La tradición editorial en México se debate en medio de grandes
intereses comerciales: la lectura no es un fin y muchas veces tampoco un medio.
Quiero decir que las librerías y las trasnacionales que tienen como
producto de venta al libro se interesan escasamente por colocar en sus catálogos
y anaqueles, o mesas de exhibición, a las revistas literarias, y no
se diga a las de poesía, a las que se destina a la negación: “la
poesía no se vende”. Centros comerciales y quioscos lucen a menudo
una diversidad abrumadora de títulos de publicaciones periódicas,
pero nunca una revista literaria... acaso algunas políticas y de las
llamadas culturales. El pasatiempo, no la lectura, es el espíritu que
domina en estas publicaciones.
Quienes hemos emprendido esta ardua labor de hacer revistas
culturales, específicamente literarias, y de manera singular de poesía,
nos enfrentamos al dilema del mercado y al gran conflicto de la ausencia de público
lector de revistas especializadas y de divulgación literaria. No obstante,
reconocemos una rica y larga tradición editorial y una abundante historia
de publicaciones marginales que han dejado su impronta con su existencia efímera.
Un papel central en la difusión de los contenidos y en la existencia de
revistas, como en la movilización de la crítica, lo han desempeñado
los suplementos culturales, que en México han marcado época. Aunque
la mayoría de los diarios nacionales han hecho su aportación en
ese sentido, son ejemplos “recientes”, el Sábado del
periódico Unomasuno y La Jornada Semanal. El primero
ya no existe y el segundo permanece. Aún así, la oferta es más
o menos plural con otras referencias en El Universal, Milenio y Reforma,
pero, insisto, no son capaces de convertirse en propulsores de nuevas corrientes
del pensamiento y de la imaginación. La discusión está ya
en otra parte, ocurre con énfasis en el ciberespacio. Allí se democratiza
la opinión y se liberan los foros para dirimir la sustancia emocional
e intelectual de la vida editorial en nuestro país y del mundo. Allí se
establecen los nexos y se tejen las redes sociales de escritores de los más
diversos niveles, se pactan encuentros y se confirman los desencuentros. No es
algo nuevo, es simplemente la puesta en acción de eso que algunos teóricos
de la cultura han llamado "La velocidad de escape", la ruptura de
las fuerzas centrípetas que han pretendido atar la opinión y el
intelecto a unos cuantos espacios editoriales. Entendiendo lo editorial en sus
tres acepciones:
Editar como la emisión de opiniones, fijar posturas
y marcar territorio ideológico; editar como el proceso
de creación del discurso, de su organización, de su sintaxis, del
orden y de la estética, de lo que ahora gusta en denominarse, curaduría
del texto o de los textos, y editar en el sentido de hacer público el
discurso, de poner en movimiento o circulación un producto impreso o contenido
en formatos audiovisuales y digitales. Editar también
bajo la definición certera de Gabriel Zaid: como el arte de poner una
libro o una lectura en medio de una conversación. Allí entra el
dilema ¿se editan publicaciones periódicas atendiendo en verdad
a una interlocución o se ponen a circular productos con oídos sordos,
como esculturas que hacen homenaje al egocentrismo ramplón y a la ignorancia?
Allí, digo yo, en medio de la conversación, es donde se escuchan
las voces de los dedos de quienes dialogan y gritan sin restricciones, allí aparecen
los nuevos embriones de la crítica y de la literatura anónima.
No sabemos aún cuál pueda ser la calidad, el rigor del discurso
y de la palabra escrita, de esos productos, pero sí estamos conscientes
de que son estandartes de un territorio más abierto y plural de la palabra.
La conversación como la estridencia tienen lugar allí, en la blogosfera
y entre el bloguetariado, entre los cibernauas y los facebookeros, Tuiteros,
y nuevas tribus tecnológicas; también caben la más depurada
información y la creación sublime. La lectura tiene un nuevo soporte
y una nueva exigencia que no riñen, sino complementan, al hombre tipográfico.
La contracultura digital está en marcha desde al menos un decenio.

Hace ya más de diez años recibía
los constantes mails firmados por Luther Blizet, un personaje colectivo que daría
tiempo después a conocer novelas elaboradas por un grupo de jóvenes
escritores de Europa. En esa Europa ya enrutada hacia el poderío económico
de la Unión Europea y el Euro, que no obstante sus crisis, ni la pobreza,
ni el desempleo, ni la violencia, ni la desigualdad, tienen parangón con
nuestras realidades poco virtuales. Luther Blizet se convirtió en inquilino
de mi buzón electrónico con sus mensajes sobre la posmodernidad
y el imperio de la imagen, con la convicción de ser presas de la velocidad
y experimentar sin plena conciencia un cambio profundo en la percepción
del tiempo y del espacio. Eran tiempos de arranque de la revista Alforja,
con toda su potencia idealista y frases inverosímiles: "La fraternidad
Universal de los Poetas", cuando en lo cotidiano no he visto comunidad más
envidiosa y competitiva que la de los poetas. Cada pedacito de fama, cada beneficio,
cada privilegio, es peleado sin mucha imaginación y con mucha víscera.
Luther Blizet ventilaba en mi correo electrónico la noción de que
estábamos atados de algún modo al papel y anclados a la letra impresa,
aunque cada día se leyera menos y se comprara nada la poesía. La
velocidad estaba entre mis dedos al mismo tiempo que en el trabajo pleno de una
publicación de poesía que luchaba tenazmente por sobrevivir en
paisaje tan desolador, donde son más los poetas que escriben que los poetas
que leen. A los poetas como a los revolucionarios se les olvida, una vez que
hacen de su idealismo una praxis política: la revolución, el cambio,
los sueños, la utopía, los ideales, las personas. La poesía,
en ese sentido, puede ser gratuita, pero vende. Entonces, el poeta vende, pero
calla la poesía, la asfixia para que no grite y reclame.
No voy a hacer un recuento de las revistas literarias en México,
porque además a todos los problemas existentes para hacer una publicación
periódica de carácter cultural, y no se diga de poesía,
se ha sumado Indautor, que como se dice en la jerga popular, ni picha, ni cacha
ni deja batear. Un ente regulador que obstruye y desalienta a todo editor de
poco carácter. Es una prueba de tenacidad y de paciencia, de insensatez
y de indignación. Hay que perder todo el tiempo del mundo para gestionar
un ISSN y para darle trabajo a una burocracia negligente, obtusa y a menudo reglamentista
para una actividad tan noble como es el fomento a la lectura. Pero estoy persuadido
de que esta experiencia la sufrimos sólo los editores de poca monta, los
idealistas, los que insistimos en proponer lecturas poco mercantiles, pero no
las grandes empresas, las trasnacionales que seguro cuentan con despachos especializados
en abrir las más complicadas cerraduras, los más inexplicables
procesos legales y administrativos. Aún no encuentro como editor el sentido
o la utilidad práctica de INDAUTOR para La Otra, y para
todas las demás como La Otra. No sé si la tenga
para publicaciones institucionales o foros con poder como Letras Libres y Nexos,
o como la Revista de la Universidad (de la UNAM), Casa del Tiempo de
la UAM, Tierra Adentro (de CONACULTA), por citar las más visibles.

Blanco Móvil,
Generación,
Fractal y
en su momento
Alforja, ya extinta, son quizás las revistas impresas
independientes con una vida más longeva y con una periodicidad firme.
Lo fue también, dentro de lo institucional, el
Periódico de
Poesía, que ha optado por el soporte digital. En otras regiones
del país podemos mencionar a
Dosfilos de Zacatecas,
Armas y Letras de
la UANL,
Luvina de la Univ. Autónoma de Guadalajara,
La palabra
y el hombre de la Univ. Autónoma Veracruzana, Ninguna de éstas
puede jactarse de ser una publicación en medio de la conversación
o del silencio, o de la barahúnda de 100 millones de habitantes, que tenga
como destinatarios a más de dos millares de personas. No obstante, mantienen
la llama encendida de una necesaria convivencia literaria y la ilusión
de que hay aún razones para publicar y esperar, como Godot, lectores ávidos
de interlocución.
Hace ya más de tres años, en el marco
de la Bienal de Ceará, en la ciudad de Fortaleza, Brasil, tuvieron lugar
varias mesas de discusión sobre el quehacer editorial de productos escasamente
comerciales, como la poesía, el cuento, el ensayo; es decir editoriales
pequeñas que se autodenominan independientes o alternativas. Otras mesas
estuvieron dedicadas a revisar el papel de Internet en la lectura y el intercambio
cultural. En el caso de las editoriales pequeñas y medianas, por regla
general locales, existen dos visiones que tienen como referente sus economías
y arreglos sociales, culturales. España es un caso aparte de Iberoamérica
porque sus políticas culturales apoyan de manera decidida a las pequeñas
casas editoriales. Además, las grandes empresas que en América
Latina fungen como colosos trasnacionales tienen asiento en España. Por
eso quizás, desde la perspectiva de Uberto Stabile, director de Edita
y gran promotor cultural que organiza año tras año el encuentro
de editoriales alternativas en Punta Umbría, provincia de Huelva, las
pequeñas editoriales no emprenden sus acciones desde la perspectiva de
la autonomía sino de la opción, de lo alternativo. No acepta el
término independiente, pues para él todas las editoriales
comerciales son independientes en mayor o menor medida, pero no todas
son alternartivas.
En fin, para América Latina, la situación
es otra. Las Cámaras Nacionales del Libro están capitaneadas por
los representantes de esos gigantes editoriales que en su mayoría son
de capital español y que han encontrado un mercado cautivo en nuestros
países, sin que exista ninguna relación de equidad ni correspondencia.
La metrópoli existe porque la periferia no deja de pensar y actuar como
tal. Lo periférico es en todo caso una ubicación mental y cultural,
y mientras no se rompa esa inercia seguiremos trabando desde las orillas, desde
la marginalidad. Eso mismo sucede con las pequeñas editoriales que poco
a poco comienzan a organizarse en asociaciones gremiales y se piensan como una
alternativa cultural, pero reconociendo que su ubicación es todavía
en el plano de la distancia con respecto a dichas cámaras oficiales que
representan los grandes intereses de las empresas trasnacionales y de algunas
locales. Así mantenemos el sentido gremial desde la autonomía
y la búsqueda de posiciones que nos reconozcan, que nos hagan visibles
en el diseño de políticas estatales; es decir, que exista la visibilidad
de estas iniciativas de la sociedad civil que se debaten en la sobrevivencia,
pero abonan de manera más decidida y fiel a la promoción de la
lectura y la escritura al publicar obras que ninguna editorial con fines contundentes
de lucro imprimirán. Al desempeñar este papel y mantener viva la
tradición editorial local estas editoriales independientes y alternativas
son parte de una herencia cultural que deben ser apoyadas como tales.
Con EdsonCruz, de la revista electrónica
Cronópios,
de Brasil, y con Esthela Guedes de Portugal, participé en una mesa sobre
el papel de las revistas electrónicas y el mestizaje cultural derivado
de esta acción. Guedes hizo una exposición sobre las estadísticas
que muestran la frecuencia de visitas a determinados portales y sitios web. Las
cifras son abrumadoras. Más allá de una discusión sobre
la confiabilidad de tales contabilizaciones, los resultados de facto son evidentes.
Las comunidades cibernéticas en el ámbito literario son cada vez
más grandes y en mayor número. Los intercambios son dinámicos
y rompen fronteras nacionales y lingüísticas. Hasta este día,
23 de noviembre de 2011, La Otra web alcanza las 500 mil visitas. Me pregunto
cuántas personas, de esos cientos de miles, en verdad han dedicado parte
de su tiempo, no sólo a pasar por la otra, a visitarla, sino leer sus
contenidos, a bajarlos. Seguramente son pocos con respecto a la cantidad contabilizada,
pero son infinitamente más y en un espacio geográfico inimaginable
para una revista impresa con tiraje de mil o dos mil ejemplares que circula con
dificultades en un país cuyo problema fundamental de lectura se aúna
al de la distribución y la escasez de librerías y bibliotecas públicas
y de barrio. La Otra impresa es también electrónica, pues se lee
allí mismo donde la web se convierte también en una hemeroteca
al servicio de cualquier cibernauta que desee ingresar a sus acervos, allí donde
se contiene la historia de una larga trayectoria de intenciones y de disoluciones
de la fraternidad de los poetas, que va más allá de la
gratuidad y sus prebendas.
Concluyo esta reflexión general, inicio de un ejercicio
más amplio de análisis sobre ambos temas, particularizando
en la presencia de
La
Otra, que es la continuación de un esfuerzo de
once años, para afirmar que luego de
Alforja,
La Otra entró inevitablemente
en el dominio de la "Velocidad del escape". A la vuelta de dos
años
escasos, hay 500 mil visitas contabilizadas. A ello se suma la circulación
de
La Otra Gaceta, dirigida a más de 30 mil destinatarios.
La pequeña industrial editorial, los proyectos editoriales alternativos
no renuncian a su anhelo de generar productos editoriales impresos, pero
ahora tienen la posibilidad de sumar a sus herramientas de trabajo y de
lucha el ciberespacio.
La
Otra continúa apareciendo impresa, apenas en mil o dos mil
ejemplares cada trimestre, como un acto de fe y como una especie de
tributo a la belleza que muy pocos comprenden y menos aún pagan.
Es el peor negocio que uno pueda recomendar y elegir, pero debo confesar
que, no obstante, es tan apasionante que hasta amigos, buenos amigos,
se pierden a causa de
La Otra,
a causa, valga el juego, de la causa de papel. La otra impresa se ha vuelto
un mito para muchos lectores virtuales que me encuentro en diversos países
y lugares de México, nunca la han tenido en sus manos, no saben
cuánto pesa
y cómo brilla, pero hablan de ésta como si la hubiesen hojeado,
como si la existencia de papel de
La Otra fuera un requisito
indispensable para creer que
La Otra virtual es de verdad, que
es tangible y huele a tinta. Diría pues que hacer una revista desde
México
no significa que sea mexicana, aunque lo sea. Ese es el propósito
de
La
Otra, ser y no ser, no estar y estar. Alfredo Fressia desde Brasil
es el editor uruguayo de esta publicación; Víctor Rodríguez
Núñez
es el cubano que desde Estados Unidos piensa en la Babel de
La Otra;
Uberto Stabile el español más latinoamericano y mexicano
que intenta
La
Otra de Huelva para echar un puente de regreso a la vieja Europa,
y los numerosos colaboradores de Colombia, de Venezuela, de Argentina,
de Chile, de Francia, de Quebec, de Brasil, de Portugal, de Polonia, de
Centroamérica,
afirman que
La Otra, siendo mexicana, no tiene acento de ninguna
parte.
La
Otra pretende ser una red con sinapsis editoriales hacia todos
los esfuerzos de existencia y de resistencia para ser lectores electores.
La
Otra… es
con las otras.