuchar sus opiniones para mejorar sus productos; la propuesta de Mattel con Barbie ha sido recibida con escepticismo y desconfianza. El caso de Hasbro, y su continuo cortejo con la polémica, es percibido en las expresiones generadas por consumidores en las redes sociales, y diversas campañas, con enojo por la falta de figuras de acción femeninas, pero esto no sorprende, pues es notoria la falta de capacidad de cambio que tiene la empresa para con el cambiante contexto social de sus consumidores. Juguetes en México. Una oportunidad de innovación responsable México tiene una larga tradición en la fabricación de juguetes, con un peso específico en la industria nacional e internacional. De acuerdo con la Asociación Mexicana de la Industria del Juguete (AMIJU), en promedio se generan ventas por 2 mil millones de dólares al año; en 2014 fue de 2 mil 400 millones y para 2015 ascendió a 2 mil 500 millones, terminando el 2016 con cifras similares (Nieto, 2016). Si bien un gran porcentaje de juguetes es de marcas transnacionales o de importación (la mayor competencia es China), México es hogar de empresas internacionales, como Habro, Mattel y Lego, y nacionales como Juguetes Mi Alegría. En general se puede hablar de que los juguetes en México se dividen en los siguientes tipos: artesanales o tradicionales, peluches, importados, maquilados y locales y bootleg. Estos últimos son las figuras llamadas “piratas”, réplicas de personajes y juguetes que se venden en los mercados populares, creados en ocasiones de los mismos moldes que las figuras originales o copias de los mismos. Figura 5 y 6: Izquierda: juguetes tradicionales mexicanos fabricados en San Antonio La Isla. Derecha: Figura bootleg de Linterna Verde adquirida en mercado local (fotografías propias). Si bien en México casi no se diseñan juguetes modernos, siendo la maquila y la artesanía la fuente principal de producción juguetera, la infraestructura existente y la necesidad de renovación frente a los retos presentados por artículos electrónicos —tabletas y consolas de videojuegos— ofrecen un potencial nicho de mercado para juguetes modernos y socialmente responsables. Juguetes que representen una mayor diversidad social, cultural, de género y de capacidades físicas (como la mini figura de Lego en silla de ruedas) se antojan como opciones para que diseñadores mexicanos de juguetes se abran camino con una propuesta diferente y socialmente responsable. Este tipo de iniciativas no es algo nuevo a nivel internacional. En casos similares como los de Angelica y Jason Sweeting, de Naturally Perfect dolls (véase figura 7), el uso de fuentes de financiamiento como Kickstarter les permitió crear una línea de muñecas con diferentes tonos de piel, colores y texturas de cabello, así como intereses y otras características de personalidad; esta línea ha tenido un éxito considerable desde su lanzamiento (Hirschlag, 2017). Por lo tanto, y siguiendo estas iniciativas, es factible tener una industria de diseño de juguete mexicano cuyo diferenciador en el mercado permita representar la gran diversidad que existen tanto en el mundo como dentro del país. Figura 7. Ejemplo de muñeca por Naturally Perfect Dolls (2016). Conclusiones El juego ha de cumplir sus funciones más importantes, es decir, ser el terreno para el despliegue de las facultades propias de la edad y un medio efectivo de socialización, entonces deberán darse las siguientes condiciones previas: por un lado, el sujeto ha de entrar plenamente en el juego y responder en todas sus exigencias; por otro, el juego debería quedar abierto para problemas adecuados al desarrollo que pueden ser resueltos (hablar y darse a entender, conservación y conciencia de la vida, postura social, observación y comprensión de la naturaleza y la técnica). Esto sólo se puede lograr si los juguetes, como elemento esencial del desarrollo del juego son diseñados con el nuevo contexto sociocultural en mente; con las solicitudes de una representación más justa de los diversos fenotipos de las personas, la gran variedad de complexiones, mayor consideración de los roles cambiantes de los géneros y de la necesidad de ser incluyentes con las personas que sufren una discapacidad. Si algo se puede aprender de estos tres casos, es que la presión del consumidor hacia las empresas sí logra propiciar un cambio en el diseño de sus productos. Incluso, para los diseñadores de juguetes se aprecian nuevas necesidades en su formación, en términos de representatividad, equidad y responsabilidad social. En los casos anteriormente discutidos, así como de otros ejemplos (cómo el de Naturally Perfect dolls), se pueden observar cuatro tipos de respuestas ante las presiones por parte de los consumidores: 1. De total negación y conservadora, donde no importa la presión, la empresa no modifica sus estrategias y planes, como es el caso de Hasbro. 2. Una intermedia donde la empresa trata de acoplarse a la presión social por medio de grupos de enfoque y que, a veces, es percibida como poco suficiente; que es el caso de Mattel con Barbie. 3. Una de mayor interacción y comunicación con el consumidor, de mayor flexibilidad y apertura para generar soluciones que satisfagan a todos, como es el caso de Lego. 4. Una más extrema, donde el consumidor toma el control y genera sus propios productos que satisfagan sus necesidades y la de un mercado más consciente, aprovechando una necesidad y un nicho de mercado nuevo, como es el caso de Naturally Perfect dolls. Por lo tanto, es menester que los diseñadores de juguetes, los ya establecidos o aquellos que deseen incursionar en el campo, tomen nota de lo que el mercado actual desea en términos de representación y actúen de manera responsable socialmente, justa y equitativamente para proveer de juguetes que reflejen dicha necesidad por una mayor diversidad social. Existe un nicho de mercado por aprovechar que puede combinar el buen diseño con juguetes que atiendan necesidades de manera responsable. Bibliografía Abrams, N. (2016). J. J. Abrams addresses ‘preposterous lack of Rey toys for Star Wars: The Force Awakens. [en línea] Entertainment Weekly. Recuperado de . Atkinson, R. (2016). Lego’s plastic wheelchair guy is a seismic shift in a toy box [en línea]. The Guardian. Recuperado de . Bowen, H. (1953). Social Responsibilities of the Businessman. Harper. New York. Ellis, K. (2015). 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Manuel Lino Resumen Introducción De importancia social, personal y hasta… Amateur, pero también barata y de… Promover a las instituciones, el mandato ¿A quién le importa la ciencia hecha en… A manera de conclusión Bibliografía Resumen El 30.2% de los mexicanos asegura tener información “nula” con respecto a los avances de la ciencia… Desde hace mucho tiempo, en México y en el mundo en general, se ha asumido que la difusión del conocimiento científico es responsabilidad de aquellos que lo generan y que estar al tanto de los avances que se producen en este campo a nivel nacional es prácticamente una obligación del público. El resultado de esta visión ha sido que existan grandes sectores de la población mundial que, en términos generales, carecen por completo de cultura científica. Sin embargo, esta ineficaz forma de difundir el conocimiento está empezando a cambiar… Palabras clave: comunicación de la ciencia, conocimiento científico, público, lectores, México. Communication of science in Mexico, the contempt of public and private 30.2% of Mexicans claim to have “zero” information regarding the progress of science… For a long time, in Mexico and in the world in general, it has been assumed that the dissemination of scientific knowledge is the responsibility of those who generate it, and being aware of the advances that occur in this field is practically an obligation of the public. The result of this vision has been that there are large sectors of the world’s population that, in general terms, are completely lacking in scientific culture. However, this ineffective way of spreading knowledge is starting to change… Keywords: communication science, scientific knowledge, public, readers, Mexico. Introducción La comunicación de la ciencia en México es y ha sido escasa y poco exitosa porque no considera y en ocasiones hasta menosprecia a sus públicos. Manuel Lino Contaba el teórico Richard Feynman, considerado uno de los diez físicos más importantes de la historia, que su padre lo sentaba en su regazo y le leía artículos de la Enciclopedia Británica… Estábamos leyendo –recuerda Feynman– sobre, digamos, dinosaurios. Acerca del Tyrannosaurus rex y (la enciclopedia) decía algo como ‘Este dinosaurio medía 7 metros y medio de altura, y su cabeza, dos metros de un extremo a otro’. Mi papá dejaba de leer y decía, ‘Ahora, veamos qué significa esto. Esto significa que si (el tiranosaurio) se parara en nuestro jardín, sería lo suficientemente alto como para asomarse por esta ventana de aquí’. Estábamos en el segundo piso. Y lo estaríamos viendo directamente a los ojos… Foto: heimseiten_WebdesignKoeln. Esta última frase no la dijeron ni Feynman ni su papá, sino Brian Malow, un stand up comedian estadounidense, conocido como Science Comedian, cuando me contaba sobre los cursos que imparte a científicos para que aprendan a dar charlas sobre divulgación. En el final que cuenta Feynman (en What Do You Care what other People Think?, o Qué te importa lo que piensen los demás en español) su papá explicaba que, dado el tamaño de la cabeza del tiranosaurio, éste no podría meterla por la ventana, con lo cual el pequeño podría irse a dormir tranquilo. Pero prefiero el final de Malow porque le da un toque artístico y dramático a esta historia sencilla que, en unos cuantos párrafos, condensa los principales elementos que debiera tener la comunicación de la ciencia para ser exitosa. El padre, Arthur Melville, explica el caso en términos que su público, el pequeño Richard, no sólo entienda, sino que pueda dimensionar y relacionar con su propio ambiente y experiencia. En su remate, Malow realza la parte narrativa, tanto en su aspecto formal –al hacernos notar que entre estos personajes hay un conflicto pues el tiranosaurio está mirando, quizá con hambre, a la familia Feynman–, como artístico al añadirle emoción e involucrarnos con la narración. Pero el elemento que más quiero destacar de esta historia y sus dos finales es que la buena comunicación del conocimiento se hace en función del público; no de quien lo creó ni de quien lo comunica. Así, con este sencillo ejemplo –que además sirve como introducción para este artículo– pretendo mostrar que la comunicación de la ciencia (considerada de manera amplia, desde la divulgación al periodismo) en México es todavía amateur y, por tanto, pobre en producción, calidad y recursos; y que esto se debe a que se ha ignorado y, en ocasiones, hasta menospreciado al público; además que nuestro sistema de ciencia, tecnología e innovación tiene fallas estructurales y conceptuales que han impedido, y quizá seguirán impidiendo, el adecuado desarrollo de esta actividad de enorme importancia para la que hay, aunque no lo crean, un público expectante. De importancia social, personal y hasta íntima Conocí a Malow en el “67 Lindau Nobel Laureate Meeting”, que este año 2017 reunió durante la última semana de junio, a 28 premios Nobel con alrededor de 400 jóvenes investigadores provenientes de más de 70 países que fueron seleccionados para asistir mediante concursos hechos por sus respectivas academias de ciencias. Estábamos además cerca de 90 reporteros y comunicadores de ciencia de 20 países. […] gracias a un diálogo entre científicos, políticos y sociedad exista una ciudadanía informada que contribuya a la generación de políticas públicas y a decidir el rumbo por el que habrá de transitar en temas relevantes. Esta edición del encuentro fue dedicada a la Química, disciplina en la que la mayoría de los laureados asistentes ganaron sus respectivos Nobeles y en la que se especializaban los jóvenes investigadores. Sin embargo, el énfasis de la reunión se desplazó notablemente al revuelo que ha causado Donald Trump al negar, desde la oficina más poderosa del mundo, no sólo a la ciencia sino a la racionalidad misma. La Casa Blanca se ha convertido en el principal baluarte de la “post-verdad” –término que ha sustituido a los clásicos “mentira”, “manipulación” y “demagogia”– y de las “dudas” respecto la evidencia científica del cambio climático, incluso la Presidencia de Estados Unidos de América (EUA) propuso cancelar el presupuesto federal destinado al combate de este problema; lo cual resulta alarmante si tomamos en cuenta que es el segundo país que más emite gases de efecto invernadero. El tema se hizo presente desde la conferencia inaugural que estuvo a cargo de Steven Chu, Premio Nobel de Física de 1997 y Secretario de Energía de EUA de 2009 a principios de 2013 (Chu no pudo asistir a Lindau, su discurso fue leído por William Moerner, Nobel de Química de 2014). Al principio advirtió acerca de las amenazas que nos acechan: “Hay un peligro real de que la elevación del nivel del mar o el colapso de la agricultura debido al calor y las sequías ocasionen migraciones masivas debidas al clima”; y, en ese sentido, calificó a los 4.5 millones de refugiados sirios, además de los millones de africanos que han salido de sus países natales, como apenas una “advertencia de lo que podría ocurrir en las próximas décadas”. Imagen: yatheesh_. Luego se refirió a la multitud de avances científicos y tecnológicos que es necesario hacer para contribuir a que las energías limpias sean accesibles para cualquier uso a costos bajos, e invitó a los jóvenes químicos a desarrollar dichos avances. “Pero –dijo– también necesitamos políticas públicas estables a largo plazo que permitan financiar proyectos visionarios de investigación y desarrollo” y, agregaría, guiar las inversiones del sector privado hacia innovaciones a gran escala. Al día siguiente, en un desayuno auspiciado por la representación de México, nuestro Nobel, Mario Molina, en referencia al tema comentó que: “es muy desafortunado, pero como científicos necesitamos unirnos y asegurarnos de que podemos comunicarle al público la enorme importancia que tiene la ciencia”. Y se preguntó: “¿Cómo nosotros, como comunidad científica, comunicamos este muy importante aspecto de la ciencia? Lo hacemos a la sociedad en general con la esperanza de que tengamos algún impacto en los tomadores de decisiones de ciertos gobiernos…”. En otras palabras, tanto Chu como Molina, están aspirando al que se considera el resultado ideal de la comunicación de la ciencia, en especial del periodismo: que gracias a un diálogo entre científicos, políticos y sociedad exista una ciudadanía informada que contribuya a la generación de políticas públicas y a decidir el rumbo por el que habrá de transitar en temas relevantes. El discurso de Chu además contenía el deseo de despertar vocaciones científicas (en este caso ya muy especializadas), otro de los beneficios que se espera de una comunicación de la ciencia eficaz. Sin embargo, las respectivas audiencias de Chu y Molina eran reducidas (de alrededor de 500 personas en el primer caso y de unas 100 en el segundo). Resulta evidente que se requiere de alguna forma de comunicación para amplificar su mensaje y para comunicarse con la sociedad. Pero, la comunicación de la ciencia… o mejor deberíamos decir la comunicación del conocimiento (para incluir a disciplinas como la Historia o la Economía) es importante también a nivel individual y hasta íntimo. Como ejemplo quiero mencionar a Elizabeth Merab, reportera del Nation Media Group de Kenia, quien me explicó su razón personal para dedicarse al periodismo de ciencia. Merab padece anemia falciforme, un mal hereditario que no sería tan grave de no ser porque vive en uno de los países donde la malaria es endémica. Aquellos que son sólo portadores del gen de la anemia, pero no la padecen, tienen resistencia a la malaria; pero quienes sí la desarrollan corren grave riesgo de ser infectados por el Plasmodium falsiparum, lo cual es casi una sentencia de muerte. He pasado alrededor de 75% de mi vida entrando y saliendo de hospitales y medicada […] Esto me hizo darme cuenta de que hay mucha gente que no sabe mucho sobre lo que consume en términos de medicamentos, ni de lo que consume de servicios y cuidados médicos. [Además en Kenia] tenemos un cambio en la demografía […] pasamos de enfermedades infecciosas a no infecciosas, como el cáncer, la diabetes y la propia anemia […]. Estos males están al alza, y la población no tiene la información necesaria […] Información simple, como qué comer y qué no, dónde obtener tratamiento, el mal que tienes ¿lo cubre tu seguro? Así que sentí la necesidad de ser parte de esta conversación (Merab, 2017). Se pueden mencionar muchas otras razones por las que comunicar ciencia es importante, pero quiero compartirles ésta que me dio Malow: “Si entiendes que toda la vida está relacionada, que nosotros estamos relacionados con esta planta y que toda la vida está hecha de las mismas cosas que el resto del universo, si entiendes ese tipo de unidad, las estúpidas cosas por las que nos peleamos, los prejuicios, que si eres gay y yo no, que si eres negro y yo blanco, yo soy judío y tú eres musulmán, entiendes que esas divisiones son tan ficticias […]. Quiero pensar que, si a más gente le importara la ciencia y sólo entender mejor el mundo, entonces esas diferencias se derrumbarían” (Malow, 2017). Amateur, pero también barata y de baja calidad A pesar de su enorme importancia (potencial), la comunicación de la ciencia en México y en América Latina es amateur y pobre. Hace pocas semanas, se presentó el Diagnóstico de la divulgación de la ciencia en América Latina (Patiño et al., 2017), hecho por la Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología en América Latina y el Caribe (RedPOP), un análisis que, entre otras cosas, confirma de manera científica lo que ya sabíamos: la poca profesionalización que existe en el medio. En América Latina, apenas 10.1% de quienes hacen divulgación en las instituciones son profesionales (figura 1). Lo peor es que, cuando encomiendan (la palabra ‘contratan’ no parece aplicarse en estos casos) actividades a personas externas, menos de 1% son profesionales en la materia con un despacho u oficina (figura 2). Elaboración propia con datos del Diagnóstico de la divulgación de la ciencia en América Latina. Elaboración propia con datos del Diagnóstico de la divulgación de la ciencia en América Latina. El Diagnóstico revela que: “es notable que 60.2% de las instituciones de la muestra del presente estudio cuente sólo con personal que realiza sus actividades de divulgación de la ciencia de manera gratuita, y que 91.9% lo haga con al menos una parte de personal voluntario” (Patiño et al., 2017, p. 97). Además, encuentra que de quienes se dedican a estas actividades, “sólo 35.6% lo hace de tiempo completo”. Esas y otras cifras pueden “ser indicativas de un bajo nivel de profesionalización en el recurso humano para la divulgación en la región” (Patiño et al., 2017, p. 123). Lo que a los autores del Diagnóstico (Ma. de Lourdes Patiño Barba, Jorge Padilla González y Luisa Massarani) les parece simplemente “notable” a mí me parece francamente alarmante y hasta escandaloso. La misión de las universidades (es lo que son la mayoría de las instituciones a las que se refieren el estudio) se ha separado tradicionalmente en tres grandes ramas: investigación, docencia y extensión; y que las universidades dejen una parte medular de sus labores a los amateurs es una omisión gravísima. La palabra “profesional” se refiere sobre todo a que un trabajo se haga a cambio de una remuneración, en contraste con el “amateur” que lo hace de forma gratuita; sin embargo, no es en balde que el término profesional también haga referencia a lo bien hecho y a quien “ejerce su profesión con capacidad y aplicación relevantes”, según la Real Academia Española. En ese sentido, una baja profesionalización implica también una baja (o simplemente menor) calidad en el trabajo. Para colmo, como aseguran los investigadores Tomás Ejea y Bianca Garduño sobre la extensión cultural, “una exploración bibliográfica sistemática sobre el tema pone en evidencia la falta de consenso en la formulación de la conceptualización de sus tareas y sus objetivos”, por lo que las acciones en la materia no se desarrollan de acuerdo a programas estructurados ni se tienen objetivos definidos y “carecen de presencia específica en la normativa universitaria, por lo que se subordinan a las autoridades. Por esta razón, el énfasis varía dependiendo de la importancia que le dé el funcionario en turno” (Ejea y Garduño, 2014, p. 14). Promover a las instituciones, el mandato Entre las conclusiones del Diagnóstico también podemos leer que “los tópicos sólo mínimamente se definen a partir de la detección de las necesidades e intereses de los públicos a los cuales se dirigen las acciones” (Patiño et al., 2017, p. 125). En el caso de México, no atender con la comunicación de la ciencia los intereses del público sino los de las instituciones es, en cierto sentido, un mandato de ley. Como señala el investigador y periodista Carlos Enrique Orozco, desde la fundación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), a finales de 1970, se mencionó entre sus funciones la de “fomentar la difusión sistemática de los trabajos realizados tanto por los investigadores nacionales como por los extranjeros que residen en el país, mediante la utilización de los medios más adecuados a ello” (Diario Oficial de la Federación, 1970, 29 de diciembre). En esa redacción no quedaba claro si la difusión debía orientarse a la sociedad o a la comunidad científica. Pero diez años después, aunque no se le dio lugar en el Programa Nacional de Ciencia y Tecnología (1978-1982) quedó claro que el énfasis estaba en la sociedad. Como muestra, Orozco cita el aumento de tiraje de la revista Ciencia y desarrollo de 6 000 ejemplares bimestrales en 1978 a 65 000 en 1980, además de la gran cantidad de libros de divulgación y ciencia ficción que el CONACYT publicó. Ciencias Naturales IV. Imagen: Lewis Minor. Ya para el Programa Nacional de Desarrollo Tecnológico y Científico (1984-1988) se empezó a usar el término comunicación social. Aun así, hasta el Programa Especial de Ciencia, Tecnología e Innovación, publicado en 2008, la postura de CONACYT, aunque con un lenguaje distinto, siguió siendo la misma: se trataba de “promover la cultura científica, tecnológica y de innovación a través de los medios de comunicación electrónicos e impresos, difundiendo los resultados de las investigaciones exitosas y el impacto social en la solución de problemas nacionales”. Lo anterior significa, como diría Arthur Feynman, que la finalidad de las publicaciones no era la de satisfacer los intereses del público ni contribuir a la generación de una cultura científica, sino dar a conocer las acciones que llevaban a cabo las instituciones. Sin embargo, en el Programa Especial de Ciencia, Tecnología e Innovación 2014-2018 (PECITI) la postura cambia. En primer lugar, se delinea la utilidad que, como nación, se puede encontrar en la comunicación de la ciencia. “Aquellos países que han logrado robustecer la apropiación social del conocimiento se caracterizan por ser más innovadores y en consecuencia aceleran su crecimiento económico” (PECITI, 2014, p. 16). En segundo lugar, puntualiza que “para este fin es necesario fortalecer dos mecanismos que incrementen la cultura científica de los mexicanos y conduzcan a una mayor apropiación social de la ciencia y del conocimiento: la divulgación y comunicación, y el acceso al conocimiento” (PECITI, 2014, p. 16). Es decir, el foco se desplaza de “dar a conocer los resultados de los investigadores” hacia el público. Éste es un cambio saludable. Pero en el mismo documento aparece otra vez lo que considero el otro gran error que se ha cometido desde el principio: “Dentro del SNCTI (Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación), el CONACYT es el principal encargado de las estrategias de divulgación. En ese sentido, ha realizado una amplia y continua labor para fortalecer la comunicación y divulgación de ciencia, tecnología e innovación (CTI), tales como: la creación de revistas (Ciencia y Desarrollo, Información Científica y Técnica ICyT, Comunidad CONACYT o TecnoIndustria), y la creación de la Semana Nacional de la Ciencia y la Tecnología”. También se creó la Agencia Informativa CONACYT para dar a conocer el trabajo de “individuos o empresas que estén creando ciencia, tecnología o innovación en México”. […] si queremos que haya una cultura científica, la comunicación de la ciencia no se debería distinguir del cine o la literatura, debe ser atractiva por sí misma porque no existe, ni podría aceptarse, la obligación de acercarse a ella. Esto sólo se hará por gusto, si el conocimiento científico se nos presenta de manera interesante, sorprendente, entretenida, conmovedora o hasta trascendente. Es decir, el CONACYT, como “el principal encargado de las estrategias de divulgación”, asume que la mejor estrategia es ser también el principal productor de divulgación, ser el protagonista de la historia en lugar de apoyar a quienes quieran invertir, producir y generar contenidos de comunicación de la ciencia. Es cierto que, desde hace unos años, se publica la “Convocatoria de Apoyo a Proyectos de Comunicación Pública de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación”, que apoya una multitud de iniciativas. Pero, una vez más, hay un pero: el financiamiento de estas iniciativas se hace a fondo perdido y dentro de las consideraciones de asignación de estos apoyos no se considera que los proyectos tengan (o vayan a tener en algún momento) un modelo de negocios que les permita subsistir y continuar con su labor una vez que termine el año durante el cual los apoya CONACYT. Quiero aclarar que no comulgo con el “capitalismo salvaje” ni creo que deba desaparecer todo aquello que no produce dinero. Estoy de acuerdo en que el estado debe financiar actividades importantes y valiosas que no tengan perspectivas claras de generar capital (como la ciencia básica). Pero en este país hay que admitir que llega un momento en que la aceptación del público de un determinado producto (sí, también de un producto cultural) se mide por si gasta su dinero en él o no. Resulta curioso que una convocatoria que lleva en el nombre la palabra “innovación”, que implica llevar un producto o mejora al mercado, no considere a los mercados. Y, con perdón de los encargados del programa de apoyos, resulta hasta ridículo que en el primer párrafo de la convocatoria se asegure que “la nación en su conjunto, debe invertir en actividades y servicios que generen valor agregado de una forma sostenible” (sic por la coma que malamente separa el sujeto del predicado), y acto seguido ofrezca apoyo a proyectos que, en principio, no son ni tienen forma de volverse sostenibles. Como remate, unas páginas más adelante encontramos el siguiente párrafo: “Las propuestas deberán estar estructuradas para comunicar a públicos segmentados o sectoriales los hallazgos o innovaciones más impactantes de las investigaciones científicas o los desarrollos tecnológicos, respectivamente, realizados por investigadores o empresas en instituciones establecidas en México”. Ahí está, otra vez, el afán de autopromoción y el menosprecio al público. Ante ello, cabe señalar que muchos de los científicos más reconocidos de México han hecho sus descubrimientos más importantes en el extranjero. Aquí pongo algunos ejemplos notables: Mario Molina, en la Universidad de California en Irvine, junto con el Profesor F. Sherwood Rowland; Francisco Bolívar Zapata (Premio Príncipe de Asturias 1991) estaba en San Francisco, California, cuando formó parte del equipo pionero que creó el primer organismo con ingeniería genética; Luis Herrera-Estrella participó en la elaboración de la primera planta genéticamente modificada mientras estaba en la Universidad Ghent, Bélgica, en el laboratorio de Marc Van Montagu; y Ricardo Miledi (ganador también del Asturias) descifró, con Bernard Katz en el University College London, los secretos de la transmisión sináptica que le dieron una tercera parte del Nobel a Katz. ¿A quién le importa la ciencia hecha en México? Como periodista de ciencia y cultura he escuchado con (demasiada) frecuencia que los mexicanos “debemos conocer la ciencia que se hace en México”. Encuentro esta proposición tan ridícula como cuando hace unos años escuchaba que apoyáramos al cine mexicano y lo fuéramos a ver. Si las películas mexicanas no nos resultaban entretenidas, interesantes, conmovedoras ni sublimes, como público no teníamos razón alguna para verlas. En ese sentido, si queremos que haya una cultura científica, la comunicación de la ciencia no se debería distinguir del cine o la literatura, debe ser atractiva por sí misma porque no existe, ni podría aceptarse, la obligación de acercarse a ella. Esto sólo se hará por gusto, si el conocimiento científico se nos presenta de manera interesante, sorprendente, entretenida, conmovedora o hasta trascendente. Y esto no va a suceder mientras no se haga de manera profesional, es decir, mientras quienes lo hagan no piensen en crear productos tan buenos que la gente esté dispuesta a pagar por ellos. Porque el público sí está interesado en la ciencia. La Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología (ENPECYT) que hace el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), por encargo de CONACYT, revela que es uno de los temas que aparecen en medios de comunicación que más le importa a la gente. El rubro ‘Nuevos inventos, descubrimientos científicos y desarrollo tecnológico’ aparece en segundo lugar de interés. Además, algunos otros temas que importan a la gente también están relacionados con la ciencia, como el medio ambiente y, aunque la ENPECYT no pregunta al respecto, la salud, el comportamiento humano, etcétera. Temas que interesan al público Dos temas relacionados con la ciencia, la contaminación ambiental y las novedades en ciencia y tecnología, figuran en los tres primeros lugares del interés del público. Aquí se muestran los datos graficados en orden descendente de lo que les parece más interesante. Fuente: realización propia con datos de la ENPECYT (2015). Estadísticas aparte, quienes nos dedicamos a actividades “elevadas” relacionadas de alguna manera con las ciencias, la cultura o el arte, a veces se nos olvida que al público general también le interesan –y mucho– estos temas. Se nos olvida que todos somos público general (salvo en el área de nuestra especialidad) y que, en el fondo, todo ser humano, por el simple hecho de serlo, se interesa por los grandes temas a los que la ciencia está dando respuesta: “qué es la vida”, “qué es la conciencia”, “de dónde venimos”, “por qué nos comportamos de la forma en que lo hacemos”, etcétera. Los temas que menos interesan Si graficamos los mismos datos pero en orden descendente por quienes manifestaron tener un interés nulo por los temas, vemos que la contaminación ambiental se mantiene en la preferencia del público seguido por Ciencias sociales e Historia. Curiosamente, la Política y las Ciencias exactas son en ambas gráficas las menos favorecidas por el público. Fuente: realización propia con datos de la ENPECYT (2015). A manera de conclusión Volvamos con la familia Feynman, a quienes dejamos en una situación comprometida… No, no me refiero al tiranosaurio en la ventana, sino a Arthur tratando de suavizar la imagen para que el pequeño Richard pueda dormir. Era muy emocionante y muy, muy interesante pensar que hubo animales de tal magnitud –y que todos murieron y que nadie sabía por qué (ahora ya sabemos)–. Por eso no estaba asustado de que alguno de ellos fuera a llegar hasta mi ventana… Así, Richard pudo dormir, creció y, en parte gracias a las enseñanzas de su padre, no sólo se convirtió en un gran físico sino en un excelente divulgador. Su libro Surely you’re joking Mr. Feynman (¿Está usted de broma, Sr. Feynman?) está calificado en Amazon como un best seller que tiene 4.5 estrellitas, de 5 posibles; igual que el más serio QED. The Strange Theory of Life and Matter, y el video en el que Richard habla de su padre, entre otros temas, tiene casi 916 000 visualizaciones en YouTube. Teniendo en cuenta que murió en 1988, que el pico de su fama estuvo en los años 60 y que en The Big Bang Theory sólo se le ha mencionado una media docena de veces, no está nada mal como para dar ejemplo de que hay público para la comunicación de la ciencia. Y ya que nos preguntamos si Feynman estaba bromeando y que menciono a The Big Bang Theory, un último consejo de Malow: “Pero claro que ayuda sentir que lo que haces es importante. Quizá, si tan sólo cuento algunos chistes científicos y te hago reír, ya hice algo con un poco de sentido porque tal vez pensabas que la ciencia era aburrida y te hice reír con un humor muy geek. Aunque no te haya enseñado nada, tal vez sólo te enseñé una cosa, que la ciencia puede ser divertida”. Bibliografía La mayor parte de las ideas que vierto aquí no son mías sino de diversos investigadores (aunque quizá las he tergiversado un poco). Anoto aquí los cuatro textos que más consulté en la elaboración de este artículo: Sobre la historia de la comunicación de la ciencia en México y sus obstáculos: Orozco Martínez, Carlos Enrique (2014). “Sin embargo, se mueve. La divulgación de la ciencia en México”, en Hugo Edgardo Méndez Fierros y Felipe Cuamea Velázquez, coordinadores, Universidad, ciencia y Cultura: evaluaciones para un saber colectivo. Universidad Autónoma de Baja California, México. Pp. 77-110. Sobre los problemas de las universidades para comunicar: Tomás Ejea Mendoza y Bianca Garduño Bello (2014). “La extensión de la cultura universitaria en México: un ensayo sobre su historia conceptualización y relevancia”, en Hugo Méndez y Felipe Cuamea (eds.), Universidad, ciencia y cultura: evocaciones para un saber colectivo. Universidad Autónoma de Baja California. Mexicali, pp. 52-78. Sobre la lamentablemente escasa pero muy deseable influencia que tiene el periodismo científico en las políticas públicas: Rosen, Cecilia y Javier Crúz-Mena (2015). “El periodismo de ciencia en América Latina”, en Luisa Massarani (org.), RedPOP: 25 años de popularización de la ciencia en América Latina. RedPOP, Unesco, Primera edición Río de Janeiro, pp. 61-71. Sobre la importancia de la narrativa en la comunicación y de la comunicación misma: Aquiles Negrete Yankelevich (2012), La divulgación de la ciencia a través de formas narrativas. Colección Divulgación para divulgadores de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM. Primera Reimpresión.
Ana María del Pilar Martínez Hernández y Magda Campillo Labrandero Muchas de las características que hemos dado por sentadas en el pensamiento y la expresión dentro de la literatura, la filosofía y la ciencia, y aun en el discurso oral entre personas que saben leer, no son estrictamente inherentes a la existencia humana como tal, sino que se originaron debido a los recursos que la tecnología de la escritura pone a disposición de la conciencia humana. Walter J. Ong, Oralidad y escritura. Para Walter J. Ong, la oralidad fue resultado de la evolución humana que permitió la comunicación entre las sociedades primitivas. El humano “aprendió a leer en una etapa muy posterior de su historia y al principio sólo ciertos grupos podían hacerlo. El Homo sapiens existe desde hace 30 mil a 50 mil años. El escrito más antiguo data de apenas hace 6 mil años” (Ong, 2016: 36). La oralidad, según nuestro autor, puede ser vista como un evento “natural” en tanto está integrada al cuerpo –la voz–, mientras que la escritura es un invento del ser humano, por ello la define como tecnología. Sin embargo, una y otra –oralidad y escritura– constituyen procesos cognitivos asociados y el surgimiento de la escritura fue fundamental para la evolución y complejización del pensamiento y la conciencia. Gracias a la escritura se pudo hacer un registro de los hechos, los haberes y, sobre todo, acoplar las experiencias, los datos y los conocimientos; avanzar colectivamente, desde un punto fijo sin partir de cero. El crecimiento de este saber ha variado a lo largo de la historia y de la cultura que lo propicia, de la idiosincrasia de un colectivo, de nuevas tecnologías como la imprenta o internet, de las necesidades ingentes de resolver problemas vitales o de defensa, de genios innovadores y de grupos de científicos que se han enfrentado a los poderes fácticos aun a costa de sus vidas; en fin, ha estado determinado por múltiples factores. La relación entre saber y poder, así como el acceso restringido al primero, es una historia aparte. El día de hoy en la mayoría de las sociedades el conocimiento se ha democratizado. Cuando esto no ocurre puede deberse a diversos factores; uno de ellos, aunque parezca increíble, es la existencia de millones de seres humanos a lo largo y ancho del planeta que son analfabetas, aún en sociedades “desarrolladas”; otro, el analfabetismo digital, determinado por la falta de poder económico para la adquisición de tecnologías y conectividad, normalmente vinculadas con países en pobreza extrema; uno más, asociado a naciones gobernadas por regímenes totalitarios que no permiten por razones ideológicas el libre acceso de sus ciudadanos a la información. Un problema de otro carácter se refiere a la alta especialización con la cual se produce el conocimiento científico, filosófico, literario, etcétera; es en este sentido donde se refrenda la importancia de la difusión y la divulgación de la ciencia para acercarla al público, para promoverla, para generar vocaciones, para convertir al ser humano “común” –si puede usarse este término– en ciudadano bien informado, que participa y transforma a su comunidad a través del conocimiento apropiado, lejano a prejuicios, estereotipos e “ismos” de toda índole; que lleva la cultura –en su acepción más amplia– a todos los espacios de participación social. Sin lugar a dudas, estas posibilidades son parte inherente de los principios y valores de la UNAM y de la Revista Digital Universitaria. Con el afán de incluir de manera sistemática manuscritos sobre todas las áreas del conocimiento y dar cabida a grupos de universitarios de todo el país, en este segundo número de la nueva época de esta revista, se presenta una selección de siete textos que abarcan diversos temas de autores, tanto de la UNAM con externos a ella. A continuación, se da un breve panorama del contenido de los artículos y, dado que nuestros lectores se están familiarizando con la nueva estructura de la RDU, nos tomamos la libertad de contextualizar de nueva cuenta el propósito de las cuatro secciones que la conforman. Varietas El objetivo de esta sección es difundir de manera atractiva, y clara, descubrimientos, teorías, fenómenos, sucesos y resultados de investigación en todas las áreas del conocimiento. Manuel Lino, actual presidente de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia, en su artículo titulado: “Comunicación de la ciencia en México, el menosprecio de públicos y privados”, nos habla de los retos que enfrenta nuestro país para transmitir y difundir el conocimiento científico a público no especializado. A partir de la narración de una interesante experiencia autobiográfica del famoso físico estadunidense Richard Feynman, Lino introduce la importancia de considerar al público objetivo en la buena comunicación de la ciencia y muestra a través de diversos datos la situación de la divulgación de la ciencia en México. Ricardo Victoria, Alejandra Uría y Juan José López, investigadores y maestros de la Universidad Autónoma del Estado de México, hablan en el artículo denominado: “¿Los juguetes representan la diversidad de los usuarios?”, de la importancia de la variedad en el diseño de juguetes infantiles y presentan tres interesantes casos de estudio. Desde su perspectiva, las empresas dedicadas a fabricar juguetes deberían tomar en consideración, además de las demandas del mercado, el papel del juego y del juguete para los usuarios al diseñar productos que reflejen, de manera responsable, la diversidad social de la población actual. En el artículo “Micotoxinas: ¿Qué son y cómo afectan a la salud pública?”, un grupo de seis investigadores de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo –Ricardo Santillán, Gerardo Rodríguez, Sylvia Fernández, Gerardo Vázquez, Juan C. Montero y Julieta Benítez–, nos explican la contaminación de alimentos causada por cuatro variedades de micotoxinas, fenómeno que se ha convertido en un problema importante de salud pública en el mundo, con un costo millonario para la prevención y tratamiento de graves enfermedades. Continuum educativo En esta sección se busca dar voz a proyectos educativos exitosos, tanto desde la perspectiva de los docentes como de los alumnos. Para este número de la RDU se presentan tres experiencias; dos narradas por maestros de bachillerato y licenciatura, y una desde de un grupo de estudiantes de licenciatura. En el artículo: “Las lenguas extranjeras en la difusión de las ciencias biológicas y de la salud”, dos comprometidas maestras de la Escuela Nacional Preparatoria –Paola Garcés y Yadira Alma Hadassa Hernández–, nos narran su experiencia en el desarrollo de un programa que busca integrar el aprendizaje y la práctica de las lenguas extranjeras que se ofertan en la preparatoria (inglés, francés, alemán e italiano). Como parte del proyecto, los estudiantes de bachillerato realizan en las cuatro lenguas diversas actividades, entre las que se incluyen conferencias y talleres, la creación de sitios web y la edición de una revista de difusión científica, todas ellas con temas vinculados a las ciencias biológicas y de la salud. En la segunda experiencia incluida, la Dra. Nelly Rigaud, maestra de la Facultad de Estudios Superiores campus Aragón, comparte una extensa y detallada reflexión acerca de su práctica docente en la enseñanza de las matemáticas, la cual reconoce se ha transformado y mejorado a partir de su participación en el Seminario Universitario para la Mejora de la Educación Matemática (SUMEM) de la UNAM. Esta experiencia se complementa con el artículo de Diana Martínez, Guillermo Alvarado, Kristel Boyzo y Fernando Casales, cuatro estudiantes de ingeniería, quienes, desde su perspectiva, narran la riqueza y utilidad que tienen las matemáticas y plantean la forma en que les gustaría que se enseñara esta disciplina. Universidades En esta sección, cuyo propósito es mostrar actividades relevantes de y para la vida universitaria, la Dra. Eugenia Marmolejo, cuenta el origen del SUMEM en el año 2013, cuyo propósito es mejorar el nivel de los conocimientos matemáticos de alumnos y maestros de la UNAM. En el texto se describen algunos eventos recientes de este seminario que ilustran las conexiones entre conceptos matemáticos y otras áreas del conocimiento. Caleidoscopio Esta sección, pensada como un espacio para incluir materiales diversos, preferentemente de forma audiovisual, presenta en este número una infografía dinámica titulada: “Recordando a José Vasconcelos a 58 años de su muerte”, pensada para conmemorar este acontecimiento a través de la descripción de los eventos y acciones más importantes de la vida de este polémico personaje, quien fuera rector de la UNAM y secretario de educación pública. Esperamos, a través de este abanico de escritos, cumplir con la finalidad de la RDU en esta nueva época, al presentar narrativas y perspectivas de diversos campos de conocimiento, que difunden resultados de investigación y experiencias vitales de primera mano, con la intención de comunicar la ciencia para el uso y disfrute de los diversos lectores de la comunidad universitaria y del público en general, a quienes invitamos a que interactúen con el equipo editorial de la RDU compartiendo sus opiniones sobre los artículos incluidos en este número y sugiriéndonos temas de su interés para publicaciones posteriores.
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Revista Digital Universitaria Publicación bimestral Vol. 18, Núm. 6julio-agosto 2017 ISSN: 1607 - 6079