Con
el nacimiento de la oveja Dolly en Edimburgo en 1996 (Wilmut et al.
1997) y la obtención de células troncales embrionarias
(ES: embryonary stem cells) a partir de blastocistos humanos
fertilizados in vitro en 1998 (Thompson et al. 1998), se abrió
una innovadora corriente de investigación encaminada a optimizar
la denominada “clonación terapéutica”. Básicamente
se trata de tomar el núcleo de una célula de algún
tejido adulto y transferirlo al interior de un ovocito enucleado (sin
su propio núcleo). Si este procedimiento de “reconstrucción”
del cigoto tiene éxito, se inicia el desarrollo hasta la etapa
de blastocisto en el laboratorio pero se detendrá, a menos que
sea transplantado al útero receptivo de una hembra. Es precisamente
en este punto en el que se puede hacer la distinción entre los
dos tipos de clonación. En la clonación terapéutica,
se pretende obtener células pluripotenciales de la masa celular
interna del blastocisto que puedan multiplicarse indefinidamente en
el laboratorio. En cambio, en la clonación reproductiva, el blastocisto
implantado en el útero desarrollará un embrión
íntegro que al nacer contendrá la réplica del genoma
del individuo donador del núcleo transferido. Cabe aclarar que
la identidad es menor a la de los gemelos univitelinos o idénticos,
quienes, además comparten el citoplasma del mismo ovocito.