Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de julio de 2010 Vol.11, No.7
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Los movimientos LGTB y la lucha por la democratización de las jerarquias sexuales en Brasil
Marco Aurelio Máximo Prado, Ilana Mountian, Frederico Viana Machado y Leonel Cardoso dos Santos
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Jerarquías sexuales y normas...
El trayecto de los movimientos LGTB...
Reflexiones acerca de los derechos...
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Introducción


Derechos sexuales y derechos humanos: ética y política

La sexualidad, gradualmente, ha ganado espacio en los debates públicos acerca de los derechos humanos, ya sea en el contexto local, nacional o transnacional. Al romper con un concepto masculino, blanco, heterosexual y eurocéntrico de los Derechos Universales del hombre, el movimiento feminista interpeló la pauta centralizadora y eurocéntrica de los derechos, señalando la exclusión de las mujeres y, específicamente, la invisibilidad de las jerarquías de las posiciones de género (Mattar, 2008; Citeli, 2005; Petchesky, 1999). Es importante destacar que esta interpelación se centró en el discurso de los derechos reproductivos y después permitió una ampliación para que se pensara en los derechos sexuales más allá de los reproductivos y el campo de la salud.

En este trayecto, la sexualidad empieza a convertirse en tema de debate público, procedente específicamente de la legitimidad del discurso de sujetos involucrados en prácticas de militancia y activismo, por la ampliación de la noción de derechos sexuales como punto esencial de los derechos humanos.

Por lo tanto, una mirada atenta hacia la contemporaneidad permitirá tomar la sexualidad como un elemento interpelador de la lógica universalista que se ha puesto en el campo de los derechos humanos. En este contexto, a medida que la sexualidad empieza a disputar legitimidad política (experiencias y narrativas, analizadas aquí como discursos instalados por sujetos y movimientos organizados de lesbianas, gays, bisexuales, transgéneros y transexuales), se producen antagonismos en este escenario, lo que denuncia cotidianamente la supuesta universalidad y neutralidad de los derechos humanos, evidenciando la fragilidad que existe en el discurso de la naturalidad de los derechos, aludiendo a una tensión que, cuando es expuesta, manifiesta las jerarquías sociales presentes en el concepto de derechos humanos, específicamente en el campo del género y la sexualidad.

Este concepto de universalidad de los derechos impide que se ignoren los conflictos políticos que se protegen bajo dicho concepto y sus prácticas, causando la falsa impresión de que al ser universales, se constituirían a partir de principios neutrales e incluyentes de la heterogeneidad de las experiencias sociales.

Los derechos humanos, comprendidos como un campo que resulta de la posible relación entre el derecho individual y el bien común, deberían expresar más las paradojas de la democracia moderna (Mouffe, 2000), las articulaciones entre libertad e igualdad, construidas por  relaciones de antagonismos, que la simple evidencia de un derecho natural que resulta de algún consenso.

Badiou (2001), en su discusión sobre ética, señala que la ética de los derechos humanos presupone un derecho natural, entendido como autoevidente y resultado de un consenso, lo que presupone, por consiguiente, un consenso universal, en una visión binaria del bien y mal. Progresivamente, la “ética se convirtió en una manera de que nos ocupemos de esos derechos, de que tengamos seguridad de que son respetados”1 (p.4). Badiou (2001) señala diversos efectos que se pueden ver desde esa perspectiva de ética de los derechos humanos: al reducir la ética a derechos humanos o acciones humanitarias, se crea una definición de sujeto como víctima, una identidad victimizada, reduciendo espacios para otras perspectivas discursivas. Otro aspecto importante en esta discusión es que esta perspectiva ética, debido a su generalidad abstracta y estadística, no permite considerar la singularidad de las situaciones. En ese sentido, el autor señala que no hay una ética en general, sino “procesos éticos con los que tratamos las posibilidades de la situación” (p.16).

La ética contemporánea enfoca la diferencia, o mejor dicho, la coexistencia pacífica de diferentes comunidades, “el rechazo de la exclusión”. Sin embargo, esas diferencias sólo subrayan la multiplicidad infinita entre los sujetos. Se puede imaginar aún un nuevo aspecto consecuente de esta posición de los derechos humanos en relación con la diferencia, donde esta visión de la diferencia parece definir una identidad y, de esa forma, el respeto a lo que es diferente se aplica para aquellos que son “razonablemente consistentes con esa identidad”. De esa forma al celebrado “otro” se lo acepta siempre que sea un “buen otro”, de donde Badiou (2001) cuestiona: “¿qué quiere decir esto si no exactamente lo mismo que nosotros?” (p. 24). Además, Marks (1996) señala el problema de la definición de “derechos” pues “el discurso de los derechos humanos  entiende el derecho como una propiedad, dada o que pertenece a la persona, en vez de propiedad que emerge entre personas” (p.15), es decir, normas que se instituyen desde relaciones de poder. Esto es algo que se debe considerar, ya que reducir este debate al concepto de un sujeto universal y de discursos individualistas sobre el sujeto, no permite que el campo de los derechos aparezca como algo que respecta a las relaciones sociales y políticas, que se refieren a las situaciones contingentes.

En este sentido Prado (2003) argumenta que necesitamos escapar a conceptos liberales o comunitaristas de los derechos humanos, bajo el riesgo de liquidar sus aspectos políticos. Según Prado (2003), estas dos perspectivas deben hacernos comprender tanto la importancia del derecho individual como la de la construcción colectiva del bien común, una vez que justo en este punto reside el campo de los derechos humanos y de las luchas por el manejo de estas significaciones. Este argumento es importante, pues “la radicalidad de los valores democráticos se puede pensar solamente con la garantía de la supervivencia de la tensión entre la lógica de la identidad y la lógica de la diferencia, y nos parece que los dos proyectos, tanto el del liberalismo como el del comunitarismo, han intentado romper esta tensión” (Prado, 2003:70).

En este sentido, una propuesta para el análisis de las relaciones conflictivas que surgen del campo de los derechos humanos sería la de que mantengamos una perspectiva que sostenga (en vez de eliminar) las tensiones y paradojas que habitan este universo, pues sólo de esta manera tendríamos “la mejor garantía de que el proyecto de la democracia moderna está vivo y habitado por el pluralismo. El deseo de resolver esta tensión podrá favorecer solamente a la eliminación de lo político y a la destrucción de la democracia (Mouffe, 1993:133).

Esa perspectiva nos ayuda a comprender el campo de los derechos humanos lejos de conceptos esencialistas y naturalizantes, y nos obligaría a tratarlo bajo una perspectiva histórica, pues “no se trata de una relación dada y naturalizada, sino de una relación construida por luchas sociales, disputas de poder y distintas formas de identificación colectiva” (Prado, 2003:72). No obstante, el compendio histórico en cuestión no se puede limitar a una simple descripción de los hechos, en las palabras de Prado (2003:72), debemos tomar el contexto social y cultural no como una variable más que determina nuestras prácticas y discursos científicos, sino comprender que estos elementos históricos, culturales, sociales y políticos deben colaborar en la reconsideraciónde los discursos de los derechos humanos.

En fin, nuestra perspectiva es pensar la política como punto ensencial de la paradoja entre la universalidad y la particularidad de las experiencias humanas, lo que nos permite comprender los derechos humanos como un amplio espacio de articulación política en la contemporaneidad, en lugar de una pauta tranquilizadora y estática.

En ese sentido se puede interrogar, desde esta tensión entre universalidad y particularidades, de qué modo las jerarquías de la sexualidad se pueden constituir como recursos importantes para pensar derechos sexuales y derechos humanos desde la tensión que se acaba de evidenciar en este trabajo.

1 Todas las citas fueron traducidas al español por la traductora.
 
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