Revista Digital Universitaria
ISSN: 1607 - 6079 Publicación mensual
 
1 de abril de 2013 vol.14, No.4
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El significado de la vejez y su relación con la salud en ancianas y ancianos integrados a un programa de envejecimiento activo
Gabriela Aldana González, Carlos Fonseca Hernández y Liliana García Gómez
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Objetivo
Cambios físicos en la vejez
La actividad ajustada
Conclusión y bibliografía
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Introducción


Fotografía por "infelix". Tomamada de Flickr.
El envejecimiento poblacional ha significado un triunfo para la modernidad, pero al mismo tiempo, en la modernidad se le ha generado el estigma de decadencia.

El incremento de la población anciana, por un lado, representa el triunfo de la modernidad, pues en el siglo XX es evidente la mejora de la condiciones de vida para que el ser humano tenga una esperanza de vida mayor. El incremento de la investigación científica y los avances en la medicina —como el descubrimiento de la penicilina y algunos otros factores—, favorecieron la conservación de la salud física en las poblaciones durante más tiempo.

La transición demográfica en donde la población cada vez estará más envejecida es un hecho innegable. Schirrmacher (2004) asegura que, según los cálculos, el número de ancianos en el mundo se triplicará con creces, pasando de los 606 millones del año 2000 a los 1.970 millones en el 2050.

Las proyecciones demográficas indican que en México, el número de adultos mayores del país se cuadriplicará, al pasar de 6.7 millones en 2000 a 36.5 millones en el 2050 (Consejo Nacional de Población [CONAPO], 2004).

El avance científico está íntimamente relacionado con el modelo de producción que se desarrolló a partir de la Revolución Industrial, siendo sus premisas principales el progreso y el desarrollo tecnológico e industrial. Es entonces que el ser humano comienza a reorientar su estilo de vida, así como sus ideales de éxito, y el sentido de su existencia. Se orientan a la producción, utilización y transformación de la naturaleza para servir al hombre. El modelo económico del Capitalismo viene a fortalecer estas ideas, pues pone en el centro la organización racional del trabajo, el dinero, el consumismo y la utilidad de los recursos de producción. El ser humano, por lo tanto, se significa a partir de lo que produce, de lo que aporta en capital a la sociedad. El sentido de vida que las personas empiezan a interiorizar, evidentemente tiene que ver con este contexto histórico: ser productivos (Wallerstein, 2006).

En el mundo laboral del siglo XIX, surge la figura de la jubilación. A los ancianos se les comienza a mirar como personas que no cumplen con las características ideales para la producción y se les busca remplazar por trabajadores jóvenes, quienes tienen mayor aportación a la productividad. Es entonces, cuando por su edad, se comienza a ver a los ancianos como improductivos, perdiendo con ello identidad social y prestigio, por lo que se empieza a significar la ancianidad como sinónimo de marginación social (Fericgla, 2002).

Es una contradicción que en la época moderna se logre el incremento de la esperanza de vida y de manera simultánea, se empieza a adjudicar al envejecimiento el estigma de declive y decadencia, sinónimo de patología y enfermedad, incluso de dependencia y carga social. El envejecimiento se empieza a conceptualizar como un problema económico-social.

Los estudios que recogen la imagen social de las personas ancianas empiezan a desarrollarse a mediados del siglo pasado, por profesionales de la medicina y la psiquiatría, con personas seleccionadas generalmente a partir de las consultas médicas, de los hospitales y de los centros psiquiátricos (Lehr, 1980). Por lo tanto, estos casos no representaban a la generalidad de la población de personas mayores, sino que eran exponentes de la vejez patológica. No obstante, de los resultados de estos trabajos, se infirieron conclusiones para el conjunto de la población mayor, lo que ha favorecido un patrón generalizado de rasgos considerados normativos en la vejez.

Éstos obedecen a los estereotipos negativos hacia la vejez y coinciden con los de enfermedad, deterioro mental, rigidez de pensamiento, dependencia, problemas sociales y económicos (Thornton, 2002). Es decir, podría considerarse que la mayor parte de los estereotipos sociales de la vejez abarcan áreas como el deterioro de la salud física y mental, la pérdida de la motivación y la de los intereses vitales.

Los rasgos negativos continúan teniendo vigencia en todos los grupos de la población e influyen negativamente en las actitudes hacia las personas mayores de forma generalizada. Aunado a ello, cabría resaltar que el concepto de salud aplicado a los adultos mayores, utilizando los mismos parámetros establecidos por los jóvenes, propicia interpretaciones erróneas que magnifican los problemas de salud de los viejos, sin considerar el valor de la funcionalidad física, psicológica y social como clave para conservar la salud en la tercera edad.

Los estereotipos de fragilidad y decadencia se encuentran relacionados con la figura que representan las ancianas y los ancianos ante la sociedad. La muerte social es la muerte que acompaña a la vejez en la cultura occidental moderna y lleva consigo la discriminación y la exclusión por la edad. Al grupo de la tercera edad se le deja arbitrariamente sin ningún papel, ni participación social activa pública. Los únicos roles que siguen desempeñando son los de su vida en lo privado, como abuelas/os, padres, madres, esposas/os. Es entonces que su estatus social comienza a desaparecer. (Osorio, 2006). Al abandonar el rol de proveedor, la persona anciana también ve reducidas sus percepciones económicas, al mismo tiempo, dado el estereotipo de retiro, las personas de la tercera edad no logran ubicarse fácilmente en algún trabajo, aunque sean todavía capaces de llevarlos a cabo. El recurso económico generalmente se obtiene del autoempleo y de las pensiones por la jubilación. En ese sentido, es un hecho que a nivel social se generan barreras que limitan las percepciones económicas de las y los ancianos. La jubilación representa por una parte, la pérdida del rol de trabajador productivo y por otra, la pérdida de su participación social. Además de que existe una preocupación fundamentalmente económica en el tema de la jubilación. El costo que para el Estado y los trabajadores “económicamente activos” representará mantener las cuotas a la cantidad que cada día aumenta de jubilados. El interés es evidentemente económico.

Es entonces que surge la gerontología como una ciencia joven que estudia a los viejos. Su objeto de estudio no se restringe al ámbito biológico, ni a las enfermedades, ni a la persona anciana. Da un paso adelante al entender al envejecimiento como un fenómeno complejo que debe ser estudiado y comprendido desde muchas dimensiones y disciplinas científicas. Su objeto de estudio abarca el proceso de envejecimiento, del envejecer y del viejo desde miradas multi e interdisciplinarias, como son el ámbito biológico, psicológico, social, político, económico y cultural (Mendoza-Núñez y Martínez-Maldonado, 2008).

Pero la dimensión en la que nos interesa profundizar es la de la Gerontología Social. Que se entiende como aquella especialización de la Gerontología que, además de ocuparse de del estudio de las bases biológicas, psicológicas y sociales de la vejez y el envejecimiento, está especialmente dedicada al impacto de las condiciones socioculturales y ambientales en el proceso de envejecimiento y en la vejez, en las consecuencias sociales de ese proceso, así como en las acciones sociales que puedan interponerse para mejorar los proceso de envejecimiento (Fernández- Ballesteros, 2000).

El análisis planteado en la Segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento (2002), concluye que hoy en día el problema de los adultos mayores no es la cifra, pues está claro que son muchos y van a seguir aumentando, sino la forma en que los profesionales de la salud y la sociedad van a responder a la profunda transformación que está sufriendo el proceso de envejecimiento.

La aparición de la Gerontología Social ha generado de un auge social y político que busca ver al envejecimiento desde miradas más incluyentes, respetuosas e integradoras hacia la vejez. Incluso desde los propios ancianos, es un movimiento social que busca hacer frente a las visiones estigmatizantes de la vejez, pues ciertamente se generan formas de exclusión y marginación hacia las ancianas y los ancianos, a partir de los estereotipos predominantes de decadencia, dependencia y pobreza hacia este grupo de edad.

En ese sentido es que el modelo de envejecimiento activo es el eje rector de la gerontología, definido como “el proceso por el cual se optimizan las oportunidades de bienestar físico, social y mental durante toda la vida, con el objetivo de ampliar la esperanza de vida saludable, la productividad y la calidad de vida en la vejez” (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2002).

En esta investigación señalamos que es importante enlazar la aparición de la gerontología social en la era de la modernidad, como una posición de lucha y resistencia hacia estos estigmas. Incluso más allá de la aparición de la propia gerontología social, nos parece que desde los propios grupos de personas de la tercera edad se gestan movimientos de resistencia hacia estos estereotipos. En palabras de Bourdieu (1995) se reconoce que a todo ejercicio de poder le corresponde determinada lucha y resistencia de los dominados, sea esta oculta o abierta, y esto es parte de los acumulados históricos sin los cuales la gestación e irrupción, mucha veces de manera sorpresiva e intempestiva de los movimientos sociales, sería muy difícil de comprender.

Bourdieu (1995) comenta que quienes dominan en un determinado campo, están en posición de hacerlo funcionar en su beneficio, pero siempre deben tener en cuenta la resistencia, las protestas, las reivindicaciones y las pretensiones, “políticas” o no, de los dominados. Es verdad que dentro de ciertas condiciones históricas, las cuales deben estudiarse empíricamente, un campo puede comenzar a funcionar como aparato. Cuando el dominante logra aplastar o dominar la resistencia y las reacciones del dominado, cuando todos los movimientos ocurren exclusivamente de arriba hacia abajo, la lucha y la dialéctica constitutivas del campo tienden a desaparecer. Sólo puede haber historia mientras los individuos se rebelen, resistan y reaccionen. En este caso los ancianos que se resisten a ser mirados como decadentes.

Asimismo, se plantea realizar el análisis de los significados que las ancianas y los ancianos tienen acerca de la vejez, entendiendo que estas concepciones se encuentran construidas desde la complejidad social en la que están inmersos ancianas y ancianos. Esta complejidad incluye los estigmas y estereotipos negativos y positivos hacia la vejez, así como posiciones de lucha social ante estos estigmas de desacreditación del ser humano (Goffman, 2001). En ese sentido, nos interesa comprender las posiciones que asumen los ancianos hacia su vejez y cómo es que estas posiciones generan premisas de acción que como ancianos expresan ante la sociedad. Nuestro interés se encuentra centrado en los significados recuperados a partir de sus discursos, pues la presente investigación estará posicionada desde la Fenomenología de la vejez, ya que esta última tiene el interés de recuperar cómo se negocia colectivamente el significado de la vejez, pero a partir de lo dicho por los viejos y a través de cómo interactúan con el mundo en su vida cotidiana (Heller, 1997).

Este trabajo se posiciona desde la resistencia social ante los estereotipos de discriminación que genera el envejecimiento. Se hace este planteamiento en la búsqueda de mostrar las posibilidades que tienen los ancianos de ser ciudadanos y ciudadanas activos, una población que debe ser reconocida por sus capacidad de contribución ante los nuevos retos de la sociedad contemporánea. El primer paso es hacer explícitas las concepciones que ellos mismos tienen acerca del envejecimiento, pues ello posibilita su visibilidad frente a la sociedad. Inclusive para reinstaurar el estatus social que parece perdido al ser un marginado social.
 
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