Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de febrero de 2012 Vol.13, No.2
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La fantasía en nuestros días
Armando Saldaña Salinas
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Hoy en día, cuando se habla del género de fantasía, existen muchas percepciones equivocadas. Para empezar, durante un larguísimo periodo de tiempo, casi medio siglo, la gente únicamente parecía ser capaz de pensar en J.R.R. Tolkien y su obra cuando tan solo se mencionaba la palabra. Por supuesto, existían razones muy obvias para esta situación. La sombra de El Señor de los Anillos (1954-1955), como la torre de Barad-Dûr, parecía omnipresente sobre cualquier escritor que deseara intentar escribir su propia contribución al género. Cuando la trilogía de Tolkien fue redescubierta en la década de los sesentas, y se encontró con aquel sorprendente éxito comercial, esto solo motivó a las editoriales a buscar más de lo mismo. Inevitablemente, una avalancha de imitadores de diverso talento inundó el mercado de la fantasía en la década de los setentas. Desde Terry Brooks y su interminable saga de Shannara (que a pesar de su descarado plagio de personajes y lugares y hasta trama punto por punto de El Señor de los Anillos, se convirtió en el primer libro en rustica de fantasía en aparecer en la lista de bestsellers del NY Times) hasta Raymond Feist y Terry Goodkind y otros tantos que ni siquiera valen la pena mencionar.

Es decir, la gran mayoría, lectores y escritores por igual, creía aparentemente que el único tipo de Fantasía vigente era la "Fantasía Épica o Heroica" (no confundir con el subgénero de "Espadas y Brujería", caracterizada por las historias de Robert E. Howard y su famoso Conan, o Michael Moorcock y su Elric, y sobre todo por el maestro Fritz Leiber y sus desvergonzados granujas Fafhrd y el Ratonero Gris. Un subgénero muy válido, pero distinto al que tratamos hoy).

Por supuesto, aun entre los pastiches de Tolkien existían trabajos mejores que otros, inevitablemente. Un excelente ejemplo serian Las Crónicas de Thomas Covenant, El Incrédulo (1977), una trilogía escrita por Stephen R Donaldson (quien luego escribiría una segunda trilogía, e inclusive una última tetralogía en años recientes)

Siguiendo el formato básico de Tolkien (un Señor Obscuro, amenazando destruir una tierra mágica gracias a un Objeto todopoderoso, un hechicero que se le opone) en realidad el propósito de Donaldson era el de subvertir todos estos elementos. El protagonista, en vez de ser un "adorable" inocente (como los insoportables Hobbits) o un guapo y masculino héroe (como Aragorn), es un leproso. Su fealdad, además, no es solo superficial. Es egoísta y cruel. Al principio de la primera novela, La Ruina del Amo Execrable (nefasta traducción, por cierto, de LORD FOUL'S BANE), Covenant viola a una jovencita al descubrir que su impotencia (causada por la lepra) ha sido curada en esta tierra fantástica. ¿Pueden imaginar al noble Aragorn haciendo lo mismo mientras esperaba a los Hobbits en el Prancing Pony Inn en Bree?

La mayoría de los lectores, esperando lo de siempre, reaccionaron con asco, y si las novelas vendieron fue más bien por el placer perverso de leer una novela anti-Tolkien. (Lo cual es injusto, ya que en realidad Donaldson logra dar a sus personajes una mayor profundidad de la que Tolkien podría ni soñar. Asimismo, su mundo fantástico es casi tan logrado y bien realizado como la Tierra Media)
Ha sido únicamente a través del esfuerzo de muchos escritores menos conocidos que se ha logrado demostrar que no toda fantasía debe tener elfos o una Búsqueda Heroica (la tan famosa "Quest" anglo-sajona) o a un Señor Obscuro. Un buen ejemplo sería Las Nieblas de Avalon (1982) de Marion Zimmer Bradley, un recuento de la conocida leyenda del Rey Arturo, solo que esta vez narrada desde el punto de vista de las mujeres de la historia, que además demostró que uno podía escribir una serie de fantasía exitosa en términos comerciales sin tener que recurrir a todo lo anterior.

Esto no significa, claro, que esos años no ofrecieran alternativas. Otro tipo de fantasías igual de validas, no solo por ofrecer algo diferente, sino porque en muchos casos eran sencillamente de superior calidad

En los mismos años 60s cuando Tolkien estaba siendo redescubierto, Lloyd Alexander proponía su serie de Las Crónicas de Prydain (1964-1968), basadas más bien en mitología galesa (sobre todo el Mabinogion), aunque usualmente etiquetan estas cinco novelitas como literatura infantil, al igual que a las Crónicas de Narnia (1950-1956). Alfaguara realizaría una muy buena traducción de esta pentalogía. No podemos olvidar la famosísima El Último Unicornio (1968) de Peter S. Beagle, o el ciclo de Terramar iniciado con Un Mago de Terramar (1968) de Ursula K. LeGuin, una escritora más bien relacionada con la Ciencia-Ficción, y que cuenta con una admirable traducción por parte de editorial Minotauro. Inclusive libros como El Tercer Policía (1967) del irreverente Flann O'Brien, que normalmente no es rotulado como fantasía, ofrece una posible agradable opción para el lector del género.

Asimismo, la década de los 70s nos ofreció La Colina de Watership (1972) de Richard Adams, así como La Princesa Prometida (1974) de William Goldman, que tan acertadamente combinó los arquetipos primordiales de los kindermärchen (del tipo de los Hermanos Grimm o el mismo Hans Christian Andersen) con una sensibilidad moderna. Imposible olvidar a Grimus (1975) de Salman Rushdie, con su osada mezcla de mitos Súfi y cristianos, mucho mejor que lo que los críticos dicen, o inclusive La Historia Sin Fin (1979) de Michael Ende, quizá algo sobrevaluada, pero con un impacto indiscutible, o las exitosísimas Crónicas de Ámbar (1970-1978) de Roger Zelazny, etcétera, etcétera. El lector deseoso de buena fantasía podía encontrar más de una opción atractiva.

Pero a pesar de todas estas posibles elecciones, lo que en realidad predominaba en el mercado eran las fantasías épicas. ¡Trilogías y trilogías de fantasías épicas! (No olvidemos que el fenómeno conocido como Calabozos y Dragones surgió por primera vez en 1974). El mismo hijo de Tolkien, Christopher, ansioso por alimentar esta creciente demanda, publicó varios de los textos inéditos de su padre conocidos ahora como El Silmarillion en 1977. (En los años venideros, como es bien sabido, Christopher Tolkien continuaría publicando más y más de los textos inconclusos del padre, entre ellos los 12 volúmenes de La Historia de la Tierra Media (1983-1996), con un afán de lucro descarado).

Los años ochenta no ayudaron, con ejemplos de pastiches de Tolkien como la tediosa pentalogía Las Crónicas de Belgarath (1982-1984) de David Eddings, o su continuación, la también pentalogía Las Crónicas de Mallorea (1987-1991). De superior manufactura fueron las novelas sobre La Compañía Negra, obra de Glen Cook, que en realidad se enfocaban más en los soldados rasos de toda guerra, y no en los héroes y sus pulcras aventuras. Historias hundidas en el lodo y la suciedad de las trincheras, donde es difícil distinguir a los hombres de los orcos, estas novelas se han convertido ya en obra de culto para conocedores de fantasía épica.

Ejemplos raros de buenas novelas de fantasía que no involucraran las ubicuas características de Tolkien en esta década son la serie de libros de Duncton Wood de William Horwood (y que lograron por los topos lo que La Colina de Watership hizo por los conejos), o la larguísima serie de novelas medievales de Redwood escritas por Brian Jacques, que en realidad son únicamente el siguiente paso lógico en lo que respecta a animalitos antropomórficos (en el libro de Adams, así como en los de Horwood, los animales tienen una sociedad organizada y pueden hablar, pero no visten ropas o demuestran algún tipo de tecnología). A pesar de los "animalitos tiernos" en las portadas de estos libros, las historias podían ser disfrutadas por lectores de todas las edades.

Sin embargo, es esta década la que ya nos ofrece quizá la mejor fantasía anti-Tolkien, con la monumental novela Pequeño, Grande (1981) de John Crowley, (la traducción de editorial Minotauro es muy buena, por cierto) que simplemente puede ser una de las mejores novelas del siglo XX, sea del género que fuera. La saga generacional de una familia (muy reminiscente a Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez) y su complicada relación, y sobre todo la de su casa, con el mundo irreal. En uno de esos raros momentos cuando el premio va para el que se lo merece de verdad, el libro ganó el World Fantasy Award de 1982. Crowley, por supuesto, es más recordado hoy en día por haber escrito la descomunal tetralogía Aegypt, imposiblemente ambiciosa y que narra la verdadera Historia Secreta de todo el mundo, que ciertamente es más que maravillosa pero algo densa y pesada, y quizá no el primer libro que uno debe leer para conocer la obra de este autor. Incidentalmente, la primera novela de la serie era la que llevaba originalmente el titulo de Aegypt (1987), pero cuando Crowley empezó a añadir volúmenes (uno cada siete años, convirtiéndola en la obra de su vida, prácticamente), se le cambió el nombre a Las Soledades (por el célebre poema de Góngora).

Otra posible candidata para la mejor novela de fantasía de todos los tiempos, y que igualmente surgió en esta década, es El Bosque Mitago (1984) de Robert Holdstock (que por cierto también ganó el World Fantasy Award a Mejor Novela en 1985) y que es una ampliación de su novela corta publicada en el número de septiembre de 1981 de la Magazine of Fantasy & SF (y que también acabó ganando el World Fantasy Award for Best Novella en 1982) Holdstock escribió algunas secuelillas por ahí, pero la primera novela continua siendo la mejor. Similar a Pequeño, Grande de Crowley en que narra la extraña relación de una familia y el misterioso bosque alrededor de su casa. Los norteamericanos tienen su propio subgénero de "casas embrujadas", pero son los británicos más bien los que siempre han demostrado una predilección por el de "bosques encantados", yéndose hasta el mismo Merlin's Wood, Herne el Cazador y Robin Hood. (Otros grandes exponentes son M.R. James, Arthur Machen, y Algernon Blackwood, por supuesto). También al igual que la novela de Crowley, la prosa es bellísima, de un lirismo asombroso, dándole a la historia un toque casi onírico.

Podríamos fácilmente añadir ejemplos como Cuento de Invierno de Mark Helprin, o la inolvidable Te con el Dragón Negro de R. A. MacAvoy (ambos libros de 1983) como historias que nadie que se jacte de lector de fantasía puede dejar de leer. Sin temor a equivocarnos, podríamos fácilmente añadir libros como Ciudades de la Noche Roja (1981), del maestro William Burroughs, alucinante trilogía que continua con El Lugar de los Caminos Muertos (1984) y concluye con Tierras del Occidente (1987) que usualmente no etiquetan de fantasía (aunque deberían). 

Yéndonos un poco más lejos, para todos los que gustan de los juegos literarios elaborados, de experimentos posmodernos de metaficción, la serie de Viriconium de M John Harrison es quizá la última palabra. Impertinente y subversiva, inicia en realidad como una bien escrita pero ordinaria fantasía situada al final del tiempo (como La Tierra Moribunda (1950) de Jack Vance, o la serie de El Libro del Sol Nuevo (1980-1983) de Gene Wolfe) con Caballeros de Viriconium (1971) y su secuela Tormenta de Alas (1980), ambas manejando todos los arquetipos necesarios del género, cuando de repente la saga se transforma casi alquímicamente en una deconstrucción posmoderna de la fantasía en general con la continuación, En Viriconium (1982). Un cuarto libro, Viriconium Nights (1985) junta todos los cuentos cortos, y sirve más bien como epilogo. En el 2000 apareció un inmenso tomo llamado simplemente Viriconium, que colecciona los cuatro libros dentro de sus portadas.

Ya en los noventas, las largas series de fantasía (ya no conformes con meras trilogías, o con libros de menos de mil páginas) continuaron dominando el mercado. Quizá el más claro ejemplo siendo la serie de La Rueda del Tiempo de Robert Jordan, que inició con El Ojo del Mundo en 1990. Por cierto, cada uno de los libros de esta serie son tan gruesos que en sus traducciones al español han debido ser cortados en 2, lo cual ha causado que esta ya de por si larguísima saga llegue a los 20 volúmenes). Como de costumbre, las mejores alternativas eran las novelas independientes, no partes de una serie. La célebre Jane Yolen, llamada en alguna ocasión la "Hans Christian Andersen de Norteamérica" por la revista Newsweek, nos ofreció (entre muchos otros libros) su hermosísima Briar Rose (1992), donde de alguna manera logra mezclar las leyendas conocidas sobre la Bella Durmiente con el Holocausto Nazi, lográndolo además con una respetuosa sensibilidad. Desgraciadamente esta prolífica escritora no es bien conocida en nuestro país.

Es en esta década, por otra parte, cuando vemos un marcado intento por alejarse de la fantasía estilo Tolkien, una reacción inevitable, aun en las largas series de fantasía épica. La fantasía heroica seguiría dominando el mercado, por supuesto, pero aun estas nuevas trilogías y tetralogías ya enseñaban un anhelo por trotar sobre nuevos caminos. Robin Hobb y su trilogía del Vatídico, por ejemplo, o su trilogía sobre las Naves Mágicas (traducciones inexactas de "Farseer" y "Liveships" respectivamente, lo que me hace dudar del resto del texto en español), ya enseñaban alternativas que Tolkien jamás habría podido (o deseado) imaginar. Un soplo de aire fresco en la viciada atmosfera de la fantasía heroica.

Es sin embargo con George R.R. Martin y su ambiciosa serie Canción de Hielo y Fuego (1996-presente), donde se comienza a vislumbrar la luz al final del túnel (irónico, si consideramos que Martin siempre ha sido un confeso admirador de Tolkien. En efecto, las dos Rs en su nombre son ficticias, un homenaje al maestro). Un éxito comercial y critico que rompía definitivamente con el viejo molde, interesándose mucho más en elementos realistas que en los típicos aspectos sobrenaturales. La compleja saga se desarrolla en un mundo de aspecto medieval, muy bien logrado, pero con poquísimos toques de magia o fantasía alguna. En cierta forma recuerda mas una novela histórica. (Y efectivamente, no se requiere ser un experto en historia para deducir que las dos grandes Casas disputando el trono, los Stark y los Lannister, tienen más que una pequeña similitud con las dos familias de York y Lancaster, protagonistas de la guerra civil inglesa conocida como la Guerra de las Rosas en nuestro mundo). Asimismo, las novelas se atreven a tocar sofisticados temas adultos de una manera que Tolkien nunca intentó. La narrativa no se achica a la hora de describir escenas de sexo (algunas incestuosas), o de violencia extrema. La prosa, tan bella y lirica en varios pasajes como el mismo Tolkien, además mezcla la profanidad y el lenguaje vulgar. La cantidad de personajes es sencillamente enorme, muchos de ellos narradores de la saga, y perfectamente desarrollados. Es una indiscutible obra maestra.

La primera novela, Juego de Tronos (1996), recientemente fue adaptada a la televisión en una mini-serie de 10 episodios de una hora de duración cada uno en el canal de paga HBO, resultando en otro éxito absoluto.

Otro autor cuya obra merece nuestra atención es Philip Pullman y su trilogía alegórica de La Materia Oscura, que inició brillantemente con Luces del Norte (1996), y que no solo es una efectiva respuesta a la propaganda cristiana de las novelas de Narnia de C. S.  Lewis, sino además una excelente historia.

Imposible, por supuesto, hablar de fantasía en los noventas sin siquiera mencionar a J. K. Rowling y su ubicuo Harry Potter. El abrumador éxito de esta escritora, que sorprendió a todos por igual, en cierta forma ha desencadenado una nueva ola de imitadores de la misma manera que Tolkien alguna vez lo hizo. Mientras más cambian los tiempos…

Cuando iniciamos un nuevo siglo y milenio, el género de la fantasía parece finalmente haber roto el yugo de Tolkien. ¿Acaso es necesario que mencione a China Mieville, sobre todo su asombrosa La Estación de la Calle Perdido (2000), que marcó el inicio de una nueva era a tambor batiente? Influenciado mas por Mervyn Peake, contemporáneo de Tolkien pero cuyos maravillosos libros (sobre todo su enorme trilogía de Gormenghast) desgraciadamente nunca encontraron ese elusivo éxito comercial, Mieville y su obra son casi la definición de sui generis, e iniciaron una pequeña revolución. La Cicatriz (2002), secuela indirecta de la novela anterior y situada en el mismo mundo es, si acaso, aun mejor.

Por supuesto, aun en este nuevo milenio no nos es enteramente posible escaparnos de la sombra del maestro Tolkien, como lo demuestran libros como Eragon (2003) de Christopher Paolini (y sus subsecuentes secuelas en la serie de El Legado, cada una cada vez con más y más páginas), y basura similar.

Otros maravillosos ejemplos de lo que nos ofrece este nuevo siglo es Ciudad de Santos y Locos (2001) de Jeff VanderMeer, que junta en un solo volumen todos sus cuentos situados en su ciudad ficticia de Ambergris. Difícil de describir (sin echar a perder algunas sorpresas) estas historias por fuerza deben ser leídas por todo aquel que se jacte de ser conocedor de la fantasía moderna. Incidentalmente, si algún día planean comprar este libro, asegúrense de conseguir la SEGUNDA edición en pasta dura (que salió en el 2002) ya que no solo incluye las cuatro novelas cortas de la primera edición (ligeramente revisadas) sino además un invaluable Apéndice y un cuento corto extra impreso en la funda de la portada del libro (que de hecho ayuda a descifrar una de las historias adentro). (VanderMeer también escribió Veniss Underground en el 2003, que es una novela absurdamente buena, pero que es ciencia-ficción y no fantasía, y por lo tal queda sin mayor mención en este articulo.)

Una nueva generación de autores que no crecieron bajo la sombra de Tolkien, como Susanna Clarke con su incomparable Jonathan Strange & Mr. Norrell (2004), han demostrado que no se necesitan elfos y orcos para escribir una gran novela de fantasía. No todo libro del género debe ser una lucha contra el Mal, protagonizada por nobles héroes (o héroes de baja cuna, pero con un secreto corazón de oro), y donde todo depende de la posesión o destrucción de una reliquia antigua. Ejemplos varios de años recientes son Scott Lynch y su insolente Las Mentiras de Locke Lamora (2006), primera novela en su serie de los Caballeros Bastardos; Joe Abercrombie y su brutal trilogía de La Primera Ley (cuya deuda a las novelas de Glen Cook es indudable) que inició con La Voz de las Espadas (2006); Brent Weeks y su trilogía sobre el aprendiz de asesino Azoth, El Ángel de la Noche (2008), libros con poquísimos elementos sobrenaturales (y que por cierto reciben portadas muy bonitas por parte de editorial Plaza y Janés); Robert V.S. Reddick y su serie de El Viaje del Chathrand, cuya primera novela La Conspiración del Lobo Rojo (2009) fue toda una revelación. Esto no quiere decir tampoco que una novela de fantasía deba de prescindir de los servicios de una buena manada de orcos, por supuesto. Patrick Rothfuss, quien en tan solo unos años se ha convertido en un gigante del género, ha demostrado que algún nuevo uso se les puede dar en libros como El Nombre del Viento (2007), primer volumen de su trilogía sobre la Crónica del Asesino de Reyes, y cuya segunda parte El Temor de un Hombre Sabio, fue publicado en español apenas en noviembre de este mismo año. Richard K. Morgan, escritor de ciencia-ficcion "hardboiled", demostró que su estilo "duro" y vulgar también tiene lugar en las fantasías heroicas con su amena El Acero Permanece (2008), desmitificando a los "héroes" como Glen Cook ya había hecho 20 años antes; Ken Scholes, con su fenomenal novela Lamento (2009), primer libro de su serie Los Salmos de Isaac (tres libros han salido hasta el momento, con dos más anunciados), demuestra aun sin traer nada nuevo o particularmente original, que las series se pueden enfocar más en los personajes que en la creación elaborada (y casi obsesiva) de nuevos mundos. Las traducciones de editorial Minotauro, como siempre, son intachables. Y así podríamos continuar un buen rato, aun sin fijarnos en detalles: Naomi Novak y su serie de Temerario, que inició con El Dragón de su Majestad (2006) y donde mezcla las guerras napoleónicas con los dragones; David Anthony Durham, de raíces caribeñas, y su elegante serie de Acacia (2007-2009); Steph Swainston, nuevo baluarte de la fantasía británica, con El Año de Nuestra Guerra(2004)  y sus tres secuelas, ejemplos ya clásicos del nuevo subgénero conocido como "New Weird" iniciado accidentalmente por China Mieville. Todo esto sin siquiera mencionar el resurgimiento del subgénero del Steampunk.

Un afortunado efecto secundario de éste superávit de novelas de fantasía en años recientes, síntoma claro del renacimiento del género gracias a la infusión de sangre nueva, es que el creciente apetito de los lectores por más y más libros de fantasía han logrado dirigir la atención a escritores diferentes a los anglosajones. Autores de fantasía (así como de ciencia-ficción) siempre ha habido en el Tercer Mundo. Es solo que hasta ahora parecen darse cuenta de esto las grandes editoriales.

Este es el caso, por ejemplo, del argentino Carlos Gardini (con su excelente novela reciente El Tríptico de Trinidad), o sobre todo, del maestro Andrzej Sapkowski, y sus Crónicas de Geralt de Rivia. Este autor polaco, una verdadera celebridad literaria en Europa, cuyas novelas han sido ya traducidas a todos los idiomas (excepto el inglés irónicamente. Hasta el día de hoy, solo los dos primeros libros sobre el brujo cazador de monstruos Geralt de Rivia han sido publicados en ese idioma), es de indispensable lectura para todos aquellos amantes del género ansiosos por algo nuevo. Algo distinto. La Torre de la Golondrina, en particular, el sexto volumen de la serie, es bastante bueno. Quizá la única crítica a esta serie de libros sería que muchas veces cae en la misma tentación que la mayoría de las novelas anglosajonas dentro este género que pretende criticar. Es decir, no siempre las novelas contienen una historia completa, sino que hay que leer todos los libros de la serie para poder ver cómo acaba todo. (Los dos primeros libros traducidos al español son más bien colecciones de cuentos que sí acaban).

La famosísima Canción de Hielo y Fuego ya mencionada arriba es igual. Nadie puede negar que cada novela es de una manufactura superior. Desgraciadamente ninguna concluye la trama. Es el equivalente del "To Be Continued" de la televisión. Muchas personas, después de leer 700 o 900 páginas, prefieren llegar a un final, no a que le digan que se va a tener que leer otras 6000 páginas solo para ver cuál es el desenlace. Para los que apenas desean comenzar a leer estos libros, esto puede resultar algo intimidante. Las personas que ya han invertido 21 años de su vida leyendo La Rueda Del Tiempo, por ejemplo, deben sentirse igual, esperando impacientemente por el último libro de la serie que se supone saldrá en el 2012, aun cuando el autor original ya hasta se murió.

Por el contrario, la serie de Malaz: El Libro de los Caídos de Steven Erikson empezó muy bien, con Los Jardines de la Luna (1999), un ejemplo de cómo deben escribirse las largas series de fantasía, con cada una de las primeras cuatro novelas individuales ofreciendo una historia completa, con un final determinado. A partir de la quinta novela esto cambio, sin embargo. Si añadimos que cada libro son más de 1200 páginas, esto es decepcionante.

Esto son meros detalles, claro. Es indiscutible que el género de la fantasía épica/heroica ha madurado hasta niveles insospechados, acercándose a la realidad literaria de otros géneros más respetados y aceptados. Esto no significa que debamos olvidar aquellos fantásticos libros clásicos de principios del siglo XX, anteriores a Tolkien. Desde los exóticos cuentos de Lord Dunsany, hasta las novelas de James Branch Cabell (en su época el escritor más famoso del mundo, el consentido de los críticos literarios, y hoy en día casi completamente olvidado), pasando por las pesadillas de William Hope Hodgson, Arthur Machen y Algernon Blackwood, aun cuando estos tres últimos usualmente se los quiere apropiar el género de Horror. ¿Quién no ha leído y disfrutado la saga de The Once & Future King (conocida en nuestro idioma, algo anti-climáticamente, como Camelot simplemente) de T.H. White, o la otra gran saga Arturiana, la Trilogía de Merlín de Mary Stewart (que técnicamente son cinco libros, de hecho), o casi cualquier libro de Bradbury?

Mucho de lo logrado hoy por hoy es gracias a que nos apoyamos sobre los hombros de gigantes anteriores a nuestra época. Para todos los seguidores de la fabulosa League of Extraordinary Gentleman (las historietas, no esa espantosa película) del maestro Alan Moore, las aventuras en prosa de "Harold Shea" de Fletcher Pratt ya jugaban ese mismo tipo de juegos posmodernos hace 70 años. Tan solo en el cuento "Castle of Iron" (Abril, 1941) le toca al protagonista visitar el mundo mágico del poema "Kubla Khan" de Coleridge, al igual que la tierra imposible del "Orlando Furioso" de Ludovico Ariosto. ¡Debe haber sido un verdadero shock del futuro leer esa novela corta en 1941!

No, no podemos olvidarlos, pero sí debemos darnos cuenta que la fantasía ha evolucionado más allá, y sería inocente de nuestra parte no leer las nuevas propuestas en nuestro típico afán de solo venerar el pasado. El futuro es dónde las mejores novelas de fantasía van a ser escritas, y debemos mantener los ojos abiertos para estar al pendiente.

En resumen, esta es una maravillosa época para ser lectores de fantasía que nos toco vivir. ¡Maravillosa y cruel con nuestras carteras!


 
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