Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de septiembre de 2010 Vol.11, No.9
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Visibilidad de comunidad gay y lésbica en el espacio público de la Ciudad de México: la Zona Rosa
Iván San Martín Córdova
CITA
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Diseño:Mario Álvarez
   
Origen y límites de la Zona Rosa
Institucionalización de la comunidad...
Visibilidad en la Zona Rosa
El modelo socio-espacial de la Zona Rosa
Bibliografía
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Introducción


Durante milenios se ha subdividido el espacio en las ciudades, distinguiéndose los lugares de convocatoria doméstica de los públicos, en donde prevalecen las actividades laborales, lúdicas o defensivas, a menudo especializadas y emplazadas según las actividades predominantes. En la época medieval los barrios de curtidores se emplazaban fuera de las murallas; los orfebres se localizaban en zonas más seguras y céntricas, y los pescadores se encontraban, por obvias razones, cerca de un puerto. Además de la división económico-laboral del espacio, en muchas ciudades se han conformado divisiones culturales del ámbito urbano, en función de etnias, culturas y religiones, de consecuencias ambivalentes, ya que si bien la proximidad ayuda a fortalecer las redes sociales, también promueve su segregación. Es de sobra conocido que en las principales ciudades europeas la comunidad judía ocupaba barrios enteros. Lo mismo ocurría en los centros urbanos mesoamericanos, donde hubo una separación del espacio público en relación con las características culturales de un determinado grupo, ya sea por cuestiones de origen étnico o religioso, o ambas a la vez. Se tiene noticia de que en la gran urbe de Teotihuacán, construida al noreste del lago de Texcoco, existían barrios poblados por zapotecas, cuyo origen étnico se encontraba en las lejanas tierras oaxaqueñas, y que convivían armoniosamente con sus anfitriones teotihuacanos.

Una nueva visibilidad

En algunas ciudades del mundo occidental, a principios de los años setenta del siglo pasado, se dio una circunstancia socio-urbana hasta entonces singular: la aparición de zonas urbanas, cuyos espacios públicos y privados se iban ocupando y orientando, específicamente, por un segmento de la población que compartía, no una religión ni un origen étnico, ni tampoco una actividad laboral, sino su identificación para compartir una orientación sexual diferente a la de la mayoría heterosexual, hasta entonces la única aceptada socialmente. “Surge así una homosexualidad que ya no está dada por la biología, sino que se construye y se expresa a través de un estilo de vida, una comunidad y una sensibilidad cada vez más consciente de sí misma. Así como el individuo reconoce paulatinamente su orientación hasta asumirla plenamente, así la cultura occidental ha reconocido y asumido poco a poco la existencia de una homosexualidad que no es meramente una preferencia personal, sino una identidad social: no un individuo, sino una comunidad (Castañeda, 1999: 54).

Los llamados barrios gay1 han sido y son la expresión urbana, la expresión espacial de una comunidad con una creciente identidad social. A partir de la afirmación social de una condición personal, comenzaron a aparecer, de manera lenta y gradual, primero en ciudades estadounidenses y europeas, y después en las latinoamericanas, zonas específicas ocupadas por la comunidad de gays, lesbianas y transexuales. Empezaron a frecuentarlos, visible y legalmente, ya sea porque muchos miembros de esta comunidad habitaban la gran mayoría de las viviendas, o bien porque allí se encontraban sus principales espacios recreativos, o se localizaban comercios especializados para su consumo, o simplemente porque en esos espacios públicos se podía manifestar su visibilidad social, que no se podía expresar en el resto de la ciudad.
Sin embargo, que la sociedad llegara a tolerar esta presencia espacial, supuso un proceso largo y no exento de conflictos. En Nueva York, la inicial tolerancia soterrada hizo crisis hacia finales de los años sesenta del siglo pasado. La revuelta de Stonewall fue uno de los hechos más significativos de aquellos momentos. En el barrio del Village, en la isla de Manhattan, hacia junio de 1969, la policía neoyorkina irrumpió con violencia en el bar Stonewall, un pequeño local de reunión de la incipiente comunidad gay, que se defendió con valor hasta sucumbir, con varios muertos y heridos. Este hecho ha simbolizado, desde entonces, un hito en las reivindicaciones de la condición homosexual masculina, y, con el paso de los años, también de la de lesbianas y transexuales del mundo occidental.

Desde entonces, la visibilidad urbana de esta comunidad ha ganado terreno en algunas ciudades cuyas sociedades son más tolerantes y respetuosas que otras hacia la diferencia de la condición sexual. La población de gays, lesbianas y transexuales se ha ido asentando en alguna zona concreta de estas ciudades, habitándola y desarrollando progresivamente actividades lúdicas y comerciales, específicas para su propio sector en la población, de manera que ha sido progresiva también su visibilidad, primero nocturna y durante los fines de semana, y después en la vida cotidiana.

Así ha ocurrido, por ejemplo, en Madrid, en el barrio de Chueca, y Barcelona, en el Ensanche izquierdo, el gaixample2, aunque con marcadas diferencias entre ambas ciudades. Mientras en la capital española el modelo de ocupación urbana gay se asemeja a la de algunas ciudades de Estados Unidos –San Francisco o Nueva York-, el modelo de la ciudad condal es más similar al de otras ciudades europeas, como París, Bruselas o Ámsterdam.

La existencia de barrios gay3 no está exenta de críticas, tanto de los propios habitantes de estos barrios, como del resto de la sociedad. Surgen preguntas, tales como: ¿acaso estos barrios corren el peligro de convertirse en guetos aislados del resto de la ciudad?, ¿existe realmente una comunidad gay y lesbiana en estos barrios o solamente se trata de un mercado de consumidores perfectamente identificados?
Para empezar, sería necesario aclarar que aún cuando tomásemos el barrio de mayor concentración y visibilidad de la comunidad gay –Chueca, probablemente-, dista mucho de poder considerarlo como un gueto, pues las zonas gay son completamente permeables y sin límites fronterizos impuestos. Así, Alberto Mira, en su libro De Sodoma a Chueca, reflexiona acerca de “comparar Chueca con un ‘gueto’, muestra una falta de sensibilidad política frente a quienes históricamente han tenido que soportar las realidades de los auténticos guetos: un gueto era un lugar de opresión en el que nadie elegía vivir” (Mira, 2004) Estos barrios no están impuestos por ningún tipo de poder, sino que son producto de una progresiva tolerancia social y de la voluntad de la comunidad gay de generar identidad y conseguir visibilidad y reconocimiento. En estas zonas, la vida se desarrolla de un modo idéntico a cualquier otra. Predomina, de igual forma, la libertad de acción o la ley de la oferta y la demanda, la puja del mercado inmobiliario…, sólo que la oferta de bienes y servicios está dirigida a un público muy definido, que tiende gradualmente a hacer más visibles sus preferencias de vida.

La crítica sobre el intenso consumo que se desarrolla al interior de las zonas gay, también debiera matizarse. Igual que cualquier otra zona de las ciudades capitalistas, existen hábitos de consumo que son aprovechados e instigados por los comerciantes. Más que hacer una crítica al consumismo de la comunidad gay, debería cuestionarse el modelo de sociedad consumista, y no sólo cuestionar a un sector, que tiende a repetir, al igual que el resto de conciudadanos, los mismos patrones de consumo. Probablemente sea cierto que la comunidad gay suele destinar un mayor porcentaje de sus recursos económicos al consumo y a los servicios lúdicos, en comparación con la media de la población. Se ha llegado a considerar que su alta capacidad de consumo se debe, en general, a que la mayoría de la comunidad gay no tiene los gastos derivados del sustento familiar, sin embargo, cada vez se pone más en evidencia que la condición de gay no está desligada de las estructuras de convivencia o de los lazos familiares, más aún en los países donde ya se ha reconocido el matrimonio homosexual y el nuevo tipo de estructura familiar que comporta.

1En este texto se evita la utilización del término “homosexual”, ya que acarrea connotaciones médicas de origen decimonónico, cuando se le entendía peyorativamente como una enfermedad. Aunque hoy en día, la palabra homosexual probablemente se ha popularizado sin aquella connotación primigenia, se prefiere utilizar el vocablo ingles gay, que alude no sólo a una circunstancia de preferencia sexual de un individuo, sino a que también el individuo ha aceptado las consecuencias familiares, laborales, sociales y políticas producto de su propia condición. En suma: una posición frente a la vida que le ha tocado vivir.
2Juego de palabras en catalán al unir la palabra gai con Eixample, es decir, el Ensanche que sufriera la ciudad condal en el siglo XIX.
3Aunque en estricto sentido la palabra gay solo alude a la orientación sexual de los hombres “homosexuales”, es común que por extensión se aplique este término para referirse a un colectivo que también incluye a las lesbianas y los transexuales, razón por la cual, cuando nos referimos a barrios gays debemos entender en este texto todo el colectivo que difiere de las preferencias heterosexuales mayoritarias

 
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