Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de abril de 2012 Vol.13, No.4
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Los retos de las mujeres frente a la vulnerabilidad de la infección por VIH
Elizabeth Adriana Gómez Álvarez, Carlos Fonseca Hernández
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Género
Vulnerabilidad femenina
¿Y entonces qué hacer?
Conclusiones
Bibliografía
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Introducción


En la actualidad las ciencias sociales han puesto un especial interés en la investigación de los fenómenos de manera integral, ya que en los problemas complejos las metodologías de investigación deben  ser igualmente complejas, y el tema que nos ocupa en esta ocasión no es la excepción: la relación existente entre el VIH. La perspectiva de género da como resultado una mayor vulnerabilidad en las mujeres de manera particular; sin embargo, debemos considerar la vulnerabilidad que existe en hombres que tiene sexo con hombres y cómo los comportamientos de éstos, en algunos casos, también afectan directa e indirectamente a las mujeres.

Desde su aparición en el México de 1981, el VIH se ha constituido en un problema social, ya que no sólo apareció como una enfermedad hasta entonces desconocida y mortal, sino que también se construyó una representación social de ella y de quien la padece. Es una patología que se ha relacionado con prácticas “perversas” o “socialmente no aceptadas” y con una intima conexión con la homosexualidad (Valdespino, García, Del Rio, Loo-Méndez E, Magis, Salcedo. 1995: 2). Sin embargo, con el paso de los años el VIH cambió de rostro, mostrándose como una enfermedad que no se concentra en una población especifica, si no permeando en el general de la población. El Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) es considerado una pandemia, debido a su impacto en el individuo y la sociedad, así como por las repercusiones que tiene en la salud pública y la economía mundial.

En México, al igual que en el resto del mundo, el SIDA se ha convertido en un problema prioritario muy complejo de salud pública, con múltiples repercusiones psicológicas, sociales, éticas, económicas y políticas, que rebasan el ámbito de la salud, además de que constituye una amenaza para la seguridad nacional y el desarrollo económico y social de las naciones. A finales del 2007, ONUSIDA estimó que a nivel mundial existen 33.4 millones de personas que viven con el virus del VIH, de los cuales 31.3 millones son adultos, 15.7 millones mujeres, y 2.1 millones menores de 15 años. Cada día 7,400 personas se infectan por el VIH en todo el mundo, esto es, que 2.7 millones de personas contrajeron la infección en 2009. Aproximadamente el 50% de las nuevas infecciones por VIH se producen en jóvenes de entre 10 y 24 años. Únicamente durante el 2009, el SIDA causó 2 millones de muertes.

ONUSIDA, en su informe anual 2009, ubica a México en el décimo séptimo lugar en América Latina. La epidemia del SIDA en México es predominantemente sexual, ya que este tipo de transmisión ha sido la causante de más del 90% de los casos acumulados de SIDA. (CENSIDA, 2009: 13).

De acuerdo a estimaciones realizadas por el Centro Nacional para la Prevención y Control del SIDA (CENSIDA, 2009. 11), de manera conjunta con el ONUSIDA, en México existen 220,000 personas adultas infectadas por el VIH, de las cuales el 60% son hombres que tiene sexo con otros hombres (HSH); el 23% mujeres heterosexuales, y 6% clientes de trabajadoras sexuales, principalmente heterosexuales, lo cual significa que las mujeres que conforman este 23% han sido infectadas por sus parejas, quienes continúan realizando prácticas de riesgo, escudados en las implicaciones propias de su género, es decir, cumpliendo pautas de conducta integradas en el constructo de hombría, al tener relaciones sexuales con múltiples parejas, sin la debida protección.


Foto: Kross Scott

Tendríamos que destacar que en 2009, según ONUSIDA, más del 90% de los 1.7 millones de mujeres que viven con el VIH, contrajeron la infección de sus maridos o parejas estables. Datos como éste no pueden pasar desapercibidos, ya que las mujeres infectadas adquieren el virus en casa, con quien mantienen una relación monogámica sin la exigencia, por lo tanto, del condón, ya que la pareja es de su entera confianza. Este es sólo un ejemplo de cómo las mujeres son un campo fértil para la infección. De igual forma los patrones culturales de dominación masculina  propician la infección por VIH, como la cantidad de parejas sexuales anteriores, generalmente mujeres más jóvenes, de hombres mayores. Sin embargo, las generaciones actuales de mujeres están adoptando patrones de conducta parecidos a los masculinos, con respecto al número de parejas sexuales. Esto no significaría problema alguno si se usara la protección debida, pero las mujeres han adoptado el patrón completo, es decir, practicas sexuales desprotegidas.

Dentro de esta ecuación debemos analizar a un grupo relevante en la infección por VIH, que son los hombres que tienen sexo con otros hombres. En Latinoamérica existen subculturas  de hombres que se juzgan y son juzgados por otros como “machos”, porque se apropian del rol “activo” y penetran a hombres y mujeres, pero se definen heterosexuales. Al tener contacto sexual no toman las medidas apropiadas de prevención y por lo tanto hacen llegar la infección a las mujeres. En otras palabras estas construcciones sociales hacen que se viva una doble moral, en la que los hombres fortalecen su masculinidad en la penetración, independientemente de con quien la practiquen.

En México, las referencias culturales a sexo entre hombres son comunes y la categoría de “macho probado” o “macho calado”, que alude a que el hombre es tan macho que tiene sexo con hombres y mujeres, es una categoría cultural establecida. (Ligouri.1996:87). Las prácticas sexuales como la penetración anal representan un alto riego, pues el probable rompimiento de las membranas puede favorecer una infección. Por lo tanto no está de más mencionar que la prevención, independientemente de la práctica sexual, está en el poder y la decisión  de decir “no” a las relaciones sexuales no protegidas.

Además de todo esto el VIH/ SIDA tiene ya una representación social, la cual está íntimamente ligada a la sexualidad,  lo cual ha hecho que esta enfermedad sea estigmatizada. El SIDA ha alcanzado categoría de “enfermedad sexual” y la sexualidad tiene una connotación de angustia, al igual que el estigma ha fortalecido esta enfermedad. El Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (ONUSIDA, 2002: 9) define el estigma como un medio poderoso de control social que se aplica a través de la marginación, la exclusión y el ejercicio del poder sobre individuos que exhiben determinados rasgos. Sin embargo, no sólo el estigma está presente en esta enfermedad, sino también la discriminación, ya que al ser una enfermedad sexual, la representación social que esta adquirió ha llegado a conformar ideas que favorecen la discriminación, basándose en que quien la contrae lo ha hecho por tener conductas impropias y en algún sentido es un “castigo” o merecido.

La epidemia cambia de color y de preferencia sexual, colocando a la mujer como un blanco fácil, debido a la vulnerabilidad social que ésta presenta, al seguir actuando bajo constructos sociales acerca de la sexualidad, íntimamente relacionada con el amor hacia sus parejas, y el poco empoderamiento hacia la toma de decisiones y el cuidado de su cuerpo, ya que si una mujer está involucrada emocionalmente con un hombre, asume un papel pasivo en el cuidado de su salud, debido a que supone que el varón está igual de comprometido con ella y no exige, por ejemplo, el uso de condón como una medida de prevención.

El VIH-Sida es un complejo variable de padecimientos, un acontecimiento y un proceso a la vez individual y colectivo, cuya conformación y sentido deben contextualizarse en los modos, las condiciones y las trayectorias de vida de los sujetos y las historias regionales (Grimberg, 2001: 32). En el caso de las mujeres estas historias de vida están plagadas de conductas totalmente estereotipados por la cultura, donde los roles hacia la sexualidad no cambian y posibilitan la vulnerabilidad de la mujer. El análisis de datos estadísticos presentados nos brinda la posibilidad de ver la radiografía del fenómeno, es decir identificar como se está constituyendo el problema, qué forma y colores tiene; sin embargo, debemos explorar más allá de lo que se ve. En otras palabras, lo que viven las mujeres y cuáles son las condiciones sociales que han favorecido estas cifras, pero sobre todo qué hacer para evitar que sigan en aumento, tarea nada fácil pero no imposible.


 
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