Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de noviembre de 2012 Vol.13, No.11
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El devenir en el mundo subterráneo
Roberto Romero Sandoval
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El tiempo en el inframundo maya
Los dioses mayas pueden perecer
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Introducción

Antes de que el mundo fuera creado todo estaba inmóvil, callado y en silencio. “Sólo estaban la mar en calma y el cielo en toda su extensión”, reza el Popol Vuh (1976: 23). Fue gracias al poder de la palabra, como los dioses supremos: Tepeu y Gucumatz, crearon la faz de la tierra e instauraron el orden y el tiempo. Dispusieron la creación y crecimiento de los árboles, el nacimiento de la vida y la creación del hombre.
Para los antiguos mayas, el tiempo estaba determinado por el movimiento diario del Sol en su recorrido alrededor de la Tierra. Este tránsito fue concebido como un movimiento cíclico, y se manifiesta tanto en los ciclos naturales como en la vida misma (Garza, 1998: 25-31; 2010: 38-44). De hecho, la exactitud con la que los grupos mesoamericanos medían el movimiento del sol y la luna les permitía saber cuándo debían sembrar, cuándo se desbordaría el río e inundaría sus riberas y cuándo llegaría la época de lluvias. Como bien señala Anthony Aveni: “El acaecimiento regular de la salida del Sol y del ocaso lunar daba a los antiguos algo seguro y ordenado, un pilar estable en que apoyar su inteligencia” (1993: 13).

Los mayas plasmaron sus ideas sobre el tiempo en sus mitos cosmogónicos, concepciones cosmológicas, conocimientos calendáricos y astronómicos, así como en su propia historiografía. Para ellos, el universo estaba conformado por tres grandes ámbitos espaciales: cielo, tierra e inframundo. El cielo fue concebido como una pirámide de 13 niveles; la tierra, como una plancha cuadrangular, y el inframundo como una pirámide invertida de nueve cuerpos. La comunicación entre ambos niveles la establecía una ceiba que atravesaba los tres estratos (Figura 1). “En cuanto a la estructura completa del cosmos –dice Mercedes de la Garza– no sabemos, en realidad, si era concebida por los mayas como un cubo, como una esfera o como un romboedro o prisma romboidal […]” (2007: 20). O bien, pudiera ser la combinación de todos estos elementos.


Figura 1 Imagen del cosmos maya tsolsil.
Tomado de William R. Holland (1978: 70)


Pero, además, en el arte maya del Clásico hay diversas alegorías vegetales y animales que encarnan los diversos sectores del cosmos, así, el cielo se representa como un ser bicéfalo con cuerpo de cocodrilo. A menudo éste es sustituido por la figura de Itzamnaaj como ave y cuerpo de banda celeste. En el centro se yergue una gigantesca ceiba, que, a veces, se sustituye por una planta de maíz, en la copa del árbol se posa el ave celeste, llamada Itzamnaaj Muut. La superficie terrestre se describe como un cuadrilátero con un centro claramente marcado. Esta plataforma reposa sobre las aguas del inframundo (Figura 2).


Figura 2. Esquema del universo maya, según Elizabeth Wagner (2000: 286).

En el arte maya, la tierra es representada como una tortuga marina, un cocodrilo o un pecarí. Los lados de este universo cuadrangular están orientados conforme al tránsito aparente del Sol alrededor de la Tierra. Y a cada punto le correspondía un color: al este, el rojo; al norte, el blanco; al oeste, el negro, y al sur, el amarillo. En el centro de cada uno de los lados se alza la montaña mítica con una cueva en cuya entrada se encontraba un árbol. El inframundo, que en este caso se representa como unas fauces esqueléticas, es la morada de los dioses de la muerte. De acuerdo con el Popol Vuh, cuatro caminos conducen desde el centro al reino de Xibalbá (Wagner, 2000: 286-287).



Figura 3. Templo de las Inscripciones de Palenque y Templo I de Tikal.


Arquitectónicamente tenemos varios ejemplos de esta concepción del cosmos, como es el caso del Templo de las Inscripciones de Palenque y el Templo I de Tikal, cuyos nueve niveles simbolizan el inframundo (Figura 3). En cambio, el Templo de la Cruz de Palenque representa el nivel celeste porque tiene trece cuerpos. Además, en el interior de este edificio hay un tablero donde están representados nuevamente los tres niveles del cosmos. El ámbito celeste lo personifica un ave, al que De la Garza ha identificado como el Sol en el cenit (1998: 66). La cruz funge como árbol-eje del mundo, y el plano terrestre se simboliza por el mascarón del monstruo de la tierra, la mandíbula descarnada alude indiscutiblemente al inframundo. La banda celeste que aparece a los pies de los gobernantes parece indicarnos que el tiempo en esta escena desaparece, y se une el día con la noche, pues K’inich Kan B’ahlam está parado sobre el glifo Kin (sol, día), mientras que su padre, K’inich Janahb’ Pakal, ya muerto, está sobre los emblemas del cielo nocturno: Ak’bal (oscuridad, noche), el de la Luna y el de Venus (Figura 4). En otras religiones antiguas, sólo los grandes hombres pueden penetrar a esos otros mundos, y lograr simbólicamente la ruptura del tiempo (Chevalier y Gheerbrant, 2007: 991). En esta imagen parece acontecer lo mismo, Kan B’ahlam tiene la capacidad de comunicarse con su padre ya muerto, y hacerlo partícipe del momento de su entronización.


Figura 4. Tablero del templo de la Cruz, Palenque. Dibujo de Linda Schele.

 
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