Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de agosto de 2011 Vol.12, No.8
  Inicio Ejemplares Directorio Quiénes somos Busca artículos Vínculos Contacto Mapa de sitio
 
Documento sin título
 
La lengua española en la ciencia y la técnica. Una conversación con el profesor Pedro García Barreno
Daniel Martín Mayorga
CITA
PDF
Aumentar Letra Disminuir Letra Disminuir Letra   facebook
twitter
google
 

En vísperas del tercer centenario de la fundación de la Real Academia Española (RAE), funcionando a pleno rendimiento la Asociación de Academias de la Lengua Española (que engloba a todas las instituciones que cuidan de nuestro idioma en el mundo, incluida la Academia Mexicana); siendo el español la segunda lengua global por capacidad de comunicación y la más demandada para nuevos estudiantes, bien se puede decir que la situación actual es harto halagüeña. Sin embargo, un aspecto falla: en un mundo interconectado, nuestra lengua está mal representada en Internet y en los medios de comunicación donde se dirime el conocimiento científico y tecnológico. Este es el objeto del diálogo entre Pedro García Barreno, académico de la Real Academia Española y Daniel Martín Mayorga, quien coordinó el Área Temática de Nuevas Tecnologías en el Primer y Segundo Congreso Internacional de la Lengua Española celebrados respectivamente en Zacatecas (México) y Valladolid (España), donde se abordaron por primera vez estas cuestiones.

Daniel Martín Mayorga: Profesor García Barreno, es ya un tópico el pobre papel del español como lengua vehicular del conocimiento científico y tecnológico. Habría que empezar dilucidando si las cosas podrían ser de otra manera, dado que el peso de la investigación científica y el desarrollo tecnológico está en el mundo anglosajón.

Pedro García Barreno: En efecto, hablando en términos generales, los países de habla hispana no somos actores principales del entramado tecnocientífico global. Ello viene de lejos. Don Eugenio de la Peña, médico, tomó posesión, en 1807, del sillón «A» de la RAE. En su discurso de recepción puede leerse, más o menos: «Los lenguajes de las diversas naciones son ricos en voces en aquellas ramas que se han cultivado con preferencia. Resulta una verdad triste para nosotros pero que no debe disimularse, que la lengua castellana ha de ser necesariamente pobre en las diversas ramas de las ciencias que, entre nosotros, apenas se han cultivado hasta los últimos tiempos. La escasez de las ideas ha debido resultar por necesidad en la pobreza de las voces facultativas».

Cierto es que, al menos en España, que es lo que mejor conozco, se ha intentado mejorar en los últimos tiempos, los previos a la crisis, pero la empresa científica no puede progresar a golpes de bonanza sino sobre la base de un compromiso estable. No hay en nuestro entorno empresas atractoras del complejo I+D: las grandes no se han transformado en redes internacionalmente integradas, y las pequeñas carecen, en su mayoría, de masa crítica para actuar en la arena competitiva global. Ello no excluye que haya empresas de todo tipo que han penetrado, con éxito, en diversos mercados, pero son excepciones que no alteran la regla general. Basta fijarse en la lista de las corporaciones que aparecen en los respectivos mercados de valores de nuestros países, en los que apenas hay representación de empresas innovadoras: banca, servicios, comercio y construcción son aplastante mayoría.

DMM: No sirve de consuelo, pero hemos descargado de culpa al idioma a costa de criticar las políticas públicas y privadas de fomento de la investigación. ¿Basta con quedarse en este nivel? ¿Podemos seguir profundizando en las causas profundas de la situación?

PGB: El problema, o gran parte del mismo, no hay que buscarlo en la academia ni en las empresas. Ambos actores son producto de una sociedad que, en estos aspectos, está desestructurada; que necesita redefinir sus objetivos para implementar una estrategia a largo plazo; vale decir, décadas. Elevar la capacidad científico-técnica de nuestros países y convertirlos de pasivos en activos, de secundarios en protagonistas, exige visión de Estado en la clase política y compromiso en los ciudadanos. No se consigue a golpe de ley o de talonario, sino con acciones a largo plazo; indefectiblemente periodos de tiempo muy superiores a los cuatrienios de gobierno.

La ruta comienza en la escuela, que ha de formar ciudadanos capaces de enfrentarse a los retos de la civilización a la que, por derecho, pertenecen. Sigue por la formación profesional y la Universidad. Sólo con ciudadanos cultos y profesionales bien formados se podrá conseguir una Academia y una Empresa innovadoras. Y, además, una sociedad más justa. Pero para que haya ciudadanos educados debe haber maestros capaces. Para que haya profesionales cualificados debe haber profesores competentes. Para que haya empresa tiene que haber una sociedad emprendedora. Todo ello exige compromiso, aventura y riesgo calculado.

Debe reclamarse el valor político del conocimiento. El papel creciente de la empresa científica en nuestra sociedad y la complejidad ética que presidirá las decisiones sobre su aplicación en el futuro, exigen una cultura científica creciente. Los políticos deben comprender los rudimentos de la ciencia y la sociedad debe estar suficientemente informada para comprender y poder participar activamente en la toma de decisiones. Los paréntesis que acotan la innovación, la producción y la competitividad son, en un lado, una Ley de Educación que defina y de coherencia a los contenidos y, en el otro, una Ley Presupuestaria que permita flexibilidad a la investigación y estímulos a la inversión y empresas. En cualquier caso, el diagnóstico está bastante bien perfilado. Faltan acciones correctoras públicas y privadas.

DMM: Aunque nos hemos desviado ligeramente, creo que ha merecido la pena esta digresión sobre el presupuesto básico de la debilidad de la lengua española en este tema, que es precisamente la poca presencia de universidades y empresas de países de habla hispana en la generación de ciencia y tecnología. Vayamos ahora un poco atrás en el tiempo, a Zacatecas, año 1997, gran fiesta del idioma, el primer Congreso Internacional de la Lengua Española de los cinco habidos hasta el momento (o cuatro, si descontamos el no celebrado en Valparaíso a causa del terremoto de 2010); excelentemente organizado por nuestros colegas mexicanos, con la presencia de todos los premios Nobel vivos, el emocionante discurso —grabado, por su mal estado de salud— de Octavio Paz, la polémica —y genial— ponencia de Gabriel García Márquez sobre la supresión de la ortografía… yo tuve la satisfacción de dirigir una de las seis áreas temáticas en las que se dividió, la dedicada a Nuevas Tecnologías, y puedo decir que, al menos en lo que se refiere a debatir el papel del idioma español en Internet. Ahí empezó todo.

PGB: Aunque nos llegaron sobradamente sus ecos, yo no participé en aquel evento; en realidad, no participó la Real Academia Española directamente, sino a través de su vicedirector entonces, Ángel Martín Municio, a la sazón miembro también de la Real Academia de Ciencias y el primer gran impulsor de la reflexión sobre el español científico. Lo que ha perdurado en el tiempo de aquel Congreso fue la voluntad de sacar a la lengua de su nido; del ámbito donde se encuentra segura y protegida: la literatura o, si se quiere, el mundo de la cultura. El Congreso se abrió a la realidad social y económica, como quedó bien patente en la decisión de dividirlo en áreas temáticas como Prensa, Cine, Radio, Televisión y la que tú has mencionado, Nuevas Tecnologías; además de, por supuesto, la Industria Editorial.

Por aquel entonces, Martín Municio ya estaba desarrollando un interesante trabajo que su muerte ha dejado inconcluso: valorar el peso de la lengua en la economía del país; es decir, cuánto del Producto Interno Bruto está vinculado de una u otra forma al idioma. Esto, que a muchos les parecerá algo natural, supone en realidad un cambio profundo de mentalidad en personas e instituciones, pues solemos colocar a la lengua en un plano afectivo, elevado, quizá espiritual, sobrevolando las cosas del mundo y especialmente las del dinero. Por eso, la orientación que se dio a Zacatecas fue tan acertada: la lengua es, sí, un bien intangible que forma parte de nuestra más profunda identidad personal y cultural, pero a la vez es un valor económico, una industria, una herramienta de influencia y poder entre países. Y como frecuentemente los académicos tendemos a olvidar este segundo aspecto, bien estuvo que entonces se destacara.

DMM: En la línea de lo que estamos hablando, precisamente Ángel Martín Municio presentó en Zacatecas el Diccionario de Términos Científicos y Técnicos. Pero en las sesiones se tocaron multitud de temas, de los que destacaría dos: el papel que las empresas y grupos económicos de los países hispanohablantes podrían jugar en el sector mundial de las telecomunicaciones y entretenimiento; y la adecuación de la lengua española para su uso en los nuevos servicios de comunicaciones y las redes globales, como Internet. Internet no era lo que hoy es —estamos hablando de quince años atrás—, pero ya era patente su inconmensurable importancia en la comunicación global. En el segundo Congreso Internacional, celebrado en Valladolid, se abundó sobre ello, insistiendo sobre la conveniencia de institucionalizar una especie de observatorio que mantuviera al día la información sobre estos temas tan básicos, aunque… en los siguientes congresos se diluyó el efecto. Pero me gustaría que hablaras de la situación de las publicaciones científicas en español.

PGB: Tengo datos de lo publicado en España, no en Latinoamérica. En España hay censadas unas 2.000 revistas científicas, aunque sólo estarían realmente operativas el 60 por ciento. En el campo que más conozco, el biomédico, existen más de 300 publicaciones, pero sólo 32 circulan en las cuatro bases de datos internacionales más importantes, según datos de la Fundación Lilly, una entidad española que se ocupa del fomento de la publicación científica médica en español. Es un esfuerzo muy meritorio, porque todos sabemos que la lengua franca de la ciencia es el inglés, y cualquier investigador —sea español, alemán o chino— ha de publicar en inglés para comunicar sus ideas. Hace poco oí a alguien decir que es imposible que los científicos se engañen unos a otros, y eso es verdad porque los medios de comunicación aseguran la impresionante distribución global de cada teoría o descubrimiento, que entra automáticamente en un bucle popperiano de “falsabilidad” que lo desnuda ante la comunidad científica.

DMM: Entonces, ¿tiene sentido comunicar ciencia en español, o hay que tirar la toalla?

PGB: No, no hay que tirar la toalla. Abandonar la lucha por el español científico y técnico es condenar a nuestro idioma a ser una lengua de segunda, buena para andar por casa, pero alejada de los mecanismos que verdaderamente mueven el mundo. A la larga, es abocarla a su desaparición. Pero no podemos descargar la responsabilidad en los individuos, en cada científico de los países hispanohablantes, que bastante tiene con hacer bien su trabajo en un entorno pocas veces favorable. El impulso tiene que venir de los poderes públicos y de la propia sociedad, y pasa por un cambio de actitud respecto a nuestra relación con la tarea científica e investigadora.

DMM: Me gustaría, para visualizar mejor lo que quieres decir, que pusieras un ejemplo concreto de algo que se pudiera hacer, si no con facilidad, al menos con ciertas posibilidades de éxito.

PGB: Podríamos tomar una referencia mundial de la investigación, como es el Instituto Santa Fe, y proponer —a otra escala, claro— la creación de un Centro para el abordaje de sistemas complejos en el ámbito de la ciencia, la tecnología y las matemáticas en el ámbito hispanohablante —no existen antecedentes—, sobre la base de oportunidades existentes y en relación con la búsqueda de valores añadidos para ese entorno cercano. Un Centro que acogiera a pensadores, científicos e investigadores procedentes de universidades y escuelas privadas, de centros públicos de investigación o de la industria y, también, estudiantes de los diferentes ciclos curriculares, para un abordaje multidisciplinar, multigeneracional y multicultural de los problemas, en un ambiente propicio. Aunque funcionaría en red con otros centros en todo el mundo en intercambio permanente de ideas, dispondría de un número estable de investigadores en un amplio rango, desde científicos senior hasta postdoc y pregraduados.

En este planteamiento, ¿por qué no enfocar también el Centro a la ganancia del peso del idioma español en los campos frontera de nuestra sociedad? Arrancando desde el bilingüismo en la discusión científica de los temas, el objetivo sería conseguir con el tiempo un desplazamiento hacia el español. Y, lo que es más importante, desarrollar sobre esta estructura un núcleo de difusión del lenguaje científico en español hacia la sociedad civil.

Un organismo de este tipo no requiere de grandes inversiones para funcionar. Necesita, eso sí, algo que la experiencia nos dice es más difícil de conseguir: constancia, paciencia, estabilidad y planificación a largo plazo.

DMM: Aunque lo hemos mencionado someramente, quisiera conocer tu opinión sobre el porvenir del español en Internet.

PGB: Los datos llevan cierto tiempo consolidando una tendencia conocida: el idioma español está en tercera posición tanto en usuarios como en páginas. En dimensión total, viene a ser algo menos del 10 por ciento, a considerable distancia del inglés (más de un tercio del total) y del chino (cerca de un cuarto). Una conclusión inmediata es la enorme diferencia entre el potencial cultural y comunicativo de nuestra lengua, y su peso real en la Red. Conseguir que estos datos mejoren para nuestra lengua sería factible si determinados países latinoamericanos, que tienen unos índices muy bajos, remontaran la situación económica y entraran en el camino del crecimiento. No obstante, la tremenda explosión de las redes sociales ha revalorizado últimamente el peso de los idiomas locales en Internet, y este fenómeno no sé hasta qué punto queda reflejado en la información que se suministra sobre las lenguas en Internet.

DMM: Estamos terminando. Hay otros muchos aspectos que hacen al tema: la terminología científica y el tratamiento de los neologismos, la traducción científica, las dificultades (ortográficas, sintácticas) que plantea el español para su uso en los nuevos medios de comunicación… todos puntos sin duda de la agenda de un académico especialmente orientado a estos asuntos. La Real Academia Española, y la Asociación de Academias de la Lengua Española, ¿tienen planes específicos para la promoción del español científico-técnico?

PGB: Creo que ha quedado claro que, en mi opinión, la cuestión del español en la ciencia y la tecnología trasciende al ámbito puramente especializado, léase Academias, o Facultades de Filología. Si nuestros países fueran potencias científicas, el problema no existiría. Ahora bien, no por ello la responsabilidad de las instituciones que se ocupan de la lengua es menor. Tienen la obligación de, en primer lugar, mantener vivo el debate. Y, después, proponer a las instancias que corresponda las acciones adecuadas, y responsabilizarse de liderarlas.

Hasta ahora se ha estado lastrado por aquellos prejuicios que al principio comentábamos: el ámbito de la lengua no era el de la economía ni el de la innovación; las Academias estaban —y en muchos aspectos siguen estando— estructuradas de una manera que dificulta salirse de los viejos guiones. Pero estamos todos cambiando, quizá lentamente, pero vamos en la buena dirección. El hecho de que reflexionemos públicamente sobre todo esto como ahora estamos haciendo; la cantidad de libros que han aparecido en los últimos años —como aquel que promovió el Instituto Cervantes y en el que tú participaste, El español, lengua para la ciencia y la tecnología—; todas son excelentes señales. Precisamente en 2013 celebraremos el tercer centenario de la Real Academia Española, y, en conjunto con el resto de Academias hermanas de América, con seguridad será una espléndida ocasión para plantear estas cuestiones.


 
        subir        
 
  Editorial
 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons