Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de mayo de 2010 Vol.11, No.5
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Los programas doctorales en el mundo de habla ibérica: demandas y perspectivas sobre un recurso indispensable*
Juan José Sánchez Sosa
CITA
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Imagen tomada de: commons.wikimedia.org
   
Algunos componentes principales
La selección de aspirantes
Las características del programa
Los requisitos de graduación
Perspectivas y desafíos
Bibliografía

Introducción


Quizá entre los más claros y prevalentes vínculos entre eventos del funcionamiento humano, desde el principio de la historia de la humanidad, destaca la relación entre conocimiento y supervivencia. Esta relación a su vez conlleva de manera natural a otras consecuencias tales como el desarrollo y el crecimiento social y, dependiendo del contexto histórico, a la consecución y la conservación de la influencia sobre otros individuos o comunidades. En efecto, desde mucho antes que el conocimiento sobre el mundo y la naturaleza se organizara a partir de la acción de grupos humanos, su uso para la solución de problemas de toda índole seguramente data de situaciones que incluso precedieron a los albores de la civilización (Sagan y Druyan, 1992). Así, las necesidades relacionadas con la protección ante climas inclementes o depredadores, la alimentación y la procreación muy probablemente representaron los primeros problemas que condujeron al mundo animal, incluyendo el ser humano, a hacer algún uso ordenado de la información de la que disponía.

Aun sin pretender establecer la motivación específica que dio origen al uso propositivo del conocimiento en la humanidad, parece claro que a medida que la evolución de ésta fue demandando soluciones cada vez más específicas a problemas más allá de la mera supervivencia, el conocimiento preservado y transmitido permitió diversos grados de preparación para afrontar necesidades y dificultades con más eficacia y menos recursos.

Si bien cada solución nueva a problemas de funcionamiento humano básico generaba nuevos conocimientos y estrategias para su solución, el surgimiento de condiciones impuestas por el crecimiento de las comunidades hizo indispensable que ese conocimiento se sistematizara y se transmitiera de forma más ordenada y propositiva. Esta tendencia debe haber ocurrido inicialmente en el contexto de estructuras sociales incipientes, cuya complejidad y funcionalidad creció y se diversificó en la medida en que aquéllas evolucionaron. Es quizá obvio que las distintas civilizaciones de la antigüedad ubicaron, usaron y conservaron el conocimiento y con él sus posibilidades de afectar al mundo físico y social en contextos políticos y religiosos relativamente específicos a las condiciones de su propia historia (Krasner, 2001).

Lo que sí parece haber sido una tendencia general es que el vínculo entre la generación del conocimiento y su enseñanza se convirtió de manera más o menos rápida en un proceso que lo mismo llevaba a mejorar la capacidad de modular las acciones de la naturaleza, que a afectar diversas situaciones sociales y por ende propiciaba la consolidación o incremento del poder. Quizá son estas peculiaridades del conocimiento, y sus aplicaciones, las responsables históricas de la evolución de la educación en general y la universitaria en particular y el ámbito de las ciencias del comportamiento no parece ser excepción (Stratton, 1964).

A partir de antecedentes históricamente tan distantes como la academia griega, resulta comprensible que algunas de las primeras universidades se conformaran a partir de la iniciativa de grupos relativamente pequeños de individuos que buscaron mentores o guías que, de manera propositiva y sistemática les cultivaran en el conocimiento y sus aplicaciones. Así, el término universitas significó inicialmente una asociación o corporación de alumnos, de profesores o de ambos y tuvo como consecuente al concepto de Studium generale, aunque éste último solía originarse por iniciativa de algún tipo de autoridad eclesiástica (Sánchez-Vázquez, 2002).

A partir del establecimiento formal de las universidades se designó a sus integrantes según sus responsabilidades. Además de la designación obvia de estudiante y alumno, el reconocimiento a la función de los mentores como alguien que enseña condujo a su designación como doctor, término derivado directamente de docere, enseñar y posteriormente condujo al uso del término para designar el grado máximo que otorga una institución de educación superior en cualquier disciplina, uso que permanece hasta nuestros días. Con los años y la diversificación del carácter de las universidades en términos de su papel académico, social o político, el término doctor ha recibido la adición de significados en los últimos siglos, entre los que destaca, quizá por la generalidad de su uso en el contexto universitario el de investigador y, en el vulgo, por razones más cercanas al uso popular o coloquial, médico.

La evolución social de las necesidades de formación de expertos en la sociedad ha diversificado, a su vez, las líneas del quehacer académico en general y del universitario en particular. Como ejemplo, en el contexto de las instituciones de nivel medio-superior y superior, especialmente las de tipo privado, se pueden encontrar ahora institutos o escuelas de todo nivel y para todo propósito. Sin embargo, fuera del circuito educativo predominantemente comercial o pecuniario, la formación de más alto nivel en el sentido de estudios profesionales avanzados y de formación de investigadores, normalmente permanece en las instituciones universitarias de mayor trayectoria, tradición, raigambre y solidez. En este contexto, el otorgamiento del grado de doctor suele entrañar un trabajo sostenido en programas con características definitorias en cuanto estructura, calidad y gestión, y el caso de las ciencias del comportamiento no constituye una excepción (Bengoetxea y Arteaga-Ortiz, 2009; Perry y Boccaccini, 2009).

Como se aprecia en la colaboración de Bermúdez, Castro, Sierra y Buela-Casal (2009) en este mismo volumen, la diversidad de los programas doctorales ocurre en prácticamente todas las dimensiones, abarcando desde su propósito o sus condiciones de admisión, hasta su estructura, financiamiento y contexto internacional. En términos generales, los programas doctorales en ciencias del comportamiento reflejan el contexto socio-económico y político de su región o sitio de inserción y su administración y funcionamiento depende de numerosas y complejas condiciones.

Independientemente de su carácter, persisten líneas generales de orientación que suelen caracterizar a la gran mayoría de los programas doctorales en ciencias del comportamiento y que los llevan a compartir necesidades, problemas y opciones de solución y avance a futuro. El resto de la presente contribución se orientará a describir algunos de estos componentes a guisa de mínimos conceptuales indispensables, buscando puntos de comunicación que conduzcan a su mejoría y a la colaboración en investigación y en formación universitaria del más alto nivel.

*Agradecimientos: El presente trabajo fue posible, en parte, gracias a la subvención 104338 del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México. El autor agradece los comentarios de Angélica Riveros a una versión preliminar del manuscrito.

 
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