Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de noviembre de 2010 Vol.11, No.11
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La significación necesaria para convertirse en mago verdadero y realizador de maravillas
Cornelio Agrippa

Agrippa, Cornelio. La Filosofía Oculta. Editorial Kier. Buenos Aires, 1992. Libro III; capítulo III.

 

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Al comienzo del primer libro de esta obra, hemos hablado de la cualidad que debe tener el Mago, pero ahora vamos a decir la cosa arcana, necesaria y secreta, a quien quiera operar en este arte; esa cosa arcana es el principio, el complemento y la clave de todas las operaciones de la Magia, y es la Dignificación misma del hombre en virtud y potencia tan altas. Esa facultad requiere en el hombre una admirable dignificación: el hombre sólo tiene el intelecto que es la más soberana inteligencia del alma, que puede operar solamente las obras milagrosas; si está muy ocupado en el comercio carnal y poseído por el alma sensible del cuerpo,
obtendrá algún poder de las sustancias divinas; esto hace que mucha gente busque este arte sin hallarlo. Es preciso, pues, que quienes aspiramos a una dignidad tan alta pensemos en dos cosas: la primera, por qué medio nos desapegaremos de los afectos de la carne, del sentido mortal y de las pasiones de la materia y del cuerpo; la otra, por qué vía y cómo nos elevaremos hasta este intelecto puro y junto a las virtudes de los dioses, sin las cuales jamás podemos llegar felizmente al conocimiento de las cosas secretas y a la virtud de las operaciones milagrosas. En estas cuestiones consiste toda la dignificación que brinda la naturaleza, el mérito y el arte de la religión. La dignidad natural es una excelente disposición del cuerpo y de todas sus partes que no oscurece las luces del alma con mancha alguna y que no le causa perturbación ni movimiento algunos de humores; y esa excelente disposición del cuerpo y sus órganos proviene de la situación, del movimiento, de la luz y de la influencia de los cuerpos y las almas celestes que presiden en el nacimiento de cada uno, como son aquéllos cuya novena casa es afortunada por Saturno, el Sol y Mercurio; de modo parecido, Marte en la novena casa rige a los espíritus. Estas cosas son tratadas con bastante amplitud en los libros de astrología. Quien carezca de tan feliz constitución debe suplir el defecto de la naturaleza mediante educación, vida muy arreglada y buen uso de las cosas naturales, hasta obtener la consumación de la perfección, tanto interior como exterior. De allí deriva que se tomara tanta precaución en la elección de un sacerdote en la ley mosaica; no debía haberse acercado a un muerto, ni a una viuda, ni a una mujer con su menstruación, ni debía ser leproso, sujeto a flujo de sangre ni hernias; debía ser sano, con todos sus miembros, de buena vista, sin cojera ni joroba, y de nariz bien delineada. Apuleyo1, en su Apología, dice que el hijo que se desea consagrar a la adivinación mediante encantamiento debe ser elegido sin defectos, ingenioso, bien constituido, entero, industrioso y de buen decir, a fin de que el poder divino se aloje en su persona como en un habitáculo, y que el espíritu de ese niño, experto ya en breve lapso, se restaure a su divinidad. En cuanto a la dignidad meritoria, su perfección consiste en dos cosas, a saber: la doctrina y la obra. El fin de la doctrina es conocer la verdad; es preciso, pues, como se dijo al comienzo del primer libro, ser sabio y experto en estas tres facultades de las que hemos hablado; luego de eliminados los impedimentos, debe consagrar su alma, por entero, a la contemplación, encerrándola en sí misma, porque en nosotros mismos tenemos naturalmente la fuerza para comprender y disponer las cosas, pero somos turbados en el goce de estas cosas por las pasiones que nos obstaculizan por parte de la sexualidad, de las falsas imaginaciones y de los apetitos desarreglados; el conocimiento y el poder divino se presentan tan pronto desaparecen estos impedimentos. En cuanto a la operación religiosa, no tiene menor eficacia, y a menudo ella sola es también eficaz para que adquiramos una virtud deifica, pues las obras sagradas, hechas y representadas según el rito, tienen tan grande fuerza que, sin ser comprendidas y no obstante cumplidas con piedad y todas sus ceremonias, y creídas con fé firme, constituyen no desdeñable poder para honrarnos con el poder divino. La dignidad que se obtiene mediante la fuerza de la religión se perfecciona, en ciertas ceremonias religiosas, expiaciones, consagraciones y funciones sagradas, a través de quien consagró públicamente su espíritu a la religión, el cual tiene el poder de imponer las manos y de iniciar mediante la virtud sacramental que imprime el carácter de la virtud y del poder divino, que se llama consentimiento
divino, por el cual el hombre, sostenido por la naturaleza divina y casi compañero de los espíritus celestes, lleva inserto en sí el poder de la divinidad; y esa ceremonia fue incorporada al número de sacramentos de
la iglesia. Por tanto, quien sea hombre perfecto por el espíritu sagrado de la religión, quien tenga sentimientos piadosos y constancia inquebrantable para la religión, y crea sin dudar de nada, quien sea aquél a quien la autoridad de las cosas sagradas y la naturaleza, por sobre todo, han conferido la dignidad que las divinidades no desdeñan, rezando, consagrando, sacrificando e invocando, podrá obtener virtudes espirituales y celestes, e imprimirlas a las cosas que le pertenezcan, y a voluntad, y mediante esa misma dignidad dar espíritu y vida a toda obra de la ciencia mágica. Pero quien pretenda algo en cuestión de Magia sin la autoridad del oficio, sin el mérito de la santidad y la doctrina, sin la dignidad de la naturaleza y la
educación, trabajará en vano y se engañará a sí mismo y engañará a sus adherentes, e incurrirá en la indignación de las divinidades con peligro de perecer.

1 http://es.wikipedia.org/wiki/Apuleyo.

 
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