Vol. 26, núm. 3 mayo-julio 2025

Ballenas amistosas: mejores prácticas para su avistamiento

Omar García Castañeda y Steven Swartz Cita

Resumen

El turismo de avistamiento de ballenas está creciendo rápidamente en todo el mundo. En México las ballenas grises (Eschrichtius robustus) a menudo muestran un comportamiento amistoso o curioso hacia las embarcaciones en sus zonas de crianza en Baja California Sur, México. Después de 30 años de investigación sobre esta especie, hemos notado que esto puede deberse a varios factores como la ausencia de caza y acoso humano, la gestión responsable y otros factores en las áreas de observación. Sin embargo, la creciente presión de los turistas ha alterado la dinámica, lo que genera presión sobre los operadores y preocupación sobre las molestias a las ballenas. En este artículo enfatizamos la importancia de la empatía hacia los requerimientos naturales de las ballenas y la necesidad de prácticas responsables en el turismo, enfocándose en la experiencia general y reduciendo la expectativa de contacto directo.
Palabras clave: ballena gris, ballenas amistosas, avistamiento de ballenas, buenas prácticas.

Friendly whales: Why do we need best practices for their observation?

Abstract

Whale watching tourism is rapidly growing worldwide. In Mexico, gray whales (Eschrichtius robustus) often display friendly or curious behavior toward boats in their breeding areas in Baja California Sur. After 30 years of research on this species, we have observed that this behavior may be due to several factors, such as the absence of hunting and human harassment, responsible management, and other factors in the observation areas. However, the increasing pressure from tourists has altered this dynamic, creating strain on tour operators and raising concerns about disturbances to whales. In this article, we emphasize the importance of empathy toward the whales’ natural needs and the necessity of responsible tourism practices, focusing on the overall experience and reducing the expectation of direct contact.
Keywords: gray whale, friendly whales, whale watching, best practices.


¿Por qué las ballenas grises son amigables y curiosas?

Con frecuencia nos preguntan turistas y proveedores de servicios turísticos el por qué las ballenas grises (Eschrichtius robustus) son amistosas o curiosas con las personas que las observan en las pequeñas embarcaciones utilizadas para esta actividad. —¿Por qué nadan hacia nosotros y nos permiten tocarlas? —¿Por qué las ballenas hembra traen a sus crías a nuestro barco para ser acariciadas por los observadores de ballenas?

La respuesta breve es que no lo sabemos, porque no somos ballenas grises y nunca entenderemos completamente el interés que tienen en acercarse a las embarcaciones de avistamiento. Sin embargo, después de 30 años y miles de horas observando el comportamiento de las ballenas alrededor de los barcos, podemos compartir nuestras reflexiones sobre las circunstancias especiales que contribuyen al comportamiento “curioso” de las ballenas grises en las lagunas de invernada en Baja California Sur, México (ver figura 1).

Avistamiento clásico de ballena gris en la Laguna San Ignacio, Baja California Sur, México

Figura 1. Avistamiento clásico de ballena gris en la Laguna San Ignacio, Baja California Sur, México.
Crédito: Steven Swartz.

Las ballenas grises son la única especie representante de la familia Eschrichtiidae, las cuales se caracterizan por tener un tamaño máximo de 12 a 14 metros, que alcanzan entre los siete y nueve años edad cuando inicia su etapa de madurez reproductiva. A diferencia del resto de ballenas, la principal forma de alimentación de la ballena gris es dragando el sedimento del fondo oceánico a lo largo de la plataforma continental de América del Norte y el Ártico asiático. La época de alimentación para la ballena gris ocurre durante los meses de verano, cuando el hielo se retrae al descongelarse gran parte del polo norte, y se da en las áreas de alta latitud del Pacífico Norte y mares del Ártico durante el verano, cuando el retroceso del hielo marino y el aumento de la luz solar fomentan floraciones de producción primaria estacional. Dado que las ballenas grises no se alimentan significativamente durante su temporada reproductiva invernal, deben haber acumulado suficientes reservas energéticas en su grasa corporal para completar la migración otoñal hacia el sur a lo largo de la plataforma continental del noreste del Pacífico.

Las ballenas grises migran más de 10,000 km desde sus áreas de alimentación hasta aguas más cálidas y protegidas (de los depredadores del mar abierto como las orcas), en las bahías y lagunas a lo largo de la costa del Pacífico de la península de Baja California. Estas zonas son utilizadas para aparearse, dar a luz y cuidar de sus crías durante el invierno (enero a marzo) (Jones y Swartz, 2009).

Las tres principales lagunas de reproducción y crianza invernal son, de norte a sur: Laguna Ojo de Liebre, Laguna San Ignacio (lsi) y el complejo lagunar Bahía Magdalena – Bahía Almejas (bmag). bmag está subregionalizado en tres zonas, Canal Santo Domingo, Bahía Magdalena y Bahía Almejas (Salvadeo et al., 2015) (ver figura 2). Nosotros llevamos a cabo estudios en Laguna San Ignacio, ubicada al sur de la Reserva de la Biósfera El Vizcaíno. Se trata de una laguna poco profunda, con una barrera arenosa que regula el flujo de agua hacia dentro y fuera de ella, (Gómez-Gallardo et al., 2023). De las tres mencionadas, Laguna San Ignacio es la más pequeña en área.

Ruta de migración y principales bahías de reproducción y crianza de la ballena gris

Figura 2. Ruta de migración y principales bahías de reproducción y crianza de la ballena gris en Baja California Sur, México. Línea verde. Ejemplo de ruta migratoria costera. Subregiones del Complejo Bahía Magdalena- Bahía Almejas: PALM (Puerto Adolfo López Mateos), PSC (Puerto San Carlos), PCH (Puerto Chale).
Crédito: elaboración propia.

Justo cuando comenzaba a desarrollarse el avistamiento de ballenas como actividad turística, a fines de la década de 1970, iniciaron paralelamente nuestras primeras investigaciones. En esos tiempos también nos encontramos por primera vez con ballenas grises curiosas o amistosas. Inicialmente, estos eventos eran raros, pero, en pocos años, las ballenas grises que se acercaban y tenían contacto físico con las embarcaciones de observación y sus pasajeros se convirtieron en eventos comunes durante la temporada reproductiva de invierno, como si a medida que el turismo iba incrementando, la curiosidad de las ballenas lo hacía de igual modo. Sospechamos que este comportamiento es el resultado de muchos factores que acontecen de manera simultánea en las aguas costeras de la península de Baja California.

En primer lugar, la caza comercial de ballenas grises en las lagunas de Baja California fue común en el siglo xix, pues la grasa de ballenas era el principal combustible para iluminar las comunidades en América del norte y Europa, lo que llevó a varias especies de ballenas al borde de la extinción. Sin embargo, la cacería terminó en 1870, cien años antes del inicio de la actividad turística de avistamiento. Hemos aprendido a través del análisis de datos de identificación fotográfica que una ballena gris puede vivir entre 50 y 60 años (Martínez et al., 2019), por lo cual, cualquier ballena sobreviviente que fuera cazada por balleneros alrededor de Baja California debería tener más de 100 años, lo cual es poco probable. Esto nos indica que la generación actual de ballenas grises no ha sido cazada ni acosada por los humanos, razón por la cual no sufren de ese miedo condicionado a los barcos.

En segundo lugar, hoy en día, las lagunas son ambientes no amenazantes para las ballenas, ya que las orcas, sus principales depredadores, rara vez ingresan a ellas (Stan, 2022). Además, las embarcaciones de observación y pesca generalmente no persiguen ni acosan a las ballenas en estas zonas. Laguna San Ignacio está dentro de la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno, donde las actividades humanas se gestionan para minimizar la perturbación a las ballenas y para mantener la laguna como una reserva de la vida silvestre. Esta actividad turística sólo está permitida en una zona específica más cercana a la entrada al océano, mientras que el resto de la laguna (aproximadamente dos tercios del área total) permanece como un santuario libre de observación de ballenas (Gómez-Gallardo et al., 2023).

Asimismo, los operadores turísticos en Laguna San Ignacio han implementado acuerdos de mejores prácticas para la observación de ballenas, que son actividades adicionales a las ya establecidas en la nom-131-semarnat-2010 (2011). Por ejemplo, en esta laguna, el número de embarcaciones operando en un momento dado está limitado para evitar el hacinamiento en el área de avistamiento de ballenas y cada excursión dispone únicamente de 90 minutos. En cambio, en Bahía Magdalena (la zona de crianza más sureña), no existen restricciones y las excursiones pueden durar desde una a cuatro horas, dependiendo de la subregión (ver figura 2). En Laguna San Ignacio lo más importante es que los operadores de los barcos no persiguen ni acosan a las ballenas, simplemente posicionan su barco en áreas con presencia de estos animales y esperan a que éstas se acerquen a ellos. A pesar de que la mayoría de las ballenas grises no se acerca a los barcos porque están ocupadas con el cortejo, el apareamiento y el cuidado a sus crías, algunas de ellas están interesadas, y son quizá lo suficientemente curiosas como para acercarse a un barco de observación para echar un buen vistazo.

En tercer lugar, debido a la visibilidad limitada bajo el agua, todas las ballenas y delfines (cetáceos) han evolucionado para usar el sonido subacuático, que se transmite bien bajo el agua, con el fin de explorar su entorno y comunicarse entre ellos (Berta et al., 2015). Los sonidos emitidos por las ballenas grises son de baja frecuencia, similares a los producidos por los motores fuera de borda en las embarcaciones de observación. Éstas son de fibra de vidrio y actúan como altavoces acústicos que transmiten las vibraciones de baja frecuencia del motor fuera de borda al agua; las ballenas escuchan estos sonidos y saben cuándo hay barcos cerca. Al igual que todos los mamíferos, las ballenas grises son curiosas acerca de su entorno, especialmente cuando son jóvenes, y lo exploran para saber qué es seguro y qué se debe evitar. Por lo tanto, es razonable pensar que las ballenas grises escuchan sonidos de baja frecuencia provenientes de las embarcaciones de avistamiento y, al no tener miedo de ellas, se acercarán para investigar estos objetos flotantes que emiten sonidos zumbantes de baja frecuencia (Moore y Clarke, 2002).

Además del uso desarrollado del sonido ante la baja visibilidad bajo el agua, los cetáceos usan su sentido del tacto: se frotan entre sí para comunicarse desde el nacimiento, lo que se cree que facilita la vinculación social y refuerza la compañía entre las madres y sus crías (Dudzinski et al., 2009). Imagina a una cría recién nacida de aproximadamente cuatro metros de longitud que no puede ver a su madre, que es tres veces más grande. Para la cría, la mamá ballena es simplemente un objeto grande y oscuro que emite vibraciones sonoras de baja frecuencia y que le proporciona alimento, compañía y protección, con la que está en contacto físico constante, frotándose y rodando sobre ellas (ver figura 3). A medida que las crías maduran en la laguna, conocen a otras ballenas que nacieron en la misma temporada e interactúan en grupos antes de abandonar la laguna en primavera y comenzar su primera migración hacia el norte con sus madres. Así, es razonable inferir que después de acercarse a un barco lleno de observadores de ballenas, el frotamiento y las caricias por parte de los humanos refuerza aún más el comportamiento de acercamiento de las ballenas, tanto para las crías como para los adultos.

Turistas observando cómo una cría de ballena gris se frota sobre su madre

Figura 3. Turistas observando cómo una cría de ballena gris se frota sobre su madre en Laguna San Ignacio.
Crédito: Steven Swartz.

¿La observación de ballenas puede convertirse en acoso?

Cuando comenzamos la investigación de ballenas grises en las lagunas costeras de Baja California Sur, los turistas eran entusiastas de la observación y estaban interesados al mismo tiempo en otros aspectos de estas áreas en la laguna, incluyendo las aves, los reptiles, los manglares y el desierto. Pero, a medida que avanzaba el tiempo y los encuentros amistosos con ballenas se volvían más frecuentes, las inclinaciones de los visitantes comenzaron a cambiar y se convirtieron en: “Debo tocar a una ballena gris o mi viaje será un fracaso”.

En nuestra opinión, la intención del turista de tocar una ballena reduce la riqueza de su experiencia en la laguna, y ejerce una presión indebida sobre los operadores de avistamiento, quienes buscan que se satisfaga dicho deseo. A pesar de esta presión, la mayoría de los operadores mantendrá un comportamiento responsable alrededor de las ballenas, pero se vuelve muy difícil, especialmente durante las primeras y últimas semanas de la temporada de crianza y reproducción, cuando hay menos ballenas en las lagunas.

La disminución de las ballenas durante estos períodos a menudo resulta en que los responsables del viaje indiquen la ubicación de las ballenas amistosas a la siguiente embarcación de observadores, ansiosos por ver y tal vez tocar una ballena, y luego a la siguiente, y a la otra, y luego otra… Con ello, se crea una presencia continua de botes alrededor de unas pocas ballenas, sin intervalos de no observación.

El hecho es que cada año las ballenas grises migran más de 10 mil kilómetros para realizar acciones vitales como la reproducción, dar a luz y amamantar a los nuevos ballenatos, que a su vez llevarán a cabo la migración de primavera de regreso a las zonas de alimentación. Durante la temporada de invierno de más de cuatro meses, las ballenas adultas se encuentran en ayuno, viviendo de la energía obtenida durante el verano y almacenada en su grasa corporal, por lo cual necesitan descansar para no gastar energía de manera innecesaria. Es por ello, que la presencia continua de embarcaciones de observación puede convertirse en un estímulo y distracción para las ballenas, lo que origina una fuente de acoso que interfiere con su necesidad de aparearse, descansar y cuidar a sus crías.

A pesar de que hay sitios como Laguna San Ignacio con un notable interés por llevar buenas prácticas de observación de ballenas, sus lineamientos fueron establecidos hace algunas décadas y podrían estar desactualizados o se dificulta su cumplimiento ante el turismo en expansión y el abrumador interés de los observadores por tener un contacto cercano o directo con las ballenas. En otros sitios del mundo, el acoso por turismo ha sido identificado como la principal razón del cambio de comportamiento, el uso de hábitat y los destinos migratorios de ballenas (Bejder et al., 2006; Lusseau, 2014). Por ello, el acoso del turismo puede influir en que las ballenas grises modifiquen su comportamiento natural y eviten o abandonen estas áreas, particularmente en las zonas de agregación invernal donde ya se ha reportado una falta de cumplimiento de lineamientos (García-Castañeda et al., 2024)

Consideramos que fomentar la empatía hacia las necesidades de las ballenas entre los turistas, operadores de embarcaciones y empresas que ofrecen excursiones de turismo de observación de ballenas es un componente necesario de un programa que inculque conciencia ambiental sobre estas necesidades (Marcías et al., 2025). Sugerimos que los proveedores turísticos deberían enfatizar que las ballenas son seres sintientes y que los encuentros cercarnos no están garantizados, que dependen por completo de las ballenas: si eligen acercarse y hacer contacto. Además, interactuar con las ballenas no debería ser el objetivo principal de los observadores, en su lugar se recomienda alentar a los turistas a disfrutar toda la experiencia de ver a estos grandes mamíferos en su hábitat natural, ya sea que ocurra o no el contacto con una ballena amistosa o curiosa.

En un estudio reciente pudimos ver que los turistas del complejo Bahía Magdalena-Bahía Almejas se sentirían más satisfechos con la experiencia de observación de ballenas, si recibieran más información por parte de las empresas turísticas sobre las ballenas y su hábitat (García-Castañeda et al., 2024). Además, reducir la presión sobre el operador turístico para buscar un acercamiento o contacto podría fomentar un mayor cumplimiento de las directrices oficiales (nom-131-semarnat-2010). Esto incluye limitar las aproximaciones para evitar la interrupción del comportamiento natural de las ballenas, estableciendo un número máximo de embarcaciones que pueden observar a las mismas ballenas de manera simultánea, fijar un límite de tiempo para los encuentros, y exigir que los botes naveguen a velocidades reducidas alrededor de las ballenas (por ejemplo, entre 4 y 10 km/h) (García-Castañeda et al., 2024).

También creemos que sería muy importante ir más allá de la normatividad oficial y dirigirnos hacia las buenas prácticas de observación de ballenas, las cuales deben respaldar el trabajo equitativo por parte de todos los operadores, con el fin de no monopolizar a las ballenas, en busca del beneficio de sus clientes, y proporcionar tiempo de no avistamiento para cuidar de las ballenas. Especialmente cuando el número de estos mamíferos marinos es bajo y la expectación del turista por un encuentro es grande. Para ello, proponemos establecer algunas pautas más allá de las regulaciones mexicanas:

  1. Reducir la cantidad de embarcaciones que permanecen simultáneamente cerca de los grupos de ballenas, de cuatro a una. De esta forma si los animales tienen motivación natural de acercarse, habría menor competencia entre los operadores y se protegería a las ballenas de molestias o acoso indebido.
  2. Disminuir la duración de cada excursión y avistamiento. Actualmente la regulación oficial establece que el tiempo máximo de avistamiento de una ballena o un grupo es de 30 minutos, tiempo suficiente para que todos los turistas tengan una vista completa y cercana de las ballenas. De esta manera, si las ballenas se sienten sobre estimuladas o perturbadas, pueden terminar el encuentro y abandonar la zona siempre que no sean seguidas continuamente por las embarcaciones.
  3. Establecer áreas específicas donde se permita el turismo de observación de ballenas. Al tener una zona de no avistamiento, las ballenas podrían encontrar sitios de refugio donde asegurar su descanso o realizar sus actividades naturales como apareamientos y crianza sin ser distraídas o molestadas por embarcaciones turísticas.
  4. Incrementar el diálogo entre las empresas turísticas de observación de ballenas, sus operadores y la comunidad local, por ejemplo, en talleres y reuniones públicas. Esto fomentaría el desarrollo y la co-construcción de pautas voluntarias para la observación responsable de ballenas, diseñadas de forma específica de acuerdo con las características y necesidades de cada comunidad, lo que facilitaría su adopción y generaría resultados significativos en términos de conservación.

Creemos que estas directrices son razonables para las buenas prácticas del turismo de observación de ballenas. Su implementación también enfatizaría la conciencia de las empresas de turismo sobre las necesidades de estos organismos y su compromiso con la minimización de perturbaciones y la promoción de su conservación. Incorporar campañas publicitarias donde los operadores turísticos se centren más en el deseo de los visitantes de aprender sobre las ballenas y los entornos de la laguna durante sus excursiones podría aliviar la expectativa de “tocar una ballena” como objetivo principal de la visita. Este enfoque reduciría la presión competitiva entre los operadores de embarcaciones y disminuiría el acoso potencial a las ballenas.

Nos gusta decir que no es importante si tocas a una ballena gris, pero es importante si la ballena gris te toca a ti, en tu corazón. Esperamos que este artículo ayude a destacar la importancia de comprender mejor el comportamiento de las ballenas grises, y fomentar que los humanos empaticemos con sus necesidades naturales. Es fundamental visitar estas áreas, que son hogar de las ballenas grises, con responsabilidad y sin causar disturbios durante su temporada reproductiva en el invierno. Creemos que el turismo gestionado de manera responsable tiene un gran potencial para educar y alistar a los observadores de ballenas en apoyo a la conservación de la vida marina. Es esencial que la gestión del turismo reconozca y aborde las necesidades tanto de las ballenas grises durante su estancia en estas zonas como de los turistas que vienen a ver este impresionante mamífero marino.

Sitios de interés

Referencias

  • Berta, A., Sumich, J. L., y Kovacs, K. M. (2015). Marine Mammals. Evolutionary Biology (3a ed.).Academic Press, Inc. https://doi.org/10.1016/C2011-0-07338-6
  • Bejder, L., Samuels, A., Whitehead, H., y Gales, N. (2006). Interpreting short-term behavioural responses to disturbance within a longitudinal perspective. Animal Behaviour, 72(5), 1149-1158. https://doi.org/10.1016/j.anbehav.2006.04.003
  • Dudzinski, K. M., Thomas, J. A., y Gregg, J. D. (2009). Communication in marine mammals. En W. F. Perrin, B. Würsig y J. G. M. Thewissen (Eds.), Encyclopedia of Marine Mammals (2a ed, pp. 260-269). Academic Press. https://doi.org/10.1016/B978-0-12-373553-9.X0001-6
  • García-Castañeda, O., Viloria-Gómora, L., Ávila-Foucat, V. S., Vega-Peña, E. V., Pardo, M. A., Quintero-Venegas, G. J., Urbán R, J., Swartz, S., y Martínez-Meyer, E. (2024). Climate change stands as the new challenge for whale watching and North Pacific gray whales (Eschrichtius robustus) in Bahia Magdalena, Mexico, after their recovery from overexploitation. Frontiers in Conservation Science, 5. https://doi.org/10.3389/fcosc.2024.1397204
  • Gómez-Gallardo Unzueta, Alejandro, Swartz, S. L., y Martínez Aguilar, S. (2023). Observación de ballena gris en Laguna San Ignacio: una historia que vale la pena multiplicar. Panorama, 2(7). https://tinyurl.com/yc7smvez
  • Jones, M. L. y Swartz, S. L. (2009). The gray whales (Eschrichtius robustus). En W. F. Perrin, B. Würsig y J. G. M. Thewissen (Eds.), Encyclopedia of Marine Mammals (2a ed, pp. 503-511). Academic Press. https://doi.org/10.1016/B978-0-12-373553-9.X0001-6
  • Lusseau, D. (2014). Ecological constraints and the propensity for population consequences of whale-watching disturbances. En J. Higham, L. Bejder y R. Williams (Eds.), Whale-watching: Sustainable Tourism and Ecological Management (pp. 229-241). Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/CBO9781139018166
  • Marcías, M. L., Salvadeo, C., Salgado-Beltrán, L., y García-Castañeda, O. (2025). Charisma is not enough: measuring short- and long-term environmental consciousness in wildlife tourism activities. Frontiers In Conservation Science, 6. https://doi.org/10.3389/fcosc.2025.1539683
  • Martinez, S. A., Swartz, S. L., Urbán, J. R., Gómez-Gallardo, A., y Rosales-Nanduca, H. (2019). The Age of Living Female Gray Whales (Eschrichtius robustus), Estimated from Photographic Identification Data [Reporte publicado en línea en Laguna San Ignacio Ecosystem Science Program]. https://www.graywhaleresearchmexico.org/
  • Moore, S. E. y J. T. Clarke. (2002). Potential impact of offshore human activities on gray whales (Eschrichtius robustus). The Journal of Cetacean Research and Management, 4(1), 19-25. https://doi.org/10.47536/jcrm.v4i1.863
  • Norma Oficial Mexicana nom-0131-semarnat-2010. (2011, 17 de octubre). Diario Oficial de la Federación. https://tinyurl.com/2wf8yuy7
  • Salvadeo, C. J., Gómez-Gallardo, A., Nájera-Caballero, M., Urbán-Ramirez, J., y Lluch-Belda, D. (2015). The Effect of Climate Variability on Gray Whales (Eschrichtius robustus) within Their Wintering Areas. PloS One, 10(8): e0134655. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0134655
  • Stan, J. (2022). Spotted Preying Orcas in Baja Lagoon Jeopardizing Gray Whale Survival. The Science Times. https://tinyurl.com/yx433ham


Recepción: 2024/01/10. Aceptación: 2025/01/16. Publicación: 2025/05/09.

Vol. 26, núm. 3 mayo-julio 2025

Hongos marinos: amigos y rivales

Blanca Isabel Martínez Vargas, Abril Hernández Monroy, Alejandra Barrios Flores, Valeria Sofía Hernández Nava y Patricia Vélez Aguilar Cita

Resumen

Desde la superficie hasta el fondo oceánico, habitan los hongos microscópicos, los cuales, a pesar de ser invisibles a nuestra vista, son cruciales para el funcionamiento adecuado de los ecosistemas marinos. En manglares, arrecifes, playas, la columna de agua y en el fondo del mar, los hongos son responsables de la descomposición de restos orgánicos, promoviendo así, la liberación y distribución de carbono. Además, establecen “amistades” sinceras y feroces “rivalidades” con otros organismos marinos como las bacterias, algas o mamíferos que contribuyen a mantener el ecosistema en equilibrio. Los científicos comenzaron a descubrir los secretos de estas conexiones y creen que estos microorganismos serán aliados importantes para la biorremediación, ¿te gustaría descubrir por qué?
Palabras clave: interacciones marinas, micobucle, micromicetes, bioprospección fúngica, hongos marinos.

Marine fungi: friends and rivals

Abstract

From the surface to the ocean floor, microscopic fungi dwell. Although invisible to the naked eye, they are crucial for the proper functioning of marine ecosystems. In mangroves, coral reefs, beaches, the water column, and the seabed, fungi are responsible for breaking down organic matter, thus promoting the release and distribution of carbon. Moreover, they form sincere “friendships” and fierce “rivalries” with other marine organisms such as bacteria, algae, and mammals, all of which help maintain ecosystem balance. Scientists have begun to uncover the secrets of these interactions and believe that these microorganisms could be key allies in bioremediation. Would you like to find out why?
Keywords: marine interactions, mycoloop, microfungi, fungal bioprospecting, marine fungi.


Los hongos en su entorno

Al pensar en hongos inmediatamente nos vienen a la mente aquellos que comemos, como los champiñones (Agaricus bisporus) o el huitlacoche (Mycosarcoma maydis); los que hemos visto crecer en el suelo de jardines o sobre los troncos de los árboles, e incluso pensamos en personajes famosos como los del videojuego Mario Bros®. Sin embargo, estos increíbles organismos también habitan en numerosos ecosistemas marinos tales como arrecifes, playas, manglares1, en la columna de agua del océano, el fondo marino y muchos otros más. Estimaciones conservadoras sugieren que podrían existir más de 10,000 especies de hongos marinos, de los cuales únicamente se conocen 1,898 (Calabon et al., 2023), por lo que aún existe un gran número de especies de hongos por describir en el mar.

Estos microorganismos son capaces de llevar a cabo funciones vitales como el crecimiento y la reproducción bajo las condiciones ambientales características de los ecosistemas marinos como: una alta salinidad (35 g/L en promedio), un pH básico (8 a 8.3), y valores de presión hidrostática2 que varían entre 1 atm (en aguas superficiales) y hasta 1000 atm (en fosas oceánicas profundas) (Sánchez, 2007) (ver figura 1). Es por ello, que poseen rasgos que les permiten habitar estos ecosistemas, tales como: la regulación de la presión osmótica3 en sus células, para adaptarse a salinidades altas; cambios morfológicos; producción de metabolitos secundarios4; y en algunos grupos, la presencia de flagelos5 que contribuyen a su desplazamiento en el mar (Gladfelter et al., 2019).

Ejemplos de hongos aislados de sedimentos colectados en ventilas hidrotermales de mar profundo

Figura 1. Ejemplos de hongos aislados de sedimentos colectados en ventilas hidrotermales de mar profundo, donde se ilustra su crecimiento en el laboratorio: A) Penicillium brefeldianum. B) Aspergillus sydowii. C) Aspergillus cejpii.
Crédito: elaboración propia.

Los hongos marinos son heterótrofos, o sea, que se alimentan de otros organismos, y desempeñan roles ecológicos como la descomposición de lignocelulosa6 presente en restos orgánicos, y la desintegración de animales muertos, promoviendo así la liberación de carbono orgánico y nutrientes en el océano (Gladfelter et al., 2019). También forman parte de las redes tróficas marinas y establecen interacciones ecológicas con organismos como algas, peces, mamíferos marinos, bacterias e incluso con el ser humano.

Aquí, te estarás preguntando: ¿qué son las interacciones ecológicas? Estas relaciones son las que se establecen entre dos o más organismos, y sus efectos pueden ser benéficos, neutros o perjudiciales y varían en escalas espacio-temporales. Por ejemplo, en el antagonismo o parasitismo, un organismo sobrevive a costa de otro, provocándole daño o incluso la muerte. En el mutualismo o cooperación, los organismos implicados se benefician y comparten recursos. Por el contrario, la competencia es un tipo de interacción, en la cual ambos organismos son perjudicados (ver figura 2).

Interacciones ecológicas entre organismos

Figura 2. Esquema de interacciones ecológicas y los efectos en las especies que participan; (+) significa un estado favorable, (-) un estado perjudicial y (0) un estado neutro en la adecuación de los organismos.
Crédito: elaboración propia.

Existen otros tipos de interacción no tan conocidas como el comensalismo, amensalismo y neutralismo. En el comensalismo, uno de los organismos es beneficiado mientras que el otro no es afectado negativamente ni beneficiado por la interacción. Contrario a ello, en el amensalismo, uno de los organismos es afectado negativamente mientras que el otro permanece estable sin daños ni beneficios. Finalmente, en el neutralismo, los organismos que interaccionan no presentan algún beneficio o efecto negativo cuando conviven, por lo que se mantienen en un estado estable (Begon et al., 2006) (ver figura 2). ¿Cómo son las interacciones ecológicas que establecen los hongos en diferentes ecosistemas marinos?

Los hongos en los manglares

Algunas especies de Aspergillus, Penicillium, y Fusarium establecen una relación endosimbiótica7 con diferentes especies de mangle al sintetizar compuestos antimicrobianos y proteger al mangle de patógenos (Cadamuro et al., 2021). En la rizósfera8, también se lleva a cabo una interacción de cooperación entre el mangle Avicennia sp. y algunos hongos (Trichoderma y Lecanicillium) los cuales, proporcionan al mangle tolerancia a factores de estrés biótico (patógenos) y abiótico (estrés hídrico) y promueven el crecimiento de la planta (Vanegas et al., 2019) (ver figura 3).

Ejemplos de interacción ecológica que pueden presentar los hongos marinos

Figura 3. Ejemplos de interacción ecológica que pueden presentar los hongos marinos en donde (+) significa un efecto benéfico, (-) un efecto perjudicial y (0) un efecto neutro en la adecuación de los organismos.
Crédito: elaboración propia.

En la parte acuática de los manglares, se conocen interacciones de competencia entre hongos y bacterias. La interacción ocurre entre los hongos Cladosporium y Paraphaeosphaeria y bacterias tales como Staphylococcus aureus y Bacillus licheniformis. En esta interacción, los micromicetes9 dañan la estructura de las biopelículas bacterianas10. Por su parte, las bacterias impiden esto mediante la producción de metabolitos secundarios que inhiben el crecimiento de los hongos, evitan el asentamiento de otras especies y alteran la estructura de la comunidad (Miao y Qian, 2005) (ver figura 3).

En este ecosistema también se han detectado interacciones de antagonismo ocasionados por especies fúngicas como Leptosphaeria avicenniae y Trematosphaeria mangrovis. Esta interacción se origina por el biodeterioro11 que generan estos hongos saprobios12 en las partes sumergidas del mangle. No obstante, especies de Penicillium y Aspergillus presentan una interacción de comensalismo en la rizósfera del mangle, al descomponer la materia orgánica acumulada y convertir el fósforo inorgánico poco accesible insoluble a fósforo disponible soluble para las plantas del ecosistema (Kohlmeyer, 1969). De esta forma, los hongos participan como pioneros en la degradación de sustratos, liberan nutrientes al medio y fomentan el establecimiento de otros organismos (Thatoi et al., 2013).

En las columnas de agua

En la columna de agua del océano se presenta una de las interacciones de parasitismo más importantes en los ecosistemas marinos. La interacción inicia cuando hongos Chytridiomycota parasitan al fitoplancton13. A esto se le conoce como mycoloop o micobucle (ver figura 3). En este proceso, los hongos liberan al sistema carbono orgánico disuelto, el cual es utilizado por las bacterias heterótrofas marinas que, a su vez, son consumidas por el zooplancton14 (Kagami et al., 2014). De esta forma, los hongos marinos influyen en la disponibilidad del carbono en la columna de agua y en el ciclo del carbono marino.

Los hongos marinos establecen interacciones antagónicas con organismos dentro de la columna de agua causando algunas enfermedades, no obstante, son poco comunes. Por ejemplo, los mamíferos marinos como focas y delfines pueden contraer criptococosis, una enfermedad causada por los hongos Cryptococcus neoformans y Cryptococcus gattii, que puede afectar el tracto respiratorio y el sistema nervioso central. Sin embargo, se ha reportado que estas infecciones ocurren esporádicamente y sólo cuando el organismo está en contacto con otros organismos enfermos o sitios que dispersan al patógeno como escorrentías15 o afluentes (Danesi et al., 2021).

Arrecifes coralinos y ecosistemas costeros

En arrecifes coralinos, una de las interacciones antagonistas conocidas ocurre entre el coral Gorgonia ventalina y los hongos asociados a sus tejidos (comúnmente de los géneros Penicillium y Aspergillus). Los corales pueden enfermar de aspergilosis (enfermedad cuyo agente causal conocido es Aspergillus sydowii y provoca lesiones o la muerte del coral) debido a condiciones estresantes (por ejemplo, aumento de la temperatura del agua). Sin embargo, ahora se sabe que esta enfermedad también puede presentarse a causa de la disminución de la micobiota nativa (hongos comúnmente asociados al coral), dando como resultado el crecimiento de hongos patógenos oportunistas (como Aspergillus flavus, Penicillium citrinum, Tritirachium sp. entre otros) en el tejido del coral (Toledo-Hernández et al., 2008). Al parecer, las enfermedades provocadas por hongos en los corales son más complejas de lo que parece, por lo que es necesario seguir estudiando la dinámica de las interacciones en la micobiota de los corales y su efecto en sus hospederos.

En las esponjas, el mutualismo es una de las interacciones mejor estudiadas. Por ejemplo, los hongos proporcionan nutrientes, protección contra la luz ultravioleta y producción de metabolitos secundarios con efecto antimicrobiano (Maldonado et al., 2005; Suryanarayanan, 2012). Incluso, se ha reportado que en Chondrilla nucula, las esponjas madre transmiten algunos de estos hongos a sus hijos, por lo que se cree que esta interacción es fundamental durante su desarrollo.

Las interacciones ecológicas pueden llegar a ser bastante complejas e involucrar a más de un organismo. Tal es el caso del antagonismo generado por el alga Lobophora variegata, que mediante la producción de sustancias antifúngicas como la loboforolida, evita el ataque de hongos como Dendryphiella salina, Lindra thalassiae y Candida albicans. Sin embargo, se cree que este antifúngico en realidad es producido por una de las bacterias endosimbióticas del alga (Kubanek et al., 2003).

En el fondo marino y sus ecosistemas extremos

Las ventilas hidrotermales de mar profundo son ecosistemas que destacan por chimeneas con flujos de temperaturas mayores a 350 °C. Los hongos en este ecosistema son saprobios, parásitos o patógenos oportunistas de invertebrados (Burgaud et al., 2014). Un ejemplo, es el antagonismo entre levaduras (Capronia) y mejillones (Bathymodiolus brevior). En esta interacción, las levaduras invaden el tejido del organismo provocando daños severos que pueden llevar a la muerte. En este ecosistema también se llevan a cabo interacciones comensalistas, por ejemplo, entre camarones (Rimicaris exoculata) y levaduras (Candida atlantica y Rhodosporidium diobovatum), en donde las levaduras obtienen nutrientes a partir de la circulación de agua en la cámara branquial de los camarones (Burgaud et al., 2010) (ver figura 3).

Además, en los sedimentos de aguas profundas, se llevan a cabo diferentes tipos de interacción incluyendo antagonismos y competencias entre hongos, bacterias y arqueas a través de compuestos antimicrobianos. Estas interacciones han sido poco estudiadas por la dificultad de obtener muestras de estos ecosistemas, por lo que aún hay muchos detalles por conocer de estos sitios extremos (Redou et al., 2015). En los ecosistemas bentónicos16, por ejemplo, en la Antártida los hongos marinos establecen interacciones con macroalgas. Estas interacciones pueden ser mutualismo o parasitismo (Varrella et al., 2021).

Conclusión

Las interacciones que establecen los hongos marinos entre ellos y con otros organismos, son cruciales para el funcionamiento adecuado de los ecosistemas marinos, ya que impactan en la descomposición de restos orgánicos, promoviendo así, la liberación y distribución de carbono. Estas “amistades” sinceras y feroces “rivalidades” contribuyen a mantener el ecosistema en equilibrio. Además, promueven la producción de metabolitos secundarios que pueden contribuir a la creación de nuevos fármacos como los antibióticos (Burgaud et al., 2014).

Por ejemplo, a través del análisis de las interacciones entre hongos y bacterias de manglares, se descubrieron compuestos con propiedades antimicrobianas y anti-incrustantes (Nicolás et al., 2018). El incrustamiento marino es la acumulación de microorganismos, larvas, entre otros, en superficies sumergidas en el agua. Estos organismos corroen y dañan las superficies en las que se encuentran. El incrustamiento marino es difícil de prevenir y combatir por lo que causa pérdidas económicas importantes. Por lo tanto, sustancias con propiedades antibacterianas son una solución a esta situación al inhibir el crecimiento de microorganismos en las superficies de construcciones. Este tipo de estudios contribuyen al hallazgo de nuevas biomoléculas con uso potencial en beneficio del ser humano.

Los hongos marinos también poseen un gran potencial en áreas como la biorremediación17. Se ha demostrado que, durante interacciones con bacterias, se genera una sinergia debido a la cooperación metabólica que se presenta entre estos dos grupos (hongos y bacterias), que se traduce en un mayor impacto en la biorremediación en conjunto que la que se podría realizar únicamente por hongos (McGenity et al., 2012). Este tipo de investigaciones actualmente se encuentran en desarrollo, sin embargo, tienen un prometedor futuro.

Sitios de interés

Referencias

  • Begon, M., Townsend, C. R., y Harper, J. L. (2006). Ecology from individuals to ecosystems (4.a ed.). Blackwell Publishing. https://tinyurl.com/msctzuan
  • Burgaud, G., Arzur, D., Durand, L., Cambon-Bonavita, M. A., y Barbier, G. (2010). Marine culturable yeasts in deep-sea hydrothermal vents: Species richness and association with fauna. fems Microbiology Ecology, 73(1),121-133. https://doi.org/10.1111/j.1574-6941.2010.00881.x
  • Burgaud, G., Meslet‐Cladière, L., Barbier, G., y Edgcomb, V. P. (2014). Astonishing Fungal Diversity in Deep‐Sea Hydrothermal Ecosystems: An Untapped Resource of Biotechnological Potential? En S. La Barre y J. M. Kornprobst (Eds.), Outstanding Marine Molecules (pp. 85-98). John Wiley & Sons Online Library. https://doi.org/10.1002/9783527681501.ch04
  • Cadamuro, R. D., da Silveira Bastos, I. M. A., Silva, I. T., Cabral da Cruz, A.C., Robl, D., Sandjo Pergaud, L., Alves, S., Lorenzo, J. M., Rodríguez-Lázaro, D., Treichel, H., Steindel, M., y Fongaro, G. (2021). Bioactive compounds from mangrove endophytic fungus and their uses for microorganism control. Journal of Fungi, 7(6), 2-19. https://doi.org/10.3390/jof7060455
  • Calabon, M. S., Gareth Jones, E. B., Pang, K. L., Abdel-Wahab, M. A., Jin, J., Devadatha, B., Sadaba, R. B., Apurillo, C. C., y Hyde, K. D. (2023). Updates on the classification and numbers of marine fungi. Botanica Marina, 66(4), 213-238. https://doi.org/10.1515/bot-2023-0032
  • Danesi, P., Falcaro, C., Schmertmann, L. J., Monteiro de Miranda, L. H., Krockenberger, M., y Malik, R. (2021). Cryptococcus in wildlife and free-living mammals. Journal of Fungi, 7(1), 1-23. https://doi.org/10.3390/jof7010029
  • Galicia-Nicolás, E. D. C., Águila-Ramírez, R. N., Rico-Virgen, E. G., y Medina-López, M. A. (2018). Colonización y sucesión de organismos marinos implicados en el proceso de biofouling en paneles sumergidos en la Paz, Baja California Sur, México. En A. Pérez-Morales y M.C. Álvarez-García (Coords.), Estudios recientes en el Océano Pacífico Mexicano (pp. 25-42). Universidad de Colima.
  • Gladfelter, A. S., James, T. Y., y Amend, A. S. (2019). Marine fungi. Current Biology, 29(6), R191-R195. https://doi.org/10.1016/j.cub.2019.02.009
  • Kagami, M., Miki, T., y Takimoto, G. (2014). Mycoloop: Chytrids in aquatic food webs. Frontiers in Microbiology, 5, 1-9. https://doi.org/10.3389/fmicb.2014.00166
  • Kohlmeyer, J. (1969). Ecological notes on fungi in Mangrove forests. Transactions of the British Mycological Society, 53(2), 237-250. https://doi.org/10.1016/s0007-1536(69)80058-6
  • Kubanek, J., Jensen, P. R., Keifer, P. A., Sullards, M. C., Collins, D. O., y Fenical, W. (2003). Seaweed resistance to microbial attack: A targeted chemical defense against marine fungi. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 100(12), 6916-6921. https://doi.org/10.1073/pnas.1131855100
  • Maldonado, M., Cortadellas, N., Trillas, M-I., y Rutzler, K. (2005). Endosymbiotic yeast maternally transmitted in a marine sponge. Biological Bulletin, 209(2),94-106. https://doi.org/10.2307/3593127
  • McGenity, T. J., Folwell, B. D., McKew, B. A., y Sanni, G. O. (2012). Marine crude-oil biodegradation: a central role for interspecies interactions. Aquatic Biosystems, 8(1), 1-19. https://doi.org/10.1186/2046-9063-8-10
  • Miao, L., y Qian, P. Y. (2005). Antagonistic antimicrobial activity of marine fungi and bacteria isolated from marine biofilm and seawaters of Hong Kong. Aquatic microbial ecology, 38(3), 231-238. http://dx.doi.org/10.3354/ame038231
  • Sánchez, O. (2007). Ecosistemas acuáticos: diversidad, procesos, problemática y conservación. En O. Sánchez, M. Herzig, E. Peters, R. Márquez y L. Zambrano (Eds.), Perspectivas sobre conservación de ecosistemas acuáticos en México (pp.11-36). Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Instituto Nacional de Ecología, United States Fish & Wildlife Service, Unidos por la Conservación A.C y Escuela de Biología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
  • Suryanarayanan, T. S. (2012). The diversity and importance of fungi associated with marine sponges. Botanica Marina, 55(6), 553-564. https://doi.org/10.1515/bot-2011-0086
  • Thatoi, H., Behera, B. C., y Mishra, R. R. (2013). Ecological role and biotechnological potential of mangrove fungi: a review. Mycology, 4(1), 54-71. https://doi.org/10.1080/21501203.2013.785448
  • Toledo-Hernández, C., Zuluaga-Montero, A., Bones-González, A., Rodríguez, J. A., Sabat, A. M., y Bayman, P. (2008). Fungi in healthy and diseased sea fans (Gorgonia ventalina): is Aspergillus sydowii always the pathogen? Coral Reefs, 27(3), 707-714. https://doi.org/10.1007/s00338-008-0387-2
  • Vanegas, J., Muñoz-García, A., Pérez-Parra, K. A., Figueroa-Galvis, I., Mestanza, O., y Polanía, J. (2019). Effect of salinity on fungal diversity in the rhizosphere of the halophyte Avicennia germinans from a semi-arid mangrove. Fungal Ecology, 42, 1-9. https://doi.org/10.1016/j.funeco.2019.07.009
  • Varrella, S., Barone, G., Tangherlini, M., Rastelli, E., Dell’anno, A., y Corinaldesi, C. (2021). Diversity, ecological role and biotechnological potential of antarctic marine fungi. Journal of Fungi, 7 (5), 1-24. https://doi.org/10.3390/jof7050391


Recepción: 2024/01/30. Aceptación: 2024/09/02. Publicación: 2025/05/09.

Vol. 26, núm. 3 mayo-julio 2025

¿Y si pudiéramos ver el calor? Lo que no se ve, pero se siente

Adrián Felipe Bedoya Pérez y Ernesto Marín Moares Cita

Resumen

¿Alguna vez te has preguntado cómo los científicos pueden “ver” el calor? La termografía infrarroja, una tecnología capaz de capturar la radiación térmica que emiten los objetos, permite explorar un mundo invisible para el ojo humano. Aunque es conocida por su uso en la observación nocturna de personas y animales, esta técnica tiene mucho más que ofrecer. En su variante activa, no sólo se detecta el calor, sino que se estimula de manera controlada, abriendo un abanico de posibilidades para analizar materiales sin dañarlos. Este artículo te llevará al corazón de la termografía infrarroja activa: su funcionamiento, aplicaciones y, lo más emocionante, cómo puedes usar cámaras convencionales para obtener resultados sorprendentes, sin necesidad de costosos equipos profesionales. Gracias a esta accesibilidad, esta herramienta podría transformarse en una pieza clave en la educación, la investigación y la industria, democratizando el acceso a una tecnología poderosa. Descubre cómo esta innovadora técnica está cambiando la forma en que entendemos el calor y cómo su potencial aún tiene mucho por explorar.
Palabras clave: termografía, infrarroja, radiación, inspección, tecnología.

What if we could see heat? What can’t be seen but can be felt

Abstract

Have you ever wondered how scientists can “see” heat? Infrared thermography, a technology capable of capturing the thermal radiation emitted by objects, allows us to explore a world invisible to the human eye. Although it is well known for its use in nighttime observation of people and animals, this technique has much more to offer. In its active form, heat is not only detected, but also stimulated in a controlled manner, opening up a range of possibilities for analyzing materials without damaging them. This article takes you to the core of active infrared thermography: how it works, its applications, and—most excitingly—how you can use conventional cameras to achieve surprising results, without the need for expensive professional equipment. Thanks to this accessibility, the technique could become a key tool in education, research, and industry, democratizing access to a powerful technology. Discover how this innovative technique is changing the way we understand heat—and how its potential is still far from fully explored.
Keywords: thermography, infrared, radiation, inspection, technology.


¿A poco el calor también se ve?

Apenas te acercas a la estufa caliente, lo sabes al instante: el aire a su alrededor se siente diferente, como si te envolviera en una capa invisible. La cercanía es inmediata, pero el calor no lo ves, sólo lo sientes. Si pudieras verlo, como si tuvieras los ojos de un superhéroe, observarías cómo el calor fluye, desplazándose sin cesar desde la superficie de la estufa hacia el aire, hacia ti, hacia todo lo que la rodea. Esa energía que se dispersa es la misma que los científicos han aprendido a visualizar mediante la termografía infrarroja.

Imagina tener una cámara especial, no una común que ve lo que vemos a simple vista, sino una que captura esas huellas invisibles del calor. Con ella, podrías ver el calor no sólo de la estufa, sino también de cualquier objeto a tu alrededor: los muros de tu casa, el borde de una taza, la piel de una fruta. Todo emite una radiación térmica, una firma única que revela secretos ocultos.

La termografía infrarroja no es sólo una técnica usada en laboratorios o en la industria; es una ventana a un mundo oculto. A través de cámaras termográficas, podemos traducir el calor que emiten los objetos en imágenes de colores, mostrando cómo se distribuye la temperatura en las superficies que observamos (Ibarra-Castanedo et al., 2013). Este fenómeno se llama termografía pasiva, uno de los dos tipos de termografía que existen. El otro, la termografía activa, funciona de manera distinta: aquí el objeto no sólo emite calor de manera natural, sino que lo recibe de una fuente controlada, como una vela encendida o la luz solar concentrada. Así, la cámara termográfica no sólo muestra lo que ya está ocurriendo, sino lo que se genera bajo condiciones controladas (Budzier y Gerlach, 2018).

Este artículo se centrará en la termografía activa, explorando su funcionamiento, sus aplicaciones y cómo puede ser una herramienta accesible, incluso para quienes no cuentan con equipos profesionales de alto costo. De hecho, es posible obtener resultados sorprendentes con cámaras convencionales, lo que abre un abanico de posibilidades para la ciencia, la medicina y, por qué no, para experimentos caseros.

Para comprender cómo funciona la termografía infrarroja, es esencial entender cómo se transfiere el calor. Probablemente has experimentado esa sensación al acercarte a la estufa caliente, donde el calor parece moverse de manera casi mágica. Pero, lejos de la magia, lo que ocurre es un proceso científico que se puede explicar de tres maneras: conducción, convección y radiación:

  • La conducción es el primer fenómeno de transferencia de calor. Ocurre cuando un objeto entra en contacto físico con otro más frío, y el calor se propaga hacia el segundo, como cuando tocas una estufa caliente.
  • La convección, por su parte, se da cuando el calor se propaga a través de un fluido, como el aire. Por ejemplo, el aire sobre la estufa está más caliente y menos denso que el aire por encima, por lo que asciende. A su vez, el aire frío baja y se calienta, creando un ciclo de corrientes convectivas que transportan calor.
  • Finalmente, la radiación es el fenómeno en el cual el calor puede propagarse entre dos cuerpos a diferentes temperaturas, sin necesidad de contacto físico. Así es como percibimos el calor del Sol y, a distancia, el de una estufa caliente. Si pudiéramos poner la estufa en un espacio sin aire, aún sentiríamos su calor, porque la radiación térmica también se propaga a través del vacío (McGraw-Hill Education, 1998).

Del Sol a la estufa: ¿qué es eso de la radiación térmica?

La radiación electromagnética no se limita sólo a la luz visible, aquella que nuestros ojos pueden percibir. En el espectro electromagnético existen otras formas de radiación que permanecen fuera de nuestro alcance visual. Entre ellas se encuentra la radiación térmica, que tiene longitudes de onda más largas y es menos energética que la luz visible, y que comúnmente conocemos como radiación infrarroja (Alonso y Finn, 1986). Para entender mejor este concepto, podemos observar la figura 1, que esquematiza la distribución del espectro electromagnético. Este abarca desde las ondas de radio, que son muy largas, hasta los rayos gamma, de corta longitud y alta energía. En el medio se encuentra la luz visible, la única que podemos percibir, y justo después del color rojo, se encuentra el infrarrojo, la radiación que utilizamos en termografía para detectar calor.

Espectro electromagnético

Figura 1. Espectro electromagnético.
Crédito: Elaboración propia.

Todo cuerpo emite radiación térmica, incluso las personas. La cantidad y la longitud de onda de esta radiación dependen de la temperatura del objeto emisor. A medida que la temperatura aumenta, la radiación se intensifica y su espectro se desplaza hacia la región visible del espectro electromagnético. Por ejemplo, los objetos a temperaturas cercanas a la del cuerpo humano emiten radiación en el infrarrojo, razón por la cual no los vemos en la oscuridad. Sin embargo, a temperaturas mucho más altas, como la de nuestro Sol, una parte significativa de la radiación emitida es percibida por nuestros ojos como luz visible.

Ojos que sí ven: cámaras que detectan lo invisible

En nuestro día a día, los aparatos que nos permiten ver más allá de lo evidente se han convertido en herramientas indispensables. Entre ellos, las cámaras termográficas han ganado popularidad. Aunque muchas veces las llamamos cámaras térmicas o infrarrojas, el término correcto es cámaras termográficas, porque lo que realmente nos muestran no es una simple imagen, sino un gráfico térmico del objeto que estamos observando, conocido como un mapa de calor o termograma. Este mapa asigna colores que van del rojo al azul para indicar las temperaturas más altas y bajas de la superficie, convirtiendo lo invisible en algo tangible ante nuestros ojos.

Si alguna vez has utilizado una cámara digital convencional, sabrás cómo captura imágenes de la luz reflejada desde los objetos. Ahora imagina una cámara que no ve la luz, sino el calor que emiten los objetos. Es ahí donde entra el truco de las cámaras termográficas. A diferencia de las cámaras convencionales, estas requieren lentes especiales, hechas de materiales como el germanio, un compuesto que puede reflejar la luz y transmitir radiación térmica, algo que las lentes comunes no pueden hacer.

Para visualizar esto mejor, veamos la figura 2, que nos presenta una imagen comparativa. A la izquierda, tenemos una fotografía tomada con una cámara convencional (a, c), y a la derecha, el termograma de esa misma mano, captado por una cámara termográfica (b, d).

Imagen térmica

Figura 2. A la izquierda, la mano derecha de uno de los autores fotografiada con una cámara convencional (Samsung Galaxy S9). A la derecha, la imagen térmica obtenida con una cámara termográfica (Super IR Cam2S, Shenzhen Mega Idea Technology Co., Ltd.).
Crédito: Elaboración propia.

En la imagen (a), la cámara convencional“ve” la luz reflejada por la mano, mientras que en (b), la cámara termográfica detecta la radiación térmica infrarroja que emite. Notemos que la mano, a temperatura corporal, irradia más calor que el anillo en el dedo anular, lo cual se refleja en diferentes colores en el mapa térmico. En (c), podemos ver que la radiación visible pasa a través de una placa de vidrio, pero no lo hace con una placa de germanio, como se muestra en (d). El germanio permite que la radiación infrarroja pase, mientras que el vidrio la bloquea. A su vez, los materiales metálicos como el acero inoxidable de los soportes impiden el paso de ambas radiaciones, creando una especie de “huella” que puede identificarse según el material.

¿Cómo funciona la termografía? Más allá de ver el calor

La técnica que utiliza las cámaras termográficas para el análisis y la inspección de materiales recibe el nombre de termografía infrarroja. Existen dos tipos de termografía: la pasiva y la activa (Maldague, 2012).

La termografía pasiva es la más común, ya que detecta la radiación natural emitida por los objetos, sin necesidad de estímulos externos. Esta técnica no sólo se utiliza para medir temperaturas, si no que es capaz de ofrecer mapas térmicos que tienen aplicaciones muy variadas. Desde la inspección de estructuras (Kim et al., 2023), la detección de puntos calientes en dispositivos electrónicos (Stoynova et al., 2022), hasta la observación de fugas en tuberías (Wang et al., 2022) o la evaluación de cultivos y alimentos (Parihar et al., 2021; Li et al., 2024). Además, tiene aplicaciones en el campo de la medicina (Strasse et al., 2022) y en el análisis de obras de arte (Rippa et al., 2021), entre otros.

Una de las grandes ventajas de la termografía pasiva es que permite realizar mediciones a distancia, lo que la hace ideal para inspeccionar equipos de alta tensión, turbinas u hornos. Incluso se ha utilizado para explorar el universo, detectando la radiación infrarroja emitida por cuerpos celestes.

Por otro lado, en la termografía activa, se recurre a una fuente de calor externa para estimular la emisión de radiación térmica en los materiales. El objetivo es elevar la temperatura del objeto y detectar las diferencias térmicas entre las distintas zonas. Esto resulta útil, por ejemplo, para medir propiedades termo-físicas como la difusividad térmica (que indica qué tan rápido se propaga el calor en un material) y la conductividad térmica (que mide qué tan bien un material conduce el calor). También se emplea para detectar defectos en materiales, como grietas o incrustaciones subsuperficiales lo cual sería imposible ver a simple vista, como ocurre a veces en los fuselajes de los aviones (Maldague, 2001).

El proceso de calentamiento puede realizarse de diversas maneras, pero una de las más utilizadas es el uso de láseres. Estos se hacen incidir sobre la muestra de manera periódica, interrumpiendo y dejando pasar el haz de luz a intervalos regulares. La energía luminosa se convierte en calor, que se propaga a través del material y sus alrededores. Las oscilaciones térmicas que resultan de este proceso se capturan en imágenes térmicas, las cuales son luego analizadas computacionalmente para extraer información valiosa, y, a veces, comparadas con modelos físico-matemáticos que replican las condiciones experimentales (Bedoya et al., 2023).

No sólo calienta: lo que revela la termografía activa

Imaginemos ahora cómo se organiza un sistema experimental para realizar inspecciones mediante termografía infrarroja activa. En la figura 3, encontramos un esquema sencillo que ilustra el proceso. En este sistema, un rayo láser de intensidad variable se dirige cuidadosamente a través de lentes hacia un espejo de cristal de germanio. Este espejo no sólo refleja el láser hacia la muestra, sino que también bloquea la luz visible que podría interferir con la precisión de la cámara termográfica. La radiación infrarroja emitida por la muestra, sin embargo, pasa sin obstáculos a través del espejo y llega directamente a la cámara, tal como se explicó en la figura 2.

La muestra sobre la que se realiza la prueba se coloca en un dispositivo que le permite moverse en diferentes direcciones, lo que facilita la selección del punto exacto donde el láser incide. La energía del láser, al entrar en contacto con la muestra, es absorbida parcialmente, convirtiéndose en calor. Este calor se difunde por toda la muestra, generando variaciones térmicas en su superficie, que son captadas por la cámara termográfica. La cámara, conectada a una computadora, procesa los datos y produce una imagen térmica que revela las diferencias de temperatura y las características del material.

Esquema para termografía infrarroja activa

Figura 3. Esquema del sistema utilizado para hacer pruebas con termografía infrarroja activa. Muestra los elementos principales que permiten dirigir el láser hacia la muestra, registrar la radiación infrarroja y obtener una imagen térmica.
Crédito: Elaboración propia.

¿Qué nos dice la termografía activa sobre los materiales?

Para explorar esta pregunta, debemos analizar algunas aplicaciones prácticas que ilustran el poder de esta técnica. Las figuras 4, 5, 6 y 7 ofrecen ejemplos reveladores que muestran cómo la termografía puede desvelar aspectos cruciales de los materiales.

En la figura 4, las imágenes térmicas de dos materiales diferentes muestran su capacidad para conducir y difundir el calor. Este tipo de medición es esencial para entender las propiedades térmicas de los materiales (Bedoya et al., 2023). En ambos casos (figura 4 a) y 4 b)), el láser se aplica en el centro de la muestra, lo que coincide con el punto central de las imágenes.

El primer material, representado en la figura 4 a), es un bloque de acero inoxidable aisi-304. Este acero, utilizado comúnmente en electrodomésticos, equipos médicos, utensilios de cocina y joyería, tiene una característica esencial: es isotrópico. Esto significa que el calor se distribuye uniformemente en todas las direcciones, lo que da como resultado una imagen circular.

Por el contrario, en la figura 4b), se observa una lámina de fibras de carbono, un material conocido por su alta resistencia y ligereza, ampliamente utilizado en la fabricación de componentes de aviones, drones y piezas deportivas. A diferencia del acero, el carbono es anisotrópico: el calor no se propaga de manera uniforme, sino que se distribuye más fácilmente en la dirección de las fibras. Esta diferencia se refleja en una imagen térmica elíptica, alargada en la dirección horizontal, donde el calor se distribuye más eficientemente.

Existen modelos matemáticos que describen cómo se comportan estas imágenes y la distribución del calor, y estos modelos se utilizan para extraer información valiosa de los experimentos (Bedoya et al., 2023).

Imágenes térmicas

Figura 4. Imágenes térmicas de dos materiales con comportamientos diferentes frente al calor. En (a), el calor se distribuye de forma uniforme en un bloque de acero inoxidable, mientras que en (b), el calor se concentra en la dirección de las fibras de una lámina de carbono.
Crédito: Elaboración propia.

La figura 5 muestra otra forma de usar la termografía: observar qué pasa con un objeto cuando se mueve. En este caso, se trata de un bloque de acero inoxidable (aisi-304) que avanza a velocidad constante mientras un rayo láser lo ilumina. Este experimento simula una situación real, como las que ocurren en una línea de producción. Gracias a este tipo de pruebas, se puede estudiar cómo se comporta el material con el calor en movimiento, algo muy útil para controlar la calidad de los productos (Gaverina et al., 2019).

Termograma de un objeto en movimiento

Figura 5. Termograma de un objeto en movimiento.
Crédito: Elaboración propia.

Otro ejemplo interesante aparece en la figura 6, donde se analizan grietas entre dos materiales. En la imagen 6a, un bloque de acero se encuentra en contacto con un polímero llamado peek, que se usa en componentes electrónicos y en sectores como la industria médica o aeroespacial. Gracias a la imagen térmica, fue posible detectar una grieta muy delgada entre ambos materiales, de menos de 50 micrómetros (González et al., 2019). En la imagen 6b, los dos bloques son del mismo material (acero), pero esta vez la grieta se ha rellenado con agua para estudiar cómo cambia la conducción del calor (Bedoya et al., 2020). En ambos casos, la grieta actúa como una barrera térmica: el calor no pasa con facilidad y eso se refleja como un cambio en la temperatura captado por la cámara.

Termogramas de dos materiales

Figura 6. Termogramas de dos materiales en contacto: uno con una grieta al aire (a) y otro con la grieta llena de agua (b).
Crédito: Elaboración propia.

Algo parecido sucede cuando el calor encuentra un defecto que no está en la superficie, sino más adentro. Eso se muestra en la figura 7, donde se observa una placa de ácido poliláctico (pla), un plástico común en la impresión 3D. Aunque a simple vista parece estar en buen estado, la cámara térmica revela dos defectos ocultos a distintas profundidades. Este tipo de análisis es muy útil, por ejemplo, para revisar estructuras de aviones y asegurarse de que no haya daños invisibles que puedan representar un riesgo (Ciampa et al., 2018).

Defectos internos en una placa de pla

Figura 7. Defectos internos en una placa de pla detectados con termografía.
Crédito: Elaboración propia.

Sin embargo, a pesar de estas aplicaciones prometedoras, el uso generalizado de la termografía sigue estando restringido por el alto costo de las cámaras termográficas profesionales de grado de investigación, que pueden superar los $100,000 usd. El alto precio se debe a la sensibilidad y resolución de sus sensores, los cuales están refrigerados a temperaturas criogénicas, y a su procesamiento digital integrado.

A pesar de esto, la figura 8 muestra termogramas obtenidos con una cámara termográfica de bajo costo (aproximadamente $300 usd), utilizando un algoritmo desarrollado para la adquisición y procesamiento de datos. Aunque la resolución de estas cámaras es inferior, los resultados obtenidos son sorprendentemente similares a los de una cámara profesional.

Imágenes térmicas obtenidas con una cámara de bajo costo

Figura 8. Imágenes térmicas obtenidas con una cámara de bajo costo. En (a), se muestra un experimento con un bloque de acero inoxidable (AISI-304), y en (b), dos materiales distintos separados por una grieta microscópica.
Crédito: Elaboración propia.

En la figura 8 a), se observa un experimento en un bloque de aisi-304, mientras que en la figura 8 b) se muestran dos materiales diferentes con una grieta horizontal micrométrica que los separa, un caso similar al de la figura 6 a). Estos ejemplos demuestran que, a pesar de las limitaciones, el desarrollo de sistemas de termografía activa de bajo costo es una posibilidad cada vez más alcanzable.

Termografía para el futuro: ver el calor con otros ojos

La radiación térmica, esa energía invisible que emiten los cuerpos calientes, va mucho más allá de las sencillas aplicaciones cotidianas que todos conocemos: no se trata sólo de calentar nuestros cuerpos en invierno o disfrutar del sol en la playa. Hoy, gracias a los avances en las técnicas de análisis, esta radiación se convierte en una herramienta poderosa para inspeccionar y entender los materiales de una manera precisa y profunda. La termografía infrarroja activa, por ejemplo, es una de las técnicas que ha transformado este campo. A medida que las cámaras termográficas se vuelven más compactas, duraderas, sensibles y accesibles, esta tecnología abre nuevas puertas en áreas tan diversas como la industria, la salud y el medio ambiente.

Lo más alentador de todo es que México está comenzando a destacarse en la vanguardia de este fascinante campo, abriendo camino hacia descubrimientos que antes parecían lejanos. Este es sólo el principio; es crucial que sigamos impulsando la investigación y la formación aplicada en este terreno. Porque sólo con un esfuerzo conjunto podremos desvelar más de los misterios de lo invisible, transformar ese conocimiento en innovación tangible y, en última instancia, aplicar estos avances para el beneficio de la sociedad en su conjunto.

Referencias

  • Alonso, M., Finn, E.J. (1986) Física, Volumen III: Fundamentos cuánticos y estadísticos. Addison-Wesley
  • Bedoya, A., Colom, M., Mendioroz, A., Salazar, A., y Marín, E. (2020). Measurement of the thermal conductivity of fluids using laser spot lock-in thermography. Measurement, 158, 107740. https://doi.org/10.1016/j.measurement.2020.107740.
  • Bedoya, A., Marín, E., Puldón, J. J., y García Segundo, C. (2023). On the thermal characterization of insulating solids using laser spot thermography in a front detection configuration. International Journal of Thermophysics, 44, 27. https://doi.org/10.1007/s10765-022-03138-2.
  • Budzier, H., & Gerlach, G. (2018). Active Thermography. En Springer eBooks (pp. 1-19). https://doi.org/10.1007/978-3-319-30050-4_13-1.
  • Ciampa, F., Mahmoodi, P., Pinto, F., y Meo, M. (2018). Recent advances in active infrared thermography for non-destructive testing of aerospace components. Sensors, 18, 609. https://doi.org/10.3390/s18020609.
  • Gaverina, L., Bensalem, M., Bedoya, A., Gonzalez, J., Sommier, A., Battaglia, J. L., Salazar, A., Mendioroz, A., Oleaga, A., Batsale, J. C., y Pradere, C. (2019). Constant velocity flying spot for the estimation of in-plane thermal diffusivity in anisotropic materials. International Journal of Thermal Sciences, 145, 1–13. https://doi.org/10.1016/j.ijthermalsci.2019.106000.
  • González, J., Bedoya, A., Mendioroz, A., y Salazar, A. (2019). Measuring the thermal resistance of vertical interfaces separating two different media using infrared thermography. International Journal of Thermal Sciences, 135, 410. https://doi.org/10.1016/j.ijthermalsci.2018.09.026.
  • Ibarra-Castanedo, C., Tarpani, J. R., y Maldague, X. P. V. (2013). Nondestructive testing with thermography. European Journal Of Physics, 34(6), S91-S109. https://doi.org/10.1088/0143-0807/34/6/s91.
  • Kim, H., Lamichhane, N., Kim, C., y Shrestha, R. (2023). Innovations in building diagnostics and condition monitoring: A comprehensive review of infrared thermography applications. Buildings, 13(11), 2829. https://doi.org/10.3390/buildings13112829.
  • Li, L., Jia, X., y Fan, K. (2024). Recent advance in nondestructive imaging technology for detecting quality of fruits and vegetables: A review. Critical Reviews in Food Science and Nutrition, 1–19. https://doi.org/10.1080/10408398.2024.2404639.
  • Maldague, X. P. V. (2012). Nondestructive evaluation of materials by infrared thermography. Springer Science Business Media.
  • Maldague, X. P. V. (2001). Theory and practice of infrared technology for nondestructive testing. Wiley-Interscience.
  • McGraw-Hill Education. (1998). Handbook of Heat Transfer. McGraw-Hill Education – Access Engineering. https://www.accessengineeringlibrary.com/content/book/9780070535558.
  • Parihar, G., Saha, S., y Giri, L. (2021). Application of infrared thermography for irrigation scheduling of horticulture plants. Smart Agricultural Technology, 1, 100021. https://doi.org/10.1016/j.atech.2021.100021.
  • Rippa, M., Pagliarulo, V., Lanzillo, A., Grilli, M., Fatigati, G., Rossi, P., Cennamo, P., Trojsi, G., Ferraro, P., y Mormile, P. (2021). Active thermography for non-invasive inspection of an artwork on poplar panel: Novel approach using principal component thermography and absolute thermal contrast. Journal of Nondestructive Evaluation, 40, 21. https://doi.org/10.1007/s10921-021-00755-z.
  • Stoynova, A., Bonev, B., Kafadarova, N., y Rizanov, S. (2022). Infrared measurements of temperature anomalies in electronic devices. En IEEE 9th Electronics System-Integration Technology Conference (ESTC), Sibiu, Rumania, 509–515. https://doi.org/10.1109/ESTC55720.2022.9939431.
  • Strasse, W., Ranciaro, M., De Oliveira, K., Campos, D., Mendonça, C., Soni, J., Mendes, J., Nogueira-Neto, G., y Nohama, P. (2022). Thermography applied in the diagnostic assessment of bone fractures. Research on Biomedical Engineering, 38, 733–745. https://doi.org/10.1007/s42600-022-00206-2.
  • Wang, X., Liu, L., Duan, R., Liu, Y., Wei, Z., Yang, X., Liu, X., y Li, Z. (2022). A method for leak detection in buried pipelines based on soil heat and moisture. International Communications in Heat and Mass Transfer, 135, 106123. https://doi.org/10.1016/j.icheatmasstransfer.2022.106123.


Recepción: 2024/02/01. Aceptación: 2025/03/18. Publicación: 2025/05/05.

Vol. 26, núm. 3 mayo-julio 2025

Cuidar la vida: desafíos y prácticas en tiempos de desigualdad

Luis Ernesto Cruz Ocaña, Jania E. Wilson González y Carolina Rivera Farfán Cita

Resumen

Desde las primeras décadas del siglo xxi, y tras la pandemia por Coronavirus, hemos reflexionado sobre la vulnerabilidad de nuestros cuerpos humanos y la necesidad de incorporar prácticas de cuidado en nuestra vida cotidiana. Estas prácticas, centradas en la prevención, mantenimiento y recuperación de la salud física, emocional y mental, incluyen el acompañamiento de personas que requieren atención especial. Este artículo aborda debates actuales sobre el cuidado y el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad corporal, enfocados en cómo influyen en la organización diaria de la vida familiar y las prácticas de cuidado en espacios privados e íntimos. A través de experiencias etnográficas, se propone una reflexión ético-política que busque transformar los esfuerzos fragmentados en “políticas de cuidado” hacia un “sistema de cuidados” integral, particularmente en contextos desiguales como los latinoamericanos.
Palabras clave: cuidado, vulnerabilidad, desigualdad, prácticas sociales, bienestar.

Caring for life: challenges and practices in times of inequality

Abstract

Since the early decades of the 21st century, and following the Coronavirus pandemic, we have reflected on the vulnerability of our human bodies and the need to incorporate care practices into our daily lives. These practices, focused on the prevention, maintenance, and recovery of physical, emotional, and mental health, also include the support of individuals who require special attention. This article addresses current debates on care and the recognition of our bodily vulnerability, focusing on how they influence the daily organization of family life and care practices in private and intimate spaces. Through ethnographic experiences, an ethical-political reflection is proposed to transform fragmented efforts in “care policies” into a comprehensive “care system,” particularly in unequal contexts such as those in Latin America.
Keywords: care, vulnerability, inequality, social practices, well-being.


El cuidado en nuestra vida cotidiana

A partir de las primeras décadas del siglo xxi, y con mayor intensidad tras la pandemia de covid-19, hemos comenzado a pensar de forma más profunda en esa dimensión de fragilidad que atraviesa nuestros cuerpos. La experiencia colectiva del virus nos obligó a mirar de frente nuestra vulnerabilidad, y con ello, a reconocer la urgencia de incorporar, en la vida cotidiana, prácticas de cuidado. Prácticas que hoy buscan prevenir, mantener o recuperar la salud —física, emocional y mental—, pero también acompañar a quienes, por distintas razones, necesitan de otros para sostener su bienestar.

El pensamiento contemporáneo —desde la filosofía, la sociología y la antropología— ha hecho del cuidado un objeto central de reflexión. Comprenderlo desde esta perspectiva, reconociendo la corporalidad vulnerable que nos habita, permite enfocar la atención en las redes de apoyo que tejemos en la intimidad de los hogares, en los vínculos familiares, en las tareas invisibles y cotidianas que garantizan la vida. Esto abre paso a una pregunta ética y política urgente: ¿cómo imaginar, desde el Estado y las comunidades, un sistema de cuidados más justo y articulado? Un sistema que supere la fragmentación de las llamadas “políticas de cuidado” y se asuma como una responsabilidad compartida, sobre todo en sociedades atravesadas por la desigualdad como las latinoamericanas (Alonso et al., 2021).

En este texto presentamos algunos de los principales ejes que han animado los debates recientes sobre el cuidado. Lo hacemos desde una mirada situada, entretejiendo teoría y experiencia, y recuperando casos que ilustran cómo se vive, se distribuye y se disputa el cuidado en contextos concretos. Hablaremos de la vulnerabilidad como condición humana ineludible; de la desigualdad en las necesidades y formas de cuidado; y de las tensiones que emergen cuando estas tareas recaen, una y otra vez, sobre los mismos cuerpos.

De la vulnerabilidad a los cuidados

La vulnerabilidad no es una excepción: es la norma. Todos y todas somos vulnerables. Pero esa fragilidad no se distribuye de manera uniforme. Hay cuerpos más expuestos, vidas más frágiles, existencias que transitan con menos garantías por un mundo que no fue pensado para ellas. Esas vidas —a menudo marcadas por la pobreza, la exclusión o el racismo— necesitan no sólo cuidados específicos, sino una reconfiguración constante de sus formas de habitar el día a día. En muchos casos, son personas —unidas por lazos de sangre o de afecto— quienes se organizan para asegurar que esas vidas sigan adelante.

La vulnerabilidad, entonces, no puede entenderse sin considerar los contextos sociales, políticos y económicos que la producen y la reproducen. No es sólo una condición biológica, si no una experiencia estructurada por relaciones de poder. Como ha señalado Sembler (1219, p. 7), “la experiencia de vulnerabilidad que define a toda existencia corporal debe ser entendida también como una vulnerabilidad social y políticamente estructurada”. Dicho de otro modo: nuestros cuerpos, por el simple hecho de estar en el mundo, están expuestos al daño, pero ese daño no se reparte al azar. Algunos lo enfrentan con más frecuencia, con menos protección, con peores consecuencias.

La pandemia no hizo sino confirmar esa realidad. Las desigualdades preexistentes se profundizaron, y los sectores históricamente desprotegidos fueron, una vez más, los más afectados. Basta pensar en las personas que trabajaban en lo que se definió como “actividades esenciales”, como quienes laboran en el campo. Muchos trabajadores agrícolas asalariados —en particular migrantes centroamericanos— continuaron sus labores en condiciones de riesgo extremo, sin equipo de protección, sin acceso a vacunas, y muchas veces, hacinados en campamentos improvisados. Esto ocurrió, por ejemplo, en las plantaciones de plátano y café del Soconusco, en Chiapas (ver Fotografía 1) (Choy-Gómez y Wilson, 2020).

Jornada de salud

Fotografía 1. Jornada de salud en plantaciones bananeras del Soconusco, Chiapas.
Crédito: Wilson, octubre 2020. En la imagen se observa cómo los/as cortadores/as de café, de distintas generaciones, no habían recibido ningún tipo de insumo de protección para disminuir las posibilidades de contagio de COVID-19.

Este ejemplo nos permite enlazar otra categoría central: el cuidado. El cuidado no es sólo una práctica: es un principio que sostiene la vida. Implica acciones concretas que permiten que el mundo —nuestros cuerpos, nuestras casas, nuestras relaciones— siga funcionando. Fischer y Tronto lo definen como “una actividad de especie que incluye todo aquello que se hace para mantener, continuar y reparar el mundo de tal forma que se pueda vivir en él lo mejor posible. Ese mundo incluye el cuerpo, el propio ser y el entorno, todo lo cual se cultiva para entretejer la red compleja que sustenta la vida” (citado en Ausín y Triviño, 2022, p. 160).1

Si lo pensamos así, queda claro que todas y todos participamos en el cuidado en algún momento de nuestras vidas. Recibimos cuidado, damos cuidado, nos cuidamos. Sin embargo, esa aparente familiaridad puede llevarnos a trivializarlo. ¿Qué entendemos realmente cuando hablamos de cuidado? ¿A quiénes reconocemos como cuidadores? ¿Quiénes tienen el privilegio de recibir cuidado digno?

Vivimos en un contexto donde los valores de productividad, autosuficiencia y competencia se han instalado como ideales deseables. Bajo esta lógica, quienes no se ajustan a ese modelo —por edad, enfermedad o discapacidad— son vistos como una carga. El cuidado, entonces, se reduce a una práctica compasiva, casi caritativa, dirigida a personas “dependientes” que interrumpen la marcha “normal” de la vida.

Pero el cuidado es mucho más que eso. Nos permite pensar, desde lo cotidiano, en las desigualdades de género, en la distribución injusta del tiempo y los recursos, en las múltiples estrategias que las personas —sobre todo mujeres— despliegan para sostener sus vidas y las de los demás. También nos enfrenta a tensiones más estructurales: ¿quién cuida cuando el Estado se retira? ¿Qué papel juegan el mercado, las redes comunitarias, la familia?

Como señalan Faur y Pereyra (2018), estas preguntas abren el debate sobre los arreglos sociales del cuidado: quién lo realiza, bajo qué condiciones, con qué apoyos o ausencias. Porque cuidar —aunque sea una necesidad humana universal— se ha convertido, en muchos casos, en una tarea solitaria, invisibilizada y profundamente desigual.

El cuidado como trabajo: una distribución inequitativa

El estudio de los cuidados comenzó a ganar relevancia a partir de la década de los ochenta, especialmente cuando se abordó la labor de cuidar a aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos o que requieren atención adicional. Este fenómeno no sólo se observa en el ámbito doméstico, sino también en instituciones como residencias para adultos mayores, guarderías, orfanatos, hospitales, y albergues. La necesidad de cuidados, que todos experimentamos en algún momento de nuestra vida, evidencia una paradoja: no todos participamos por igual en esta tarea. Esta desigualdad genera tensiones y conflictos originados por la distribución inequitativa de recursos, derechos y obligaciones en la labor de cuidar y ser cuidados.

Desde las perspectivas feministas, se empezó a discutir críticamente el papel del cuidado en la sociedad. Se introdujo el concepto de “irresponsabilidad privilegiada”, que hace referencia al conjunto de prácticas en las que algunas personas, o incluso instituciones, logran excusarse de las responsabilidades de cuidado porque se consideran ocupadas con tareas “más importantes” (Ausín y Triviño, 2022, p. 164). Esta idea desafía la concepción de que el cuidado es una actividad universal, pues no todos se ven igualmente obligados a participar en ella.

En nuestra experiencia etnográfica en municipios del Soconusco, los Valles Centrales de Tuxtla Gutiérrez y la región fronteriza del estado de Chiapas, México, encontramos que la responsabilidad del cuidado recae, predominantemente, sobre las mujeres. Esta distribución desigual de tareas está profundamente arraigada en una cultura patriarcal que perpetúa la división sexual del trabajo y una organización social injusta en la que las mujeres siguen siendo las principales cuidadoras.

El testimonio de Beatriz ilustra claramente esta realidad. Ella es una mujer jubilada, tras treinta años como docente, que crió tres hijas junto a su esposo, Julio.

Mi esposo nunca ha compartido las tareas del hogar y menos las labores de la crianza de nuestras hijas. Si al menos me hubiera ayudado, muchas cosas estuvieran mejor y tuviéramos una mejor relación. Así es que yo andaba de arriba para abajo, todo el tiempo en las carreras para llegar a tiempo a mi trabajo en la secundaria [donde dio clases], alistando a las niñas para la escuela, preparando el lunch y, por las noches, el trajín de la casa: preparar alimentos, aseo de los espacios, preparar la comida para el día siguiente, servirla, limpiar los platos, meter la ropa a la lavadora los sábados; ir al mercado los domingos y comprar la comida de toda la semana, planchar, eventualmente remendar (coser botones, sobre todo de los uniformes escolares de las niñas), acomodar la ropa… ¡Ufff!, nomás de contártelo ahora, me canso nuevamente. Mira que acababa muy agotada, sobre todo cuando las niñas eran pequeñas. Tenía que apoyarme en mi tía Ofelia o en mi prima Edith para que a veces cuidaran a alguna de las niñas, pues si enfermaba no me la recibían en la guardería. O sea, antes de ir a mi trabajo pasaba repartiendo: unas a la escuela y la otra a casa de Edith o mi tía, y luego al trabajo. Hasta que logré encontrar a Mary [empleada doméstica] pude respirar un poco, o mucho. Ella fue una gran ayuda, una buena nana de mis hijas y un gran apoyo en la casa […].

Julio, normalmente, desde entonces hasta hoy día, sólo se ha dedicado a los pagos de servicios, o a inventar mandados para andar en la calle. Sale en su camioneta y vuelve tarde con el pretexto de que fue a pagar el agua, la luz […] y si era viernes o sábado volvía hasta la noche con aliento alcohólico. Al principio le reclamaba porque no me ayudaba en nada y teníamos muchos pleitos; finalmente opté por no decirle más porque no servía de nada. Me acostumbré a que es el macho y el “hombre de la casa” porque así lo ha dicho siempre (Diario de campo. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, noviembre de 2023).

El caso de Beatriz pone en evidencia cómo, en nuestra cultura, la responsabilidad del cuidado sigue siendo principalmente una cuestión doméstica, lo que impide alcanzar una equidad real. Se considera que la responsabilidad por el bienestar recae sobre las familias, y especialmente sobre las mujeres, a través de redes familiares. Cuando no es posible cumplir con esta carga, y si existen recursos económicos, se recurre a la contratación de trabajadoras remuneradas —generalmente mujeres— para cubrir las necesidades de cuidado, ya sea de personas dependientes o de las tareas domésticas. Esto sucede principalmente cuando se ve como inviable acceder a los servicios formales de cuidado.

La lógica de acumulación capitalista desvaloriza las actividades que no se asocian directamente al intercambio “trabajo-salario”, lo que lleva a que se perciban como una pérdida de tiempo. De esta manera, se invisibiliza su aporte esencial a la reproducción de la vida productiva. En este sentido, el cuidado, especialmente cuando se refiere a la crianza o al cuidado de personas enfermas, se ha considerado históricamente como una responsabilidad femenina. Esto plantea una pregunta fundamental: ¿es el cuidado una obligación exclusivamente femenina?

La respuesta a esta interrogante no es trivial. Aunque en principio no debería ser así, la realidad, como indican los datos de onu Mujeres (febrero de 2024), muestra que las mujeres asumen una carga desproporcionada de trabajo no remunerado a nivel global.2 Esta distribución desigual del trabajo de cuidados es una de las causas más profundas del desempoderamiento económico y social de las mujeres.

Cultural e históricamente, este desequilibrio ha sido legitimado, alimentado por una ideología maternalista que presenta a las mujeres como las encargadas naturales del cuidado, gracias a su “capacidad innata” para llevar a cabo estas tareas con amor y ternura. Nancy Scheper-Hughes (1997, p. 26) desafía esta concepción al afirmar: “El amor materno no es un amor natural; representa más bien una matriz de imágenes, significados, prácticas y sentimientos que siempre son social y culturalmente producidos”. El cuidado, entonces, no es un atributo natural, sino una construcción cultural y social. En este contexto, la “irresponsabilidad privilegiada” del esposo de Beatriz se entiende a través de una carga ideológica que considera el cuidado como una obligación exclusiva de las mujeres.

El reto radica en desafiar este discurso estático y centrarnos en los análisis que subrayan la sostenibilidad de la vida, cuestionando las estructuras rígidas y binarias que aún guían nuestra comprensión de los cuidados. Este enfoque debería incluir una revisión de las emociones y de las formas en que la sociedad organiza el cuidado, para avanzar hacia una concepción más justa y equitativa de este trabajo fundamental.

Prácticas de cuidado en contextos desiguales

En el entramado social de América Latina, donde las brechas de desigualdad son profundas y palpables, la reproducción de la vida se presenta como un desafío. La precariedad económica y social de vastos sectores de la población marca la cotidianidad, y es dentro de estas condiciones donde surge la figura de la “dependencia”. En los grupos familiares, esta condición conlleva reconfiguraciones vitales, y las mujeres, quienes históricamente se han visto asignadas a la tarea de cuidar, son las más afectadas. Las políticas públicas, con sus enfoques familistas y maternalistas, refuerzan esta asignación, viéndolas como las encargadas naturales del trabajo doméstico y de cuidado (Faur y Pereyra, 2018).

La organización familiar, entonces, se ve obligada a adaptarse cuando las circunstancias exigen que las mujeres salgan del espacio doméstico e ingresen al mercado laboral para paliar la situación de precariedad económica que afecta a muchas familias. De este modo, ya no pueden dedicarse por completo al cuidado de los dependientes, lo que genera una creciente desigualdad de género, reflejada en lo que se conoce como las dobles jornadas: cumplir con el trabajo remunerado y seguir siendo responsables del cuidado en el hogar. Beatriz, cuyo relato nos da un ejemplo claro, ilustra cómo muchas mujeres enfrentan esta carga. O, en su defecto, deben recurrir a la colaboración de redes familiares —hermanas, tías, abuelas o vecinas—, para poder hacer frente a las demandas del cuidado.

Cuando no es posible contar con estas redes, o los recursos económicos lo permiten, algunas familias optan por buscar atención en una institucionalidad pública que, en muchas ocasiones, está debilitada o ausente. Alternativamente, recurren a servicios privados, donde a menudo el personal contratado para el cuidado son otras mujeres. Esto se traduce en una especie de intercambio de labores de cuidado, como se muestra en la fotografía siguiente.

Barrio Prosperitat, Barcelona

Fotografía 2. Barrio Prosperitat, Barcelona.
Crédito: Rivera, octubre de 2015. Mujer hondureña en la calle con adulta mayor de Barcelona.

A nivel internacional, las discusiones sobre los cuidados han ganado protagonismo, especialmente al abordar lo que se ha denominado la “crisis de cuidados” (Benería, 2018). Esta crisis no sólo pone en evidencia las desigualdades en países periféricos, donde la institucionalidad pública enfrenta serias dificultades para brindar atención adecuada, sino que también revela disparidades económicas, de género, educativas y culturales (Batthyány, 2021). En muchos casos, los avances hacia el reconocimiento formal del derecho al cuidado son aún lentos, evidenciando la necesidad urgente de repensar cómo se distribuyen las responsabilidades del cuidado.

Un ejemplo de esta crisis es la migración de mujeres latinoamericanas a Europa para trabajar en el sector de cuidados. Investigaciones realizadas entre 2015 y 2016 (Rivera, 2016) mostraron que muchas mujeres de Honduras emigran a Cataluña (España) y al norte de Italia, buscando trabajo como cuidadoras de personas mayores, jubiladas o enfermas. Este fenómeno surge cuando las familias no pueden asumir los costos de residencias geriátricas ni hacerse cargo del cuidado de sus propios familiares.

La historia de estas mujeres migrantes es crucial para entender cómo el tema del cuidado, incluso en países como España, se ha reducido a una responsabilidad privada y familiar. Las mujeres migrantes, muchas de ellas latinoamericanas, se convierten en “empleadas domésticas y cuidadoras de por vida”, como señala Escrivá (citado en Centre d´Estudis Sociológics…, 2011), debido a la falta de movilidad social dentro de un mercado laboral que las segrega y las limita a trabajos de cuidados y servicios domésticos, sin perspectivas de avance. Como se observa en la siguiente fotografía, estas cuidadoras migrantes se enfrentan no sólo al desafío de cuidar a personas ajenas, sino también a la angustia de estar lejos de sus propios hogares, con sus familias, esperando el apoyo económico que ellas proporcionan desde la distancia.

Mujer acompañando a adulta mayor

Fotografía 3. Mujer latinoamericana acompañando a adulta mayor en avenida de Barcelona.
Crédito: Rivera, agosto de 2015.

Este fenómeno de la “transferencia de los cuidados” es particularmente complejo. Al migrar para cuidar a otros, estas mujeres reconfiguran su propia organización familiar, estableciendo nuevas formas de cuidado a distancia. Aunque este trabajo implica sacrificios y un fuerte desapego emocional, también se convierte en una manera de proveer y mantener a sus familias, haciendo posible la reproducción de vidas que siguen siendo, a pesar de la distancia, el motor que impulsa sus decisiones.

Reflexiones finales: el cuidado desde una perspectiva ético-política

A partir de lo expuesto, surge con urgencia la necesidad de replantear la noción de cuidado, no sólo desde las perspectivas políticas, económicas o médico-biológicas, sino también desde su dimensión humano-cultural y relacional. La interdependencia, lejos de ser un inconveniente, constituye un rasgo definitorio de nuestra existencia. Sin embargo, el énfasis excesivo en la normalización, relacionado con los intensos procesos de medicalización y el aumento de políticas sanitarias, termina por invisibilizar a aquellos sectores de la población que no cumplen con los estándares establecidos, dejándolos a menudo relegados al aislamiento de la intimidad familiar.

Es por esto que resulta imperativo incorporar una perspectiva ético-política en el análisis del cuidado, para proponer acciones alternativas que permitan ver el cuidado no sólo en su dimensión productiva y remunerada, como un simple producto capitalizable, sino también en su vertiente reproductiva y no remunerada. Esta última, más allá de las cifras, refleja los conflictos cotidianos que enfrentan las familias, especialmente las mujeres, al intentar organizar el hogar y conciliarlo con las exigencias del trabajo remunerado.

No basta con visibilizar las prácticas de cuidado que se llevan a cabo dentro de los grupos familiares, predominantemente orquestadas por mujeres. Es esencial también reconocer cómo estas prácticas responden a una organización social y política basada en desigualdades de género y en las disparidades en la posesión de capital económico, político y social. El verdadero desafío radica en intervenir en el fortalecimiento de políticas públicas que no sólo reconozcan estas realidades, sino que también propongan un sistema de cuidados que ayude a mitigar esas desigualdades, recuperando la dimensión humana del cuidado: la vulnerabilidad corporal y la necesidad de atención.

Este enfoque debe entender que la vulnerabilidad y las diversas formas de dependencia no son males a erradicar, sino aspectos inherentes a nuestra naturaleza humana. La posibilidad de experimentar el envejecimiento, la enfermedad, la discapacidad, la infancia e incluso la muerte debe ser abordada desde un sentido colectivo, buscando que estas experiencias sean vividas con dignidad. Por lo tanto, adoptar una perspectiva ético-política del cuidado implica no sólo comprender la necesidad de responder por otros en un acto de ayuda y protección mutua, sino también exigir la transformación de las relaciones de poder que estructuran nuestra sociedad. Esto debe llevarnos a un modelo de organización menos excluyente, donde no sólo ciertas personas o instituciones se encarguen del cuidado, sino que toda la población asuma con responsabilidad la tarea de sostener la vida en las mejores condiciones posibles.

Referencias

  • Alonso, V. N., G. L. Marzonetto y C. Rodríguez Enríquez (Comps.) (2021). Heterogeneidad estructural y cuidados. Nudos persistentes de la desigualdad latinoamericana. Editorial Teseo.
  • Ausín Díez, T. y R. Triviño Caballero (2022). Responsabilidad por los cuidados. Bajo Palabra, (30), 155-174. https://doi.org/10.15366/bp2022.30.008.
  • Batthyány, K. (2021). Políticas del cuidado. clacso, Casa Abierta al Tiempo.
  • Benería, L. (2018). Crisis de los cuidados: migración internacional y políticas públicas. En C. Carrasco, C. Borderías y T. Torns, Trabajo de cuidados. Historia, teoría y políticas (pp. 359-389). Ed. Catarana, Economía crítica y ecologismo social.
  • Faur, E. y Pereyra, F. (2018) “Gramáticas del cuidado”. En J. I. Piovani y A. Salvia, La Argentina del siglo xxi (pp. 495-532). Siglo xxi editores.
  • Centre d´Estudis Sociológics sobre la Vida Quotidiana i el Treball (2011). Trayectorias laborales de los inmigrantes en España. uab, quit, Obra Social “la Caixa”.
  • onu Mujeres (2024, febrero). Datos y cifras: emporamiento económico. Unwomen.org. Disponible en: https://www.unwomen.org/es/que-hacemos/empoderamiento-economico/hechos-y-cifras.
  • Rivera Farfán, C. (2016). Mujeres hondureñas en Cataluña. La emergencia de una ruta migratoria alterna y el trabajo de cuidados. Series Working Paper, quit, Universidad Autónoma de Barcelona.
  • Scheper-Hugues, N. (1997). La muerte sin llanto. Violencia y vida cotidiana en Brasil. Ediciones Ariel.
  • Sembler, C. (2019). Políticas de la vulnerabilidad. Cuerpo y luchas sociales en la teoría social contemporánea. Athenea Digital, 19(3), e2487. https://doi.org/10.5565/re/athenea.2487.
  • Wilson, J. y J. Choy-Gómez (2020, 16 de diciembre). ¿Migrar con sana distancia? Nexos. Disponible en: https://migracion.nexos.com.mx/2020/12/migrar-con-sana-distancia/.


Recepción: 2024/02/19. Aceptación: 2025/03/18. Publicación: 2025/05/05.

Vol. 26, núm. 3 mayo-julio 2025

Una mirada a la duna y a sus flores de arena

Nadia Castro Cárdenas, Daniel Sánchez, Pactli Fernando Ortega González y Sonia Vázquez Santana Cita

Resumen

Las dunas costeras son ecosistemas dinámicos y únicos, que albergan una gran variedad de formas de vida adaptadas para vivir en la arena, por lo que, es muy común que residan especies singulares. En las dunas costeras mexicanas, las plantas son interesantes por las relaciones que tienen con varios grupos de animales, incluyendo a los insectos. Un grupo poco estudiado y de interés son las plantas que parasitan a otras plantas, debido a que son consideradas perjudiciales, pero aportan al suelo nutrimientos y presentan relaciones positivas con insectos y otros organismos. Aquí damos a conocer algunos aspectos de las especies de la familia Lennoaceae, plantas parásitas distribuidas en las dunas costeras de México y poco estudiadas en comparación con otras plantas parásitas. En particular, sobre la importancia de los aromas florales para la atracción de polinizadores.
Palabras clave: aromas florales, dunas costeras, plantas parásitas, polinizadores.

A look at the dune: the sand flowers and their pollinators

Abstract

Coastal dunes are dynamic and unique ecosystems that host a wide variety of life forms adapted to live in sandy environments, which often include rare and distinctive species. In Mexican coastal dunes, plants are particularly interesting due to their interactions with various groups of animals, like insects. One understudied and noteworthy group is parasitic plants, which are often considered harmful but actually contribute nutrients to the soil and have positive relationships with insects and other organisms. Here, we present some aspects of species from the Lennoaceae family, parasitic plants found in Mexican coastal dunes that have been relatively understudied compared to other parasitic plants. In particular, we focus on the importance of floral scents in attracting pollinators.
Keywords: floral scents, coastal dunes, parasitic plants, pollinators.


Las dunas costeras

Para muchos, las vacaciones ideales incluyen un descanso en la playa, recostado en la arena disfrutando de la brisa marina. Pero ¿sabías que, detrás de la mayoría de las playas de arena, se encuentra un ecosistema llamado dunas costeras? Las dunas costeras son grandes acumulaciones de arena que se forman cercanas al mar. Sus formas y tamaños se deben a la acción y fuerza del viento. Estas regiones representan un hábitat único para ciertas especies de animales y plantas. Sin embargo, estas grandes o pequeñas montañas de arena son sitios frágiles y a menudo se encuentran amenazados por el desarrollo humano o la degradación ambiental.

Las dunas costeras actúan como barreras naturales, protegiendo las playas de tormentas, marejadas y del aumento del nivel del mar. Además, la vegetación que crece sobre la arena ayuda a disminuir el impacto y fuerza de las grandes olas y reduce que se pierda la arena en las playas. En México, podemos disfrutar de estos ecosistemas únicos; no obstante, estos sitios están siendo afectados por las actividades humanas, como el cambio del uso de suelo, el incremento del nivel del mar o por la introducción de especies exóticas. Algunas áreas naturales protegidas de nuestro país incluyen regiones con dunas costeras. En el sitio web de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (conabio), puedes consultar su ubicación y algunas especies de plantas y animales que caracterizan cada área natural. Mientras tanto, te contamos sobre algunas de las plantas con flores que habitan en las dunas costeras de México.

Las dunas costeras y las especies que las habitan

Recordemos que, las dunas costeras son lugares que se encuentran en la interfaz entre el océano y el continente. Estas formaciones de arena son dinámicas y albergan una importante diversidad de plantas con adaptaciones únicas para sobrevivir. El conjunto de estas plantas funciona como barrera natural que evita que se pierda la arena por el movimiento constante de agua y viento, por medio de sus raíces y tallos horizontales. De esta manera, se favorece el establecimiento de plantas que facilitan la retención del sustrato, es decir, la base de tierra donde crecen y se desarrollan. Sin embargo, para que una planta crezca en la arena, se debe de considerar la salinidad del suelo, la exposición al viento, el nivel del agua, la temperatura, la precipitación, la radiación solar, la elevación de la duna, así como las relaciones con los animales, entre ellos los insectos (Jiménez-Orocio et al., 2015).

En México se han contado cerca de 2,075 especies diferentes de plantas que crecen sobre las dunas costeras en los diferentes estados de la República mexicana (Espejel et al., 2017). Estas plantas se han categorizado en pioneras, halófilas (que pueden vivir en ambientes con alta presencia de sales), tolerantes al viento, herbáceas, arbustivas, arborescentes y trepadoras (Pedroza et al., 2013). Entre las especies de plantas pioneras, es decir, plantas que colonizan ambientes desolados, se encuentran el bejuco rastrero de playa (Ipomoea pes-caprae), el chamizo (Atriplex leucophylla), la verdolaga de playa (Sesuvium portulacastrum), la hierba de jabalí (Croton punctatus), la alfombrilla (Abronia maritima) y algunas especies de pastos como Uniola pittieri.

Las plantas de las dunas costeras cuentan con adaptaciones morfológicas y fisiológicas que las ayudan a sortear las inclemencias del ambiente y la depredación. Por ejemplo, existen plantas que facilitan que otras puedan crecer en la arena, al aportar nutrientes y generar condiciones más amigables para que germinen sus semillas, como la leguminosa llamada tamarindillo (Chamaecrista sp., Fabaceae) en alusión a su fruto en forma de vaina, el clavelillo de mar Palafoxia lindenii, de Asteraceae, la familia más diversa de las plantas con flores, a la cual pertenece el girasol, el cempasúchil o el limoncillo. Asimismo, la especie conocida como chícharo de playa (Chamaecrista chamaecristoides, Fabaceae) puede ser capaz de sobrevivir a la falta de agua hasta por tres meses (Martínez et al., 1994; Pedroza et al., 2013).

Ahora bien, existen otras plantas que se encuentran en estos ecosistemas, pero de las que se conoce poco por considerarse perjudiciales. Se trata de las plantas parásitas, que crecen sobre otras plantas, que se adhieren y conectan físicamente para obtener el agua y nutrientes necesarios para crecer, florecer y formar frutos y semillas. Existen diferentes tipos: las que llevan a cabo fotosíntesis (y que son verdes) y las que no fotosintetizan (y no son verdes). Algunos ejemplos son Orobanche ramosa o especies de Pedicularis (ambas de la familia Orobanchaceae) que parasitan raíces de plantas fotosintéticas. Otras plantas parásitas, son los fideos o cabello de ángel (especies de Cuscuta, Convolvulaceae), que presentan tallos filamentosos y amarillentos sin hojas, ni clorofila. Todas estas plantas parasitan tallos de una infinidad de plantas hospederas y son conocidas por afectar cultivos de importancia alimentaria o arbolados urbanos y forestales. Sin embargo, también las plantas parásitas pueden contribuir positivamente al ambiente, ya que abonan nutrientes al suelo e interactúan con una gran variedad de micro y macroorganismos.

Si quieres conocer con más detalle la morfología de estas especies pioneras de las dunas o plantas parásitas, puedes entrar al sitio de ciencia ciudadana iNaturalistMX, teclea su nombre científico y revisa las observaciones hechas por otros usuarios. Enseguida, te contaremos algunos detalles de un grupo de plantas parásitas que habitan en las dunas costeras.

Las plantas parásitas en las dunas costeras

En las dunas costeras las condiciones para vivir pueden ser difíciles debido a la salinidad, la falta de agua dulce y la pobreza de nutrientes en el suelo (ver figura 1A-C). A pesar de ello, algunas especies de plantas pueden establecerse y llevar a cabo su ciclo de vida; por ejemplo, las plantas holoparásitas de raíz. Estas son un tipo de plantas parásitas que no tienen tallos ni hojas, y, por lo tanto, no llevan a cabo la fotosíntesis; obtienen su alimento conectando sus tejidos al sistema conductor de agua y nutrientes y de los productos de la fotosíntesis de las plantas que parasitan (Heide-Jørgensen, 2008). Generalmente, en las plantas holoparásitas sólo vemos las flores de colores llamativos, las cuales emergen de las raíces de las plantas que parasitan (ver figura1D-F), el resto de su cuerpo vegetativo permanece inserto en las raíces de las plantas que las hospedan.

Dunas costeras en Mexico

Figura 1. Dunas costeras de México. A) Playa el Naranjo, Nayarit. B) El Socorrito, Baja California. C) Golfo de Santa Clara, Sonora. D) Lennoa madreporoides. E) Pholisma arenarium. F) Pholisma sonorae.
Crédito: Nadia Castro-Cárdenas.

En las dunas costeras encontramos a una familia botánica de plantas parásitas llamada Lennoaceae. Se trata de un grupo pequeño conformado por cuatro especies que tienen distribución en Estados Unidos, México, Centroamérica y Colombia. Los nombres de las plantas hacen referencia al lugar donde crecen. Por ejemplo, la flor de arena californiana (Pholisma arenarium) crece desde el oeste de Arizona, sur de California, Estados Unidos, hasta el norte de Baja California en México. La flor de arena sinaloense (Pholisma culiacana) se encuentra en los estados de Sinaloa y Sonora (México). La flor de arena sonorense (Pholisma sonorae) se encuentra en el sur de Arizona, California, Estados Unidos, la parte adyacente a Baja California y cabecera del Golfo de California en Sonora, México. Mientras que, el Tlachiolote (Lennoa madreporoides) presenta una distribución más amplia y está presente en los estados de Chiapas, Colima, Estado de México, Guerrero, Jalisco, Michoacán, Morelos, Nayarit, Oaxaca, Puebla, San Luis Potosí, Sinaloa y también en varios países de Centroamérica y Colombia.

La familia Lennoaceae parasita las raíces de sus plantas hospederas, por lo que, al estar enterradas, no es fácil ver la conexión con sus plantas hospederas a simple vista (ver figura 1F). Como biólogos interesados en las interacciones de este grupo de plantas, hemos identificado algunos hospederos de este grupo de flores de arena. Hemos observado a la hierba mora (Okenia hypogaea) y el gigantón (Tithonia tubiformis), como hospederos de Lennoa madreporoides. Por su parte, Pholisma sonorae parasita a la verbena de desierto (Abronia maritima) y el Crinklemat (Tiquilia plicata). Por otra parte, el arbusto hojas de agracejo y el arbusto dorado (Hazardia berberidis e Isocoma menziesii) son hospederos de Pholisma arenarium. Finalmente, Pholisma culiacana crece en raíces de diferentes especies de la planta sangre de drago, sangregado o torito que habitan en el estado de Sinaloa (Jatropha sp.).

Las flores de arena surgen en diferentes épocas del año. La flor de arena californiana y la sonorense (Pholisma arenarium y Pholisma sonorae) florecen en los meses de mayo y junio, mientras que el tlachiolote (Lennoa madreporoides) puede encontrarse más fácilmente desde junio hasta octubre, debido a su amplia distribución. Por su parte, Pholisma culiacana florece en septiembre y octubre, durante la temporada de lluvia. Este tipo de flores, son un refugio para muchas especies de insectos, como abejas, arañas, avispas, escarabajos y hormigas (ver figura 2A-D). Además, pueden ser una fuente alimento para muchos insectos que consumen las flores, el polen y el néctar. Por su parte, los insectos polinizan las flores cuando transportan el polen de una flor a otra y así se producen frutos y semillas. Este tipo de interacciones, aunque temporales, son fundamentales en las dunas costeras, donde los recursos son limitados y las condiciones ambientales desafiantes. Pero, te has preguntado ¿cómo logran los insectos encontrar las flores de arena entre tanta arena?

Visitantes y posibles polinizadores de las flores de arena

Figura 2. Visitantes y posibles polinizadores de las flores de arena (Lennoaceae). A) Escarabajo (flecha roja) sobre Pholisma arenarium. B) Mosca. C-D) Abejas polinizando a Pholisma sonorae.
Crédito: A y D: Nadia Castro-Cárdenas y B y C: Daniel Sánchez.

Las plantas parásitas, los aromas florales y sus interacciones con los polinizadores

Las plantas presentan sistemas visuales o químicos para la atracción de polinizadores. La atracción visual es promovida por los colores y texturas, mientras que el mensaje químico es dado por sustancias producidas en algunas células especializadas de las flores. El sistema de alerta químico es emitido al ambiente para que los polinizadores lo detecten y localicen las flores más fácilmente. Entre las señales químicas que producen las plantas para la atracción de polinizadores, encontramos los aromas florales.

Los aromas florales son moléculas pequeñas y ligeras que en conjunto forman mezclas complejas para atraer a polinizadores o para la comunicación planta-planta (Knudsen et al., 2006). Todas las plantas producen este tipo de compuestos en combinaciones y concentraciones distintas, por lo que cada especie tiene un único código de aroma (Dudareva y Pichersky, 2000). Lo anterior significa que los aromas florales pueden actuar como una forma de comunicación a través de la cual la planta emite una señal química que otro organismo es capaz de percibir. Los polinizadores detectan los deliciosos aromas de las plantas a través de estructuras especializadas en sus antenas, o en ocasiones con sus partes bucales (Pichersky, 2004). En ciertos grupos como las abejas, la detección de los aromas es aprendido, lo que hace más eficiente la polinización (Cunningham et al., 2006).

Es sorprendente que cada especie de plantas produce aromas florales únicos para atraer a polinizadores particulares (ver figura 3). Por ejemplo, las abejas y mariposas pueden detectar aromas dulces, debido a la mezcla de compuestos químicos como el limoneno, pineno o geraniol, los cuales podemos encontrar en las flores de lavanda, del limón, cerezos, ciruelos, etcétera. Por otra parte, existen flores que emiten olores desagradables al olfato humano, derivados de compuestos con azufre y nitrógeno, que imitan a la carne podrida para atraer moscas, a las cuales les parece delicioso; tal es el caso de la flor de la carne, la flor más grande del mundo, Rafflesia arnoldii.

Respecto a las flores de arena, se han detectado preliminarmente algunos compuestos en los aromas florales, como el limoneno, copaeno, mirceno y derivados del benceno, que al parecer son los responsables de la atracción de abejas, moscas y escarabajos (ver figura 2; Castro-Cárdenas et al, comunicación personal).

Ilustracion de la emision de los aromas florales para atraccion de polinizadores

Figura 3. Ilustración de la emisión de los aromas florales en especies vegetales para la atracción de polinizadores en las dunas costeras. En algunos casos, los polinizadores, como los colibrís, serán atraídos por la combinación de colores llamativos y aromas florales de las flores.
Crédito: Nadia Castro-Cárdenas.

Consideraciones finales

La pérdida constante de la vegetación de las dunas costeras tiene fuertes implicaciones en la pérdida de las playas, lo que obliga a incrementar el conocimiento de cobertura vegetal porque es un componente prioritario, que cada vez tiene mayor relevancia en los beneficios que las dunas costeras brindan a la sociedad. La conservación de las plantas en las dunas requiere una combinación de esfuerzos a nivel local, regional y global, y la colaboración entre los diferentes niveles de organización de justicia son claves para garantizar la sostenibilidad a largo plazo de estos valiosos ecosistemas.

Hasta ahora sólo conocemos algunas de las interacciones que ocurren en las dunas costeras, pero hay que tener en cuenta que entre el 70% al 90% de las dunas costeras a nivel mundial están siendo afectadas, por lo que conocer la vegetación en estos sitios es de vital importancia para generar información que ayude a llamar la atención y frenar la pérdida de la biodiversidad en un futuro cercano (Pedroza et al., 2013). La Universidad Nacional Autónoma de México cuenta con la Estación de Biología Tropical Los Tuxtlas y la Estación de Biología Chamela, las cuales se ubican, respectivamente, en la Reserva de la Biósfera Los Tuxtlas, en Veracruz y la Reserva de la Biósfera Chamela-Cuixmala, en Jalisco. Ambas estaciones proveen de una excelente oportunidad para investigar la biología reproductiva, interacciones ecológicas y otras cuestiones, de las comunidades vegetales que forman las dunas costeras de estas regiones.

Ahora que sabemos un poco más de estas relaciones que suceden en las dunas costeras y particularmente con ciertos grupos de plantas tenemos que involucrarnos en el cuidado de estos frágiles ecosistemas, realizando pequeñas tareas. Por ejemplo, podemos no pisar, ni arrancar o dañar a las plantas en las playas, mucho menos pasear en vehículos todo terreno, no matar ni extraer insectos por muy llamativos o feos que sean, tampoco sustraer arena o plantas. Todo lo anterior perjudica las playas porque altera las relaciones entre los organismos y afecta la vida misma de estos ecosistemas. No perturbar las playas es el primer paso que debemos seguir para poder disfrutarlas aún en el futuro.

Por último, debemos promover una cultura hacia el cuidado y respeto de las zonas costeras, donde se puedan implementar programas de sensibilización comunitaria, así como promover un turismo responsable. Se debería concientizar y comunicar los avances de las investigaciones científicas en las zonas, así como el conocimiento sobre las áreas protegidas e impulsar las leyes que protejan las dunas costeras.

Agradecimientos

Este trabajo fue financiado por el proyecto otorgado a svs: Morfoanatomía reproductiva y polinización de plantas holoparásitas en México papiit in-222021. N. C. C. agradece a dgapa-unam (Dirección General de Asuntos del Personal Académico – Universidad Nacional Autónoma de México) por la asignación de la beca postdoctoral.

Referencias

  • Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (conabio). (2024). Dunas costeras. Biodiversidad Mexicana. https://www.biodiversidad.gob.mx/ecosistemas/dunasCosteras#
  • Cunningham, J. P., Moore, C. J., Zalucki, M. P., y Cribb, B. W. (2006). Insect odour perception: recognition of odour components by flower foraging moths. Proceedings of the Royal Society, 273(1597), 2035-2040. https://doi.org/10.1098/rspb.2006.3559
  • Dötterl, S., y Gershenzon, J. (2023). Chemistry, biosynthesis and biology of floral volatiles: roles in pollination and other functions. Natural Product Reports, 40(12), 1901-1937. https://doi.org/10.1039/d3np00024a
  • Dudareva, N., y Pichersky, E. (2000). Biochemical and molecular genetic aspects of floral scents. Plant Physiology, 122(3), 627-633 https://doi.org/10.1104/pp.122.3.627
  • Espejel, I., Jiménez-Orocio, O., Castillo-Campos, G., Garcillán, P. P., Álvarez, L., Castillo-Argüero, S., Durán, R., Ferrer, M., Infante-Mata, D., Iriarte, S., León de la Luz, J. L., López-Rosas, H., Medel Narváez, A., Monroy, R., Moreno-Casasola, P., Rebman, J. P., Rodríguez-Revelo, N., Sánchez-Escalante, J., y Vanderplank, S. (2017). Flora en playas y dunas costeras de México. Acta Botánica Mexicana, (121), 39-81. https://doi.org/10.21829/abm121.2017.1290
  • Heide-Jørgensen, H. (2008). Parasitic flowering plants. Brill.
  • iNaturalistMX. https://mexico.inaturalist.org
  • Jiménez-Orocio, O., Espejel, I., y Martínez, M. L. (2015). La investigación científica sobre dunas costeras de México: origen, evolución y retos. Revista Mexicana de Biodiversidad, 86(2), 486-507. https://doi.org/10.1016/j.rmb.2015.04.022
  • Knudsen, J. T., Eriksson, R., Gershenzon, J., y Ståhl, B. (2006). Diversity and distribution of floral scent. The Botanical Review, 72(1), 1-120. https://doi.org/10.1663/0006-8101(2006)72[1:DADOFS]2.0.CO;2
  • Martinez, M. L., Moreno-Casasola, P., y Rincon, E. (1994). Sobrevivencia y crecimiento de plántulas de un arbusto endémico de dunas costeras ante condiciones de sequía. Acta Botanica Mexicana, (26), 53-62. https://doi.org/10.21829/abm26.1994.691
  • Pedroza, D., Cid, A., García, O., Silva-Casarín, R., Villatoro, M., Delgadillo, M. A., Mendoza, E., Espejel, I., Moreno-Casasola, P., Martínez, M. L., e Infante-Mata, D. (2013). Manejo de ecosistemas de dunas costeras, criterios ecológicos y estrategias. Secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales. https://tinyurl.com/mt3cu9ue
  • Pichersky, E. (2004). Plant Scents: What we perceive as a fragment perfume is actually a sophisticated tool used by plants to entice pollinators, discourage microbes and fend off predators. American Scientist, 92(6), 514-521. https://www.jstor.org/stable/27858479


Recepción: 2024/02/22. Aceptación: 2025/03/26. Publicación: 2025/05/09.

Facebook
Twitter
YouTube
Instagram

Revista Digital Universitaria Publicación bimestral Vol. 18, Núm. 6julio-agosto 2017 ISSN: 1607 - 6079