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Desde un punto de vista sociológico, la cultura se puede definir
como una dimensión de la vida social que se deriva del afán
humano por entender y explicar el mundo. Se trata, entonces, de la trama
de símbolos que los seres humanos producen y construyen para darle
sentido a sus prácticas. Es dentro de ese esfuerzo por significar
y comunicar el curso de la propia vida donde se debe situar la producción
de las expresiones artísticas e intelectuales a partir de las
cuales se construyen las bases de la vida social.
Identidad y cultura son conceptos afines. Cuando un grupo social se
experimenta a sí mismo como distinto de los demás, es decir,
cuando requiere definirse con una identidad específica y separada
de otras, siente al mismo tiempo la necesidad de crear sus propios mecanismos
de comprensión del mundo y aprehensión de sus propias interacciones.
La cultura es selectiva y opera con base en una dinámica de inclusión/exclusión.
Cada cultura se define en función tanto de lo que excluye como
de lo que incluye. Una de sus funciones principales es la de clarificar
el lugar de lo propio (la identidad, el Nosotros) y el lugar de lo ajeno
(la alteridad, el Ellos).
Es en este sentido que podemos hablar de una “cultura homosexual”:
como el conjunto de simbolismos y maneras de significar que organizan
la experiencia de las personas interpeladas por esa identidad, en oposición
y en contraste con las identidades no homosexuales.
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