Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de abril de 2011 Vol.12, No.4
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El secreto del chocolate
Alejandro Garciarrubio
CITA
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El gran rompecabezas
Fragmentos notables
Deja vu
En busca de El Dorado
Los Dioses “hackeados” y Bibliografía
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Introducción


Un secreto milenario

¡Nada endulza sonrisas, levanta enfermos, resuelve querellas y reconcilia amores como el chocolate! ¡Bendita droga permitida! Mientras que el alcohol embrutece, y el café desata ansiedades, el chocolate nos torna en seres mejores: joviales, generosos, apacibles, compasivos..., en suma, nos acerca a los ángeles. ¿Cuál es el secreto? ¿Qué afortunada mezcla de alcaloides, qué soborno a los sentidos, al gusto, al olfato, al tacto, a la vista..., a todos al mismo tiempo, qué despertar en la memoria de momentos felices y cuentos entrañables, explicará, cuando al fin la entendamos, la magia del chocolate?

Quizás un paso importante para llegar a la respuesta haya sido la reciente develación de otro secreto. La historia del chocolate está salpicada de secretos. Pero no me refiero al misterio de cómo incubar una cereza en licor dentro de un vientre de chocolate, ni cómo albinizar al obscuro chocolate, ni cómo lograr la cristalización perfecta, que permite que una barra sólida se derrita con el insinuado vaho de nuestra boca. Los secretos de la industria del chocolate son muchos, pero yo hablo de uno mucho más profundo: cómo hacer el cacao. Entiéndase bien: no cómo sembrarlo, cuidarlo y cosecharlo, o cómo fermentarlo, procesarlo y fraccionarlo. Hablo de cómo hacer el cacao: cómo hacer el embrión, el tallo, el follaje..., cómo hacer que se nutra de fotones y aire, cómo crear un árbol que cargue sus semillas de lípidos y aromas deliciosos. Este es un secreto mucho mayor y más valioso que cualquier otro que la industria chocolatera esconda. Es tan valioso que se ha conservado en millones de copias, reproduciéndolo generación tras generación, para que no se pierda. Es tan detallado y complejo que apenas podría escribirse en diez tomos del tamaño del directorio telefónico de la ciudad de México. Sus elementos especifican una red tan robusta y complicada de interacciones, que la red de Facebook parece juego de niños. Este secreto es, pues, un tesoro tan codiciable, que no es sorprendente que se invirtieran millones de dólares en una operación de espionaje para obtenerlo.


 
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