Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de febrero de 2012 Vol.13, No.2
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Todos somos monstruos: retos de la literatura de horror en un mundo espantoso
Bernardo Fernández Bef
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¿Usted se acuerda dónde estaba y qué hacía el día que mataron a Colosio? ¿Y usted? ¿Y usted?

Dice Stephen King, que algo sabe de terror y probablemente sin proponérselo sea el responsable indirecto de que hoy estemos discutiendo aquí estas ideas (sí, ya sé que su nombre levanta urticaria en más de un intelectual serio, pero también sé que don Steve es más denostado que leído y que a veces, como todos nosotros, dice cosas inteligentes); dice, pues, Stephen King, a propósito del asesinato de Kennedy:

El terror —aquello que Hunter S. Thompson llama “miedo y asco”— a menudo surge de una extendida sensación de desequilibrio; de que las cosas se están colapsando. Si esa sensación de colapso es súbita y se percibe como personalizada —si te pega cerca del corazón— entonces se aloja en la memoria como un todo. (...) Aparentemente el amor es incapaz de alcanzar esa clase de contundencia. Lo cual es una tragedia.1

2 Quiero compartirles un fragmento del texto más terrorífico que he leído recientemente:

“Los trajeron esposados por la espalda a la casa donde encontraron los 36 cuerpos. Mojaron unas camisetas en gasolina, se las pusieron en la espalda, les prendieron fuego y, después de un rato, se las quitaron. La piel quedó pegada a la ropa. Los dos gritaban como cerdos en el matadero. Les inyectaron algo para que no perdieran la conciencia. Después les pusieron alcohol en los güevos y se los prendieron. Brincaron tan alto… estaban esposados y aún así nunca vi a nadie brincar tan alto” (...)
“Sus espaldas parecían piel curtida, no sangraban. Les pusieron bolsas de plástico en la cabeza para asfixiarlos y luego los revivían frotándoles alcohol en la nariz”. “Todo lo que nos decían era: ‘Nos veremos en el infierno’ ”.
“La cosa siguió así durante tres días. Apestaban a carne quemada. Trajeron a un doctor para que los mantuviera con vida. Querían que aguantaran otro día más.
Empezaron a cagar sangre. Les metieron un palo de escoba por el culo”.
“Al segundo día llegó alguien que les dijo: ‘Les advertí que esto iba a suceder’ ”.
“ ‘Mátanos’, contestaron”.
“Aguantaron tres días más. El doctor tuvo que emplearse a fondo, los inyectaba para que no murieran. Finalmente fallecieron a causa de la tortura”.
“Nunca le pidieron ayuda a Dios. Sólo gritaban: ‘Nos veremos en el infierno’ ”. 
“Los enterré bocabajo y les eché cal viva”.2

El texto no pertenece a la ficción. Se trata del artículo “Sicario. Confesiones de un asesino de Ciudad Juárez” de Charles Bowden. Apareció publicado en el número de agosto de 2009 de  la revista Nexos, traducido originalmente de la revista norteamericana Harper’s. Culaquier parecido con la realidad, diría Víctor Ronquillo, es una tragedia.

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Escribe mi admirado colega Pepe Rojo3 que el encanto profundo del horror estriba en su elogio del mal gusto. Que quizá esa misma es la razón de que sufra un rabioso desdén por parte de la academia. Es subversivo, dice, y desmantelador de certezas. Lo escribe desde la ciudad de Tijuana, donde ha tenido que aprender a distinguir entre el ruido producido por los cohetes del de los balazos. Donde siente un estremeciemiento cada vez que escucha una patrulla pasar frente a su casa.

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En su historia corta “El mejor cuento de terror”4, Joe Hill habla de un editor de antologías del género. Un veterano del mundo editorial que anualmente publica una selección de los mejores cuentos de horror publicados recientemente. Tras dieciséis volúmenes del America’s Best New Horror, Eddie Carroll, que es como se llama el personaje, “casi nunca terminaba los relatos que empezaba a leer, era incapaz. Sólo pensar en leer otra historia de vampiros cogiendo con otros vampiros lo ponía mal. Se esforzaba por lidiar con burdos remedos de Lovecraft, pero en cuanto se encontraba con la primera y dolorosa referencia a los Dioses Arquetípicos sentía entumecerse una parte de sí mismo, como cuando se nos duerme un pie o una mano por falta de circulación, y temía que, en este caso, lo que se le había dormido era el alma.”

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¿Hay un lugar para el horror en un mundo, en un contexto que ya es espantoso? ¿En un país en el que el crimen organizado arregla sus cuentas pendientes decapitando, mutilando y sumergiendo a sus víctimas en tambos de ácido? Lo peor del horror, apunta Paco Ignacio Taibo II, es que “la barbarie que nos circunda se disuelve en lo cotidiano.”5 ¿Qué puede dar miedo, se preguntaba Ramsey Campbell en 1987 al prologar una antología de cómics de Swamp Thing escrita por Alan Moore, en un mundo asolado por el SIDA y el terrorismo?

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Breve paréntesis semántico: horror es el miedo a lo sobrenatural. Terror, a lo existente, dicen los entendidos. Horror es el miedo a ser devorado por una horda de zombis. Terror, lo que me da al toparme con una pandilla de viciosos en un callejón oscuro. O con una patrulla de la judicial tocando a mi puerta.

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Así que regreso a la pregunta: ¿Cuál es el papel de la literatura del horror aquí y ahora?  ¿Qué misión tiene este patito feo de lo que Harlan Ellison llama géneros especulativos? Mientras la novela policiaca siempre ha gozado de buena salud, la fantasía vive un esplendor sin precedentes gracias a la serie de Harry Potter y la ciencia ficción parece ganar espacios a paso lento pero firme, el horror sigue siendo visto con desdén desde la academia y las lecturas “formales.”

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Llegados a este punto quedará claro que no traigo respuestas para las interrogantes que planteo. Tengo a cambio algunas certezas, un puñado de las cuales me gustaría compartirles:

a) Sí, el horror es universal pero parece haber sido consolidado por los anglosajones. Ya desde Mary Shelley pero en toda forma por Edgar Allan Poe. Él mismo, padre de la ciencia ficción y el policiaco moderno. Desde luego, lo tengo en un altar.

b) Nuestra tradición local se siente más cómoda alejada de la imaginación. Acaso porque su obra mayor en cierta medida es una burla de las novelas de caballería, la ciencia ficción del siglo de oro. Los autores hispanoamericanos interesados en este tipo de creaciones están condenados a ser vistos como raros.

c) Sin embargo, la lista de aquellos de entre nosotros que le han entrado a estos terrenos espinosos está llena de nombre distinguidos. Jorge Luis Borges, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Francisco Tario, Carlos Fuentes y el propio Juan Rulfo (¿no es Pedro Páramo una historia de fantasmas?) por nombrar apenas un ramillete.

d) Uno de los muchos retos de este subgénero aquí y ahora es hacer las veces de un espejo de feria que devuelve imágenes distorsionadas de la realidad. Que a través de lo monstruoso nos permite vernos mejor a nosotros mismos. Gran responsabilidad, en los tiempos que corren. ¿Qué podría dar miedo al sicario del texto de Bowden?

e) Diez libros de horror que me llevaría a la ultratumba: Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary W. Shelley. Todo Edgar Allan Poe. Drácula, de Bram Stoker. El gran dios Pan de Arthur Machen. El señor de las moscas, de William Golding. Aura, de Carlos Fuentes. It, de Stephen King. Los libros de sangre, de Clive Barker. Psicópata americano, de Brett Easton Ellis. High Cotton, de Joe R. Lansdale. La ruta del hielo y la sal, de José Luis Zárate.

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Vuelvo a Stpehen King. Perdonen que venga a este foro a regodearme en mis adicciones pero los viejos vicios son difíciles de combatir. Nos dice el escritor más odiado por Harold Bloom que cuando le preguntan qué sentido tiene el crear historias horribles cuando en el mundo hay tantos horrores reales, él dice:
La respuesta parece ser que creamos horrores ficticios para lidiar con los verdaderos. Con la infinita inventiva de la humanidad aprehendemos aquellos componentes (del horror) que son tan divisivos y destructivos e intentamos convertirlos en herramientas para desmanterlarse a sí mismos. El término catarsis es tan antiguo como el teatro griego y ha sido utilizado con excesiva ligereza por muchos de mis colegas escritores de terror para justificar lo que hacen, pero aún parece quedarse algo corto. El sueño del horror puede ser en sí mismo uno liberador y una punta de lanza... y también puede ser que el sueño de horror de los medios masivos algunas veces puede convertirse en el diván de psicoanalista de toda una nación.6

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Cierro, o casi, con una cita de la crítica inglesa Julia Briggs en su estudio sobre cuentos de fantasmas Night Visitors: (las historias de horror sobrenatural) “apelan a los escritores serios debido en gran medida a que lidian con los temas más profundos: las relaciones entre la vida y la muerte, el cuerpo y el alma, el hombre y su universo así como las condiciones filosóficas de dicho universo, la naturaleza del mal... Puede encarnar simbólicamente esperanzas y miedos demasiado profundos e importantes como para ser expresados más directamente.”7 Si esto no es literatura seria, no se qué pueda serlo.

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Yo estaba haciendo una tarea de diseño cuando mataron a Colosio. Un proyecto de señalización, lo recuerdo fotográficamente. Muchas gracias por preguntar.

1. King, Stephen. Stephen King´s Danse Macabre. Berkley Books, Nueva York, 1981. P. 9

2. Bowden, Charles. “Sicario, confesiones de un asesino de Ciudad Juárez”, Nexos en línea, agosto de 2009: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=728

3. En el tecto “El canto de las sirenas” su prólogo a AAVV, Comunión amorosa, Selección del Premio Nacional de Cuento “Criaturas de la Noche” 2008. Instituto Coahuliense de Cultura, Saltillo, Coah., 2009. Pp. 9—13

4. Hill, Joe. Fantasmas. Suma de letras, Ciudad de México, 2009. P. 18

5. En su prólogo a Monteverde, Eduardo. Lo peor del horror. Ediciones B, Ciudad de México, 2004. P. 9

6. King, Stephen, Op. Cit., p. 13

7. Citado por David G. Hartwell en el prólogo de su antología Visions of Fear, Foundations of Fear Vol. III, Tom Doherty Associates, Inc, Nueva York, 1992. P. 17


 
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