Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de septiembre de 2012 Vol.13, No.9
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Higiene de manos o lavado de manos en los hospitales: ¿Qué diría Semmelweis de los avances de los últimos 150 años?
Carmen Romero Oliveros, Martha Asunción Huertas Jiménez, Roxana De Paz García, Alma Rosa Chávez Ríos, Anabel Haro Osnaya, Adriana Vargas Rubalcava
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Sobre la historia del jabón
Discusión y conclusiones
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Introducción

La higiene de manos ha sido una  de las prácticas básicas de higiene entre los seres humanos, desde la antigüedad se registraron las primeras actividades relacionadas para mantener la higiene. Se ha reconocido como uno de los hábitos más simples y más seguros para prevenir y contraer infecciones, principalmente las respiratorias y gastrointestinales en la población en general. Además se ha demostrado que en las instituciones de atención a la salud ha beneficiado en la prevención de otro tipo de infecciones.

Esta práctica no es nueva, se sabe que desde hace más de 160 años se documentaron avances importantes, tanto en enfermería como en medicina, y que poco a poco se fue compartiendo con el resto de la población; de tal forma que en la actualidad es uno de los procedimientos más reconocidos para la prevención de infecciones  con gran impacto en el auto cuidado de la población.

Antecedentes

El crecimiento de la población durante la edad media y el renacimiento llevó a condiciones insalubres favoreciendo las grandes epidemias con una alta mortalidad. Por mucho tiempo no existió una conciencia sobre la relación entre la higiene ambiental y las enfermedades, básicamente debido al desconocimiento de la existencia de gérmenes microscópicos.

El escritor Sandor Marai, nacido en 1900 en una familia rica del Imperio Austrohúngaro, cuenta en su libro de memorias Confesiones de un burgués que durante su infancia existía la creencia de que “lavarse o bañarse mucho resultaba dañino, puesto que los niños se volvían blandos”. 

Se dice que la tina de baño era un objeto más o menos decorativo que se usaba “para guardar trastos y que recobraba su función original un día al año, el de San Silvestre. Los miembros de la burguesía de fines del siglo XIX sólo se bañaban cuando estaban enfermos o iban a contraer matrimonio”. Esta forma de pensar resulta difícil de creer hoy en día, y contrasta con épocas aún más antiguas por ejemplo, los romanos ante la necesidad de cuidar el cuerpo, pasaban mucho tiempo en las termas colectivas bajo los auspicios de la diosa Higiea, protectora de la salud, de cuyo nombre deriva la palabra higiene. Esta costumbre se extendió a Oriente, donde los baños turcos se convirtieron en centros de la vida social, y perduró durante la Edad Media.

En la época medieval, los hombres se bañaban con mayor frecuencia y hacían sus “necesidades” en las letrinas públicas, o en el orinal, otro invento romano de uso privado. Sin embargo, las condiciones de limpieza pública no eran óptimas, dado que los residuos y las aguas sucias se tiraban por la ventana a la voz de “¡agua va!”, lo que obligaba a caminar mirando hacia arriba.

Cuenta Beatriz Esquivias Blasco en su libro ¡Agua va! La higiene urbana en Madrid (1561-1761), menciona que “era costumbre que los vecinos arrojaran a la calle por puertas y ventanas las aguas inmundas y fecales, así como los desperdicios y basuras”.

“En verano, los residuos se secaban y mezclaban con la arena del pavimento; en invierno, las lluvias levantaban los empedrados” La higiene corporal también retrocedió a partir del Renacimiento debido a una percepción más puritana del cuerpo, que se consideraba tabú y a la aparición de enfermedades como la sífilis o la peste, que se propagaban sin que ningún científico pudiera explicar la causa”.

Se dice que los médicos del siglo XVI creían que el agua, sobre todo caliente debilitaba los órganos y dejaba el cuerpo expuesto a los aires malsanos que si penetraban a través de los poros podía transmitir todo tipo de males. Se difundió la idea de que una capa de suciedad protegía contra las enfermedades, que por lo tanto, el aseo personal debía realizarse “en seco”, sólo con una toalla limpia para frotar las partes visibles del organismo”.

Un texto difundido en Basilea en el siglo XVII recomendaba que “los niños se limpiaran el rostro y los ojos con un trapo blanco”

Tanta suciedad no podía durar mucho tiempo más y cuando los desagradables olores amenazaban con arruinar la civilización occidental, llegaron los avances científicos y las ideas ilustradas del siglo XVIII para ventilar la vida de los europeos.

En contraste, en el año 1519 el imperio Azteca era la civilización más poblada del mundo, se aproximaba a 1,000 personas por kilómetro cuadrado, pero también el más organizado y civilizado que cualquier otra civilización de su época. Sin embargo, antes de la llegada de los españoles, no tuvieron que sufrir con enfermedades como la peste o la tuberculosis negra, que azotaba a las ciudades en Europa. Se sabe que para la higiene, los aztecas tenían en cada casa su temascal o baño de vapor; ellos eran personas muy limpias ya que se bañaban todos los días antes de trabajar.  De hecho, el temascal era utilizado desde antes por los totonacas y consistía en una pequeña habitación donde se calentaban piedras con fuego y después se le agregaba agua. Así se formaba en seguida  vapor, que empapaba al que estaba adentro, quien aprovechaba para frotarse bien el cuerpo con una especie de jabón hecho con las raíces de un árbol llamado copalxocotl, (saponaria americana) que hacía espuma. Esta costumbre de la higiene la tenían todos los aztecas -campesinos o nobles, artesanos o comerciantes, menos los sacerdotes que no se podían bañar.

 
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