Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de mayo de 2010 Vol.11, No.5
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La formación doctoral en España
Jesús Rodríguez Marín y José Vicente Segura Heras
CITA
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Imagen tomada de: commons.wikimedia.org
Autor: Anual
   
La regulación del XIX
La Ley de Reforma Universitaria...  
La situación actual
Conclusiones
Bibliografía

Introducción


El antiguo régimen

Desde sus orígenes el título de Doctor estuvo unido a la enseñanza. Doctor viene del verbo latino docere, enseñar. En Roma se calificaba de doctores a quienes ejercían la enseñanza en cualquier profesión civil o militar, con un uso similar al de magister, pero no expresaba ninguna especial dignidad. Sin embargo, el origen del actual título de doctor se remonta a la Alta Edad Media. En el siglo XII, el uso del título de Doctor se extiende a los profesores de Derecho Civil, en la Universidad de Bolonia, y de allí pasa a utilizarse en todas las otras universidades.

En una primera etapa no se diferenciaba entre los términos Doctor, Magister y Professor, pero en poco tiempo Doctor adquirió su carácter de categoría en el gremio de enseñantes. Desde el siglo XIII ya no se concedía a quien no tuviera el grado de Bachiller, y desde el siglo XV, su obtención se sometió a la superación de una prueba de controversia o disputatio ante el Claustro, celebrándose acto seguido grandes festejos en honor de los nuevos doctores, al haber conseguido el más alto grado en la organización gremial. Parece que fue la Universidad de Oxford la que estableció por primera vez ese procedimiento de colación (De Ridder-Symoens, 1994; Miguel Alonso, 2003).

Así pues, el origen del doctorado es fundamentalmente gremial y referido a la Universidad, sin que fuera exigible para obtener la Cátedra, ya que se podía acceder a esta condición con los títulos de Bachiller y Licenciado, por lo que no fue una figura a la que el legislador le dedicara mucha atención en las reformas de finales del XVIII. De hecho acabó constituyendo una categoría académica a la que no todos accedían y que caracterizaba al individuo dentro de la comunidad científica.

El procedimiento de “colación” del grado consistía en la realización de unos estudios complementarios a los de la Licenciatura y un examen de grado, que en realidad era la suma de dos exámenes: un examen privado y otro público. Cuando el estudiante cree estar preparado acude a un profesor del colegio de doctores, que comprueba su capacidad y conocimientos y si estima que está preparado lo presenta para el privatum examen. El candidato visita al Rector y al Archidiácono y ante ellos jura haber frecuentado las clases correspondientes y no haber pagado para ascender. Si es admitido para la prueba, el examen privado tiene lugar ocho días después. El Tribunal está compuesto por el Archidiácono y todos los doctores del colegio correspondiente, que se reúne en la sacristía de la Catedral. El Tribunal señala al candidato dos temas de la materia sobre los que habrá de examinarse. El candidato se retira a su casa para prepararse, y al día siguiente realiza la exposición, y se somete a las objeciones y críticas del Tribunal. Una vez aprobado se convierte en licenciatus, pero todavía no es doctor. Tiene que superar otra prueba: el examen público. El examen público (conventus o laurea) es todo un acontecimiento público para la ciudad. Se realiza en la catedral. El candidato viste un hábito de paño fino, y debe regalar otro a los profesores. El candidato jura respeto a la universidad y obediencia a los rectores. Acto seguido intervienen los profesores con sus discursos, y después se pasa a la discusión con el candidato, y el Claustro votaba la concesión o denegación del grado. Otorgada la concesión el Archidiácono declara que el estudiante es laureado y le entrega los símbolos: anillo, toga y birrete.

El candidato se transforma en doctor (iuris, theologiae, medicinae, etc.) y recibe también la licentia docendi. (Cebreiros, 2003; De Ridder-Symoens, 1994). A continuación se celebran festejos. En algunas universidades, como la de Salamanca o Valladolid, la ceremonia comenzaba con un paseo a caballo por las calles de la ciudad del candidato acompañado de todos los doctores, acompañados de música. Después tenía lugar una colación con un máximo de seis comidas. Después del acto de graduación, proseguían los festejos y convites que culminaban con una corrida de toros. Todo ello a costa del doctorando. Se trataba, por tanto, de un acto muy costoso, por lo que muchos jóvenes tienen muchas dificultades para poder acceder al título. Era usual que muchos doctorandos tuvieran que pedir préstamos para afrontar los gastos, sobre todo los que eran catedráticos y necesitaban el grado para conservar su puesto (Cebreiros, 2003). Las reglas de funcionamiento y la situación general de la Universidad produjeron la perversión del método, porque, por un lado, profesores, cargos académicos, y organizaciones universitarias presionaban para la obtención del grado; y, por otro, la pluralidad y desigualdad de las universidades contribuyeron al desprestigio del título. En el siglo XVIII, Felipe V intentó una fallida reforma universitaria en 1720. Su reforma se vio bloqueada por la inercia y la tradición, y no volvió a platearse hasta los años 1750. En 1752, Fernando VI suprimió toda la pompa eliminando el paseo por la ciudad, y circunscribirlo a una procesión por el claustro universitario, y eliminar la corrida de toros y los convites, subsistiendo tan sólo un pequeño refresco. En 1760, el Plan Pablo de Olavide para reformar la estructura y el plan de estudios de la Universidad de Sevilla, cobró rápida difusión en las universidades castellanas. Carlos III también aprobó regulaciones para mejorar el sistema de concesión de grados, apostando por la limpieza de todos los procesos y por la corrección de corruptelas (Kagan, 1972).

Este proceso de saneamiento de la universidad tienen un hito importante, a comienzos del XIX, en 1807, con el Plan de Enseñanza del Marqués de Caballero, ministro de Carlos IV, que declaraba extinguidas las Universidades de Toledo, Osuna, Oñate, Orihuela, Ávila, Irache, Baeza, Almagro, Gandía y Sigüenza, universidades menores colegiadas o conventuales. En cualquier caso, este Plan no tuvo muchos efectos, porque los sucesos de mayo de 1808 produjeron un abandono casi masivo de los estudiantes de sus universidades, que cambiaron los libros por las armas. En la Universidad de Santiago de Compostela llegó a formarse un batallón de 1.200 alumnos bajo el mando del Marqués de Santa Cruz, como coronel, que fue condecorado por el claustro con el título de doctor en todas las Facultades (Jiménez, 1971).

 
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