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Admirables maravillas. Galileo y el telescopio

Susana Biro
 
 

Sin aliento

En sus primeras observaciones, Galileo descubrió cosas tan novedosas, que en el texto se le oye realmente emocionado; por momentos parece que hasta le faltara el aliento. También lo sentimos con problemas para interpretar para sí mismo y explicar a los demás, lo que ha encontrado. A manera de una bitácora, relata paso a paso su manera de proceder para observar, registrar y entender lo que iba viendo. El resultado es una combinación de palabras, dibujos y diagramas con los que cuenta tres descubrimientos principales, sobre la Luna, las estrellas y Júpiter. Su relato no va en orden cronológico; más bien está estructurado de tal forma que el asombro va aumentando conforme el lector avanza por las páginas.


La luna como la vio Galileo, con picos y valles, océanos y continentes

Al mirar a la luna a través del telescopio encontró que es rugosa. A partir del cambio de su apariencia conforme cambia la iluminación, dedujo que tiene montañas y valles como la Tierra. Usando su conocimiento de geometría, incluso pudo afirmar que algunas de esas montañas eran más grandes que las nuestras. Siempre haciendo analogías con lo que conocía de la geografía de nuestro planeta, propuso que además la luna tiene océanos y continentes. Y, cuando llegaba al límite de su imaginación, hacía comparaciones como: “Esta superficie lunar que se halla cubierta de manchas como una cola de pavo real de ojos cerúleos se asemeja a aquellos vasitos de vidrio que, inmersos aún calientes en agua fría, adquieren una superficie agrietada y ondulada” (Galileo - Kepler, 2007, p. 62).

Entre las estrellas encontró dos novedades principales: sobre su número y su distancia. A donde sea que apuntara su telescopio, vio muchas más estrellas de las que se ven a simple vista. Por ejemplo, al mirar la Vía Láctea no vio una larga y delgada nube blanca, sino una colección de innumerables estrellitas. Además, al voltear hacia la constelación de Orión observó diez veces más estrellas que las que se conocían. Por otro lado, a diferencia de lo que sucedía con los planetas, encontró que las estrellas no aumentaban mucho de tamaño al verlas a través del telescopio. Llegó a la conclusión de que esto se debe a que se encuentran mucho más lejos que los planetas.



Diagrama de la constelación de Orión.
Las estrellas grandes (con un punto en el centro) son las que se ven a simple vista,
las pequeñas son las que Galileo encontró con su telescopio.

Finalmente volteó a ver a Júpiter y notó una curiosa alineación del planeta con tres estrellas. La primera noche no reparó demasiado en ello. Sin embargo a la noche siguiente encontró una configuración similar, pero con Júpiter en otra posición respecto de las estrellas. Asombrado dijo: “Tornándose ya en admiración mi perplejidad, reparé en que el cambio aparente había de atribuirse no a Júpiter, sino a las estrellas, determinando por ello que tenía que observar en adelante con mayor escrupulosidad y clarividencia” (Galileo - Kepler, 2007, p. 91). Tras observar con más detenimiento todas las noches que pudo en los siguientes dos meses, concluyó que ese planeta no está solo, sino que lo acompañan cuatro pequeños astros que giran alrededor suyo.


Dos de las muchas páginas que dedica Galileo a sus observaciones
de Júpiter y los cuatro astros que lo acompañan.

Los descubrimientos de Galileo eran extraordinarios y contrastaban notablemente con lo que se sabía del universo en sus tiempos. La cosmología reinante permanecía casi exactamente como la había planteado Aristóteles en el siglo IV a.C. Ésta decía que la Tierra –imperfecta y cambiante- permanece inmóvil en el centro de todo; que los planetas –esferas perfectas- giran alrededor de ella, fijos a esferas transparentes de cristal; y que el confín del universo está marcado por una última esfera, donde están contenidas todas las estrellas.

Aunque Galileo no lo dijo explícitamente en este libro, para cualquiera que conociera del tema quedaba claro que sus admirables maravillas podían dar lugar a grandes controversias. Según sus observaciones, la Luna –considerada como uno de los planetas- estaba muy lejos de ser perfecta con todos esos picos, valles y océanos. Con tantas estrellas nuevas, y la duda de la distancia a la que se encontraban, era difícil seguir pensando en un cosmos finito. Y, además, si Júpiter tenía astros girando alrededor suyo, ya no había un solo centro en el universo. En los años que siguieron, estos descubrimientos, la manera de llegar a ellos y sus implicaciones tuvieron efectos interesantes en la vida de Galileo, en la astronomía y en nuestra visión del cosmos.

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