Antes de entrar en materia, quiero presentarme.
Soy Ulises Juárez Polanco, de Nicaragua, represento a Carátula,
revista cultural centroamericana, y quiero agradecer en nombre de nuestro
director, el escritor Sergio Ramírez, en nombre propio y de nuestro
equipo de trabajo la invitación extendida para compartir este diálogo
con todos los colegas. Estoy seguro que estas tres jornadas serán intensas
y que el aprendizaje será provechoso.
Quiero referirme rápidamente a nuestra publicación, como forma
de sentar el contexto en que trabajamos. Carátula es una publicación
electrónica bimestral inaugurada en agosto de 2004, que para diciembre
de 2011 llega a 45 ediciones de forma ininterrumpida. Con un diseño
sencillo pero riguroso en el contenido, nos especializamos en contenido cultural,
principalmente literatura, cine y artes plásticas, tanto en creación
como en crítica. Según nuestras estadísticas, actualmente
contamos con un promedio de 22 mil lectores únicos por edición,
y hasta 250 mil accesos por edición, desde todas las latitudes del
globo, desde los centros tradicionales como México, Argentina o España,
hasta visitantes de Rusia, Vietnam, África, el Vaticano o el Pentágono.
Cuando se fundó Carátula, la intención era proyectar
una apertura hacia las múltiples manifestaciones de la cultura centroamericana,
y colocar en la red un prisma para que los lectores globales descubran a más
escritores de la región, cuya opacidad literaria se debía, como
aún se debe, a la escasez de medios efectivos y la falta de una estructura
de mercado que promueva la circulación de sus obras fuera de sus países
de origen.
Dicho lo anterior, hablemos de lo que nos ocupa. Quienes de una u otra forma
estamos vinculados activamente con lo que algunos llaman “nuevos medios” sabemos
que hay una nueva especie de lector. Nuevos tiempos, nuevos lectores. Lectores
2.0. Todos nosotros aquí presente seguramente ya lo somos. Sobre esto
de los nuevos lectores ya existe una bibliografía muy interesante.
Desde tiempos remotos cuando el ser humano ya había dado con ese artificio
mágico que es la escritura, y que comprendió el valor que ésta
representa entre sus pares, ha habido reuniones y encuentros como éste,
con un auge evidente a partir del invento de Gutenberg, hace más de
500 años. Ya todos sabemos los grandes cambios que significó la
imprenta de Gutenberg para el conocimiento, no hay necesidad de entrar en
detalles. La nueva imprenta de hoy día se llama internet, que si bien
ya tiene cerca de tres décadas de existencia sigue en pañales.
Este invento de origen militar que nos reúne hoy, a pesar que algunos
sintamos que siempre ha existido, en realidad tiene su uso masivo recientemente.
En su ensayo Los nuevos lectores, Amelia Fernández de la
Universidad Autónoma de Madrid hace un análisis de cómo
ha ido modificándose la forma de acceder a la literatura, centrándose
en los tipos de lectura, o en la materialización concreta del mensaje
cifrado por la palabra:
- Antigüedad clásica: el lector como oyente e incluso espectador o actor,
y sobre todo como realizador de lo escrito, como aquel que descifra e interpreta.
Oralidad. Lectura en voz alta.
- Lector como copista o como filólogo en la tradición
bizantina. Es aquel que reconstruye no sólo el mensaje escrito sino
también el mundo que sustenta la creación de esa obra. Lectura
en voz alta, salvo en silencio en los conventos, por razones prácticas.
- Invención de la imprenta: lector como lector. Es el que
descifra en silencio, mentalmente, lo que aparece ante sus ojos, en un proceso
en el que el sentido de la vista desplaza al del oído.
- Siglo XX: nuevas tecnologías e integración del libro en
la sociedad de mercado. Podemos hablar del libro instantáneo.
Las librerías ya no son el lugar donde encontrar libros. El quiosco
de prensa, los grandes almacenes y los supermercados los ofrecen al lado
de revistas, perfumes, discos o productos de limpieza. Fernández
rescata el ejemplo del metro de Barcelona, por ejemplo, donde es posible
adquirir incluso en máquinas expendedoras, de la misma manera que
compramos bebidas.
Pero sin duda el fenómeno reciente que más ha influido en los
cambios de hábitos de lectura ha sido la irrupción de las nuevas
tecnologías en el siglo XXI, en especial las informáticas, que
está creando un cambio radical en la forma de acercarse a un texto.
Ya es claro que está modificando a los receptores y que incluso, está construyendo
una nueva forma de articular el pensamiento y la memoria. Mario Vargas Llosa
ha sido un gran crítico de estos cambios, argumentando que hay un menor
ejercicio mental y por ello estamos atrofiando el cerebro. Sobre esto, se
ha observado que cada vez parece haber una tendencia a tratar de no aturdir
con demasiada cantidad de información a estos nuevos lectores, quienes
haciendo uso de su capacidad para convertirse en sujetos activos, deciden
incluso restringir los contenidos de los textos. En Nicaragua, por ejemplo,
uno de nuestros diarios nacionales, La Prensa, se ha rediseñado totalmente
hacia un look más estético visualmente, reduciendo la extensión
de sus notas y reemplazándolas con gráficos, infografías,
fotos, tablas o similares. Este cambio, según argumentó el
diario, fue para acoplarse a las “nuevas tendencias”. Regresando
al nobel peruano, también confesó hace unas pocas horas su temor
de que el libro digital puede hacer desaparecer al libro impreso, y que “si
desaparecieran los libros devorados por las pantallas habría un gran
empobrecimiento de la vida, seguramente no de la información, pero
sí de la cultura en general”. Él sostiene un debate interesante
alrededor de que mayor información no implica mayor conocimiento. No
quiero entrar a este debate para no desviarme de mi tema, pero lo dejo en
el aire para el período de comentarios o para las siguientes mesas
de trabajo.
El soporte del libro tradicional tiene ventajas y desventajas; movilidad,
autonomía, clausura de la información y una estructura cerrada.
El soporte del libro electrónico posee apertura de la información,
estructura abierta e interactividad. El nuevo lector pide un rol creativo,
pide colaborar en la “realización” del texto. Así, éste
nuevo lector no sólo lee, recibe, sino que crea con su lectura. El
lector es también explorador, no contempla, explora, busca y crea a
la vez. Las nuevas tecnologías permiten combinar texto, imagen y música
de forma interactiva.
En Carátula, por ejemplo, hemos rediseñado la página
para incluir videos, pinturas, fotografías, y permitir también
la interacción de los lectores a través de sus comentarios.
Así, los textos no terminan con el punto final del autor, sino que
continúa a través de la participación de los usuarios.
Para cerrar, dos consideraciones personales. Primero, yo no creo que el contexto
sea tan negativo como bromeaba el año pasado Fernando Vallejo, cuando
comentó que para escritores y editores el panorama lo veo sombrío,
y que ojalá Dios nos agarrare confesados. Creo que hay nuevas potencialidades
que deben aprovecharse, sin dejar a un lado lo más importante: el contenido.
Al nuevo lector no hay que entregarle un texto más fácil, sea
en extensión o profundidad. Al contrario, hay que hacer uso de las
nuevas herramientas para que la comprensión sea mejor. Recuerdo las
palabras del director editorial de El Faro de El Salvador, Carlos Dada, hace
unos días durante la ceremonia de entrega del premio María Moors
Cabot: “Vale la pena notar que (...) somos lo que somos por nuestro
contenido, porque practicamos periodismo de la manera clásica. La tecnología
es el medio, pero el contenido es el significado”. Debe haber una responsabilidad
compartida entre nuevos lectores y nuevos editores, una que permita un balance
entre interactividad y profundidad del contenido. Ése es el reto.