Latigazos hidroclimáticos: la montaña rusa del clima extremo en un planeta que se calienta
Vol. 27, núm. 3 agosto-octubre 2026
Latigazos hidroclimáticos: la montaña rusa del clima extremo en un planeta que se calienta
Alejandro Jaramillo Moreno y Christian Domínguez Sarmiento CitaResumen
El clima de la Tierra nunca ha sido estático: ha oscilado entre periodos fríos y cálidos por causas naturales, como la actividad solar, las erupciones volcánicas o los cambios orbitales. Pero desde la Revolución Industrial, la acción humana ha intensificado el efecto invernadero y elevado la temperatura global más de 1 °C sobre los niveles preindustriales, alterando el ciclo del agua y disparando la frecuencia de lluvias torrenciales y sequías. A esto se suma un fenómeno cada vez más estudiado: los latigazos hidroclimáticos, saltos abruptos de la sequía extrema a la inundación (o viceversa), que ya son más comunes y seguirán creciendo según las proyecciones climáticas. El resultado es un clima que se mueve más rápido de lo que nuestras ciudades, presas y sistemas de drenaje —construidos para un clima que ya no existe— pueden seguirle el paso.
Palabras clave: cambio climático, ciclo del agua, eventos climáticos extremos, latigazos hidroclimáticos, gestión del agua.
Hydroclimatic whiplash: the roller coaster of extreme weather in a warming planet
Abstract
Earth’s climate has never been static: it has shifted between colder and warmer periods due to natural causes such as solar activity, volcanic eruptions, and orbital variations. But since the Industrial Revolution, human activity has intensified the greenhouse effect and pushed global temperatures more than 1 °C above preindustrial levels, altering the water cycle and driving up the frequency of torrential rains and severe droughts. Add to that a phenomenon gaining scientific attention: hydroclimatic whiplash, abrupt swings from extreme drought to flooding (or the reverse), already more common and projected to keep rising. The result is a climate moving faster than the cities, dams, and drainage systems built for a climate that no longer exists.
Keywords: climate change, water cycle, extreme weather events, hydroclimatic whiplash, water management.
El clima nunca ha sido estático
Cuando pensamos en el clima, lo primero que suele venirnos a la mente son las estaciones del año. Reconocemos un ciclo anual en el que, aunque un día puede ser más cálido o más frío que otro, en promedio los veranos son más cálidos que los inviernos. Este ritmo relativamente regular ha permitido que los entornos naturales y las sociedades se adapten a un clima de cierta forma predecible (Jaramillo y Mendoza-Ponce, 2022).
Sin embargo, en los últimos años se ha vuelto común escuchar que el clima está cambiando. Existe una percepción generalizada de que hoy hace más calor que en décadas pasadas —una impresión especialmente marcada entre las generaciones de mayor edad—. En el hemisferio norte, por ejemplo, aunque julio siempre ha sido más cálido que enero, los julios recientes resultan notablemente más calurosos que los de hace medio siglo. Ese equilibrio se ve hoy alterado por un clima cada vez más cambiante, en el que no sólo aumentan los extremos, sino también las transiciones bruscas entre ellos.
Esta percepción no es sólo una sensación personal: está respaldada por observaciones del clima a escala global. En la figura 1 se muestran las anomalías de temperatura global, es decir, cuántos grados por encima o por debajo de la media se encuentra la temperatura con respecto al promedio del periodo 1961-1990. Si miramos los registros, podemos observar que, antes de 1960, las temperaturas eran en promedio menores y, aunque variaban de un año a otro, se mantuvieron relativamente estables hasta mediados del siglo xx. A partir de la década de los años ochenta comienza, en cambio, un aumento sostenido que continúa hasta la actualidad. Como resultado, hoy las temperaturas globales son alrededor de 1.2 °C más altas que el promedio de 1961-1990, y aproximadamente 1.6 °C más cálidas que a principios del siglo xx. En la práctica, este incremento implica cambios perceptibles en la experiencia cotidiana del clima, así como una mayor demanda de agua y energía en muchas regiones.
Figura 1. La temperatura global ha aumentado de forma sostenida desde la década de 1980. El gráfico muestra las diferencias de temperatura (anomalías) (°C) respecto al promedio de 1961-1990; la banda sombreada representa el rango de incertidumbre estadística (95 %).
Créditos: elaboración propia con datos de Hadcrut5 (Morice et al., 2021).
Como consecuencia del calentamiento, la atmósfera puede retener una mayor cantidad de vapor de agua, lo que intensifica el ciclo hidrológico y se traduce en una mayor variabilidad entre periodos secos y húmedos. Esta variabilidad no sólo se manifiesta en sequías o lluvias extremas consideradas de forma aislada, sino también en transiciones rápidas entre ambos extremos, un fenómeno que más adelante analizaremos bajo el concepto de latigazos hidroclimáticos.
Este calentamiento progresivo de la atmósfera terrestre es lo que comúnmente se denomina cambio climático o calentamiento global. Sin embargo, el término cambio climático puede resultar engañoso, ya que parece sugerir que antes el clima era inmutable y que sólo ahora está cambiando. Nada más lejos de la realidad.
En realidad, el clima de la Tierra nunca ha sido estático. A lo largo de la historia geológica ha experimentado variaciones profundas impulsadas por fenómenos naturales, como cambios en la cantidad de energía solar que recibe el planeta, alteraciones en la órbita terrestre, erupciones volcánicas o incluso el lento pero continuo desplazamiento de los continentes (Hartmann, 2016).
Para entender de dónde provienen estas variaciones, conviene reconocer que gran parte de la variabilidad climática registrada a lo largo del tiempo se debe justamente a estos procesos naturales. Nuestro planeta, por ejemplo, ha atravesado ciclos de enfriamiento y calentamiento vinculados principalmente a la actividad solar y a los movimientos orbitales alrededor del Sol. Las reconstrucciones del pasado climático de la Tierra muestran que el sistema climático responde tanto a forzamientos externos como a su propia dinámica interna, generando fluctuaciones naturales entre periodos más cálidos o más fríos (Mann et al., 2008; Hansen et al., 2010).
Una muestra de esta historia climática se presenta en la figura 2, que ilustra las anomalías de temperatura superficial global durante los últimos 784,000 años. Estos cambios están asociados a distintos forzamientos naturales, entre los que destacan las variaciones en la luminosidad solar, las oscilaciones orbitales conocidas como ciclos de Milankovitch (Kerr, 1987), las erupciones volcánicas y el movimiento de los continentes (Hartmann, 2016), capaces de modificar el balance energético del planeta y los patrones de temperatura y precipitación a escala global.
Figura 2. La historia climática de la Tierra en los últimos 784,000 años, representada a través de diferencias de temperatura global (anomalías) respecto al promedio de temperatura de la era preindustrial. La reconstrucción se basa en 14 registros paleoclimáticos de temperatura superficial del mar. Los tonos azules indican periodos del pasado climático más fríos, mientras que los tonos rojos corresponden a periodos más cálidos.
Créditos: elaboración propia con datos de Friedrich et al. (2016).
De la naturaleza a la huella humana
Ahora bien, aunque una parte importante de la variabilidad climática es natural, las actividades humanas también han dejado una huella profunda desde tiempos antiguos. Con la invención de la agricultura comenzamos a sustituir bosques por campos de cultivo, a levantar ciudades e incluso a desecar lagos, lo que modificó las condiciones climáticas locales en torno a los asentamientos humanos (Brunner-Mendoza et al., 2024).
Durante milenios, estos efectos se mantuvieron limitados a regiones cercanas a los poblados. Sin embargo, desde la Revolución Industrial, su alcance se volvió global. El uso intensivo de combustibles fósiles —carbón, petróleo, gas natural— ha liberado a la atmósfera grandes volúmenes de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero que habían permanecido atrapados durante milenios en depósitos naturales. Como resultado, las concentraciones atmosféricas de estos gases comenzaron a aumentar a un ritmo sin precedentes, con un origen inequívocamente humano.
La acumulación de gases de efecto invernadero intensificó el efecto invernadero natural y alteró el balance energético entre la radiación solar que recibe la Tierra y la energía que el planeta emite de vuelta al espacio (Jaramillo y Mendoza-Ponce, 2022). Este desajuste ha modificado el clima y ha provocado un aumento sostenido de la temperatura superficial global, como lo muestran los registros observacionales presentados en la figura 1.
Cuando el clima se sale de lo común
La modificación del clima no sólo afecta la temperatura del planeta: sus efectos se hacen visibles en múltiples dimensiones del sistema terrestre y abarcan diversos procesos atmosféricos y ambientales, como el aumento del nivel medio del mar, el retroceso de glaciares, la acidificación de los océanos, la alteración de la química oceánica, la actividad de huracanes y los cambios en la diversidad de especies, entre muchos otros (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático [ipcc], 2023).
Entre estas transformaciones, una de las más críticas por su magnitud y alcance es la alteración del ciclo del agua, que modifica la disponibilidad y la distribución del recurso en distintas regiones del planeta. En este ciclo, el agua se evapora, forma nubes, precipita en forma de lluvia, granizo o nieve, y el proceso vuelve a comenzar. Sin embargo, no siempre se comporta de forma regular: a veces llueve en exceso, produciendo tormentas severas e inundaciones, y otras veces apenas llueve, lo que conduce a sequías intensas. Estos episodios se conocen como eventos extremos porque ocurren con una frecuencia mucho menor que el comportamiento promedio de la atmósfera. Para entenderlos mejor, no es necesario entrar en tecnicismos: basta con apoyarse en una analogía sencilla.
En lugar de hablar de lluvias o temperaturas, pensemos en algo más familiar: la altura de las personas. Si midiéramos la altura de millones de adultos en un país y contáramos cuántas personas tienen cada estatura, obtendríamos una distribución con forma de campana —conocida como distribución normal o gaussiana— en la que la mayoría se concentra alrededor de un valor promedio y las estaturas muy bajas o muy altas son mucho menos frecuentes. Esta idea se ilustra en la figura 3, donde la distribución original aparece a la izquierda (en azul), junto con su valor medio.
Figura 3. Distribución de la estatura de una población. La curva azul representa la distribución original y la curva roja, una población más alta en promedio.
Créditos: elaboración propia.
Ahora imaginemos que, gracias a mejoras en nutrición y salud, las nuevas generaciones alcanzan una estatura promedio mayor. Décadas después, la distribución ya no coincide con la original, sino que se desplaza hacia valores más altos, como se muestra en la misma figura mediante una segunda curva situada a la derecha (en rojo), con un nuevo promedio. Esto implica que lo que antes considerábamos “muy alto” pasa a ocurrir con mayor frecuencia y se sitúa más cerca del nuevo valor medio. Dicho de otro modo, los extremos se han redefinido: lo que antes era excepcional se vuelve más común. Si las casas se hubieran diseñado pensando en la distribución original, las personas de generaciones más recientes terminarían golpeándose la cabeza con los marcos de puertas y techos, lo que haría necesario un rediseño para adaptarse a la nueva realidad.
En el clima ocurre algo equivalente. Cuando la distribución de variables como la lluvia o la temperatura se desplaza, los eventos que antes considerábamos extremos —lluvias muy intensas o sequías severas— pasan a presentarse con mayor frecuencia. Esta analogía nos permite entender mejor lo que sucede en un planeta que se calienta. A medida que aumenta la temperatura, la atmósfera puede retener una mayor cantidad de vapor de agua, intensificando así el ciclo hidrológico (Jaramillo y Mendoza-Ponce, 2022). Como resultado, en un clima más cálido pueden presentarse no sólo precipitaciones más intensas, sino también periodos secos más prolongados. En esencia, el cambio climático implica un desplazamiento en la distribución de las variables atmosféricas, particularmente de los eventos hidrometeorológicos extremos. Por ello, lluvias o sequías que hace décadas se consideraban excepcionales hoy se presentan con mayor frecuencia.
Muchas ciudades no están plenamente preparadas para enfrentar estos cambios. Nuestros acueductos, sistemas de drenaje e infraestructura, diseñados para los extremos del pasado, quizá no estén adecuados a los retos que plantean los extremos del presente. En muchas ciudades de América Latina, lluvias intensas que antes se esperaban una vez en varias décadas hoy generan inundaciones recurrentes, y afectan vialidades, viviendas y servicios básicos concebidos para un clima que ya no existe. El aumento en la frecuencia e intensidad de los eventos extremos representa, en este contexto, uno de los mayores desafíos hacia el futuro.
Latigazos hidroclimáticos: el vaivén extremo
En el universo de los eventos extremos hidrometeorológicos destacan dos polos: las lluvias intensas y las sequías. Cada uno tiene efectos particulares sobre la sociedad. Sin embargo, la naturaleza es más compleja: aunque estos eventos extremos son poco frecuentes, nada impide que ocurran de manera consecutiva. Es parecido a lanzar una moneda —lo más probable es alternar entre cara y sello, pero también puede suceder, con menor probabilidad, que el mismo resultado se repita varias veces seguidas—. De forma análoga, pueden presentarse varias tormentas intensas una tras otra, o bien sequías prolongadas que se encadenan en el tiempo.
Otra posibilidad, aún más desafiante, es la aparición de transiciones bruscas entre extremos opuestos: pasar rápidamente de una sequía intensa a lluvias torrenciales, o viceversa. Así, después de varios meses sin lluvia, pueden llegar precipitaciones extremas que provoquen inundaciones; o, tras semanas muy lluviosas, instalarse de pronto una sequía severa. A este tipo de cambios repentinos se les conoce como latigazos hidroclimáticos (Swain et al., 2025), una expresión que transmite bien la sensación de un cambio brusco y violento entre condiciones muy secas y muy húmedas.
En consecuencia, los latigazos hidroclimáticos tienden a amplificar los riesgos de maneras inesperadas. Una temporada muy húmeda, por ejemplo, puede reducir la necesidad percibida de almacenar agua en presas y reservorios; si después sobreviene una sequía intensa, esa falta de almacenamiento se traduce en una escasez más aguda. De forma similar, lluvias abundantes favorecen el crecimiento de la vegetación, pero si a continuación se instala un periodo seco y caluroso, esa vegetación se convierte en combustible que incrementa drásticamente la probabilidad de incendios extensos e intensos. Un ejemplo reciente son los incendios ocurridos en California en febrero de 2025 (figura 4), donde cambios muy rápidos entre temporadas húmedas y secas generaron condiciones propicias para la propagación del fuego (Swain et al., 2025).
Figura 4. Fotografía de los incendios ocurridos en California en febrero de 2025.
Créditos: Wikipedia (CC BY-SA 4.0).
Al intensificarse el ciclo del agua con el calentamiento global, no sólo aumenta la probabilidad de eventos extremos, sino también la frecuencia de estas transiciones bruscas o latigazos hidroclimáticos. La evidencia muestra que esta mayor volatilidad del clima ha crecido de manera clara en las últimas décadas: desde mediados del siglo xx, la ocurrencia de estos latigazos se ha incrementado entre 31 y 66 % en periodos de pocos meses, y entre 8 y 31 % en cambios de un año a otro (Swain et al., 2025). Este aumento implica que las comunidades y los sistemas de gestión del agua enfrentan cambios cada vez más rápidos, con menos tiempo para recuperarse entre sequías e inundaciones, lo que amplifica los riesgos asociados a transiciones rápidas de condiciones secas y húmedas, como inundaciones repentinas, incendios forestales, deslizamientos y brotes de enfermedades.
Un reto hacia el futuro
Todo apunta a que, si se mantienen las actuales emisiones de gases de efecto invernadero, la temperatura global seguirá aumentando en las próximas décadas (ipcc, 2023). En este escenario, los latigazos hidroclimáticos podrían volverse cada vez más frecuentes. Estos cambios abruptos entre condiciones secas y húmedas no ocurren de forma aislada, sino que desencadenan efectos en cascada —inundaciones repentinas, deslizamientos, incendios, pérdidas agrícolas, crisis sanitarias— que no pueden entenderse como sequías o lluvias aisladas (Swain et al., 2025).
El gran desafío es que la mayoría de nuestras comunidades no están preparadas para estos cambios tan bruscos. Muchas infraestructuras y políticas siguen pensadas para el clima del siglo pasado, y la planificación suele basarse en promedios históricos que ya no reflejan la realidad ni consideran un clima cambiante. Esto limita nuestra capacidad de anticipar, responder y adaptarnos.
En este nuevo contexto, necesitamos una gestión hídrica flexible e integral, capaz de enfrentar sequías e inundaciones al mismo tiempo. Esto requiere modernizar presas y sistemas de riego, con el fin de optimizar el almacenamiento hídrico durante los periodos secos y, al mismo tiempo, disminuir el riesgo de inundaciones en las temporadas húmedas. También requiere rediseñar las ciudades: menos concreto y más áreas permeables que recarguen acuíferos, márgenes de seguridad para los ríos, y soluciones basadas en la naturaleza que reduzcan riesgos sin generar problemas futuros.
Frente a este escenario, la ciencia y la tecnología se vuelven herramientas indispensables para enfrentar los nuevos retos: se requieren pronósticos meteorológicos más precisos, sistemas de alerta temprana bien implementados y una comunicación clara y eficiente del riesgo, lo que ayudará a mejorar las acciones para proteger vidas humanas y medios de subsistencia. Además, es importante fomentar la conciencia social: reconocer que ya no podemos tratar sequías e inundaciones como amenazas separadas, sino como dos caras de un mismo reto.
En síntesis, los latigazos hidroclimáticos no son fenómenos aislados, sino la expresión de un clima cada vez más volátil que exige nuevas formas de gestión, planificación y adaptación. Su creciente frecuencia, documentada y analizada a partir de datos recientes, obliga a reconfigurar los modelos de gestión del agua y a reconsiderar nuestra interacción con los sistemas naturales. Ya existen herramientas y enfoques de adaptación probados, pero su aplicación requiere estrategias integrales, flexibles y alineadas con los procesos ecológicos. El desafío es considerable, pero también lo es la oportunidad: avanzar hacia ciudades más inteligentes, sociedades mejor preparadas y sistemas hídricos más seguros, fortaleciendo al mismo tiempo nuestra relación con el recurso en un contexto climático cada vez más variable.
Referencias
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Recepción: 25/08/2025. Aceptación: 01/06/2026. Publicación: 14/08/2026.
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