Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de enero de 2012 Vol.13, No.1
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Arquitecturas informáticas para museos y centros culturales
Paz Sastre
CITA
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¿Es el software un museo?
Narrativas ejecutables
Archivo Vivo, Bibliografía
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Introducción


Retomando el subtítulo poético de este encuentro, me preguntaba dónde podrían encontrarse las dos orillas que menciona para ese “océano digital” en el que están inmersos los museos y sus publicaciones.  Si estamos de acuerdo en identificar el océano con la Red, una posible solución es demarcar sus límites partiendo del cruce actual entre los procesos tecnológicos y los procesos sociales.  A un extremo de este océano nos topamos con la informática, mientras al otro lado se divisa entre brumas el horizonte de la globalización. De tal modo que si hoy queremos visitar un museo contamos con dos entradas y dos direcciones distintas: la del edificio físico y la de su réplica digital. El Centro Cultural de España, por ejemplo, hace de su programación un circuito de actividades que se desplazan parcialmente de la calle Guatemala nº 8, en Ciudad de México, al dominio trasnacional www.ccemx.org. Lo mismo puede decirse de las publicaciones que se mueven de las estanterías al PDF en la “nube”.

Estos desplazamientos pueden parecer triviales en la medida en que nos hemos acostumbrado a verlos desde la lógica de la réplica. Una orilla replica a la otra, se abre un museo en la ciudad y se abre su dominio global, se publica un libro en papel y se lanza, con suerte, su copia a la Red. Esta manera de ver y de hacer las cosas deja de lado las oportunidades que ofrece el tránsito de los antiguos objetos y espacios culturales a las nuevas arquitecturas del software informático.

Hace poco la editorial RM ha publicado un catálogo de arte correo mexicano. En él me topé con un trabajo de Mauricio Guerrero que lanza en formato postal una pregunta irónica y desconcertante: “¿es el buzón un museo?” (VVAA, 2011:113). Esta obra constituye una respuesta a la cuestión que ella misma plantea, de tal suerte que si el buzón es un museo ¿qué queda del museo en su versión tradicional? Como estaban haciendo otros artistas en los ochentas, con esta sencilla operación de publicación y envío Guerrero pone en cuestión los cimientos y las prácticas de una institución de larga data. Gracias a esta reapropiación poco ortodoxa, el arte correo ofrecía otro modo de ver y de hacer las cosas tanto para el artista cuanto para el público y la institución.

El espacio museístico perdía sus muros, sus salas, sus corredores y salía a las calles. El artista podía dirigirse a cada espectador sin necesidad de su mediación, adquiría la capacidad de intervenir el circuito de emisión, distribución y recepción del arte.  Las obras reflejaban la movilidad e inmediatez de los media, se reproducían, llegaban al hogar, hablaban de la actualidad… Se experimentaba con nuevos modelos de gestión más dirigidos a la activación de procesos culturales colectivos que a la consecución de un producto único como la exposición o la obra. 

En perspectiva, lo único que se me ocurre criticar a esta obra de Guerrero es su falta de consideración con el buzón mismo. El buzón podía ser un museo pero también mucho más. El buzón sintetizaba la lógica móvil y expansiva de los relatos sociales e interpersonales y sus tecnologías. El buzón podía ser un familiar, un amigo, un amante, un abogado, un banco, un profesor, un policía, un comerciante, un político… En la época del correo electrónico, si preguntamos “¿es el software un museo?”,  muy posiblemente la respuesta adolezca de las mismas carencias. Efectivamente el software puede comportarse como un museo y replicar su espacio y sus funciones convencionales, pero el software es también mucho más.

En lugar de explorar las dos orillas en espejo del “océano digital”, quisiera mostrarles algunos ejemplos de su abundante cartografía, para ver hasta qué punto estas “sacudidas geotecnológicas” (1994:10), como las llama Derrida, pueden transformar no sólo las comunicaciones sino también las instituciones.  No se trata de regresar a “La conquista de la ubicuidad” de Paul Valéry, donde ningún filósofo “ha soñado jamás una sociedad para la distribución de la realidad sensible a domicilio” (1999: 105). Hasta ahí llegaban la televisión y el video analógicos. Lo que ha conquistado la ubicuidad en el cruce entre la globalización y la informática es la redistribución de la realidad tangible a domicilio.  El software, al contrario que la televisión, el video o el buzón, no está diseñado para emitir y recibir sino para ejecutar instrucciones. La emisión y la recepción son solo dos de las muchas órdenes que esta arquitectura informática global puede cumplir con extrema puntualidad


 
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