Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de abril de 2011 Vol.12, No.4
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Tecnología y Democracia
MariCarmen González Videgaray y Gregorio Hernández Zamora
CITA
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Tecnología y libertad de expresión
El lado oscuro de la tecnología
La tecnología como discurso
La posición de la Universidad
Bibliografía
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Introducción


Quisiéramos comenzar este texto con unas palabras de Doris Lessing, premio nobel de literatura en 2007. Dice Lessing: “…en esas situaciones casi todos se comportan automáticamente, pero siempre hay una minoría que no lo hace y me parece que nuestro futuro, el futuro de todos, depende de esta minoría”.1

Doris Lessing se refiere aquí al comportamiento de muchas personas ante la discriminación racial, pero creemos que con el vínculo entre tecnología y democracia ocurre algo similar. Tanto la tecnología como la democracia forman parte de nuestros deseos y aspiraciones. Queremos un país democrático no sólo en la forma de elegir a gobernantes y representantes, sino en la forma de gobernar, en los derechos humanos, en el trato a las personas, en el bienestar, en el respeto a la naturaleza, en la equidad, en la distribución de la riqueza y en la toma de decisiones, entre otras cosas. La tecnología parece deseable porque permite controlar el mundo y entenderlo, aparentemente mejora nuestra calidad de vida y creemos necesitarla, como país y como personas. El país requiere crear, producir y usar tecnología. Además, yo debo tener un auto más nuevo, un celular con más funciones, una computadora más rápida, una televisión con más canales. En fin.
Pero la relación entre ambas, tecnología y democracia, es una relación compleja y multipotencial. A veces caminan en el mismo sentido y dirección, pero a veces toman rumbos contrarios. Pero hoy podemos suspender el comportamiento automático ante estas dos palabras, y revisar algunos conceptos y hechos alrededor de ellas. De esta reflexión podemos desprender varias propuestas sobre la postura que puede tomar la Universidad.

Qué es la tecnología

Tal vez el problema con la tecnología es que es mucho más de lo que parece ser.

Según el diccionario de la Real Academia Española, la tecnología es el “conjunto de teorías y técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico”. Los países avanzados dedican una cantidad significativa de recursos a apoyar la investigación que desarrolla tanto ciencia como tecnología. Podemos decir que no investigan porque sean ricos, sino al revés: son ricos porque investigan. El conocimiento producido se refleja en patentes, materiales y dispositivos que posteriormente venden a otros países como el nuestro. Adquirirlos significa una dependencia tecnológica que no es buena para nuestra democracia.
Por otro lado, la Real Academia Española también dice que la tecnología es el “conjunto de los instrumentos y procedimientos industriales de un determinado sector o producto.”2 Con ellos, la tecnología magnifica y potencia el efecto de las acciones humanas. Un lápiz, un libro, o este micrófono son tecnología. Internet por supuesto es tecnología. Las armas y medicamentos son tecnología. La tecnología permite intervenciones genéticas microscópicas y atisbos de estrellas a distancias medidas en años luz, es cierto. Pero magnifica el efecto de las acciones correctas y las incorrectas, las apropiadas y las inapropiadas, las humanas y las inhumanas.

Así que si bien la tecnología puede parecer benéfica y deseable, es claro que existe siempre el riesgo del mal uso de la tecnología. En el ámbito de las elecciones, las computadoras han hecho un triste papel con las famosas “caídas del sistema”. Hasta la fecha, la mayoría de los ciudadanos preferimos que el voto se ejerza de forma manual y verificable3-4, con la tecnología más rudimentaria, porque tememos que los programas de cómputo y el software faciliten los fraudes o engaños.

Por supuesto, la tecnología puede ser un apoyo para la democracia ofreciendo, por ejemplo, sistemas seguros de identificación de los ciudadanos para efectuar las votaciones. También abre la posibilidad de pensar en una representación directa, es decir, que ya no sean necesarias las onerosas cámaras de diputados y senadores, sino que cada ciudadano pudiera dar su voto personal sobre leyes y decisiones desde una computadora conectada a internet. Ya se han hecho algunos ejercicios incipientes de este tipo, como consultas ciudadanas y plebiscitos.

La tecnología es un instrumento en las manos –y cabezas– de las personas. Como hemos dicho, se puede usar bien o mal y todo dependerá de la honestidad y ética de quienes tienen la atribución de manejar los equipos y el software. Una computadora no hace más que lo que alguien le ordena, así que antes de confiar en dispositivos y programas, tendríamos que confiar en los individuos. No tenemos muchas razones para hacer esto por ahora.

Pero también la mera existencia de la tecnología tiene efectos importantes. El hecho de que un país tenga las armas con mayor potencia y eficacia, lo hace temible y favorece que se convierta en un país dominante. Ni siquiera es necesario que las utilice, basta con que los demás lo sepan para prevenir acciones que pudieran ser liberadoras o democráticas. Lo mismo ocurre al interior de un país (o de una organización académica) con gobiernos dictatoriales.

Esto mismo se reitera cuando los gobiernos y los grupos en el poder detentan, por ejemplo, la tecnología de los medios masivos de comunicación. Basta con que se apropien de ellos para que se cierren muchos caminos a la libre expresión y la democracia.

1.Lessing, D. Las cárceles elegidas. 2a ed. México: FCE 2007.
2.Real Academia Española. Definiciones.  2011. [Fecha de consulta: 2011/01/29.] Disponible en: http://www.rae.es
3.Nielsen, A., Lassen, J. & Sandøe, P. Democracy at its best? The consensus conference in a cross-national perspective. Journal of Agricultural and Environmental Ethics. 2007; 20(1):13-35.
4.Schwartz, P. M. Voting technology and democracy. New York University Law Review. 2002; (77):625-626.


 
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