Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de agosto de 2011 Vol.12, No.8
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Ingeniería Civil: léxico, cultura y pensamiento
Verónica Vivanco Cervero
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Ingeniería civil e ingeniería de caminos...
Ingeniería de obras públicas
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Introducción


Ingeniería militar y civil y arquitectura

La ingeniería militar se considera la madre de todas las ingenierías, ya que el ámbito castrense fue el primero en darse cuenta de la necesidad perentoria de tener un cuerpo de expertos técnicos que proveyeran soluciones avanzadas, técnicas y científico-tecnológicas a la función de defensa.

Así, la ciencia y la tecnología siempre han estado unidas con el poder de lo militar, como se comprobó con Napoleón, Hitler y en la época de la Guerra Fría (Sánchez Ron, 2007).

De este requerimiento práctico surgieron las escuelas de ingeniería, marcadas en su inicio por el carácter militar, del que se fueron despegando hasta tener su acomodación en la vida civil (Saénz de Ridruejo, 2006). Asimismo, las ingenierías emanaron de la técnica para avanzar, poco a poco, hacia la ciencia y la tecnología, aunque la larga tradición de la ingeniería civil y de la arquitectura hace que éstas sigan teniendo un gran peso histórico procedente de la técnica y de la experimentación a través de errores y pruebas sucesivas. Las técnicas de los antiguos oficios, algunos ya extintos, fueron las que accionaron la Revolución Industrial, para dar soluciones eficaces a las necesidades de la época.

Sin embargo, si bien la captación del requerimiento de disponer de un cuerpo de expertos de élite en formación científico-técnica provino del ejercito, cabe preguntarse qué vino antes, si la necesidad defensiva del hombre ante un medio hostil, o la necesidad de refugio ante las inclemencias de la climatología, e, incluso, ante la misma necesidad de protección de animales del pasado. Si bien los conceptos de ingeniería y de arquitectura todavía no se habían conformado como tales, nuestros ancestros sí percibieron desde el inicio la necesidad de proveerse de cobijo en espacios interiores —la casa-hogar— frente a los espacios exteriores, la madre-tierra enfocada como casa en la que habitan los seres vivos. Sin embargo, este espacio exterior resulta acogedor según sea la climatología que le acompañe, por lo que surgió la necesidad de aprovechar los propios espacios naturales que proveía la madre-tierra para convertirlos en refugio cuando las condiciones del tiempo no permiten la vida al aire libre. Así, las cuevas prehistóricas equivalían a los edificios de la actualidad, por más que tuviesen un carácter rudimentario: en ellas el hombre comía, dormía y se protegía de la lluvia, del frío y del calor, y, también, de las fieras del exterior.

Esto hace plantearse qué requerimiento vino antes, si el de subsistencia o el de defensa. Quizás, el primero, tan sólo por el hecho de que las necesidades básicas de comer y dormir tenían lugar más a menudo que las defensivas. No obstante, la casa-cueva o la casa-árbol también se pueden percibir desde una doble dimensión, la de hogar y la de fortaleza —entre otros motivos, por tener una entrada camuflada o de difícil acceso— para, de este modo, fundir el fin habitacional con el defensivo, porque los prolegómenos de las primeras construcciones y edificaciones los dotó la propia naturaleza, y, así, el primer puente fue un tronco caído sobre un río, de modo accidental o por la pura necesidad de cruzar a la otra orilla.

La ingeniería civil recibe su nombre de los romanos quienes, debido a su afán expansionista y conquistador, la concibieron como opuesta a la ingeniería militar. Dicho de otro modo, todo lo que no era bélico era civil y pertenecía, en consecuencia, a un mundo civilizado de ordenación territorial. Como sostiene Fernández Casado (2005: 485) “El hombre se ha orientado siempre desde el mar o desde la llanura por los picachos o las crestas que le señalan verticalidad. Ahora, además, son las torres de los faros, desde el mar, y, en el interior, las simples chimeneas o las torres de la televisión, que con su verticalidad mantenida en cientos de metros ordenan y dan serenidad al paisaje urbano o al industrial”. Por lo tanto, ingeniería civil es la que hace paisaje en y entre núcleos de población.

Pero, para los romanos, todo eran espacios por conquistar y civilizar para expandir el Imperio y no cabe duda de que Roma sentó las bases de la civilización occidental, bebiendo de fuentes griegas más antiguas. En el caso de España fue la propia Roma quien la percibió como una unidad territorial y quien concedió una lengua común vehicular que ha dado lugar al español de la actualidad (Vivanco, 2006)

La ingeniería civil se caracteriza por su permanencia, en contraste a la militar, concebida, en sus inicios, para un desmantelamiento y desplazamiento rápido. Así, una construcción civil tiene la característica de la durabilidad, para permanecer años o siglos, como han dado buena muestra las construcciones romanas. Sin embargo, los campamentos militares no conllevaban esa impronta, porque sus tiendas de campaña y armamento se desplazaban hacia donde avanzaba la conquista de nuevas tierras.

El punto en común de la ingeniería civil y de la arquitectura es, por lo tanto, la permanencia de sus construcciones, en contraste a otras ingenierías cuyas obras tienen, por su propia naturaleza, una impronta más efímera. La ingeniería civil levanta construcciones permanentes y fijas, siendo la maquinaria un medio auxiliar para desarrollar su propio fin. Por el contrario, las ingenierías de los sistemas motrices, enfocan a la máquina como construcción en sí misma a la que dotan de movimiento. Por ejemplo, las ingenierías de los medios de transporte —terrestres, marítimos o aéreos— construyen máquinas que, por el solo hecho de serlo, tienen una vida más corta. No obstante, las creaciones arquitectónicas de los sistemas dinámicos están dotadas de vida, pues el motor es el órgano central, a la vez cerebro y corazón, de su construcción. Sin embargo, las ingenierías de los sistemas motrices también construyen vías de transporte o comunicación porque las distintas ramas de conocimiento se solapan entre sí e, incluso, un puerto puede ser un aeropuerto, y un buque puede ser un portaaviones, lo que nos hace entrar en zonas de confluencia de distintas áreas.

La ingeniería civil, sin embargo, tiene como función principal la ordenación del territorio, lo que implica realizar construcciones para, por ejemplo, abastecer vías de tráfico para cualquier medio de transporte. Lo anterior supone la existencia y dependencia de todo tipo de máquinas, de vehículos creados por otras ramas de la ingeniería, porque ya quedaron atrás los tiempos de las cuadrigas romanas, dotadas por la propia naturaleza. Dicho de otro modo, todas las ingenierías encuentran sus orígenes en el entorno que las envuelve, en un mundo que es una encrucijada de tierra, aire y agua y, en el que la primera se encuentra en dos niveles, el de superficie y el subterráneo. Así los ingenieros miraron a las aves del cielo, a los peces del mar y a los animales de la tierra para construir creaciones propias que hiciesen más cómoda la vida del hombre en la tierra. De este modo se hicieron caminos para viandantes y para animales de transporte y carga, que, con el paso del tiempo, se han transformado en carreteras y autopistas por las que transitan máquinas, lo que arroja un contraste entre naturaleza en sí misma —caminos trillados por el paso de los animales , calzadas hechas para el calzado humano, para el transitar del hombre— y producción humana— vías de asfalto para motores, para ingenios en movimiento en las que la naturaleza es el telón de fondo.

En resumen, el tráfico de una carretera muestra la ingeniería de los sistemas estáticos en conjunción con la de los dinámicos o motrices, permanencia y temporalidad unidas en superación—y observación, por medio de la ingeniería de las comunicación de información a distancia— de lo que ofrece la tierra con el fin de hacer la vida más cómoda: el hombre creando a la máquina como calco de sí mismo y de la propia naturaleza de la que surge, lo artificial frente a lo natural, lo evolucionado frente a lo originario, y lo civilizado y ordenado frente al medio hostil e inhóspito.

 
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