Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de abril de 2010 Vol.11, No.4
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El virus de la influenza: origen y evolución de un patógeno
Antonio Lazcano Araujo
CITA
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Imagen tomada de:
http:// www. wikipedia.com
   
Los virus y su evolución
Los virus de la influenza: los secretos...
¿Cómo, cuándo y dónde se originó...
Conclusiones
Bibliografía

Introducción


En 1910 Félix D’Hérelle, un brillante microbiólogo autodidacta, nacido en Canadá, se encontraba trabajando en un laboratorio que había montado en una de las haciendas de Don Olegario Molina, ministro del gabinete de Don Porfirio Díaz. De repente, los cultivos de henequén fueron atacados y dañados por nubes de langostas. Cuando recorría los campos, un grupo de campesinos mayas le hizo notar que había zonas en donde los insectos, luego de haber devorado las plantas, morían rápidamente. D’Herelle recogió los cuerpos de los insectos agonizantes y les practicó autopsias prematuras para tratar de entender las causas de su muerte. Las langostas, escribió años más tarde, enfermaban víctimas de una diarrea provocada por grandes cantidades de bacilos, que pudo aislar y cultivar en el laboratorio sin problema alguno. No tardó en observar lo que llamó una “anomalía”, y que consistía en: “manchas claras, de forma casi circular, de dos o tres milímetros en diámetro, que afectaban varias de las colonias que crecían en agar”. Al investigar el origen de las manchas, D’Hérelle se percató, para su sorpresa, que eran producidas por un agente infeccioso tan minúsculo que podía atravesar sin problema alguno los filtros de porcelana que frenaban el paso de bacterias y otros microorganismos.

D’Herelle no tardó en abandonar México, pero no olvidó lo que había observado en las haciendas yucatecas. En 1915 se encontraba en París, y al estudiar la epidemia de disentería que estaba causando estragos en el ejército francés, observó placas en los cultivos de Shigella y recordó con una precisión envidiable lo que había visto años atrás en una hacienda yucateca. Convencido de que tenía a su alcance una forma de destruir patógenos microbianos, tomó material de las placas, y lo agregó a un cultivo de Shigella. “A la mañana siguiente”, escribió D’Hérelle años después, “abrí el incubador y experimenté uno de esos momentos de intensa emoción que recompensan todos los esfuerzos del investigador: pude observar de inmediato la perfecta limpidez del cultivo que la noche anterior se encontraba muy turbio. Todas las bacterias se habían desvanecido, como si fuera un trozo de azúcar que se disuelve en el agua. Cuando examiné las que cultivaba en agar, vi que la colonia no había crecido y lo que me sobrecogió de emoción fue el haber comprendido de inmediato lo que había ocurrido: lo que causaba las manchas claras, las placas que yo había observado, no era otra cosa que un microbio invisible, un virus filtrable, pero un virus que es un parásito de las bacterias”. La virología había nacido como ciencia.


 
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