Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de noviembre de 2010 Vol.11, No.11
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Cómo obtener la vida de los cielos
Marsilio Ficino


Ficino, Marsilio. Tres libros sobre la vida. Madrid, Asociación Española de Neuropsiquiatría, 2005.

De vita, libro III.
Capítulo 1

Aquello en que consisten los poderes, según Plotino, y que atrae el favor de los cuerpos celestes, es decir, el alma del mundo, de las estrellas y de los dáimones. Las almas son atraídas fácilmente por las formas propias de los cuerpos.

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Si solamente hubiese intelecto y cuerpo en el mundo, pero no alma, el intelecto no sería atraído por el cuerpo (pues es inmóvil en su conjunto y carece de afección, principio del movimiento, como si estuviese a una distancia lo más lejana posible del cuerpo), ni el cuerpo sería atraído por el intelecto, ya que es inefectivo e inepto en sí mismo para tal movimiento, y muy remoto del intelecto. Así, si un alma conforme a ambos se sitúa entre uno y otro, cada uno es fácilmente ído por el otro.

Somos fácilmente movidos por el alma, en primer lugar y principalmente, porque ella es la primera cosa móvil, móvil desde sí misma y desde su propia acción. Esto es a causa, como he dicho, de que contiene en sí a todos los medios de las cosas, y por ello se halla máximamente cercana a cada una. Está conectada a todas las cosas, en medio de esas cosas que están distantes unas de otras, pues éstas no están distantes de ella. Se conforma a las cosas divinas y a las cosas caídas, se acerca y es en todas partes idéntica.

El alma del mundo contiene divinamente al menos tantas razones seminales para las cosas como ideas hay en la mente divina, y con esas razones fabrica igual número de especies en la materia. Por lo tanto, cualquier especie responde a través de sus propias razones seminales a su propia idea, y por esto puede recibir a menudo y fácilmente algo de esa idea cuando es afectada de este modo. Así, cuando degenera de su forma propia, puede ser formada de nuevo por esa lo intermedio próximo a ella, y a través de esto se re-forma fácilmente. De este modo, uno usa correctamente muchas cosas ya sean de un individuo o de una especie, cosas que están esparcidas pero que, no obstante, son conformes a una idea.

Se atrae pronto la función singular o el don desde la idea hacia el material que ha sido tan convenientemente preparado, y ello se lleva a cabo por medio de la razón seminal del alma, ya que no es el intelecto en sí sino el alma quien lo hace.

Nadie, por tanto, debería pensar que alguna divinidad totalmente separada de la materia es atraída por ciertos materiales del mundo; al contrario, uno debería concebir a aquellos elementos más bien como dáimones y dones del mundo animado y las estrellas vivientes. Tampoco nadie debería maravillarse de que el alma pueda ser atraída por formas materiales. Si ella misma ha creado encantamientos de este tipo adecuados para ella; así sucede y ella mora entre las formas por siempre y libremente. No hay nada en el entero mundo viviente que sea tan deforme que no tenga alma y no contenga un don del alma en sí. Las correspondencias de las formas materiales con las razones del alma del mundo son lo que Zoroastro llamó atractivos divinos, y Sinesio, en concordancia, denominó encantamientos mágicos.

Ciertamente, uno debería creer que todos los dones son extraídos del alma en un cierto momento y para sus especies materiales propias; pero, por conveniencia, las especies seminales producen esos dones de conformidad con sus elementos seminales. Así, como hombre, persigues y reclamas tus dones humanos y no aquellos propios de los peces o los pájaros, los cuales obtienen los suyos. No obstante, tú persigues cosas que pertenecen a una cierta estrella o daimon, tomando parte en su influjo característico, a la manera en que la madera cuando se rocía con azufre prorrumpe en llamas. Ello ocurre no sólo por medio de los propios rayos de la estrella y el daimon, sino también a través del alma del mundo allí donde ella esté presente.

La razón de la estrella y el daimon florece en el alma del mundo, en parte para que lo seminal sea generado, y en parte para que lo ejemplar sea identificado y conocido, dado que el alma, según los antiguos filósofos platónicos, construye figuras cuyas razones se encuentran en el cielo más allá de las estrellas y algunas de ellas son tales que aquélla se convierte en algo de las mismas figuras. Ella imprime sus propiedades en todas estas cosas. En las estrellas, no obstante, y en las figuras, en sus partes y sus propiedades, están contenidas todas las especies de cosas inferiores así como sus propiedades

En conjunto hay cuarenta y ocho figuras, las doce que hay en el zodíaco y treinta y seis más. Hay que añadir treinta y seis al número de imágenes del zodíaco. Del mismo modo, el número de grados o sectores es de trescientos sesenta. En cualquier grado hay muchas estrellas, con las cuales se forman las imágenes. Dichas imágenes, además de las del zodíaco, se dividen en muchas figuras de acuerdo con el mismo número de grados. Ciertos hábitos y proporciones de las imágenes universales son establecidos entonces en su lugar, y éstas también son imágenes. Tales figuras obtienen su continuidad de los rayos de sus estrellas, uno tras otro, cada uno con su propiedad especial.

De esas formas dispuestas con el mayor cuidado están suspendidas las formas de las cosas inferiores, como si éstas hubiesen sido organizadas allá. Esos cuerpos celestiales, como si fuesen disjuntos entre sí, proceden a unirse por razones del alma. Los mutables proceden de los estables, pero aquéllos, en la medida en que no son comprendidos por sí mismos, son devueltos a las formas de la mente, que los comprenden en su parte animal o en algo más eminente. Son una multiplicidad, pero se reducen al uno que es bueno y lo más simple, como las figuras celestiales en el polo.


Pero volvamos al alma. Cuando el alma produce las formas especiales y los poderes de los cuerpos inferiores, lo hace a través de sus propias razones con la ayuda de lo que está bajo las estrellas y las formas celestiales. Los dones singulares de los individuos, que en algunas gentes son frecuentemente mucho más maravillosos que los que aparecen en la especie misma, surgen por razones seminales semejantes. Lo hacen no tanto con la ayuda de formas y figuras celestiales, sino más bien con la localización de las estrellas, el hábito de sus movimientos y los aspectos de los planetas. Aparecen en primer lugar entre los individuos, y luego en las estrellas más sublimes.

Nuestra alma, además de la energía de los miembros, produce una energía vital común en todo nuestro interior, pero especialmente en el corazón, como si éste fuese una fuente de fuego muy próxima al alma. El alma del mundo florece en todas partes de la misma manera, pero ella despliega su energía vital especialmente en el Sol. Así, el alma se encuentra, en nosotros y en el mundo, como un todo en cualquier miembro, y especialmente fuerte en el corazón y en el Sol.

Con todo, recuerda que, al igual que la energía de nuestra alma se adhiere a los miembros por medio del espíritu, así la energía del alma del mundo, por medio de la quintaesencia que florece en todas partes como si fuese un espíritu en el interior del cuerpo mundano, se difunde a través de todas las cosas que están bajo el alma del mundo. Ella infunde su poder especialmente en aquellos que más atraen su espíritu.

Ahora bien, podemos hacer penetrar la quintaesencia cada vez más en nosotros si sabemos cómo separarla de los otros elementos con los que está fuertemente mezclada, o por lo menos si sabemos cómo usar aquellas cosas en las que ella abunda. Esto es especialmente cierto para las cosas en que ella es más pura, tal como en los vinos selectos y el azúcar, el bálsamo y el oro, las piedras preciosas, las cosas que son agradablemente fragantes y las que brillan, especialmente aquellas que tienen una cualidad cálida, húmeda y límpida en una sustancia sutil, lo que, además del vino, incluye al azúcar más blanco, especialmente si se le añade oro, y el olor de la canela y las rosas.

Del mismo modo que los alimentos que comemos apropiadamente, aunque ellos no estén vivos en sí mismos, nos devuelven a la forma de nuestra vida por medio de nuestro espíritu, también nuestros cuerpos extraen lo máximo de la vida mundana cuando son propiamente adecuados al cuerpo mundano y espiritual por medio de las cosas mundanas y de nuestro espíritu. Si uno desea que la comida aporte forma a su cerebro, hígado o estómago, debe comer, tanto como pueda, alimentos tales como cerebros, hígados y estómagos de animales que no estén muy distantes de la naturaleza humana.

Si quieres que tu cuerpo y su espíritu reciba energía de algún miembro del mundo, por ejemplo del Sol, aprende cuáles son las cosas solares entre los metales y las piedras, y más aún entre las plantas, pero sobre todo en el mundo animal, especialmente entre los hombres, ya que no hay duda que confieren a uno cualidades similares. De ellas, y más, debe hablarse largamente, y ellas deben ser acogidas en razón de sus energías, especialmente en un día y en una hora del Sol, con el Sol reinando en su figura en el cielo. Las cosas solares son aquellas cosas que se denominan heliótropas —porque están vueltas hacia el sol—, por ejemplo, el oro y el color del oro, la crisolita, el carbunclo, la mirra, el incienso, el almizcle, el ámbar, el bálsamo, la miel dorada, el cálamo aromático, el azafrán, el nardo, la canela, el áloe del bosque y otros aromáticos, el carnero, el halcón, la gallina, el cisne, el león, el escarabajo, el cocodrilo, la gente que tiene el pelo rubio, los que tienen el pelo rizado, a veces gente calva, y los magnánimos.

Nuestros cuerpos son capaces de adaptarse a estas cosas, en parte por medio de alimentos, en parte mediante ungüentos fragantes, y en parte a través de la habituación. Deben ser sentidas, frecuentemente evocadas y también amadas. Uno debe buscar mucho la luz.

Si te preocupa que tu vientre se destruya emplastado con el hígado, atrae la facultad del hígado hacia el vientre, primeramente con masajes y después con cataplasmas que se acoplen con el hígado, usando achicoria, endivia, porcelana, agrimonia y ungüento hepático. Del mismo modo, para que tu cuerpo no esté desprovisto de Jove, mueve tu cuerpo en el día y en la hora en que Jove reina, y mientras tanto, emplea cosas joviales como la plata, la amatista, el topacio, el coral, el cristal, el berilo, la porcelana, el zafiro, los colores verdes y diáfanos, el vino, el azúcar blanco, la miel y también los pensamientos y sentimientos muy joviales: los constantes, los equilibrados, los religiosos y los que se atienen a la ley. Asóciate con hombres de esta clase, sanguíneos y hermosos, venerables y versátiles.

Recuerda que, contra las cosas frías, las primeras cosas que hay que tomar son oro y vino, menta y azafrán. Los animales joviales son el cordero y el pavo real, el águila y el ternero. Del mismo modo, la energía de Venus es atraída mediante las tórtolas, las palomas, la lavandera blanca y otras cosas que la modestia me impide enumerar.

 
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