Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de febrero de 2013 vol.14, No.2
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Ararat: Contar la historia, reinventar historias
Rocío García Rey
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¿De qué se trata la historia?
Los periplos de la memoria
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La palabra

Esta es la historia que Matilda recuerda en el tren que los lleva desde Mixcoac a la ciudad de México. Fuera. Es de mañana, y por la ventanilla, el paisaje parece iluminado por una luz irreal [...] Joaquín le ha tomado una de sus manos y la sujeta como si se tratara de un ancla. Su rostro todavía no sabe que hacer con la alegría. Matilda no lo ve. En la ventanilla que los protege de la intemperie, hay reflejos, imágenes fragmentarias, colores sobrepuestos sobre el bastidor de un tiempo estático irremediable. Esta es la historia que Matilda se cuenta a sí misma en silencio mientras los dos dejan el manicomio en el olvido. Hay lugares a los que sólo podrán entrar por puertas distintas, palabras que no compartirán con nadie.
Cristina Rivera Garza, “La Diablesa”, en Nadie me verá llorar.



Ararat de Atom Egoyan, Canadá, 2002.
El escritor argentino Ricardo Piglia ha dicho que “La literatura es una forma privada de la utopía.” Esta afirmación bien podríamos trasladarla a cualquier forma de creación/recreación artística en la que, el producto final, será una especie de sumatoria entre referentes personales (y por lo tanto totalmente subjetivos) y el contexto que, aunque a veces no evidente, hace su aparición en el escenario de la producción.

El hilo conductor de este escrito es la película Ararat, dirigida por Atom Egoyan (2002)1. Trataré de orientar el inicio de mi interpretación tomando como pretexto algunos escritos literarios en los que sus autores han trabajado con el “problema de la historia” o mejor dicho de la construcción de los correlatos históricos.
           
¿Por qué acudir a textos literarios? Una causa inmediata es que la literatura, como el cine (el arte en general), se vale de ciertas licencias para recrear la realidad. Lo que hace que, al tiempo que podamos usar una parte objetiva de ésta, también  pueda ser “distorsionada” sin que eso implique la ausencia de verosimilitud. La otra causa es que: “Las intersecciones entre cine y literatura son múltiples, y ocurren en ambos sentidos.”2

En el poema “La Fundación mítica de Buenos Aires”, Borges se pregunta: "¿Y fue por este río de sueñera y de barro que las proas vinieron a fundarme la patria?" Al final del mismo poema dejó asentado: "A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires, la juzgo tan eterna como el agua y el aire."3 El poeta acude a los elementos de la historia imaginaria de Buenos Aires, uniéndolos a ciertos referentes de la historia mayor para finalmente fundar, a través de la palabra, la historia no oficial de su ciudad; pero no por ello inexistente en cierto nivel. Nos enfrentamos así a una forma de correlato en la que confluye un uso particular de la palabra: la recreación de la memoria y la confección de utopías a través de ésta.

Las invenciones de espacios, gente, historias, están implícitamente contenidas en la actividad artística. Borges escribió la “Fundación mítica de Buenos Aires” y Ricardo Piglia, en su cuento “El fluir de la vida”,  juega con los tiempos a través de lo que el narrador omnisciente dice que le contó el Pájaro Artigas, que al mismo tiempo es receptor de lo que un otro le narró (Lucía Nietzche). Como en un juego de espejos, las voces se multiplican encontrando un narrador que dé cuenta de ellas. Pero además nos encontramos ante el problema antes mencionado: la verosimilitud.

[...] Quise limpiar las hojas que Lucía había dejado ahí y me levanté para acomodarlas y las páginas que me había estado leyendo eran, en realidad, notas que ella misma había escrito con letra nítida. No había ninguna carta ahí me dice el Pájaro. ¿No es extraordinario? Es extraordinario, dice el Pájaro y se larga a reír. Una lección. ¿No era una lección refinadísima? Esa mujer me enseñó todo lo que sé. Me enseñó a no confundir la realidad con la verdad, me enseñó a distinguir la ficción y a distinguir sus matices. Me leyó cartas apócrifas o verdaderas y me contó historias, las historias que yo quería oír, todo un verano, hasta la noche, dice el Pájaro [...]4

La memoria individual y colectiva, es pues, un constructo del que se desprenden los usos que necesitemos darle a los recuerdos y del que se desprende también la manera y las formas en que ese constructo tomará forma, ya con palabras, ya con imágenes o con otro tipo de lenguajes.

La memoria confronta nuestra existencia porque a partir de ella articulamos el presente. La memoria y los recuerdos pueden entonces ser la noción tácita para la comprensión y ubicación en el mundo. Quizá por ello quienes pretendemos “hacer historia” permanecemos de una u otra manera anclados a aquello que Georges Duby llamó “literatura de evasión.”  Este anclaje no se da siempre como una operación de “huida” del presente, sino como una tarea para entender precisamente este presente. ¿Por qué utilizo entonces el término literatura de evasión? Porque me parece que es debido a la subjetividad antes mencionada que deseamos reconstruir el pasado como quisiéramos que hubiera sido, aunque, acudiendo de nuevo a Duby: [...] invento, pero me preocupo por fundamentar mi invención sobre los cimientos más firmes posibles, construirlo a partir de huellas criticadas rigurosamente, de testimonios tan precisos y exactos como sea posible. Pero eso es todo.5

De esta manera podemos acercarnos a una primera hipótesis: La neutralidad y la objetividad, aun en el trabajo académico, es imposible. Esta imposibilidad es precisamente uno de los puntos importantes en Ararat.


1 Ararat, Director: Atom Egoyan, Canadá, 2002, género drama, duración 118 minutos.

2 Zabala, Lauro.  Elementos del discurso cinematográfico, México, UAM, 2003. p. 59.

3 Borges, Jorge Luis.  “Fundación mítica de Buenos Aires”, en Nueva Antología personal, España, Bruguera, 1980, pp.14-15.

4 Piglia, Ricardo.  “El fluir de la vida”,  en  Cuentos con dos rostros,  México, UNAM, 1999, p.105.

5 Duby, Georges y Lardreau, Guy.  Diálogo sobre la historia,  España, Alianza, Editorial, 1988, p.43.

 
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