Sobre ética y moral
Discusión hipertextual

Es común, actualmente, oír hablar de ética y de moral como si fueran sinónimos. Pero también es frecuente que cada uno de estos términos se use para fines diferentes. Esta falta de claridad, o tal vez haya que decir, univocidad, se manifiesta lo mismo en el lenguaje coloquial, que en el lenguaje filosófico y en toda la historia de la filosofía. Algunos autores hablan de ética, otros de moral, otros más hablan de ambas, y cada uno les otorga un contenido diferente, sin que se observe coincidencia ni punto final en el tema.

Una de las posiciones más extendidas y aceptadas en la filosofía actual establece que son distintas, que la moral es el objeto de estudio de la ética. Tal es, por ejemplo, la distinción que sostiene Juliana González. Más allá de los matices y la riqueza con que Juliana abunda en el tema en diferentes momentos de su obra1, mostrando hasta qué punto se trata de un tema complejo, podemos decir que, desde esta perspectiva, uno es el mundo de los comportamientos, las costumbres y las normas con que los individuos regulan y han regulado sus vidas en las diferentes regiones y épocas a lo largo de la historia (llamémosle “moral”). Y otro, es el nivel de la reflexión filosófica acerca de esos cánones de conducta (llamémosle “ética”), una toma de conciencia sobre la moralidad, que se cuestiona no sólo por las formas y criterios con que los seres humanos eligen cómo actuar, sino inclusive por su capacidad de hacerse estos cuestionamientos y, en última instancia, por la propia condición humana.

Pero, ¿Qué virtudes y qué problemas acarrea entender de esta forma a la ética y a la moral? ¿Hay alguna otra forma de entenderlas que tenga más sentido, que les de más presencia, que vuelva más claro su papel hoy en día?

3 filósofos toman posición:

María del Carmen Rodríguez, La bella construcción de sí...
Mariana Lojo, Liberarnos de la moral para volvernos éticos
Ernesto Priani, Piezas para una moral filosófica

Para mí, que presento estos tres textos, la distinción tradicional es importante y necesaria: más allá de las distintas formas en que unos u otros filósofos hayan usado los términos a lo largo de la historia, e incluso, de los distintos usos que reciben dentro del lenguaje coloquial hoy en día, uno es el nivel de la vida, de las formas morales con que la gente se conduce, y otro es el nivel de la reflexión teórica sobre esas formas, históricas, cambiantes y relativas. Dos momentos de un movimiento dialéctico como el que propone Mariana, si se quiere, pero entendiendo al segundo como un medio para el primero, y no a la inversa.

Ahora bien, que la Ética, como la disciplina filosófica que se encarga del esfuerzo teórico y racional sobre la vida moral, pierda contacto con su objetivo por limitarse a teorizar sobre formas de saber que de ningún modo inciden en la práctica (es decir, en la vida), es otro problema. Quizá sea válido, hacer Ética con fines puramente cognoscitivos, sin meter las manos al fuego. Como dice Juliana, uno de los rasgos distintivos, y más excelsos, del ser humano, es esta capacidad de detenerse a preguntarse por las cosas (su propia vida moral, por ejemplo) con el puro afán de conocer. Pero el problema viene cuando nadie, por más de un siglo, quiere meter las manos al fuego y hablar de cómo o hacia dónde se puede aclarar el rumbo humano –y no como lo hace toda esa tormenta de morales, sino con un compromiso racional fuerte.

En este sentido, Juliana González responde a esa voz sobre la que María Rodríguez nos llamaba la atención: sí ha habido una crisis de la ética, un vacío, un silencio, una falta de respuestas filosóficamente comprometidas en este mundo actual desorientado. Porque no vasta con teorizar, con que la ética se piense a sí misma, para que haya un cambio real de las cosas. Algunas formas de pensar pueden iluminarnos un poco, generar un cambio de actitud, pero de hecho esa fractura de la que hablaba Mariana entre lo que queremos ser y lo que somos, no se cura únicamente con el pensamiento, y para esto es que la Ética tiene que entenderse como una disciplina también práctica. Aquí es donde la sabiduría nos está haciendo falta.

A mi parecer, la crítica que Ernesto Priani hace en esta dirección es fundamental; pero no es una crítica a los que hacen diccionarios o definiciones de filosofía: el problema no es que haya que desechar la distinción de los términos. La crítica es a los filósofos que pretenden hacer ética sin comprometerse con ninguna forma de sabiduría real de vida. Y claro, hablar de sabiduría, decir que la filosofía moral debe tener por objetivo la alegría y el goce, es algo muy sugerente que inaugura toda una serie de muchas otras preguntas que, espero, el lector se atreva a imaginar.