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Quien dice “no es lo mismo leer en pantalla que leer en papel”, tiene toda la razón. Pero no sólo en el sentido que comúnmente se le atribuye a esta frase, como una afirmación que establece la superioridad del papel para la lectura. También la tiene si se toma como una sentencia que se refiere a la forma diferente de cómo lee, quien usa para ello una pantalla. A fin de cuentas, a esta frase le quedan bien dos sentidos o dos concepciones distintas de la lectura: una, la que se practica sobre papel, otra, la que se realiza en la pantalla.

 

Porque leer no tiene un sentido unívoco, ni se refiere a una sola y simple operación, aunque así lo parezca a simple vista. Uno lee de una manera una revista y de otra una novela. La atención que se le presta al texto, la inversión de tiempo que se hace en cada caso, el trabajo mental que cada una necesita, simplemente, difiere. Así, no leemos igual una lista del súper que un ensayo sobre la pobreza, y es por eso que en un caso vamos tachando conceptos y en el otro subrayándolos.

 

Entonces, ¿cómo no va a ser diferente nuestra lectura, si para ella, además, utilizamos un artefacto donde el texto no está, por decirlo de algún modo, “confinado”? En este caso, la forma de acceso al texto nos impone un régimen de lectura que tiene que ser necesariamente otro. No únicamente por el hecho de que lo veamos reflejado en una pantalla –con los inconvenientes visuales y físicos que tiene, en relación con la superficie y el color del papel–, sino porque el hecho de que eso sea posible, supone la posibilidad de establecer ciertos vínculos y ciertas operaciones con el texto, impensables para el que está leyendo en papel. El ejemplo más obvio, pero no el único, es la capacidad de búsqueda sobre el texto de términos, frases o párrafos específicos, que por ese solo hecho, altera la forma y el modo de la lectura. Podemos leer la obra completa de Platón, quizás en un par de semanas, sólo atendiendo a los párrafos donde aparece el concepto eidos.

 

Se dirá: “pero eso no es leer a Platón”. Y será cierto sólo en tanto que, hacer esa misma tarea en papel, implicaría leer todo lo escrito por Platón. Como venimos de una cultura del texto sobre papel, estamos habituados a pensar que sólo podemos establecer con él las relaciones que nos permite ese soporte del texto. Y llamamos lectura, precisamente, a la operación sobre el papel. Por eso creemos que la única manera de leer a Platón es leerlo completo.

 

Pero la aparición de los dispositivos digitales de lectura, de manera muy específica, la computadora, han comenzado a mostrar que existen muchas más alternativas para relacionarse con el texto de las que nos eran conocidas. Y una de ellas es la de leer a partir de búsquedas: se altera el modo en que comprendemos a Platón, tanto como la forma en que hacemos relaciones a partir de sus ideas, pero, en última instancia, sí es leer a Platón.

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El texto liberado

La existencia de estas nuevas formas de relación con el texto, no sólo tiene consecuencias en cómo comprendemos el concepto y cómo efectuamos la operación de la lectura, sino que tiene implicaciones fundamentales en la transformación de la tarea y la labor del editor, que no se enfrentará más a una escritura que está y estará confinada al papel, sino que, liberada de esa atadura, no existe ni como original, ni como texto definitivo, sino como texto abierto, sujeto a procesos diferenciados y complejos.

 

La idea puede resultar extraña a quienes hemos editado en papel. Pues el texto requiere tener un límite de cambios, de correcciones, de versiones posibles, para poder llevarlo definitivamente a su versión final. Y una vez que está hecha, el texto ya no cambia. Se vuelve único y se vuelve definitivo. La idea misma de anotar la fecha de edición del texto, es un acto que confirma esa inamovilidad, le da, por así decirlo, nombre. Podrá haber textos diferentes en ediciones diferentes, pero en cada una de ellas, sólo habrá un solo texto, bajo un solo nombre.

 

En el mundo digital, el texto se independiza de su soporte y se vuelve volátil. Puede estar simultáneamente en papel o en la pantalla, en dispositivo móvil o en Internet, sin estar confinado a uno de estos soportes, sino recorriéndolos todos. Y así como no está obligado a permanecer quieto, tampoco es necesario que sea idéntico y único todo el tiempo en todos los casos. A diferencia del papel, los nuevos dispositivos pueden acumular variantes y variaciones de un mismo texto, de manera simultánea, de forma consecutiva, por diferencias temporales.

 

Tomemos un ejemplo para mostrar esta apertura del texto: La divina comedia. Para todos, éste puede ser el modelo de un texto definitivo, confinado desde su origen al papel. Una obra que quienes la hemos leído considerábamos, razonablemente, completamente terminada. Pero si accedemos al sitio Dante online donde aparecen, transcritas y digitalizadas, las variantes de todos los manuscritos de la Comedia, más sus versiones al inglés y al francés, la idea de que se trata de un texto completo y único se desvanece.

La posibilidad de acumular más variables, nuevas versiones en otros idiomas, comentarios y notas al texto, versiones con otros caracteres, y esto sin referirnos a todas la “versiones” posible de encontrar en otros sitios Web, tomadas con referencia o sin ella, de ediciones en papel de todo tipo, sólo enfatizan el carácter eminentemente abierto del texto digital.

 

Lo anterior establece una condición nueva de lectura: cómo se lee ese texto, de cuántas formas puede leerse simultáneamente y, conectadas con las anteriores, cuántas operaciones podemos hacer con este texto. Y sólo para tener una idea común de esas operaciones, sobre todo de las que exceden las formas “tradicionales” con el texto en papel, veamos el sitio de Matteo Strarri que ha colocado sobre un mapa de google, todas las referencia geográficas que aparecen en la Comedia.

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Nuevas formas de lectura

La conciencia de la apertura del texto, la variación de formas de lectura y de operaciones con él, son el punto de partida del editor digital, que es, ante todo, un editor de nuevas formas de acceso al texto, de nuevas formas de lectura, de la construcción de nuevos procesos con el texto.

 

Para establecer esta idea, así como para adentrarme en algunas otras variantes de la edición digital, me interesa examinar cuatro ejemplos. Tres de los cuales son académicos, dos de publicación de un texto, una de la formación de una biblioteca, y el último, ya en el área de la creación literaria contemporánea, la propuesta de una novela digital.

 

El primer ejemplo que quiero examinar es la edición del Bestiario de Aberden. La edición consiste en un sitio web en el cual, por una parte se reproducen imágenes facsimilares de las páginas del bestiario, acompañadas de una traducción/transcripción del texto en cada página, a la cual se han agregado notas en un segundo plano hipertextual. La edición se completa con una introducción, una presentación del bestiario, una breve historia del libro, más una bibliografía. En cuanto a contenido podría tratarse, sin más, del mismo que podemos encontrar en las páginas de un libro hecho sobre en papel, sólo que en lugar de constituirse como una secuencia, el acceso está dispuesto de forma distribuida, accesible por la vía de un menú.

 

No hay, en principio, elementos decisivos que hagan de esta edición, una edición que explote las posibilidades de lectura que ofrece la digitalización aunque, por supuesto, aprovecha a forma de distribución gratuita de la web y el hecho de que está digitalizado y, gracias a ello, es posible la manipulación del texto y de las imágenes con la posibilidad de transportarlos a otros lugares: podemos usar la imagen para una presentación, como fondo de pantalla, como imagen para decorar un blog. Y lo mismo con el texto, podemos tomarlo en lugar de transcribirlo, y a partir de ahí trasladarlo a diversos lugares. Pero en realidad, la edición no ofrece muchas más variantes de lectura.

 

No es el caso de esta edición de las 900 tesis de Pico della Mirándola. Aquí no sólo encontramos el texto latino trascrito, al igual que algunas de las imágenes digitalizadas del incunable de la Biblioteca Británica; sino que el sitio ofrece una operación imposible en cualquier edición en papel: se pueden incorporar notas de diverso tipo, traducciones a diversos idiomas, por un grupo restringido de investigadores. Ahora bien, la edición permite la lectura corrida de todas la tesis, o buen su lectura singular con sus notas y traducciones alternativas. El sitio ofrece también un sistema de búsqueda en los diversos planos de la edición: en el texto latino, en las notas, en las traducciones.

 

Es cierto que el texto de las 900 tesis de Pico es muy singular, por su forma, su organización y su estructura. Y eso permite idear diversas formas de organización y de lectura para ser explotadas sólo a través de herramientas digitales.

 

Como puede verse, no sólo se recurre a la hipertextualidad, como lo hace el texto del bestiario, sino que dispone acercamientos en dos planos diversos a un mismo texto. Se puede leer y mirar aislado. Se puede ver y leer acompañado de comentarios y lecturas. Además de que se puede leer a través de búsquedas, en formas no secuenciales, por aproximación y en profundidad. Como herramienta de investigación, esta publicación de las 900 tesis es superior a cualquier que se haga en papel. Lo es en términos de velocidad para el estudio y el análisis, para la recuperación de información, por la multiplicidad de idiomas y por su accesibilidad.

 

Se trata además de una herramienta de colaboración, porque es una edición preparada por especialistas de todo el mundo, ubicados en posiciones geográficamente distantes. De modo que la edición no contempla sólo la definición de procesos posibles de lectura y de recuperación, sino los mecanismos de creación y alimentación del texto mismo. Su manera de crecer y alimentarse. Con ello, la materia editorial se ensancha. No se prepara sólo el texto, en la definición de su presentación, en la valoración de las dimensiones gráficas del texto y de la imagen, en sus elementos de calidad. Se trata de articular un proceso de colaboración, procesos de estudio, procesos de lectura, elaborados a partir y en función de un texto.

 

En realidad, la diferencia entre encontrarnos frente a meros repositorios de datos –llámense estos textos, pistas musicales, imágenes– y el tener propiamente una edición y, a partir de ella, una herramienta de investigación, consiste precisamente en la comprensión de los elementos puestos en juego a partir del texto digital y de la exploración de sus posibilidades.

Bivio, la biblioteca digital de textos renacentistas italianos, comenzó siendo un mero repositorio de transcripciones. Su valor original consistía sólo en la acumulación de textos disponibles, y en la utilización de fuentes originales para esos textos. Pero el valor de la biblioteca se ha ido incrementando en la medida en que se han comenzado a incluir elementos que expanden la edición en términos digitales. En primer lugar, está el sistema búsqueda, que no se limita –aunque puede hacerlo– a un sólo texto. Eso permite algo inusual e imposible en papel: hace una búsqueda por la totalidad de la biblioteca. Lo que ofrece posibilidades de lectura, y de relaciones entre los textos, usualmente difíciles de hacer. Así pueden leerse referencias a un mismo personaje a lo largo de toda la biblioteca, lo mismo las entradas sobre un mismo planeta del sistema solar, y de esa manera, la forma de construir lecturas a través de numerosos textos, simplemente no se detendría.

 

Hay un elemento fundamental que destaca en la decisión editorial de Bivio: la intención de simular en la trascripción el contenido exacto de texto en la página de la obra fuente. Es decir, de establecer un modo de trascripción, y de secuenciación del texto en el sitio web, que reproduzca los componentes de la página de origen, sin ser una edición facsimilar, de modo que no se pierda la capacidad de manipulación y uso del texto. Esto hace que el texto digital pueda, por ejemplo, ser citado de la fuente original (no necesariamente de la red), o que se puedan estudiar en la transcripción, elementos o marcaciones hechas sobre el texto en papel. Se simulan no sólo palabras, también la especialidad del texto, y sus rasgos gráficos, cuando signifiquen algo.

 

Bivio combina, pues, formas y usos académicos, para que el lector descubra otro universo de lecturas posibles, mediante ejecuciones muy interesantes a través de la edición digital. Y este es un punto en que hay que subrayar: el que estemos habituados a que los textos se leen completos, a que leer es un acto que encierra una sola dirección. Este instrumento, como antes el de las 900 tesis, abre otras formas de aproximación y relación con el texto, una lectura que obvia las necesidades de “toda” y “completa” para, por ejemplo, entretenerse en formar libros y lecturas de y a partir de otros libros.

 

Exploremos ahora un ejemplo que no es académico y que no tiene el texto establecido previamente. Consideremos además que es una obra patrocinada por una típica editorial en papel del Reino Unido, Penguin, pues hasta ahora las editoriales en papel han hecho un uso restringido de la web, y prácticamente no han explorado la edición digital como formato.

 

De toda la iniciativa We tell stories, la novela 29 steps, ofrece una alternativa de exploración autoral y editorial sumamente provocadora. Se trata de una novela que se lee y se desplaza sobre google maps. El resultado –dado que se trata de una novela de acción y misterio– es francamente sorprendente. Se trata, como pueden ver, de otra forma de recuperación de texto. Incluso de un desplazamiento del texto, no sobre una secuencia de páginas, sino sobre otro tipo de objetos y superficies, que invita a viajar junto con el texto.

Esta condición espacial en la que puede colocarse y moverse el texto, desde donde puede desplazarse, desenvolverse, inventarse en una estructura desconocida y no vista en una página, hace de la lectura un proceso completamente diverso. Un proceso de despliegue, de avance y retroceso, de penetración y de manipulación.

 

En suma, el texto digital es objeto de procesos múltiples propiciados por la operación de los sistemas de cómputo. Y es con esa posibilidad y con esas formas inéditas con las cuales operar con y sobre el texto, que el editor digital necesita familiarizarse. La intención es entenderlas para utilizarlas, en función no sólo de las tareas conocidas del editor, sino en esta tarea un tanto osada, de permitir el mayor número posible de operaciones y vínculos con el texto. De crear esos procesos de aproximación, que ya están ahí, y que nos están guiñando el ojo, de que ahí hay otra forma de cultura, completamente diferente de la que construimos en papel.

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El editor entre dos mundos

Pero, ¿será realmente el editor el encargado último de llevar a cabo todo este trabajo de invención de la lectura, de definición de procesos, de métodos y formas de vinculación con el texto?

 

El editor es un personaje que nace con el libro. Como sujeto es, en realidad, contemporáneo a la del autor. Uno y otro aparecen como sujetos jurídicos, en tanto que son responsables de la producción y de la distribución del texto. Pero esa facultad jurídica da paso pronto al sujeto que conocemos hoy. No sólo responsable, desde el punto de vista jurídico, de la distribución del texto, sino de lo último de la producción del libro. Publicista, concitador de voluntades, crítico, formador, corrector… la lista de las labores es incansable, el editor está estrechamente ligado a la producción del libro. ¿No estará también definido por él?

 

En la historia reciente de la computación, los editores son los últimos en llegar. Después de los programadores y de los diseñadores. Su figura es todavía, en muchos casos, extraña a la producción digital. A veces sólo es un corrector de estilo, a veces participa de manera más o menos íntegra en la definición de los procesos de operación y de lectura (los que llamaría propiamente, editoriales) dentro del ámbito de la publicación digital. Las razones de esta falta de confianza entre el editor y el mundo digital son múltiples: su tarea no está plenamente comprendida, tampoco establecida. Requiere de conocimientos que no son afines, al menos de la manera tradicional, al editor. Apenas hay un puñado de manuales que tratan la materia sobre todo en su superficie: las definiciones, los sistemas, el software disponible. La mayoría describen poco el trabajo de constructor de procesos, de quien define formas de lectura. Porque este es un terreno ambiguo todavía: pertenece en parte a la programación, en parte al diseño, en parte al trabajo propiamente editorial.

 

Hay una última razón: ¿quien inventa la forma de lectura inventa la obra? ¿En dónde acaba el autor y comienza el editor? ¿En dónde acaba el editor y comienza el resto de los participantes del proceso de publicación digital?

 

Es creíble que, lo que tradicionalmente conocemos como editor tenga que mutar y transformarse, para devenir él también digital. No es sólo un cambio de terreno, un simple desplazamiento: es una reinvención en todos los órdenes. Tendrá que abandonar tareas y descubrir otras. Pero, ante todo, deberá de dejar de pensar que algo tan familiar como la lectura es una cosa que en verdad conocemos, porque su tarea será en parte, descubrir todas las demás.

Yo no dudo que vayamos a extrañar el libro, su textura, su olor, el sonido sutil del paso de sus páginas, la discreción de su presencia, la forma en que encuentra lugar en los hogares o en las instituciones; extrañaremos las bibliotecas, las pilas de libros; extrañaremos su peso. También vamos a echar de menos su compañía, en el camión, en la sala de espera, en la cama. Pero al final, tendremos que reconocer que su tecnología era limitada y primaria, y que su capacidad para ayudarnos a establecer relaciones con el texto, más bien limitadas.

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