Por Héctor Perea
Hace quince años, mientras Rodolfo Mata y Gustavo Jiménez,
dos compañeros del Centro de Estudios Literarios, hacían lo
propio en el campo de la poesía, inicié la aventura de editar
una antología de cuento mexicano en versión web. El proyecto
me recordó enseguida otra apuesta editorial, desarrollada con Jaime
G. Velázquez a principios de la década de los ochentas del
siglo pasado, y que dio como resultado dos o tres números de Artificios,
un pequeño tabloide literario, y La Página del Día,
una serie de cuadernillos de varia invención. Al igual que estos últimos,
pensé entonces, la nueva publicación daría entrada
a materiales narrativos de toda índole y estaría abierta a
las distintas generaciones, englobadas por los cincuenta años de creación
cuentística concebido en el propio título del sitio. También
en el nuevo espacio web, y esta era la mayor apuesta, justo al lado de las
firmas consolidadas veríamos surgir y madurar a escritores jóvenes.
Los últimos del siglo XX; los primeros del nuevo milenio.
En 1996 era aún poco frecuente encontrar productos de este tipo en Internet.
Por dos motivos en particular. El primero se refería al tema de los derechos
de autor, que, de hecho, sigue siendo una asignatura compleja de desmenuzar hoy
en día. El segundo motivo era a la poca frecuentación que, por
entonces, el ámbito académico de habla hispana procuraba de los
espacios en red, considerados todavía como poco serios.
Un portal, el mayor sobre cultura
mexicana de esa década y, quizá, de la actualidad, Artes e
Historia de México, editado por el artista visual y pensador Manuel
Zavala y Alonso, nos había abierto las puertas sin limitación alguna.
Bueno, en realidad, con una sola en el caso de mi antología. Y era que
tanto los trabajos de creación como los de estudio en ella incluidos deberían
aparecer en versión bilingüe —español-inglés—,
a causa de la amplia cobertura que comenzaba a tener el sitio. Este aspecto que,
repito, en un principio se vio como una limitante, sería en realidad lo
que desde ese momento más caracterizó a Cinco
décadas
de cuento mexicano.
Pues, de hecho, desde su nacimiento el proyecto estuvo obligado, además
de a perseguir el mismo rigor que se busca en la creación de libros impresos
en el espacio universitario, a conseguirlo dentro del universo académico
internacional. De esta forma, Cinco Décadas… entraba
de lleno, desde su etapa formativa, en el nivel de calidad más exigente
y buscaba su justa homologación, aun cuando los cuerpos colegiados se
negaran a considerarlo así por entonces, con los productos de investigación
y divulgación tradicionales de mayor valía. Con aquellos aún
derivados y dependientes, como buena parte de los sitios en red, de las familias
tipográficas y los tipos móviles creados hace más cinco
siglos por Johannes Gutenberg y seguidores.
Las condiciones en que
se desenvolvía la cultura en nuestro país por esos años,
y en particular el quehacer literario, ayudó a que desde su inicio la
antología pudiera contar tanto con algunos de los nombres como de los
cuentos y ensayos más representativos de las letras mexicanas. De hecho,
el fenómeno se daba no sólo en el ámbito de la narrativa
breve. Pues la poca costumbre por parte de los autores de delegar en representantes
o editoriales la responsabilidad o el derecho de controlar el copyright,
sumado esto al gusto por decidir ellos mismo el destino de sus materiales --muy
aparte de las condiciones económicas--, permitió que el proyecto
lograra insertarse sin dificultad dentro del espíritu de la libre edición
y el libre acceso a los contenidos. Bastaba una llamada telefónica, seguida
de un sencillo correo, para acordar con autores, editores y traductores la cesión
de derechos. Y, desde luego, así como no se pagaban regalías por
los textos ni las versiones al inglés, o por el acceso al sitio, no se
cobraría por el trabajo de edición digital realizado por parte
del compilador.
La amplísima difusión de una mínima parte de las obras de
cada escritor, así como la fácil aproximación a las versiones
bilingües de cuentos o ensayos, en el caso de los lectores, hacía
que todos resultaran ganando. Cabe destacar que, desde un inicio, Cinco décadas… comenzó a
recibir correos de felicitación y consulta de instituciones y lectores
de Alemania, Holanda, España, Italia, los Estados Unidos y otras partes
del mundo.
Desde el primer momento, y gracias
sobre todo a la generosidad de escritores, traductores y estudiosos, el índice
de Cinco décadas… presumió algunas de las mejores
firmas de nuestra narrativa, junto con las de varios de los estudiosos más
interesantes y activos sobre el tema.
Cuentos de la generación a la que pertenecen Juan Villoro, Alberto
Ruy Sánchez, Bárbara Jacobs, Francisco Segovia, Rosa Beltrán,
Mónica Lavín, Daniel Sada o Ana Clavel figuraron al lado de
narraciones breves de, por ejemplo, Augusto Monterroso, Hernán Lara
Zavala, Angelina Muñiz, Carlos Chimal, Aline Pettersson o Silvia Molina.
Y todos ellos departirían virtualmente con autores de generaciones
tan recientes, por entonces, como la de Celso Santajuliana o Luis Ignacio
Helguera. En el apartado crítico, los trabajos de Lauro Zavala o Miguel
Rodríguez Lozano,
jóvenes académicos por entonces, vinieron a complementar los
de ya clásicos como Seymour Menton o Russell M. Cluff. Hoy, estudios
de Alejandro Toledo y Blas Valdez, así como un boceto autobiográfico
de Andrea Enríquez, han venido creciendo y dando variedad al apartado
crítico.
Si durante los primeros años mi trabajo como compilador lo realicé en
cierta medida en solitario, desde 2003 Cinco décadas… experimentó un
vuelco enriquecedor con la integración de una nueva coeditora: Gabriela
Valenzuela Navarrete. Exalumna del Posgrado en Letras de la Facultad de Filosofía
y Letras de la UNAM, Gabriela abrió el panorama cuentístico
a autores todavía más recientes. Pero también motivó un
cambio sustancial en el campo de la traducción de materiales. La antología
dejó en cierta forma de serlo, para volverse un trabajo panorámico
en el que no sólo cabría
el concepto explotado durante siete años de proyecto en interminable
proceso, sino también el de muestrario narrativo y ensayístico
volcado en más de dos lenguas y en más de cinco décadas.
El francés
encontró finalmente su lugar, lugar por completar, de hecho.
También,
desde ese momento se empezó a hablar sobre la necesidad de incorporar
a más coeditores.
El cambio en el proyecto alcanzó de pronto otras dimensiones. Ya no nos
valdríamos de traducciones hechas tiempo atrás y expresamente para
los libros que contuvieron originalmente los cuentos. Ahora realizaríamos
nuevas versiones. En algunos casos, inexistentes hasta entonces. Si la incorporación
de Gabriela había abierto una nueva puerta, la de una posible participación
activa de alumnos y exalumnos como editores y traductores, la incorporación
del siguiente coeditor de Cinco décadas…, Stefano Tedeschi,
vino a concretar con amplitud y efectividad lo que antes había sido una
iniciativa estupenda, pero de escala reducida: la de abrir al universo académico
en formación las puertas de nuestro querido y ya maduro sitio.
Con la creación de talleres de traducción entre sus alumnas destacadas,
Stefano logró en apenas unos meses la versión al italiano del corpus
narrativo completo. Completo hasta entonces, desde luego, pues el sitio siguió creciendo
después.
En la actualidad, Cinco décadas… ha sido reforzada con
apoyos multimedia, que involucran a distintas instituciones y plataformas, y
funciona gracias al desempeño de un cuerpo colegiado internacional, que
incluye académicos de las universidades mexicanas UNAM y Autónoma
de la Ciudad de México (Héctor Perea y Gabriela Valenzuela); las
inglesas de Leeds y Liverpool (Thea Pitman y Claire Taylor), así como
las de París IV, la Sorbonne (Eduardo Ramos-Izquierdo), y Roma, La Sapienza
(Stefano Tedeschi). Y todavía se habla de más incorporaciones y
cambios. Como debe de ser en un proyecto basado, sobre todo, en la incesante
movilidad de la creación.