Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de noviembre de 2011 Vol.12, No.11
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Periodismo con medio puñal en la espalda. Entrevista a Javier Flores
Javier Crúz
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Introducción


La historia del periodismo de ciencia contemporáneo en México no puede contarse sin un nombre: Javier Flores. Tocador de puertas pertinaz cuando nadie pensaba siquiera en colgar la ciencia de la agenda periodística, las abrió en casas editoriales insignes: unomásuno, La Jornada, Proceso. Es una historia muy mal contada hasta ahora. Pero es, además, una historia que urge contar, porque en el repaso de circunstancias, malentendidos, cavilaciones y, sobre todo, tormentas en las mentes de los protagonistas, hay claves para el entendimiento del periodismo de ciencia en el futuro inmediato.

Esta es la saga que tornó al médico Javier Flores en el pionero del periodismo científico, tal como la contó él mismo en una larga charla, sin ambages, con la Revista Digital Universitaria.

Excélsior (Adolescente en el 68)

Revista Digital Universitaria: Regresa a cuando estabas en preparatoria. ¿Estaban muy presentes los periódicos en tu vida?

Javier Flores: En la preparatoria sí. Yo estudié en la Prepa 2, de la UNAM, la única con el plan combinado secundaria-preparatoria. Desde entonces he estado en la UNAM. Mi padre era médico y entonces se consumía mucha literatura de todo tipo, y periódicos. El principal era Excélsior. Lo leíamos un número importante de estudiantes, porque a mí me tocó una época muy cercana al 68, una época de una gran inquietud política. Y en el que más se reflejaban los temas que podían interesar a los jóvenes con inquietud política, era Excélsior. Curiosamente, ahí había articulistas de muy alta talla y, entre ellos, un científico: Marcos Moshinski. Yo no lo leía con regularidad, porque me interesaban temas más políticos de esa época. Pero sí tenía muy presente que ahí estaba eso, en el Excélsior de Julio Scherer.

Además había toda la literatura que los jóvenes de izquierda de esa época consumíamos, sobre el Che Guevara, Carlos Marx (incluido El Capital), Mao Tse-Dong, Marta Harnecker y los manuales que hacía la Editorial Progreso, además de los escritores mexicanos de esa época, como Carlos Fuentes, Octavio Paz, José Agustín, Jorge Ibargüengoitia.

RDU: El resto del panorama cultural de la época, en términos de música, cine, arte, ¿de qué se componía?

JF: La Prepa 2 estaba originalmente en San Ildefonso, frente a la Prepa 1, y luego se cambió a Lic. Verdad, a ese edificio de tipo francés a un costado de lo que ahora es el X-Teresa. En el 68 allí había mucha actividad, aunque mis papás no me dejaron entrarle mucho al movimiento; pero yo me escapaba y me tocó participar incluso en algunas riñas callejeras con la policía en el centro histórico.

Entre las actividades culturales que había en el centro de la ciudad, una clave para nosotros los jóvenes, era ir al billar (aunque no sé si la podemos considerar dentro de las actividades culturales, pero era clásica). En la Prepa 2 había un Cine Club en el que exhibían películas de las llamadas “de arte”, experimentales y había un grupo de profesoras (psicólogas. En esa época había unos departamentos de orientación vocacional muy buenos en las preparatorias), que organizaban sesiones de debate y discusión acerca del cine. Recuerdo mucho una película que se titulaba Blow up (no me acuerdo ahora de los datos),1 que da una idea del tipo de cine de la época: es la historia de un asesinato que es descubierto a través de sucesivas amplificaciones de una fotografía tomada en un parque.

Y en esa película hay una parte musical de los Yardbirds, con Eric Clapton, un grupo legendario. Oíamos mucho a los grupos ingleses, y a mí siempre me gustaron los Kinks, Yardbirds, por supuesto, Rolling Stones y los Beatles.

Esos edificios del centro eran en sí mismos obras artísticas, todos llenos de murales. Y los museos, sobre todo Bellas Artes.

Una cosa muy interesante es que jugábamos fútbol en la catedral. Esperábamos a que llegara la noche, y nadie nos molestaba. Conquistábamos a las estudiantes de la escuela de secretarias Lerdo de Tejada, que quedaba cerca.

RDU: Posteriormente entras a la UNAM, ya en C.U.

JF: Ingreso a la Facultad de Medicina en 1971, el año del 10 de junio y los Halcones. Participé en esa manifestación, que fue reprimida de forma brutal. El ambiente universitario estaba muy sacudido por las turbulencias políticas. Y aunque era muy difícil escapar a eso, me dediqué de lleno a estudiar medicina y en el primer semestre pasó una cosa que me cambió la vida: la materia de Fisiología Humana, que se enseña desde un punto de vista teórico y también experimental. Fue lo que motivó mi interés por la ciencia. La fisiología es como una especie de amante, de la que no te puedes ya despegar nunca. Para el siguiente semestre yo ya estaba tan involucrado en la fisiología que me hice ayudante de maestro, y de ahí viene mi primer nombramiento académico en la Universidad, en 1972.

Hubo una interrupción en mis estudios, por dedicarme a la actividad política propia de los jóvenes de mi generación.

RDU: Supongo que seguías teniendo lecturas periodísticas. En esos primeros semestres de tu carrera en Medicina, ¿hubo un momento en que hayas notado la presencia de la ciencia en los medios, o bien la necesidad de que la hubiera?

JF: Debo confesar que no. Eso surgió más adelante, pero en esos momentos yo apenas estaba conociendo el mundo de la ciencia a través de las materias básicas en la Facultad. Los medios de comunicación eran un consumo personal que tenía satisfecho, y todavía no veía su conexión a nivel social.

La discusión de temas de coyuntura política era fuera de las aulas. Los temas de coyuntura en ciencia se discutían en las áreas de investigación, con las que yo tuve el privilegio de tener contacto, porque desde muy joven estaba metido en los laboratorios. Ahí sí se discutían los avances y mi interés se dirigió hacia las neurociencias, en las que empezaba a haber nuevos caminos para entender la función del sistema nervioso, que llevaron a la fusión de varias disciplinas. Esto dio lugar a la neuroquímica y a la biofísica, que a mí me tenían impresionado porque era ver cómo diablos emplear herramientas de la física y las matemáticas para entender las funciones de los seres vivos.

Aunque no llevé Fisiología con él, Hugo Aréchiga era el profesor con el que quería trabajar todo estudiante con inquietud por la investigación. Yo empecé a trabajar con él diseñando prácticas de laboratorio, con lo que quedé muy enganchado. Cuando llegó el momento del internado y el servicio social, fui a hacerlo con él al Cinvestav. Ahí entré ya de lleno a trabajar en un laboratorio de investigación.

1. Blow up (1966), dirigida por Michelangelo Antonioni, basada en la historia corta Las babas del diablo, de Julio Cortázar.

 
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