Retomando el subtítulo poético de este encuentro, me preguntaba
dónde podrían encontrarse las dos orillas que menciona para
ese “océano digital” en el que están inmersos los
museos y sus publicaciones. Si estamos de acuerdo en identificar el
océano con la Red, una posible solución es demarcar sus límites
partiendo del cruce actual entre los procesos tecnológicos y los procesos
sociales. A un extremo de este océano nos topamos con la informática,
mientras al otro lado se divisa entre brumas el horizonte de la globalización.
De tal modo que si hoy queremos visitar un museo contamos con dos entradas
y dos direcciones distintas: la del edificio físico y la de su réplica
digital. El Centro Cultural de España, por ejemplo, hace de su programación
un circuito de actividades que se desplazan parcialmente de la calle Guatemala
nº 8, en Ciudad de México, al dominio trasnacional www.ccemx.org.
Lo mismo puede decirse de las publicaciones que se mueven de las estanterías
al PDF en la “nube”.
Estos desplazamientos pueden parecer triviales en la medida en que nos hemos
acostumbrado a verlos desde la lógica de la réplica. Una orilla
replica a la otra, se abre un museo en la ciudad y se abre su dominio global,
se publica un libro en papel y se lanza, con suerte, su copia a la Red. Esta
manera de ver y de hacer las cosas deja de lado las oportunidades que ofrece
el tránsito de los antiguos objetos y espacios culturales a las nuevas
arquitecturas del software informático.
Hace poco la editorial RM ha publicado un catálogo de arte correo
mexicano. En él me topé con un trabajo de Mauricio Guerrero
que lanza en formato postal una pregunta irónica y desconcertante: “¿es
el buzón un museo?” (VVAA, 2011:113). Esta obra constituye una
respuesta a la cuestión que ella misma plantea, de tal suerte que
si el buzón es un museo ¿qué queda del museo en su versión
tradicional? Como estaban haciendo otros artistas en los ochentas, con esta
sencilla operación de publicación y envío Guerrero pone
en cuestión los cimientos y las prácticas de una institución
de larga data. Gracias a esta reapropiación poco ortodoxa, el arte
correo ofrecía otro modo de ver y de hacer las cosas tanto para el
artista cuanto para el público y la institución.
El espacio museístico perdía sus muros, sus salas, sus corredores
y salía a las calles. El artista podía dirigirse a cada espectador
sin necesidad de su mediación, adquiría la capacidad de intervenir
el circuito de emisión, distribución y recepción del
arte. Las obras reflejaban la movilidad e inmediatez de los media,
se reproducían, llegaban al hogar, hablaban de la actualidad… Se
experimentaba con nuevos modelos de gestión más dirigidos a
la activación de procesos culturales colectivos que a la consecución
de un producto único como la exposición o la obra.
En perspectiva, lo único que se me ocurre criticar a esta obra de
Guerrero es su falta de consideración con el buzón mismo. El
buzón podía ser un museo pero también mucho más.
El buzón sintetizaba la lógica móvil y expansiva de
los relatos sociales e interpersonales y sus tecnologías. El buzón
podía ser un familiar, un amigo, un amante, un abogado, un banco,
un profesor, un policía, un comerciante, un político… En
la época del correo electrónico, si preguntamos “¿es
el software un museo?”, muy posiblemente la respuesta adolezca
de las mismas carencias. Efectivamente el software puede comportarse como
un museo y replicar su espacio y sus funciones convencionales, pero el software
es también mucho más.
En lugar de explorar las dos orillas en espejo del “océano digital”,
quisiera mostrarles algunos ejemplos de su abundante cartografía, para
ver hasta qué punto estas “sacudidas geotecnológicas” (1994:10),
como las llama Derrida, pueden transformar no sólo las comunicaciones
sino también las instituciones. No se trata de regresar a “La
conquista de la ubicuidad” de Paul Valéry, donde ningún
filósofo “ha soñado jamás una sociedad para la distribución
de la realidad sensible a domicilio” (1999: 105). Hasta ahí llegaban
la televisión y el video analógicos. Lo que ha conquistado la
ubicuidad en el cruce entre la globalización y la informática
es la redistribución de la realidad tangible a domicilio. El software,
al contrario que la televisión, el video o el buzón, no está diseñado
para emitir y recibir sino para ejecutar instrucciones. La emisión y
la recepción son solo dos de las muchas órdenes que esta arquitectura
informática global puede cumplir con extrema puntualidad