Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de febrero de 2012 Vol.13, No.2
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El velo pintado: ¿Por qué no se puede escribir literatura fantástica en México?
Óscar Luviano
CITA
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El velo pintado: una definición...
El islote perdido: literatura fantástica...
¿Por qué no se puede escribir...
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Introducción


“En México no se puede…”

En Tiempo transcurrido (FCE, 1986), una serie de crónicas sobre la imposibilidad del heroísmo roquero en México, Juan Villoro acuñó una frase que me persigue. Era la siguiente: “En México es imposible ser ________”. El autor invitaba a que el lector escribiese sobre la línea lo que le viniera a la cabeza.
Aunque la crónica que contenía la frase hablaba sobre la imposibilidad de ser punk mexicano en los 70, yo solía escribir mentalmente sobre esa línea “escritor de literatura fantástica”, “escritor de género fantástico”, “escritor de fantasía”, “escritor de la literatura de la imaginación”.  El cambio de nomenclatura nos habla de un oficio que no encuentra su lugar en las mesas de las novedades de Sanborns.

México es el terreno de las imposibilidades, esencialmente porque la vida está profusamente reglada en parámetros que no por insólitos dejan de ser efectivos a un nivel policiaco: el sueño orwelliano no está basado en una multitud de cámaras que penetran en la intimidad, sino en la vigilancia que cada cual hace de la propia vida según la vocación para el drama y la pachanga que se nos ha impuesto como esencia de la mexicanidad.

 Esta vocación (una ontología hecha de retazos de conservadurismo y autoayuda), hace inútil a la imaginación (entendida como esa capacidad para producir objetos y actos intangibles que mejoran, denuncian, sustituyen o explican a la realidad). La reglamentación de lo mexicano, el canon que define lo que podemos o no hacer, también limita lo que proyectamos sobre las sombras de lo real: ¿De cuál fumaste?, se acusa a quien se atreve a pronunciarse fuera de los límites impuestos por las imágenes permitidas.

La literatura que México se permite y que sus editoriales sacan a la arena en donde se dirime el futuro cultural del país (los Sanborns) obedece a contados géneros: el histórico (pero sin revisionismo), el indigenista (pero con nativos tan pacíficos como vendedor de artesanías y tan cools como Don Juan), lo romántico (pero a la Arráncame la vida, que aquí nadie ama sin gritar “¡Viva México!”), el testimonial (herencia de la literatura de la onda, y según el cual la vida de los jóvenes mexicanos se define en el hacer de los barrios chilangos), la femenina (pero no feminista, por amor de este Dios que me hará viuda), infantiles (pero bien anclados en lo que las sociedades de padres de familia señalan) y la autoayuda (pero bien llena de yordirosadismo, pues en este país sólo los conductores televisivos saben encauzar a los jóvenes calientes y a las amas de casa desesperadas), el libelo político-de actualidad urgente, la narcoliteratura (pero escrita según los cánones glorificadores del narcocorrido)…

Dentro de esa oferta editorial, muy vasta, es casi imposible hallar obras de literatura fantástica. “En México [( la literatura fantástica) (la fantasía) (el género fantástico)] no se vende”, nos diría y nos ha dicho el editor promedio.… si bien el editor promedio nunca se ha molestado en revisar las cifras de ventas (según la lista de más vendido de los Sanborns) que nos indican que, ahora mismo, la literatura que más se vende en México es la fantástica.

Así es: Los juegos del hambre (Suzanne Collins), Monster High Garrett Sander y Kellee Riley), Juegos de Tronos (George R. R. Martin)… y los eternos longsellers Harry Potter (J.K. Rowlimg) y El Señor de los Anillos (J.R. Tolkien) se encuentran no sólo entre los libros más vendidos: además son los más demandados por los siempre renuentes jóvenes lectores, pero…

Sin levantar la vista de su pantalla, a la búsqueda de la siguiente estrella literaria en Twitter, el editor promedio repela, con ese cinismo de villano de telenovela que caracteriza a quien se sabe con el divino poder de hacer y deshacer carreras (jaja): “Sí, todos son libros de literatura fantástica, pero no escrita por ñeros”.
Cualquiera pensaría que la necesidad interna de un producto externo termina por crear la aceptación de un producto interno confeccionado sobre el modelo extranjero (oh, sí: nos pesa tanto Tolkien…), pero con raíces y reflejos de lo nacional (“Vine a este Sanborns para ver si por ahí anda un tal Pedro Páramo”).

Para nuestra fortuna, los editores promedio saben lo que nos conviene: ahí están las mesas de saldos para dar cuenta de ello. Los resultados de una política editora que privilegia la traducción y la clonación antes que la emergencia del ñerismo fantástico.

¿Tiene algún sentido escribir literatura fantástica en México con los canales de un mercado de probada y rentable existencia cerrados? ¿Necesitamos dragones en este país?


 
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