Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de enero de 2012 Vol.13, No.1
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Cinco décadas de cuento mexicano, hoy
Gabriela Valenzuela y Héctor Perea
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Cinco décadas de cuento mexicano, hoy
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Una arqueología del sitio


Por Héctor Perea

Hace quince años, mientras Rodolfo Mata y Gustavo Jiménez, dos compañeros del Centro de Estudios Literarios, hacían lo propio en el campo de la poesía, inicié la aventura de editar una antología de cuento mexicano en versión web. El proyecto me recordó enseguida otra apuesta editorial, desarrollada con Jaime G. Velázquez a principios de la década de los ochentas del siglo pasado, y que dio como resultado dos o tres números de Artificios, un pequeño tabloide literario, y La Página del Día, una serie de cuadernillos de varia invención. Al igual que estos últimos, pensé entonces, la nueva publicación daría entrada a materiales narrativos de toda índole y estaría abierta a las distintas generaciones, englobadas por los cincuenta años de creación cuentística concebido en el propio título del sitio. También en el nuevo espacio web, y esta era la mayor apuesta, justo al lado de las firmas consolidadas veríamos surgir y madurar a escritores jóvenes. Los últimos del siglo XX; los primeros del nuevo milenio.

En 1996 era aún poco frecuente encontrar productos de este tipo en Internet. Por dos motivos en particular. El primero se refería al tema de los derechos de autor, que, de hecho, sigue siendo una asignatura compleja de desmenuzar hoy en día. El segundo motivo era a la poca frecuentación que, por entonces, el ámbito académico de habla hispana procuraba de los espacios en red, considerados todavía como poco serios.

Un portal, el mayor sobre cultura mexicana de esa década y, quizá, de la actualidad, Artes e Historia de México, editado por el artista visual y pensador Manuel Zavala y Alonso, nos había abierto las puertas sin limitación alguna. Bueno, en realidad, con una sola en el caso de mi antología. Y era que tanto los trabajos de creación como los de estudio en ella incluidos deberían aparecer en versión bilingüe —español-inglés—, a causa de la amplia cobertura que comenzaba a tener el sitio. Este aspecto que, repito, en un principio se vio como una limitante, sería en realidad lo que desde ese momento más caracterizó a Cinco décadas de cuento mexicano. Pues, de hecho, desde su nacimiento el proyecto estuvo obligado, además de a perseguir el mismo rigor que se busca en la creación de libros impresos en el espacio universitario, a conseguirlo dentro del universo académico internacional. De esta forma, Cinco Décadas… entraba de lleno, desde su etapa formativa, en el nivel de calidad más exigente y buscaba su justa homologación, aun cuando los cuerpos colegiados se negaran a considerarlo así por entonces, con los productos de investigación y divulgación tradicionales de mayor valía. Con aquellos aún derivados y dependientes, como buena parte de los sitios en red, de las familias tipográficas y los tipos móviles creados hace más cinco siglos por Johannes Gutenberg y seguidores.

 Las condiciones en que se desenvolvía la cultura en nuestro país por esos años, y en particular el quehacer literario, ayudó a que desde su inicio la antología pudiera contar tanto con algunos de los nombres como de los cuentos y ensayos más representativos de las letras mexicanas. De hecho, el fenómeno se daba no sólo en el ámbito de la narrativa breve. Pues la poca costumbre por parte de los autores de delegar en representantes o editoriales la responsabilidad o el derecho de controlar el copyright, sumado esto al gusto por decidir ellos mismo el destino de sus materiales --muy aparte de las condiciones económicas--, permitió que el proyecto lograra insertarse sin dificultad dentro del espíritu de la libre edición y el libre acceso a los contenidos. Bastaba una llamada telefónica, seguida de un sencillo correo, para acordar con autores, editores y traductores la cesión de derechos. Y, desde luego, así como no se pagaban regalías por los textos ni las versiones al inglés, o por el acceso al sitio, no se cobraría por el trabajo de edición digital realizado por parte del compilador.

La amplísima difusión de una mínima parte de las obras de cada escritor, así como la fácil aproximación a las versiones bilingües de cuentos o ensayos, en el caso de los lectores, hacía que todos resultaran ganando. Cabe destacar que, desde un inicio, Cinco décadas… comenzó a recibir correos de felicitación y consulta de instituciones y lectores de Alemania, Holanda, España, Italia, los Estados Unidos y otras partes del mundo.

Desde el primer momento, y gracias sobre todo a la generosidad de escritores, traductores y estudiosos, el índice de Cinco décadas… presumió algunas de las mejores firmas de nuestra narrativa, junto con las de varios de los estudiosos más interesantes y activos sobre el tema.

Cuentos de la generación a la que pertenecen Juan Villoro, Alberto Ruy Sánchez, Bárbara Jacobs, Francisco Segovia, Rosa Beltrán, Mónica Lavín, Daniel Sada o Ana Clavel figuraron al lado de narraciones breves de, por ejemplo, Augusto Monterroso, Hernán Lara Zavala, Angelina Muñiz, Carlos Chimal, Aline Pettersson o Silvia Molina. Y todos ellos departirían virtualmente con autores de generaciones tan recientes, por entonces, como la de Celso Santajuliana o Luis Ignacio Helguera. En el apartado crítico, los trabajos de Lauro Zavala o Miguel Rodríguez Lozano, jóvenes académicos por entonces, vinieron a complementar los de ya clásicos como Seymour Menton o Russell M. Cluff. Hoy, estudios de Alejandro Toledo y Blas Valdez, así como un boceto autobiográfico de Andrea Enríquez, han venido creciendo y dando variedad al apartado crítico.

Si durante los primeros años mi trabajo como compilador lo realicé en cierta medida en solitario, desde 2003 Cinco décadas… experimentó un vuelco enriquecedor con la integración de una nueva coeditora: Gabriela Valenzuela Navarrete. Exalumna del Posgrado en Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Gabriela abrió el panorama cuentístico a autores todavía más recientes. Pero también motivó un cambio sustancial en el campo de la traducción de materiales. La antología dejó en cierta forma de serlo, para volverse un trabajo panorámico en el que no sólo cabría el concepto explotado durante siete años de proyecto en interminable proceso, sino también el de muestrario narrativo y ensayístico volcado en más de dos lenguas y en más de cinco décadas. El francés encontró finalmente su lugar, lugar por completar, de hecho. También, desde ese momento se empezó a hablar sobre la necesidad de incorporar a más coeditores.

El cambio en el proyecto alcanzó de pronto otras dimensiones. Ya no nos valdríamos de traducciones hechas tiempo atrás y expresamente para los libros que contuvieron originalmente los cuentos. Ahora realizaríamos nuevas versiones. En algunos casos, inexistentes hasta entonces. Si la incorporación de Gabriela había abierto una nueva puerta, la de una posible participación activa de alumnos y exalumnos como editores y traductores, la incorporación del siguiente coeditor de Cinco décadas…, Stefano Tedeschi, vino a concretar con amplitud y efectividad lo que antes había sido una iniciativa estupenda, pero de escala reducida: la de abrir al universo académico en formación las puertas de nuestro querido y ya maduro sitio.
Con la creación de talleres de traducción entre sus alumnas destacadas, Stefano logró en apenas unos meses la versión al italiano del corpus narrativo completo. Completo hasta entonces, desde luego, pues el sitio siguió creciendo después.

En la actualidad, Cinco décadas… ha sido reforzada con apoyos multimedia, que involucran a distintas instituciones y plataformas, y funciona gracias al desempeño de un cuerpo colegiado internacional, que incluye académicos de las universidades mexicanas UNAM y Autónoma de la Ciudad de México (Héctor Perea y Gabriela Valenzuela); las inglesas de Leeds y Liverpool (Thea Pitman y Claire Taylor), así como las de París IV, la Sorbonne (Eduardo Ramos-Izquierdo), y Roma, La Sapienza (Stefano Tedeschi). Y todavía se habla de más incorporaciones y cambios. Como debe de ser en un proyecto basado, sobre todo, en la incesante movilidad de la creación.


 
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