Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de abril de 2013 vol.14, No.4
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Divulgación de implicaciones sociales y ambientales de las nanotecnologías
Miguel García Guerrero y Guillermo Foladori
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La divulgación científica
La divulgación de los riesgos
Implicaciones sociales y ambientales
Conclusión y bibliografía
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Introducción


Fotografía: Diego Materazzi.
A lo largo de la última década las nanociencias y nanotecnologías han presentado un crecimiento importante, lo mismo en el sector académico que en el productivo. Esto refleja el carácter estratégico que han adquirido en las agendas públicas y privadas como un motor de desarrollo. La consultora Científica estima que los gobiernos del mundo han invertido en torno de 10 mil millones de dólares en investigación y desarrollo en esta área en 2011 (Científica, 2011). Su enorme versatilidad, así como la penetración que los productos nanofacturados tienen en el mercado –WWICS estimó 1,317 líneas de productos en el mercado en 2011– ya perfilan a la Nanotecnología como la principal revolución tecnocientífica del siglo XXI. Y se trata de una revolución singular.

La Nanotecnología se encuentra mucho menos ligada que las anteriores tecnologías a un campo disciplinar; requiere conocimientos y contempla avances en campos como la física, química, biología, y computación. Se trata, entonces, de una tecnología eminentemente convergente (Roco & Bainbridge, 2003).

Asociar estos aportes tan variados a la misma tecnología sería como incluir en la misma categoría a una jeringa, un lápiz labial y un apuntador láser sólo por tratarse de objetos con tamaños semejantes. Para las nanotecnologías –con todos sus enfoques y aplicaciones– sólo existe un factor de convergencia que se encuentra en el tamaño: la dimensión nano.

El trabajo de estas nuevas tecnologías consiste en la creación de materiales, dispositivos y sistemas útiles a través de la manipulación de la materia a escala atómica y molecular. Esto comprende objetos con tamaños entre 1 y 100 nanómetros. Un nanómetro mide 0.00000001 metros (10-9 m), es decir, se trata de la millonésima parte de un milímetro. Para tomar una mejor idea del tamaño al que nos referimos, vale la pena tomar un poco de perspectiva. Un grano de azúcar morena mide alrededor de 1 milímetro de diámetro (1 millón de nanómetros), mientras el cabello humano promedio tiene un grosor diez veces más pequeño (0.0001 metros). Las células de piel humana miden alrededor de 30 micras (30,000 nanómetros) y las mitocondrias de las células tienen un grosor de unos 1000 nanómetros (1 micra). Algunos virus –como el del sida y la influenza– tienen un tamaño de 100 nanómetros y los anticuerpos que defienden nuestro organismo de agentes externos rondan los 12 nanómetros.

Ya estamos en el tamaño de interés, pero para observar este tipo de objetos no es posible usar microscopios ópticos o incluso electrónicos: se necesitan aparatos todavía más sofisticados. A pesar de que en sentido estricto a éstos podríamos llamarles nanoscopios, en realidad se les conoce como microscopios de fuerza atómica. Se trata de aparatos que exploran la superficie de un material a nivel molecular o incluso de átomos individuales. Gracias a estos aparatos, creados en los laboratorios de IBM a inicios de la década de 1980, es posible observar –entre muchas otras cosas– la molécula de la glucosa (azúcar) que mide aproximadamente un nanómetro y el átomo de cloro, con un diámetro de 0.1 nanómetros.

Precisamente la aparición de los microscopios de fuerza atómica fue una especie de banderazo para el desarrollo de las nanociencias y nanotecnologías. Aunque una importante idea que condujo a estos avances fue planteada por el físico norteamericano Richard Feynman en 1959, por lo general se identifica el inicio real del trabajo en la materia con la creación de los "nanoscopios". Gracias a estos aparatos por primera vez se hizo posible observar y manipular la materia con una precisión prácticamente atómica.

Y así las cosas se pusieron realmente interesantes. A esta escala la materia presenta propiedades muy distintas a las que podemos encontrar en la vida cotidiana: entran en juego los principios de la mecánica cuántica, los ajustes en el acomodo de átomos y moléculas pueden cambiar radicalmente las propiedades de un material y, además, cuando crece el área de contacto entre materiales también aumenta su reactividad química. Todo esto se puede aprovechar para un enorme número de aplicaciones que van de la biología a la ciencia de los materiales, la electrónica y la química, por mencionar algunos campos.
 
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