Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de noviembre de 2012 Vol.13, No.11
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Contar mentiras para aprender a decir la verdad: el lom lo’il, un género de habla infantil en maya Tojol-ab’al
Alejandro Curiel Ramírez del Prado
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Estructura social y lengua
¿Cómo persuadir en maya Tojol-ab’al?
Conclusión y bibliografía
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Introducción

Es un hecho común a todas las sociedades de humanos que nuestra herramienta favorita para crear significados y comunicarlos es la(s) lengua(s) de nuestra comunidad. Es igualmente evidente apuntar que las lenguas son complejísimos sistemas simbólicos, de índole colectiva, refinados a través del tiempo.  Lo que probablemente no sea tan claro es hasta qué punto es válido emprender el estudio de una lengua si no tomamos en cuenta la estructura social en que viven inmersos sus hablantes.

Lo anterior sugiere que el estudio de los sistemas lingüísticos no sólo es interesante para quienes están preocupados por entender la naturaleza de la construcción y de la transmisión lingüísticas del significado, sino también para quienes quieren comprender las especificidades idiosincráticas de las colectividades que han creado y refinado los más de 7,000 idiomas usados actualmente en todo el mundo. Estudiar una lengua es también analizar a la sociedad que la produce.

Ahora bien, si le concedemos razón a la hipótesis de la relatividad lingüística en torno al hecho de que la(s) lengua(s) que hablamos incide(n) directamente en la manera en los humanos conceptualizamos el mundo (Whorf; Lucy), tanto el estudio de la estructura de una lengua como el de la manera en que ésta es usada son caminos claros para la comprensión de los valores intrínsecos fundantes de cada sociedad. De hecho, los patrones de uso de una lengua son específicos a su comunidad de habla en la misma medida en que el conjunto de sus propiedades gramaticales le son específicas.

Sin embargo, ¿hasta qué punto las prácticas lingüísticas son reveladoras de los valores intrínsecos de una sociedad? Las respuestas a estas dos preguntas han sido muchas, variadas y contundentes: a finales del siglo pasado, Abrahams nos ayudó a entender mejor la dinámica social de las comunidades afroamericanas a través de ciertos tipos de narraciones en black English usadas en el marco de la conversación espontánea; Fox pudo ilustrar valores comunitarios rotinenses generados desde la práctica lingüística; Irvine fue capaz de discutir la estructura social de los wolof gracias al estudio de las rutinas de salutación en ese idioma; Mannheim y Van Vleet nos ayudaron a entender mejor la dinámica compleja de la interacción social entre los quechuas mediante el análisis de narraciones dialogadas; Salmond pudo comprender mejor la espiritualidad maorí al estudiar los eventos de habla rituales de los hablantes de esa lengua; Sherzer consiguió una impresionante radiografía cultural de los kuna gracias al estudio de los géneros de habla y las implicaciones sociales que éstos tienen en Panamá y Colombia contemporáneos; Gossen (1971, 1973 y 1989) pudo demostrar la impresionante complejidad de la sociedad chamula a través de un riguroso análisis de los géneros en que los tsotsiles organizan su interacción verbal.

De esta manera, la evidencia científica parece indicar que hablar una lengua no sólo implica conocer su vocabulario y las reglas gramaticales que gobiernan su estructura; es también saber qué decir, cuándo decirlo, de qué manera decirlo y frente a quiénes decirlo. De hecho, el conocimiento en torno al uso social de una lengua es parte medular de la estructura lingüística en la misma medida en que lo son las reglas para formar palabras, pronunciar sonidos u organizar oraciones (Lavandera: 1992, 15).




Manuel y Julián contando mentiras en Maya Tojol-ab'al: un ejemplo de lom lo'il


 
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