Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de marzo de 2012 Vol.13, No.3
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Derechos humanos en personas de la tercera edad, desde una perspectiva de género
Esther Gasca Mata, Carlos Fonseca Hernández y Georgina Contreras Landgrave
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Envejecimiento y derechos humanos
Desarrollo de los derechos
El caso México
Conclusiones
Bibliografía
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Introducción

Es difícil encontrar una teoría que permita comprender la vejez y el envejecimiento, debido a que se han desarrollado diversas teorías para la interpretación de este proceso vital dando respuesta a problemas específicos, los que son insuficientes para resolver en forma satisfactoria preguntas sobre la vida personal y social de las personas mayores. Pero sin duda, la persona anciana o adulto mayor no se define sólo por su edad, sino también por la conceptualización cultural de lo que significa ser un adulto mayor. El envejecimiento es un proceso natural, pero son las características en que se vive en la sociedad las que condicionan tanto la cantidad como la calidad de vida. En otras palabras, envejecer no sólo es un proceso biológico, sino también un proceso social.

Es necesario distinguir los enfoques que guían las interpretaciones de los temas que abordan las leyes, las políticas y los programas dirigidos a las personas mayores. Los problemas tratados por ese tipo de instrumentos son construcciones sociales que reflejan concepciones específicas de la realidad (Elder y Cobb, 1993: 85) y que, en el caso de las personas mayores, se relacionan directamente con la concepción de la vejez, a partir de la cual se delinean propuestas para lograr ciertos objetivos.

Envejecimiento y género

El estudio del envejecimiento y género, no sólo se debe reconocer como una variable, sino también como el analizar las profundas relaciones de género, como elemento básico de la organización social. Tiene, por ello, el significado de envejecimiento diferencias entre las mujeres y los hombres, debido a su historia personal, social, económica y política. De esta forma, el nivel de bienestar de las mujeres y los hombres en la vejez es resultado de la trayectoria de vida que siguieron, así como del contexto social, económico e institucional que los rodeó (Serrano, 2006). Así, los hombres y las mujeres en la vejez se encuentran en diferentes estados de vulnerabilidad, de acuerdo con el rol social y cultural y el nivel de protección institucional que la sociedad les otorga.

Destacando la necesidad de proteger los derechos humanos de los adultos mayores, no ha sido reconocida por la comunidad internacional. El presente estudio tiene como objetivo analizar el desarrollo internacional y nacional del Enfoque de Derechos Humanos de adultos mayores.

Históricamente, la falta de reconocimiento de las relaciones de género, como característica fundamental de la jerarquía social, ha actuado como una eficiente barrera para abordar adecuadamente los problemas de equidad que enfrentan los hombres y las mujeres, principalmente en la vejez. La investigación actual, al separar analíticamente el sexo del género, permite constatar que el sexo per se no es causa de desigualdad social, sino que la oposición de género es la que lleva implícita la desigualdad. Asimismo, facilita el análisis de las relaciones de poder que sustenta esta desigualdad (Quintero & Fonseca, 2005). Ahora bien, aunque estos dos modos de existencia, lo masculino y lo femenino, se dan en todos los sujetos -abarcando connotaciones alternativas--, lo cierto es que la distribución de los roles favorece que las mujeres se encuentren en posiciones más bajas y con menor poder social.

Así pues, se espera que las mujeres, sobre todo las mayores de 50 años, que han recibido esos valores a lo largo de su educación, se ocupen del cuidado y la educación de los hijos, la organización doméstica, el cuidado de enfermos, abuelos y nietos, ayuda a los hijos como abuelas, es decir, tareas con una reducida proyección social y personal (Finley, 1989).

La división de funciones por género constituye una problemática en la vejez. Las mujeres se encuentran vulnerables por su relativamente bajo nivel educativo; poca participación en actividades económicas a lo largo de su vida; falta de la pareja durante la vejez, y la pérdida económica y de protección institucional que a ella le puede representar. Muchas veces se ven condicionadas económicamente a alguna pensión económica o a la dependencia de familiares, que en la actualidad se ha modificado debido a los modelos de familia actuales, pasando de una familia extensa, que tenía apoyos fácilmente, a la familia nuclear.

Para los hombres, la trayectoria de vida en general se resume como de alta participación en actividades económicas; relativamente poca interacción con una red social y familiar, y poca familiaridad con el sistema de salud (Snyder, 2007). Estas dos trayectorias implican una problemática diferente para ambos sexos en la vejez, por lo que las acciones públicas deben dirigirse a hombres y mujeres con énfasis diferentes.

La estratificación de los grupos sociales por ingreso, educación, ocupación, género y otros factores, lleva a la creación de inequidades sociales en condiciones de vida y de trabajo. Adicionalmente, necesitamos distinguir las desigualdades presentes en la cohorte de mayores, que son al mismo tiempo innecesarias, evitables e injustas. Por ejemplo, el estilo de vida que los individuos adoptan a una edad temprana puede obedecer a distintas situaciones: una elección individual; una falta de información o de recursos; variaciones naturales o biológicas que no son causadas por acciones discriminatorias o injustas. Es decir, se trata de identificar, por una parte, cuáles son las desigualdades “evitables, innecesarias e injustas” en el acceso y la utilización de bienes y servicios esenciales para garantizar los derechos humanos básicos de los adultos mayores y, por otra, cuáles de estas desigualdades son producto de una discriminación implícita o explícita, atribuibles a la edad.

En América Latina alrededor de un 50% de las personas mayores no recibía ingresos ni del sistema de seguridad social ni del trabajo (CEPAL, 2006), lo cual supone que un peso muy significativo de su soporte económico recae en las familias y en las redes sociales. Si éstas fallan o son insuficientes, una proporción importante de las personas mayores se encontrará en situación de pobreza.

En la medida en que las personas mayores tengan activas sus redes familiares, se reduce el riesgo de una disminución simultánea de todas las fuentes de recursos económicos y no económicos y, consecuentemente, se permite que el riesgo derivado de las fluctuaciones en su disponibilidad se disipe entre varios agentes. No obstante, deben tenerse presentes los cambios en las dinámicas familiares, donde disminuirá el número de familiares (hermanos, hijos, nietos) con los que la persona mayor puede contar.

La pobreza y el género, conjuntamente con la edad, tienden a crear una situación de negligencia y abandono social para las personas mayores, principalmente las mujeres mayores. Esta situación se hace visible por el estereotipo que presenta la vejez como regreso a la dependencia y a la marginalización. Esta inequidad en el envejecimiento se ve interrelacionado fuertemente con el género y la pobreza dentro de un proceso complejo, que debe ser entendido como el resultado de una secuencia de acciones y experiencias sociales, diferenciadas por sexo, que se inicia en edades tempranas y que culminan en la vejez.

La discriminación que afecta a las mujeres se expresa principalmente en nuestras sociedades a través de: la división por género del trabajo y la consecuente asignación casi exclusiva de la responsabilidad de la crianza de los hijos y del trabajo doméstico a las mujeres (Quintero & Fonseca, 2005); el acceso desigual de varones y mujeres a los recursos productivos y a sus beneficios; las limitaciones a la participación en los procesos de adopción de decisiones y al acceso al poder público en sus diversas expresiones. Esto conllevará a la situación económica que tendrán durante la vejez, observándose una dependencia económica clara en las mujeres, incrementándose el problema al quedar viudas. En el mundo, las mujeres añosas tienden a vivir en pobreza más que los hombres, y el crecimiento de este grupo poblacional con grandes desventajas sociales continúa aumentando de manera importante.

La vulnerabilidad se define como la falta de capacidades de un individuo o un grupo para satisfacer la mayoría de sus necesidades básicas: salud, educación, nutrición y vivienda. Por ejemplo, una viuda mayor de 60 años que sufre una discapacidad y que no tiene una pensión, es vulnerable porque se encuentra con una serie de dificultades para satisfacer los requerimientos mínimos para su vida. Adicionalmente, ella encontrará que no tiene acceso a la educación, empleo, fondos de desarrollo comunitario y cuidado a la salud en razón de su edad. Esto la hace doblemente vulnerable. También como mujer, ella se encontrará vulnerable al abuso y la violencia en el hogar. La sociedad no tiene un espacio para las mujeres viejas y discapacitadas que ya no son productivas y que, por el contrario, compiten con otros en la familia por los limitados recursos familiares y sociales. Esencialmente, estamos hablando de un triple riesgo o vulnerabilidad: la salud, el género y las desigualdades económicas asociadas a la discriminación por edad.


 
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