Quiero iniciar esta presentación con una imagen de todos conocida
o referida como una de las cumbres en la tradición de la ruptura de
la novela occidental:

Páginas negras del Tristam Shamdy (1760-1767).
Se trata del momento en que Tristam Shandy narra la muerte de su querido
y admirado reverendo Mr. Yorick, alter ego de Sancho Panza, cuya tumba
yace con un epitafio que es a la vez plegaria y elegía: “¡Ay,
pobre Yorick!”, exclama el paseante del cementerio y el lector que
deambula por sus páginas, tras las cuales, como memorial apesadumbrado
y juguetón, aparecen esas ventanas de negra tinta que acabo de mostrar… —Y
claro, la primera vez que uno se enfrenta a semejante horizonte extraliterario,
uno regresa a las páginas anteriores…

… para entender a dónde se ha ido la secuencia del texto,
si el impresor nos ha jugado una mala pasada, o…

… o si hemos caído en un abismo de perplejidad: la percepción
de que la pesadumbre por la muerte de un amigo no puede quizá ser
mejor descrita que con una página de negro luto… (Primer imperativo
categórico del hipertexto de raíz narrativa: Cuando las palabras
se quedan balbuciendo un no sé qué que queda inefable, incierto
y antiwittgenstiano)
Cuando repaso esos juegos visuales, que van más allá del texto
y de la letra, me pregunto qué no estaría haciendo hoy en día
Lawrence Sterne, si ya a mediados del siglo XVIII se atrevía a salirse
de la línea escritural para increpar a su lector a que leyera, o de
lo contrario no sería capaz de comprender la moral de estas páginas
jaspeadas, que eran también el “abigarrado emblema de la obra
del autor”…

Páginas jaspeadas del Tristam Shamdy (Lo que
es necesario para comprender la moral de la página jaspeada o el abigarrado
emblema de la obra del autor).

Página del sutil silogismo en defensa del celibato,
Tristam Shamdy.
Por supuesto que hay mucho de sentido del humor en todo esto, lo que no excluye
una metafísica, o mejor dicho, una patafísica de los límites
de la escritura… De hecho, este último ejemplo tan sinuoso
me recordó de inmediato el “Cuento largo y con cola” de
Lewis Carroll…

Cuento largo y con cola de Alicia (1865)
Sin duda, un ejemplo más del lado de la letra pero ya en franca metamorfosis
hacia lo visual, como también lo han sido los Caligramas de Apollinaire,
los Topoemas de Paz, los numerosos ejemplos de poesía concreta brasileña,
por citar algunos ejemplos.