De todos es conocido el cambio sufrido en nuestra vida cotidiana debido
al desarrollo y la difusión de las tecnologías y la información
a través de Internet, así como la enorme avalancha de recursos
gracias a la integración de herramientas multimedia en los contenidos.
Las TIC o herramientas que procesan, almacenan, esquematizan, recobran
y muestran información representada de la más variada forma,
desataron una explosión sin precedentes respecto a las formas de comunicarse
al comienzo de los años 90, alterando nuestras pautas de interacción
social. Alguna de las grandes ventajas de esta eclosión fueron las
de fortalecer a los individuos y agentes sociales (ONG, etcétera.)
que a través de las redes globalizadas de soporte e intercambio, permitieron
el acceso al flujo de conocimientos e información con el objetivo
de empoderar las vidas de las personas y permitir el aprendizaje interactivo,
la educación a distancia, el trabajo en equipo, etcétera. en
definitiva, la democratización de la cultura. La
globalización es partícipe por tanto de un gran cambio no solo
social, se extiende también al ámbito educativo, empresarial
y científico. La Red, por tanto, nos ofrece espacios ricos en intercambio,
comunicación, aprendizaje, innovación u ocio y divertimento,
en los que los usuarios interactúan y conviven. El universo del espacio
digital continúa extendiéndose a los ámbitos más
heterogéneos de la realidad social y lo hace con una pluralidad de
medios, de tecnologías, de contenidos y de servicios que siguen enriqueciendo
y ampliando las opciones de interactividad, de permanencia y durabilidad
en el discurso de la Sociedad Digital.
Sin embargo, no hemos de olvidarnos que las “bondades” de esta revolución
no están aún tratadas equitativamente, ya que junto al crecimiento
de Internet ha surgido un nuevo tipo de escasez que desvincula a los países
en desarrollo de la información, dividiendo a los ricos de los pobres,
los jóvenes de los ancianos, los habitantes urbanos de los rurales, etcétera.
Por otra parte entramos en la era de la finalización de nuestra privacidad(la
información que facilitamos en las redes o contratos que firmamos sin
leer, permanece siempre en la red) que, paradójicamente produce cierto
aislamiento social. Ya hace más de 10 años Scott McNeally
de SunMycrosystems adelantó la frase sobre la muerte de la intimidad “Getoverit”.O
lo que es lo mismo: “Es lo que tenemos”. No hay marcha atrás.
Nuestros jóvenes ahora se relacionan desde su ordenador, sus juegos interactivos
o sus smartphones.
Hay una aceptación generalizada que atestigua que avanzamos a pasos de
gigante hacia la sociedad del conocimiento y hacia una nueva economía
sustentada en la tecnología. Esta estructura y la manera de interactuar
con ella, es lo que el Director de la Biblioteca de Alejandría Ismael
Serageldin llama la “Revolución del Conocimiento”, donde el
saber(con mayúsculas) adquiere una dimensión versátil y
provocadora, una metamorfosis paulatina que nos suministra una dinamización
de nuestro panorama cultural, pero sobre todo nos proporciona otra actitud en
gestionarlo. La gran revolución está en que es el propio consumidor
el que se transmuta en “obrero del contenido”.