Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de diciembre de 2012 Vol.13, No.12
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La historia del tiempo, el tiempo de la historia
Mercedes de la Garza
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Tiempo e historia. La historiografía
La historiografía prehispánica
Los textos coloniales
Los nuevos libros mayas
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Prólogo

La temporalidad, como evidencia del movimiento, el cambio y la muerte, siempre ha sido una de las principales preocupaciones del ser humano. Antes de la aparición de la física, la matemática y la astronomía actuales, la preocupación por el tiempo se manifestó principalmente en las reflexiones filosóficas y en las creencias religiosas, que buscaban entender el cambio, a través de explicaciones racionales, así como de mitos y ritos, con el fin de mitigar la inseguridad y el miedo al devenir inexorable y a la muerte.

En la historia del pensamiento filosófico occidental ha habido múltiples ideas sobre el tiempo, entre las que destacan las que lo consideran “el orden mensurable del movimiento”. Esta concepción aparece desde los orígenes del pensamiento filosófico griego. En el Siglo VI a.C., Anaximandro (B1) afirmó: Los contrarios, “se hacen justicia unos a otros, según el orden del tiempo” y Heráclito de Éfeso, en breves aforismos, dio a conocer la primera gran concepción filosófica de la temporalidad como movimiento ordenado del cosmos:

Este mundo, uno y el mismo para todos, no ha sido creado por ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que es, ha sido y será un fuego eternamente viviente que se enciende y se apaga según medidas (B30).

Heráclito advierte que el tiempo es el cambio del cosmos, movimiento racional sustentado en la armonía de los contrarios, y que ese movimiento es eterno y racional: el mundo es “eternamente viviente” y “se enciende y se apaga, según medidas”.

Con esa concepción de la temporalidad concuerdan notablemente casi todas las culturas del extremo oriente, la hindú, la griega, la persa y muchas más, así como las culturas mesoamericanas; todas éstas, lejos de considerar al tiempo como una sucesión lineal irremediable de pasado, presente y futuro, que se inició y acabará, consideran que ese movimiento del espacio es cíclico, y de este modo se inscriben en el famoso y universal “mito del eterno retorno” (Mircea Eliade, 1972). (Figura 1)


Figura 1. Del Popol Vuh. Un punto en el tiempo en que los gemelos fueron peces en el río. Justin Kerr.


El tiempo ordenado del cosmos y su manejo


Los mayas concibieron el tiempo como movimiento cíclico del espacio, determinado por los cursos astrales y los ciclos de la naturaleza. Y el tiempo debía ser cíclico porque el retorno al origen del universo significaba una nueva creación que garantizaba la regeneración de la vida en general. Así, la muerte no era sino un tránsito a otra forma de existencia o un renacimiento, como el ocaso y orto de los astros y la renovación de la naturaleza.

En el llamado Periodo Clásico de la civilización maya (250 a 909 d.C.) se produjo, sobre todo en la región central, la profunda creatividad espiritual que ha dado a los mayas un lugar muy distinguido en la historia de la humanidad: sus extraordinarias obras plásticas, sus inscripciones, sus códices y sus mitos, rescritos en la época colonial por ellos mismos, en sus propias lenguas, pero ya empleando el alfabeto latino, nos muestran que los mayas, por la necesidad de manejar el tiempo, cambio y movimiento inexorable del espacio, lo racionalizaron creando la matemática, con un sistema vigesimal. Establecieron un complejo sistema calendárico constituido por varios ciclos, como el solar, el lunar, el ritual y otros más, los cuales se complementaban para establecer una fecha con extraordinaria precisión. Esta precisión se lograba gracias a la creación de una “fecha era”, o punto de partida del cómputo del tiempo, que fue 13.00.00.00.00, 4 Ajaw 8 Cumkú, la cual corresponde, en el calendario gregoriano, al 13 de agosto de 3114 a.C., y registra el inicio de la era cósmica actual, según sus ideas acerca de la dinámica del universo. A este sistema de fechar se le ha dado el nombre de Cuenta Larga o Serie Inicial. La Cuenta Larga no implica, en mi opinión, un concepto lineal del tiempo, pues está basada principalmente en el ciclo solar, y se constituye por una secuencia de ciclos, en los que se fija un día: estos ciclos son baktún (400 años), katún (20 años), tun (un año), uinal (un mes de 20 días) y kin (un día). El 23 de diciembre de 2012 terminará el baktún 13 y se retornará al cero, para que se inicie un nuevo ciclo de 5,125.36 años. Y todavía hay ciclos mayores: los piktunes (8,000 años), los kalabtunes (160,000 años), los kinchiltunes (3 millones 200 mil años) y los alautunes (64 millones de años). Así, el tiempo es una cadena de ciclos que como una espiral se proyectan hasta el infinito, y que tiene como base el ciclo solar.


De este modo, en el pensamiento maya, el dinamismo de la realidad espacial, el cambio cósmico, es producido, en esencia, por el movimiento de un ser sagrado que fue el eje de su cosmovisión: el Sol (K’in, palabra que también significa “día” y “tiempo”). El tránsito del Sol fue captado como un movimiento circular alrededor de la Tierra, que incluye un ciclo diario y un ciclo anual. Los Equinoccios y los Solsticios, puntos clave del ciclo anual del Sol, fueron exactamente precisados por ellos. El trayecto aparente del Sol determina los cambios que en la Tierra ocurren (día y noche, fertilidad y sequía, frío y calor, etcétera); por eso, el tiempo se concibió como movimiento cíclico. Así, el tiempo fue medido por los ortos y los ocasos de los astros, “verdaderas sincronías que hacen engranar la vida terrestre con el movimiento del cielo” (Champeaux y Sterckx, 1989: 38).

La temporalidad, entonces, no fue para los mayas un concepto abstracto, sino el evidente y eterno dinamismo cíclico del espacio, que da a los seres cualidades y significaciones múltiples, a veces contradictorias, pues dependen de las influencias sagradas que se despliegan sobre el mundo en los distintos momentos. Pero ese movimiento no es arbitrario: sigue leyes estables, como se manifiesta en la regularidad de los ciclos naturales y de la propia vida humana; el tiempo es el orden móvil del cosmos, como lo fue para Heráclito.

Con la sistematización matemática del tiempo, éste queda en manos de los hombres, la fugacidad se controla, los ciclos permiten el retorno periódico al momento mítico de los orígenes para regenerar el universo y prolongarlo hasta el infinito. Se controla incluso la propia muerte de los seres humanos, pues sus espíritus, liberados del cuerpo, pueden transitar hacia el pasado y hacia el futuro e incluso situarse en una simultaneidad de los tres momentos. El cómputo del tiempo trasciende a la duración de la historia; se mide hacia adelante y hacia atrás, y se fijan sorprendentes fechas millones de años anteriores a la existencia de los hombres y del cosmos, lo que muestra que esos grandes sabios en verdad disfrutaban del dominio del devenir. Y hasta se pudo controlar el infinito, pues el concepto de ciclos temporales conlleva la idea de un universo eterno. No habrá nunca un fin absoluto de los tiempos un fin de los mundos, sino una eterna renovación.

Esa asombrosa concepción del espacio-tiempo revela la extraordinaria capacidad de observación, de intuición, de conocimiento, de aquel pueblo, que sin aparatos, sin tecnología, pero con una insólita capacidad matemática, logró aprehender y manejar el devenir.

 
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