Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de diciembre de 2011 Vol.12, No.12
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La Otra, mestizaje cultural en la Red
José Ángel Leyva

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La tradición editorial en México se debate en medio de grandes intereses comerciales: la lectura no es un fin y muchas veces tampoco un medio. Quiero decir que las librerías y las trasnacionales que tienen como producto de venta al libro se interesan escasamente por colocar en sus catálogos y anaqueles, o mesas de exhibición, a las revistas literarias, y no se diga a las de poesía, a las que se destina a la negación: “la poesía no se vende”. Centros comerciales y quioscos lucen a menudo una diversidad abrumadora de títulos de publicaciones periódicas, pero nunca una revista literaria... acaso algunas políticas y de las llamadas culturales. El pasatiempo, no la lectura, es el espíritu que domina en estas publicaciones.

Quienes hemos emprendido esta ardua labor de hacer revistas culturales, específicamente literarias, y de manera singular de poesía, nos enfrentamos al dilema del mercado y al gran conflicto de la ausencia de público lector de revistas especializadas y de divulgación literaria. No obstante, reconocemos una rica y larga tradición editorial y una abundante historia de publicaciones marginales que han dejado su impronta con su existencia efímera. Un papel central en la difusión de los contenidos y en la existencia de revistas, como en la movilización de la crítica, lo han desempeñado los suplementos culturales, que en México han marcado época. Aunque la mayoría de los diarios nacionales han hecho su aportación en ese sentido, son ejemplos “recientes”, el Sábado del periódico Unomasuno y La Jornada Semanal. El primero ya no existe y el segundo permanece. Aún así, la oferta es más o menos plural con otras referencias en El Universal, Milenio y Reforma, pero, insisto, no son capaces de convertirse en propulsores de nuevas corrientes del pensamiento y de la imaginación. La discusión está ya en otra parte, ocurre con énfasis en el ciberespacio. Allí se democratiza la opinión y se liberan los foros para dirimir la sustancia emocional e intelectual de la vida editorial en nuestro país y del mundo. Allí se establecen los nexos y se tejen las redes sociales de escritores de los más diversos niveles, se pactan encuentros y se confirman los desencuentros. No es algo nuevo, es simplemente la puesta en acción de eso que algunos teóricos de la cultura han llamado "La velocidad de escape", la ruptura de las fuerzas centrípetas que han pretendido atar la opinión y el intelecto a unos cuantos espacios editoriales. Entendiendo lo editorial en sus tres acepciones:

Editar como la emisión de opiniones, fijar posturas y marcar territorio ideológico; editar como el proceso de creación del discurso, de su organización, de su sintaxis, del orden y de la estética, de lo que ahora gusta en denominarse, curaduría del texto o de los textos, y editar en el sentido de hacer público el discurso, de poner en movimiento o circulación un producto impreso o contenido en formatos audiovisuales y digitales. Editar también bajo la definición certera de Gabriel Zaid: como el arte de poner una libro o una lectura en medio de una conversación. Allí entra el dilema ¿se editan publicaciones periódicas atendiendo en verdad a una interlocución o se ponen a circular productos con oídos sordos, como esculturas que hacen homenaje al egocentrismo ramplón y a la ignorancia? Allí, digo yo, en medio de la conversación, es donde se escuchan las voces de los dedos de quienes dialogan y gritan sin restricciones, allí aparecen los nuevos embriones de la crítica y de la literatura anónima. No sabemos aún cuál pueda ser la calidad, el rigor del discurso y de la palabra escrita, de esos productos, pero sí estamos conscientes de que son estandartes de un territorio más abierto y plural de la palabra. La conversación como la estridencia tienen lugar allí, en la blogosfera y entre el bloguetariado, entre los cibernauas y los facebookeros, Tuiteros, y nuevas tribus tecnológicas; también caben la más depurada información y la creación sublime. La lectura tiene un nuevo soporte y una nueva exigencia que no riñen, sino complementan, al hombre tipográfico. La contracultura digital está en marcha desde al menos un decenio.


Hace ya más de diez años recibía los constantes mails firmados por Luther Blizet, un personaje colectivo que daría tiempo después a conocer novelas elaboradas por un grupo de jóvenes escritores de Europa. En esa Europa ya enrutada hacia el poderío económico de la Unión Europea y el Euro, que no obstante sus crisis, ni la pobreza, ni el desempleo, ni la violencia, ni la desigualdad, tienen parangón con nuestras realidades poco virtuales. Luther Blizet se convirtió en inquilino de mi buzón electrónico con sus mensajes sobre la posmodernidad y el imperio de la imagen, con la convicción de ser presas de la velocidad y experimentar sin plena conciencia un cambio profundo en la percepción del tiempo y del espacio. Eran tiempos de arranque de la revista Alforja, con toda su potencia idealista y frases inverosímiles: "La fraternidad Universal de los Poetas", cuando en lo cotidiano no he visto comunidad más envidiosa y competitiva que la de los poetas. Cada pedacito de fama, cada beneficio, cada privilegio, es peleado sin mucha imaginación y con mucha víscera. Luther Blizet ventilaba en mi correo electrónico la noción de que estábamos atados de algún modo al papel y anclados a la letra impresa, aunque cada día se leyera menos y se comprara nada la poesía. La velocidad estaba entre mis dedos al mismo tiempo que en el trabajo pleno de una publicación de poesía que luchaba tenazmente por sobrevivir en paisaje tan desolador, donde son más los poetas que escriben que los poetas que leen. A los poetas como a los revolucionarios se les olvida, una vez que hacen de su idealismo una praxis política: la revolución, el cambio, los sueños, la utopía, los ideales, las personas. La poesía, en ese sentido, puede ser gratuita, pero vende. Entonces, el poeta vende, pero calla la poesía, la asfixia para que no grite y reclame.

No voy a hacer un recuento de las revistas literarias en México, porque además a todos los problemas existentes para hacer una publicación periódica de carácter cultural, y no se diga de poesía, se ha sumado Indautor, que como se dice en la jerga popular, ni picha, ni cacha ni deja batear. Un ente regulador que obstruye y desalienta a todo editor de poco carácter. Es una prueba de tenacidad y de paciencia, de insensatez y de indignación. Hay que perder todo el tiempo del mundo para gestionar un ISSN y para darle trabajo a una burocracia negligente, obtusa y a menudo reglamentista para una actividad tan noble como es el fomento a la lectura. Pero estoy persuadido de que esta experiencia la sufrimos sólo los editores de poca monta, los idealistas, los que insistimos en proponer lecturas poco mercantiles, pero no las grandes empresas, las trasnacionales que seguro cuentan con despachos especializados en abrir las más complicadas cerraduras, los más inexplicables procesos legales y administrativos. Aún no encuentro como editor el sentido o la utilidad práctica de INDAUTOR para La Otra, y para todas las demás como La Otra. No sé si la tenga para publicaciones institucionales o foros con poder como Letras Libres y Nexos, o como la Revista de la Universidad (de la UNAM), Casa del Tiempo de la UAM, Tierra Adentro (de CONACULTA), por citar las más visibles.


Blanco Móvil
, Generación, Fractal y en su momento Alforja, ya extinta, son quizás las revistas impresas independientes con una vida más longeva y con una periodicidad firme. Lo fue también, dentro de lo institucional, el Periódico de Poesía, que ha optado por el soporte digital. En otras regiones del país podemos mencionar a Dosfilos de Zacatecas, Armas y Letras de la UANL, Luvina de la Univ. Autónoma de Guadalajara, La palabra y el hombre de la Univ. Autónoma Veracruzana, Ninguna de éstas puede jactarse de ser una publicación en medio de la conversación o del silencio, o de la barahúnda de 100 millones de habitantes, que tenga como destinatarios a más de dos millares de personas. No obstante, mantienen la llama encendida de una necesaria convivencia literaria y la ilusión de que hay aún razones para publicar y esperar, como Godot, lectores ávidos de interlocución.

Hace ya más de tres años, en el marco de la Bienal de Ceará, en la ciudad de Fortaleza, Brasil, tuvieron lugar varias mesas de discusión sobre el quehacer editorial de productos escasamente comerciales, como la poesía, el cuento, el ensayo; es decir editoriales pequeñas que se autodenominan independientes o alternativas. Otras mesas estuvieron dedicadas a revisar el papel de Internet en la lectura y el intercambio cultural. En el caso de las editoriales pequeñas y medianas, por regla general locales, existen dos visiones que tienen como referente sus economías y arreglos sociales, culturales. España es un caso aparte de Iberoamérica porque sus políticas culturales apoyan de manera decidida a las pequeñas casas editoriales. Además, las grandes empresas que en América Latina fungen como colosos trasnacionales tienen asiento en España. Por eso quizás, desde la perspectiva de Uberto Stabile, director de Edita y gran promotor cultural que organiza año tras año el encuentro de editoriales alternativas en Punta Umbría, provincia de Huelva, las pequeñas editoriales no emprenden sus acciones desde la perspectiva de la autonomía sino de la opción, de lo alternativo. No acepta el término independiente, pues para él todas las editoriales comerciales son independientes en mayor o menor medida, pero no todas son alternartivas.

En fin, para América Latina, la situación es otra. Las Cámaras Nacionales del Libro están capitaneadas por los representantes de esos gigantes editoriales que en su mayoría son de capital español y que han encontrado un mercado cautivo en nuestros países, sin que exista ninguna relación de equidad ni correspondencia. La metrópoli existe porque la periferia no deja de pensar y actuar como tal. Lo periférico es en todo caso una ubicación mental y cultural, y mientras no se rompa esa inercia seguiremos trabando desde las orillas, desde la marginalidad. Eso mismo sucede con las pequeñas editoriales que poco a poco comienzan a organizarse en asociaciones gremiales y se piensan como una alternativa cultural, pero reconociendo que su ubicación es todavía en el plano de la distancia con respecto a dichas cámaras oficiales que representan los grandes intereses de las empresas trasnacionales y de algunas locales. Así mantenemos el sentido gremial desde la autonomía y la búsqueda de posiciones que nos reconozcan, que nos hagan visibles en el diseño de políticas estatales; es decir, que exista la visibilidad de estas iniciativas de la sociedad civil que se debaten en la sobrevivencia, pero abonan de manera más decidida y fiel a la promoción de la lectura y la escritura al publicar obras que ninguna editorial con fines contundentes de lucro imprimirán. Al desempeñar este papel y mantener viva la tradición editorial local estas editoriales independientes y alternativas son parte de una herencia cultural que deben ser apoyadas como tales.

Con EdsonCruz, de la revista electrónica Cronópios, de Brasil, y con Esthela Guedes de Portugal, participé en una mesa sobre el papel de las revistas electrónicas y el mestizaje cultural derivado de esta acción. Guedes hizo una exposición sobre las estadísticas que muestran la frecuencia de visitas a determinados portales y sitios web. Las cifras son abrumadoras. Más allá de una discusión sobre la confiabilidad de tales contabilizaciones, los resultados de facto son evidentes. Las comunidades cibernéticas en el ámbito literario son cada vez más grandes y en mayor número. Los intercambios son dinámicos y rompen fronteras nacionales y lingüísticas. Hasta este día, 23 de noviembre de 2011, La Otra web alcanza las 500 mil visitas. Me pregunto cuántas personas, de esos cientos de miles, en verdad han dedicado parte de su tiempo, no sólo a pasar por la otra, a visitarla, sino leer sus contenidos, a bajarlos. Seguramente son pocos con respecto a la cantidad contabilizada, pero son infinitamente más y en un espacio geográfico inimaginable para una revista impresa con tiraje de mil o dos mil ejemplares que circula con dificultades en un país cuyo problema fundamental de lectura se aúna al de la distribución y la escasez de librerías y bibliotecas públicas y de barrio. La Otra impresa es también electrónica, pues se lee allí mismo donde la web se convierte también en una hemeroteca al servicio de cualquier cibernauta que desee ingresar a sus acervos, allí donde se contiene la historia de una larga trayectoria de intenciones y de disoluciones de la fraternidad de los poetas, que va más allá de la gratuidad y sus prebendas.

Concluyo esta reflexión general, inicio de un ejercicio más amplio de análisis sobre ambos temas, particularizando en la presencia de La Otra, que es la continuación de un esfuerzo de once años, para afirmar que luego de Alforja, La Otra entró inevitablemente en el dominio de la "Velocidad del escape". A la vuelta de dos años escasos, hay 500 mil visitas contabilizadas. A ello se suma la circulación de La Otra Gaceta, dirigida a más de 30 mil destinatarios. La pequeña industrial editorial, los proyectos editoriales alternativos no renuncian a su anhelo de generar productos editoriales impresos, pero ahora tienen la posibilidad de sumar a sus herramientas de trabajo y de lucha el ciberespacio. La Otra continúa apareciendo impresa, apenas en mil o dos mil ejemplares cada trimestre, como un acto de fe y como una especie de tributo a la belleza que muy pocos comprenden y menos aún pagan. Es el peor negocio que uno pueda recomendar y elegir, pero debo confesar que, no obstante, es tan apasionante que hasta amigos, buenos amigos, se pierden a causa de La Otra, a causa, valga el juego, de la causa de papel. La otra impresa se ha vuelto un mito para muchos lectores virtuales que me encuentro en diversos países y lugares de México, nunca la han tenido en sus manos, no saben cuánto pesa y cómo brilla, pero hablan de ésta como si la hubiesen hojeado, como si la existencia de papel de La Otra fuera un requisito indispensable para creer que La Otra virtual es de verdad, que es tangible y huele a tinta. Diría pues que hacer una revista desde México no significa que sea mexicana, aunque lo sea. Ese es el propósito de La Otra, ser y no ser, no estar y estar. Alfredo Fressia desde Brasil es el editor uruguayo de esta publicación; Víctor Rodríguez Núñez es el cubano que desde Estados Unidos piensa en la Babel de La Otra; Uberto Stabile el español más latinoamericano y mexicano que intenta La Otra de Huelva para echar un puente de regreso a la vieja Europa, y los numerosos colaboradores de Colombia, de Venezuela, de Argentina, de Chile, de Francia, de Quebec, de Brasil, de Portugal, de Polonia, de Centroamérica, afirman que La Otra, siendo mexicana, no tiene acento de ninguna parte. La Otra pretende ser una red con sinapsis editoriales hacia todos los esfuerzos de existencia y de resistencia para ser lectores electores. La Otra… es con las otras.

 
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