Vol. 27, núm. 3 agosto-octubre 2026

Enfermedad de Parkinson y la pimienta: explorando su potencial terapéutico

Emmanuel Urioso Ruíz, Magdalena Guerra Crespo, Oscar Arias-Carrión y Luis Oskar Soto Rojas Cita

Resumen

El Parkinson es el segundo trastorno neurodegenerativo más común en el mundo, y provoca movimientos lentos, rigidez, inestabilidad postural, depresión, ansiedad y trastornos del sueño. En el cerebro de quienes lo padecen se acumulan agregados de la proteína alfa-sinucleína, junto con estrés oxidativo, inflamación crónica y muerte neuronal. Hoy no existe cura: los tratamientos disponibles sólo controlan los síntomas. Aquí entra la piperina, un compuesto de la pimienta con propiedades neuroprotectoras que ha mostrado resultados prometedores en modelos animales de Parkinson. Aún no hay ensayos clínicos en pacientes con esta enfermedad, aunque sí los hay para otros trastornos neurodegenerativos. Este artículo explora los mecanismos detrás de ese potencial protector y por qué la piperina podría convertirse en un suplemento accesible y económico, capaz de reducir complicaciones como la polifarmacia y mejorar la vida de millones de personas.
Palabras clave: piperina, enfermedad de Parkinson, neuroprotección, pimienta negra, estrés oxidativo.

Parkinson’s disease and pepper: exploring their therapeutic potential

Abstract

Parkinson’s disease is the world’s second most common neurodegenerative disorder, causing slow movements, rigidity, postural instability, depression, anxiety, and sleep disturbances. In affected brains, alpha-synuclein protein aggregates build up alongside oxidative stress, chronic inflammation, and neuronal death. There is still no cure: current treatments only manage symptoms. Enter piperine, a compound found in pepper with neuroprotective properties that has shown promising results in animal models of Parkinson’s disease. Clinical trials in Parkinson’s patients don’t exist yet, though they do for other neurodegenerative disorders. This article explores the mechanisms behind that protective potential and why piperine could become an accessible, cost-effective supplement capable of reducing complications like polypharmacy and improving the lives of millions of people.
Keywords: piperine, Parkinson’s disease, neuroprotection, black pepper, oxidative stress.


Una enfermedad que crece a nivel mundial

La enfermedad de Parkinson (ep) es el segundo trastorno neurodegenerativo más común a nivel mundial, sólo superado por la enfermedad de Alzheimer (Ascherio y Schwarzschild, 2016). Según la Organización Mundial de la Salud, en 2019 la ep afectó la calidad y la duración de la vida de millones de personas en el mundo, con una carga que ha aumentado más del 80 % desde el año 2000 (World Health Organization, 2023). Además, se registraron alrededor de 329,000 fallecimientos relacionados con esta enfermedad. Aunque la ep no suele ser la causa directa de muerte, muchos pacientes fallecen por complicaciones asociadas, como neumonía, caídas, úlceras por presión e infecciones (Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía, s. f.; Gilbert, 2023).

En México se estima que entre 300,000 y 500,000 personas padecen ep, con alrededor de 50 nuevos casos por cada 100,000 habitantes (Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía, s. f.). Los costos asociados a la enfermedad —medicamentos, pérdida de productividad, adaptaciones en el hogar y cuidados adicionales como terapia física— oscilan entre 300,000 y 1,400,000 pesos por paciente al año, según la etapa de la enfermedad (Wijers et al., 2024).

Existen diversos factores predisponentes y de riesgo que aumentan la probabilidad de desarrollar ep (figura 1). Los estudios post mortem —una vez que fallece el paciente y se extrae el cerebro— demuestran una muerte lenta, progresiva e irreversible de neuronas dopaminérgicas (que liberan el neurotransmisor dopamina) en regiones específicas del cerebro, lo cual se asocia con los síntomas clínicos (Braak et al., 2003). La ep se caracteriza por síntomas motores como la bradicinesia (ejecución lenta de los movimientos), la rigidez o el endurecimiento muscular, la pérdida de la estabilidad postural y el temblor de reposo (Kim et al., 2019). Además, décadas antes de los síntomas motores aparecen síntomas no motores como la hiposmia (disminución de la olfacción), la depresión, la ansiedad y los trastornos del sueño (Poewe et al., 2017), que afectan de forma considerable la calidad de vida de los pacientes y sus familias (Ahn et al., 2022).

El tratamiento actual de la enfermedad es limitado en su eficacia y conlleva costos elevados, lo que subraya la necesidad de nuevas opciones terapéuticas accesibles que no sólo controlen los síntomas, sino que también frenen su progresión (Elsworth, 2020). En este trabajo se propone una alternativa económica, respaldada por evidencia científica que ha mostrado efectos benéficos y neuroprotectores para el cerebro (figura 1), tanto en el manejo de los síntomas motores como en la desaceleración de la progresión de la ep.

Factores de riesgo asociados a la enfermedad de Parkinson

Figura 1. Factores de riesgo, predisponentes y protectores asociados a la enfermedad de Parkinson. El esquema muestra los principales elementos que influyen en el desarrollo y la progresión de la enfermedad.
Créditos: elaboración propia con BioRender.com.

Cuando el cuerpo empieza a fallar: manifestaciones clínicas

La ep se caracteriza por la coexistencia de síntomas motores y no motores; estos últimos suelen identificarse incluso varias décadas antes del inicio de los síntomas motores. Entre los síntomas no motores tempranos destacan los trastornos digestivos, como la constipación, que podrían estar relacionados con las fases iniciales y silenciosas de la enfermedad. Por ello se ha sugerido que la ep podría originarse en el sistema digestivo y transmitirse de manera retrógrada —es decir, del intestino al cerebro— a través del nervio vago, que conecta a ambos órganos (Kim et al., 2019).

Otros síntomas no motores incluyen la pérdida total o parcial del olfato (anosmia o hiposmia), la apatía, la ansiedad, los trastornos del sueño y la depresión (Poewe et al., 2017; Ahn et al., 2022). Estos síntomas no sólo afectan la calidad de vida: también podrían servir como pistas importantes para la detección temprana de la ep (figura 1).

A medida que el daño en las neuronas del cerebro progresa y se vuelve irreversible, emergen los síntomas motores clásicos de la enfermedad: el temblor de reposo, la rigidez de músculos y articulaciones, y la bradicinesia (lentitud de los movimientos). Sin embargo, estos signos no siempre se manifiestan de forma evidente, lo que supone un desafío considerable para el diagnóstico temprano (figura 1; Ascherio y Schwarzschild, 2016). Además, las herramientas diagnósticas disponibles en la actualidad —incluidos los estudios de sangre y de resonancia magnética— no siempre logran detectar la enfermedad cuando apenas empieza. Como resultado, el diagnóstico suele realizarse en etapas avanzadas (Ascherio y Schwarzschild, 2016).

Lo que ocurre dentro del cerebro: fisiopatología

Al analizar al microscopio los cerebros de pacientes con ep, se observan depósitos anómalos de la proteína alfa-sinucleína (α-Syn). En condiciones normales, esta proteína desempeña funciones importantes en la regulación de la liberación de neurotransmisores (mensajeros químicos del sistema nervioso), la estabilidad de las vesículas sinápticas (estructuras que contienen neurotransmisores) y la homeostasis, es decir, el correcto funcionamiento celular (Burré, 2015).

Las mutaciones —cambios en la información genética de nuestras células— en el gen snca, que contiene las instrucciones para producir la proteína α-Syn, pueden acelerar su producción y favorecer su acumulación, formando estructuras anormales dentro de las células llamadas cuerpos de Lewy (Morris et al., 2024). Estos cuerpos de Lewy se acumulan de manera anormal en el cerebro, afectan diversas regiones y contribuyen a la aparición de síntomas motores y no motores. Una de las regiones cerebrales más afectadas es la sustancia negra, donde se encuentran las neuronas dopaminérgicas encargadas de la síntesis de dopamina. Estos cuerpos de Lewy pueden propagarse a través de las vías anatómicas conectadas del cerebro, de forma similar a un efecto dominó (Braak et al., 2003).

La microglía, célula de defensa del sistema nervioso central, reconoce los cuerpos de Lewy como elementos extraños y desencadena una respuesta inflamatoria. Sin embargo, esta respuesta se prolonga, libera moléculas inflamatorias que agravan la lesión y provoca la muerte de las neuronas (Morris et al., 2024). En paralelo, los agregados de α-Syn interfieren con diversos procesos esenciales en las mitocondrias, estructuras encargadas de producir energía en la célula. Como resultado, las células producen menos energía y acumulan moléculas dañinas que las oxidan, un proceso conocido como estrés oxidativo (Goyal y Radhakrishnan, 2018).

Este ambiente tóxico para el cerebro —caracterizado por la acumulación de agregados de α-Syn, la inflamación crónica y el estrés oxidativo— conduce a la muerte neuronal mediante un mecanismo conocido como apoptosis (Dong-Chen et al., 2023). La pérdida de neuronas en regiones cerebrales específicas se asocia de forma directa con los síntomas motores y no motores distintivos de la ep (Blesa et al., 2021).

Fisiopatología y manifestaciones clínicas de la enfermedad de Parkinson

Figura 2. Fisiopatología y manifestaciones clínicas de la enfermedad de Parkinson. El esquema ilustra la acumulación patológica de la proteína alfa-sinucleína (α-Syn), la formación de cuerpos de Lewy, y los procesos neuroinflamatorios, de estrés oxidativo y disfunción mitocondrial que conducen a la muerte neuronal. Se destacan las correlaciones entre estos mecanismos y los síntomas motores y no motores de la ep.
Créditos: elaboración propia con BioRender.com.

El tratamiento actual y sus límites

A más de dos siglos de que James Parkinson describiera por primera vez esta enfermedad, aún no existe un tratamiento capaz de detener su progresión ni de curarla. Actualmente, el tratamiento estándar en México y a nivel mundial es la levodopa (l-dopa), un precursor de la dopamina que se administra junto con inhibidores de la monoamino oxidasa (enzimas que impiden la eliminación de la dopamina) y fármacos que imitan la acción de la dopamina. Si bien estas combinaciones potencian el efecto terapéutico de la l-dopa, no abordan los múltiples procesos anómalos antes mencionados, lo que limita su eficacia a un manejo sintomático. Este enfoque fragmentado con frecuencia conduce al consumo de múltiples medicamentos (polifarmacia) y a las complicaciones asociadas (Elsworth, 2020).

Opciones terapéuticas como la estimulación cerebral profunda —que utiliza impulsos eléctricos para activar regiones cerebrales afectadas— y la resección subtalámica —que elimina quirúrgicamente áreas cerebrales dañadas— ofrecen alternativas adicionales. Sin embargo, estos procedimientos están restringidos a pacientes con características específicas, son muy costosos y no siempre garantizan el éxito terapéutico (Wichmann y DeLong, 2016; Jourdain et al., 2013).

Ante estas limitaciones, es necesario desarrollar estrategias que aborden múltiples procesos fisiopatológicos: el estrés oxidativo, la apoptosis o muerte neuronal, la inflamación y la acumulación anormal de la proteína α-Syn. La piperina (pip) es un compuesto presente en la pimienta que ha llamado la atención por su posible capacidad para proteger las neuronas. Por ello, podría considerarse una opción complementaria a los tratamientos actuales para la ep.

La piperina como agente terapéutico

La pimienta, conocida mundialmente como un condimento esencial de la gastronomía, ha despertado un interés creciente en la investigación científica debido a su potencial terapéutico. Más allá de su uso culinario, este ingrediente contiene compuestos bioactivos de gran relevancia, entre los cuales la pip es uno de los principales responsables de sus propiedades biológicas. Este compuesto natural, presente en la pimienta negra (Piper nigrum), la pimienta larga (Piper longum) y otras especies del género Piper (familia Piperaceae), ha sido objeto de numerosos estudios por sus efectos antioxidantes, antiinflamatorios, antiapoptóticos y antitumorales, entre otros (Tripathi et al., 2022).

La pip se comercializa en Asia y Medio Oriente como suplemento alimenticio, y sus propiedades la posicionan como un candidato terapéutico prometedor para la ep (Balakrishnan et al., 2023). Aunque no existe una dosis máxima establecida oficialmente en humanos, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (fda) considera a la pip una sustancia “generalmente segura”, debido a su consumo habitual a través de la pimienta negra en la dieta (gras Notices, s. f.).

En estudios científicos se ha observado que dosis cercanas a los 20 mg al día en humanos han sido bien toleradas y se han asociado con efectos benéficos, especialmente cuando se combinan con otros compuestos, como la curcumina. Algunos estudios han mostrado, por ejemplo, que esta dosis puede mejorar la absorción de otros nutrientes y potenciar sus efectos. En modelos animales, por otro lado, se han utilizado dosis más altas —como 5 mg/kg—, en las que la piperina ha mostrado efectos neuroprotectores sin evidenciar toxicidad significativa. En conjunto, estos hallazgos sugieren que la pip es un compuesto seguro en los rangos habituales de consumo, aunque aún se requieren más estudios para definir con precisión su dosis óptima en pacientes con ep (Thiel et al., 2014; Azam et al., 2022; Tripathi et al., 2022).

El primer estudio sobre el efecto de la PIP en modelos de ep lo realizaron Shrivastava y colaboradores en 2012. Administraron piperina a ratas antes de provocarles síntomas similares a los del Parkinson, y observaron mejoras importantes en su coordinación de movimientos, además de una mayor protección de las neuronas. Estos efectos podrían deberse a que la pip ayuda a reducir la inflamación y a evitar la muerte de las células nerviosas (Shrivastava et al., 2012). Estudios posteriores, como el de Correia et al. (2015), confirmaron esos resultados y mostraron que la pip tiene efectos antioxidantes, es decir, que ayuda a reducir las moléculas dañinas que oxidan y afectan a las células en zonas importantes del cerebro.

Investigaciones recientes han ampliado esta . En 2023, Yu et al. demostraron que la pip puede activar en el intestino un proceso de limpieza llamado autofagia, que ayuda a eliminar desechos celulares, incluida la alfa-sinucleína; esto podría ser relevante porque la acumulación de esta proteína se asocia con el avance del Parkinson, especialmente en etapas tempranas. Además, Hu et al. (2023) reportaron que la pip ayuda a que la l-dopa se absorba y se aproveche mejor en el organismo, lo que la convierte en una alternativa más económica y segura.

Algunos estudios sugieren, además, que la pip podría tener efectos protectores en personas con factores de riesgo de enfermedades neurodegenerativas, como antecedentes familiares, mutaciones genéticas o trastornos metabólicos. Estos efectos se han relacionado con su capacidad para proteger a las células nerviosas y disminuir procesos como el estrés oxidativo y la inflamación (Balakrishnan et al., 2023). Sin embargo, hasta el momento no existe evidencia suficiente en humanos que permita afirmar que la pip previene el desarrollo de la ep.

Los posibles beneficios de la piperina pueden resumirse en cuatro acciones principales: 1) ayuda a reducir el daño por oxidación; 2) disminuye la inflamación; 3) protege a las neuronas de la muerte celular, y 4) favorece los procesos de “limpieza” dentro de las células. En conjunto, estos efectos podrían contribuir a proteger las neuronas y, potencialmente, a reducir algunos síntomas motores y no motores en la ep (Balakrishnan et al., 2023).

Actualmente, la pip se comercializa ampliamente como suplemento en diversas presentaciones. Es importante verificar el contenido exacto de pip de cada producto para garantizar una dosis efectiva y segura, y minimizar el riesgo de efectos adversos.

Posibles efectos neuroprotectores de la piperina en la enfermedad de Parkinson (EP)

Figura 3. Posibles efectos neuroprotectores de la piperina (PIP) en la enfermedad de Parkinson (EP). El esquema destaca los cuatro pilares principales de la acción terapéutica de la PIP: propiedades antioxidantes, antiinflamatorias, antiapoptóticas y pro-autofágicas. Estos mecanismos actúan de manera sinérgica para reducir la acumulación de alfa-sinucleína (α-Syn), las especies reactivas de oxígeno (eros) y el daño neuronal, ofreciendo un enfoque integral para proteger las células nerviosas en la ep. Créditos: elaboración propia con BioRender.com.

Finalmente, un aspecto relevante a considerar es que la pip puede interactuar con diversos medicamentos, ya que puede afectar el funcionamiento de ciertas proteínas del organismo encargadas de procesar los fármacos. Como resultado, algunos medicamentos pueden permanecer más tiempo en el cuerpo y aumentar su efecto. Esto incluye fármacos de uso común, como anticonvulsivos, analgésicos, medicamentos para la presión arterial, alergias o anestesia. Aunque en algunos casos esto podría potenciar su efecto, también puede representar un riesgo, especialmente en personas que toman varios medicamentos de manera simultánea. Por ello, conviene considerar estas posibles interacciones antes de su uso (Horn y Hansten, 2017).

Lo que sigue: conclusiones y perspectivas

Desde una perspectiva clínica, la pip ha demostrado influir en diversos procesos del organismo, lo que puede mejorar la absorción y el aprovechamiento de ciertos medicamentos y nutrientes. A medida que avanza la comprensión de sus mecanismos de acción, la pip emerge como un candidato prometedor para el desarrollo de intervenciones terapéuticas basadas en compuestos naturales.

La pip ha mostrado un potencial importante para proteger a las neuronas, ya que puede ayudar a reducir el daño oxidativo, disminuir la inflamación, evitar la muerte de células nerviosas y activar procesos de limpieza celular. Aunque ha sido estudiada como complemento terapéutico en diversas condiciones, como la diabetes mellitus tipo 2 y la enfermedad renal crónica (Tripathi et al., 2022), aún no se ha realizado ningún ensayo clínico específico en pacientes con ep. Las evidencias actuales sugieren que la pip podría convertirse en un tratamiento complementario eficaz para la ep. El próximo paso será realizar ensayos clínicos en este grupo de pacientes, para evaluar posibles efectos adversos y optimizar la dosis.

Una de las principales limitaciones en el estudio de la ep es la capacidad limitada de los modelos animales actuales para reproducir por completo los procesos patológicos clave, como la acumulación de α-Syn, la muerte neuronal, la neuroinflamación y el estrés oxidativo. Nuestro grupo ha desarrollado recientemente un modelo parkinsoniano mediante la administración de β-sitosterol-β-D-glucósido (bssg) directamente en el cerebro. Este modelo reproduce muchas de las alteraciones observadas en la ep (Soto-Rojas et al., 2020) y podría ser una herramienta valiosa para investigar los efectos neuroprotectores de la pip.

Otra limitación importante es que la pip no siempre se absorbe con facilidad ni alcanza niveles suficientes en el cerebro para ejercer sus efectos. Por ello, aunque en distintos estudios se han utilizado dosis específicas con resultados prometedores, aún se busca la mejor forma de asegurar que el compuesto llegue de manera eficaz al sistema nervioso (Ren et al., 2019). En este sentido, nuevas estrategias, como el uso de formulaciones que mejoren su absorción o distintas formas de administración, podrían ayudar a potenciar sus efectos en el futuro.

Los estudios de Weyers et al. (2022) y Agrawal et al. (2018) han mostrado resultados alentadores al combinar estas estrategias. Aunque aún faltan años para su implementación clínica, la pip podría consolidarse como un tratamiento innovador para la ep, y contribuir a reducir los síntomas motores y no motores, así como el consumo de múltiples medicamentos y los altos costos asociados al tratamiento, mejorando en el futuro la calidad de vida de millones de pacientes.

Referencias

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Recepción: 2/02/2025. Aceptación: 01/07/2026. Publicación: 14/08/2026.


Este es un artículo de acceso abierto bajo la licencia de Creative Commons 4.0.

Vol. 27, núm. 3 agosto-octubre 2026

Charles Darwin y el mal que lo aquejaba

Yersain Ely Keller de la Rosa y Claudia Carrillo González Cita

Resumen

Aunque no todos hemos leído El origen de las especies, casi todos conocemos el nombre de Charles Darwin, cuya teoría transformó la biología y la forma de entender la vida. Y aunque es reconocido por esta teoría de evolución por selección natural, muchos desconocen que, mientras desarrollaba su polémica e innovadora propuesta, padeció una enfermedad crónica que le causó mucho sufrimiento durante aproximadamente 40 años, enfermedad que nunca se le diagnosticó correctamente ni se le trató con éxito. Este texto examina las hipótesis más consistentes y analiza los límites epistemológicos y éticos de estos diagnósticos, pues ninguna explica de manera concluyente el conjunto de síntomas que presentó el naturalista.
Palabras clave: diagnóstico retrospectivo, Darwin, evolución, enfermedad crónica, síntomas.

Charles Darwin and the Illness that Plagued Him

Abstract

We have all heard of the famous book On the Origin of Species, or at least about the remarkable man behind it, Charles Darwin, whose work not only transformed biology but also revolutionized our understanding of life itself. Although he is best known for his theory of evolution by natural selection, many are unaware of another aspect of the naturalist’s life, one that remained with him until his final days. While developing the theory that would change the world, Darwin suffered from a chronic illness that caused him nearly forty years of pain and was never successfully diagnosed or treated. This paper examines the most consistent hypotheses regarding his illness and analyzes the epistemological and ethical limitations of these retrospective diagnoses, as none of them conclusively explain the full range of symptoms he experienced.
Keywords: retrospective diagnosis, Darwin, evolution, chronic illness, symptoms.


Charles Darwin, un hombre enfermizo…

El 9 de abril de 1862, Charles Darwin le escribió una carta al botánico y explorador inglés, y cercano amigo, Joseph Dalton Hooker. En ella, Darwin describe que, durante su visita a la Sociedad Linneana en Londres, el 3 de abril de 1862, había sufrido vómitos que duraron toda la noche, y que le había sido imposible levantarse de la cama hasta bien entrada la tarde del día siguiente, de modo que apenas pudo arrastrarse hasta su casa. También afirmó que “debe renunciar a intentar leer algún trabajo o hablar” y lamentó que su estado de salud fuera “un fastidio terrible [al] no poder hacer nada como las demás personas” (traducción propia; Darwin, 1862).

Dicha carta es una de las muchas en las que Darwin describe sus síntomas, tratamientos y mejorías temporales a colegas y amigos. Sin embargo, estos escritos también dan testimonio de su determinación de continuar con sus estudios científicos a pesar de su estado de salud (Heyse-Moore, 2019). En ellas relata, además, cómo, debido a su condición crónica, consultó a varios médicos en su etapa adulta. No obstante, los tratamientos que recibió no fueron efectivos y algunos sólo ofrecieron alivios pasajeros.

Estatua de Charles Darwin

Figura 1. Estatua de Charles Darwin.
Créditos: Deegan, 2023.

Además de vómitos recurrentes, el naturalista británico describió haber presentado, durante meses, episodios de fuertes dolores de cabeza, problemas gastrointestinales, náuseas, insomnio, inflamación de la piel, fatiga crónica, entre otros. Como se menciona en la carta, esta sintomatología le impedía trabajar con normalidad: en ocasiones sólo podía dedicar algunas horas al día a sus investigaciones y, cuando los síntomas se intensificaban, se veía incapacitado para realizar cualquier trabajo durante períodos prolongados, como refieren Orrego (2007) y Hayman (2014). Hasta el final de su vida, continuó presentando náuseas y vómitos, aunque menos severos. Finalmente, el 19 de abril de 1882, a los 73 años, Charles Darwin murió de una falla cardíaca.

Debido a la ausencia de un diagnóstico definitivo en vida, se han formulado diversas hipótesis que pretenden resolver el enigma del mal que aquejaba al celebrado evolucionista. Éstas pueden clasificarse en causas orgánicas y psicológicas. Entre las primeras destacan la enfermedad de Chagas, la intolerancia a la lactosa y las enfermedades mitocondriales. Por otro lado, según Campbell (2005) y Orrego (2007), su cuadro clínico también podría tener un origen psicológico, que incluye posibles cuadros de depresión crónica, hipocondría, ansiedad y ataques de pánico.

El ataque a bordo del Beagle, gustos culposos, y enfermedades hereditarias

Darwin recorrió Sudamérica entre 1831 y 1836 durante su expedición a bordo del HMS Beagle. Los detalles de este viaje se conocen principalmente a través de sus diarios y su correspondencia. El 24 de marzo de 1835, relató haber sufrido un ataque por la noche: “experimenté un ataque (pues no merece un nombre menor) de la Benchuca, una especie de Reduvius, el gran insecto negro de las Pampas” (Darwin, 1878, traducción propia). El británico añadió detalles sobre la alimentación sanguínea del insecto: “es muy desagradable sentir insectos blandos y sin alas, de aproximadamente una pulgada de longitud, arrastrándose sobre el cuerpo. Antes de chupar son bastante delgados, pero después se vuelven redondos e hinchados de sangre, y en ese estado se aplastan con facilidad” (Darwin, 1878, traducción propia).

Debido a que algunos de los síntomas de Darwin se intensificaron a su regreso de América del Sur y a que la descripción del insecto coincide con la de una chinche hocicona o besucona (posiblemente Triatoma infestans), algunos diagnósticos retrospectivos, como los de Alder (1959) y Bernstein (1984), sugieren que Darwin padecía la enfermedad de Chagas, endémica de Argentina y de zonas vecinas. Estas chinches pueden transmitir el parásito Trypanosoma cruzi, agente causal de la enfermedad de Chagas (Adler, 1959), que provoca problemas cardíacos y digestivos. Según la ops/oms (2021), se estima que esta enfermedad provoca 12,000 muertes anuales alrededor del mundo (ver figura 2).

Triatomas hematófagos

Figura 2. Los triatomas hematófagos (izquierda), al alimentarse de la sangre de animales (incluidos los humanos), defecan sobre la piel de su huésped. El parásito Trypanosoma cruzi (derecha) se encuentra en las heces de los insectos infectados. La picadura, o cualquier otra herida abierta, puede servir de vía de entrada del parásito al organismo y provocar una infección.

No obstante, otros investigadores sopesan este diagnóstico poco probable, ya que los síntomas disminuyeron a medida que Darwin envejecía, algo inusual en la enfermedad de Chagas. Además, consideran que este diagnóstico no tiene en cuenta que Darwin ya presentaba algunos síntomas antes de embarcarse a bordo del HMS Beagle. Tampoco existen reportes que indiquen que otros tripulantes hayan padecido esta enfermedad (Stefoff, 1991; Steverding, 2014; Hayman, 2017).

Diez años después de la picadura de la chinche besucona, Darwin le escribió una carta a su esposa, Emma, comentándole que nuevamente había dejado de consumir alimentos ácidos y pudines debido a su malestar estomacal crónico (Darwin, 1845). Uno de los diagnósticos más comunes para explicar sus problemas gastrointestinales intermitentes es la intolerancia a la lactosa (hipolactasia). Campbell y Matthews (2005) sugieren que Darwin pudo haber heredado esta condición, ya que algunos de sus familiares presentaron síntomas similares. Asimismo, se ha señalado que sus molestias solían aparecer aproximadamente dos horas después de comer. Otro dato importante es su predilección por los alimentos dulces, junto con sus problemas dentales (caries), lo que sugiere un consumo habitual de postres (Hayman, 2018). Su postre favorito era el pudín que su esposa preparaba con grandes cantidades de leche y crema.

No obstante, aunque esta hipótesis explica los malestares estomacales e intestinales, los vómitos y las flatulencias, no da cuenta de los trastornos cutáneos. Sumado a eso, especialistas como Orrego (2007) han destacado la personalidad metódica de Darwin, quien llevaba un registro de sus comidas, pues sospechaba que su dieta podría estar asociada con su sintomatología. Por lo tanto, es poco probable que Darwin no haya establecido una relación entre su malestar y su consumo de lácteos. Una carta del médico Andrew Clark, de marzo de 1882, con indicaciones dietéticas estrictas, refuerza tanto la atención médica continua que recibió Darwin como la naturaleza crónica de su enfermedad (Clark, 1882).

Otro diagnóstico que se ha sugerido para explicar los malestares estomacales es la enfermedad de Crohn, caracterizada por una inflamación crónica del tubo digestivo, con síntomas como dolor abdominal, vómito, flatulencias y fatiga. Adicionalmente, según Orrego (2007), la salud de Darwin mejoró parcialmente en su vejez, lo cual es común en la enfermedad de Crohn.

Ahora bien, otros investigadores han contraargumentado que síntomas como las náuseas, los vómitos y el letargo severo pueden presentarse, aunque no son característicos de la enfermedad de Crohn. Igualmente, este diagnóstico no logra explicar los problemas visuales, los dolores de cabeza severos, los mareos, el vértigo y los problemas de la piel, como la inflamación, el enrojecimiento y la picazón intensa (Sheehan, 2008; Hayman, 2014).

Finalmente, otras hipótesis han recurrido a su historia familiar para explicar náuseas, vómito y dolor abdominal, proponiendo una enfermedad de origen mitocondrial (las “centrales eléctricas” de las células). Por ejemplo, Hayman (2017) señala que una alteración heredada en el adn de las mitocondrias podría explicar síntomas similares a los del síndrome de vómitos cíclicos (svc), un trastorno gastrointestinal crónico y debilitante. Asimismo, Makani (2017) advierte que las comorbilidades psiquiátricas más frecuentes observadas en pacientes con svc son la ansiedad y la depresión. Encima, según Hayman (2017), una disfunción de las mitocondrias es coherente con los intensos dolores de cabeza, las alteraciones visuales y los problemas de la piel, entre otros. Este diagnóstico se ve reforzado porque explica también las enfermedades que padecieron su hermano Erasmus, su madre Susannah y su tío Tom Wedgwood (Hayman, 2014; Hayman, 2017).

Empero, esta propuesta no se sostiene del todo, puesto que, como señala Kompanje (2018), los trastornos mitocondriales de inicio tardío con una manifestación que afecta múltiples órganos son extremadamente raros. De igual manera, este diagnóstico (como todos los anteriores) es circunstancial, ya que no hay evidencia directa de una alteración en el adn mitocondrial.

El origen de las especies: el origen del mal

No sólo se han recurrido a causas orgánicas para explicar el mal que acechaba al célebre naturalista; algunos autores también consideran que sus síntomas tenían un origen psicológico. Por ejemplo, el psicoanalista inglés John Bowlby (1965), quien desarrolló la teoría del apego, sugirió que la enfermedad de Darwin pudo haber surgido a partir del duelo no resuelto por la enfermedad crónica y la muerte de su madre cuando él tenía 8 años.

De manera similar, Heyse-Moore (2019) propuso que Darwin pudo haber padecido un trastorno de estrés postraumático, asociado a la carga de sus síntomas crónicos y a su constante exposición a la enfermedad y a la muerte. Además del fallecimiento de su madre, Darwin perdió a tres de sus diez hijos, entre ellos a Annie (su hija más querida, que murió a los diez años). Stefoff (1996) señala que la muerte de Annie marcó un punto de inflexión en la fe cristiana de Darwin, ya debilitada desde el desarrollo de su teoría evolutiva.

Adicionalmente, durante sus estudios de medicina (1825-1827), presenció dos operaciones sin anestesia. Estas experiencias le resultaron profundamente perturbadoras y contribuyeron a su decisión de abandonar esa área. En su diario escribió: “Asistí en dos ocasiones al quirófano del hospital de Edimburgo y vi dos operaciones muy duras, una de ellas en un niño, pero salí apresuradamente antes de que terminaran. No volví a presenciar una… Ambos casos me persiguieron durante muchos años” (Diario de Darwin, 1826-1827; traducción propia). Estas vivencias podrían haberle provocado un trastorno de estrés postraumático.

Por otro lado, Hayman (2013) describe que Darwin presentó sollozos histéricos, sudoración, temblores y palpitaciones. Esta sintomatología coincide con un trastorno de pánico, según los criterios del dsm-5 (American Psychiatric Association [apa], 2014), y también podría explicar las náuseas y el malestar estomacal.

Hayman y Finsterer (2022) señalan, por su parte, que el naturalista sufría dolores de cabeza, desmayos y alteraciones visuales. Encima, presentó períodos de letargo, episodios de pérdida de memoria, incapacidad para hablar y parálisis parcial. Algunos de estos síntomas, como el dolor de cabeza, el mutismo selectivo, la sensación de mareo y los desmayos, pueden observarse en los trastornos de ansiedad según el dsm-5 (apa, 2014). La amnesia disociativa (pérdida de memoria generalmente relacionada con experiencias traumáticas), por su parte, podría constituir una respuesta disociativa. La parálisis plúmbea, a su vez, podría estar relacionada con diversos trastornos, como la depresión.

Cabe resaltar otro importante factor de estrés en la vida de Darwin: la obra que lo consolidó en la historia de la ciencia. El 12 de febrero de 1859, en una carta dirigida a su primo, William Fox, el naturalista le confiesa que “[El origen de las especies] es, creo, la causa de la mayor parte de los males a los que mi carne está destinada” (Darwin, 1859; traducción propia). Esta afirmación refleja el malestar psicológico asociado a la elaboración y futura publicación de su teoría de la evolución por selección natural. En un contexto en el que la idea de la inmutabilidad de las especies seguía siendo predominante, Darwin era consciente de la controversia que su propuesta podría suscitar, lo que le generaba una considerable carga de tensión y preocupación ante posibles críticas.

A ello se sumaba el contraste ideológico con su esposa Emma, cuyas convicciones cristianas diferían de su propio agnosticismo. En una carta que Darwin conservó, ella le expresaba su preocupación por sus ideas poco ortodoxas, que le hacían temer que él no sería aceptado en el paraíso y, en consecuencia, no podrían compartir la eternidad.

No obstante, la lista de diagnósticos psicológicos retrospectivos es amplia y no se limita a los mencionados. Según Hayman y Finsterer (2022), entre las hipótesis propuestas se incluyen neurastenia, neurosis de ansiedad, psiconeurosis, psicosis depresiva, hostilidad reprimida hacia el padre, homosexualidad latente, trastorno obsesivo-compulsivo y síndrome de Asperger. Si bien no se descarta que factores psicológicos, como el estrés asociado a hablar en público o las críticas a su trabajo, hayan contribuido a agravar su estado, actualmente es más probable que el origen de su enfermedad sea una alteración física.

El mal de los diagnósticos retrospectivos

Algunos autores sostienen que realizar un diagnóstico retrospectivo de la sintomatología de Darwin podría ayudar a quienes padecen trastornos similares en la actualidad. Sin embargo, este tipo de diagnósticos conlleva una serie de retos. En primer lugar, es necesario considerar que tanto las enfermedades como el conocimiento sobre ellas evolucionan con el tiempo. En este sentido, los cambios históricos y sociales en la concepción de lo patológico y de la sintomatología han llevado a cuestionar la búsqueda de un diagnóstico “definitivo” o “verdadero” en el caso de Darwin.

De igual manera, los diagnósticos se ven influidos por la época y la experiencia profesional de quienes los formulan. En consecuencia, las propuestas suelen reflejar el área de especialización del autor y, a menudo, coinciden con lo considerado innovador en un momento determinado. Por ello, estas interpretaciones pueden estar sesgadas tanto por los marcos cognitivos propios de cada disciplina como por factores históricos y sociales.

Otro reto que enfrentan los diagnósticos retrospectivos es la veracidad de las descripciones de los síntomas, esto es, si fueron hechas de manera rigurosa y certera, y si tienen el mismo significado en la actualidad. Por ejemplo, algunos historiadores, como Desmond (2008), piensan que “Darwin ponía tantas excusas para [asistir a] los eventos sociales que sus palabras deben ser tomadas con cautela”.

Por otro lado, según Lamer (2019), algunos diagnósticos retrospectivos requieren estudios más complejos para su comprobación, como los estudios moleculares. Empero, incluso cuando se emplean este tipo de metodologías, muchos de los síntomas no podrían explicarse ni confirmarse con certeza. Un ejemplo de ello es un estudio de 2014 en la serie Dead Famous dna, emitida en el canal 4 de la televisión británica. En dicha emisión se analizaron restos de vellos de la barba de Darwin, identificándose “21 marcadores para la enfermedad de Crohn” (Jefferies, 2014). Éste es el único diagnóstico respaldado por una investigación clínica, pero dicho hallazgo resulta poco concluyente porque no explica la totalidad del cuadro clínico atribuido al naturalista (Hayman, 2014). Esto da pie a que se sigan publicando hipótesis para determinar la enfermedad que sufrió el autor de El origen de las especies.

Finalmente, Buchanan (2021) reconoce que el desarrollo de nuevas herramientas de análisis permite una evolución en la forma de estudiar las enfermedades físicas y mentales. No obstante, critica la tendencia a ajustar y encajar los síntomas de Darwin con excesiva precisión a la “enfermedad del momento”. En este sentido, plantea que el principal reto de los diagnósticos retrospectivos no es sólo metodológico, sino también ético.

En general, estos diagnósticos nos permiten entender cómo Charles Darwin llevaba su vida y cómo su obra científica se vio afectada por su debilitante salud. Sin embargo, también plantean consideraciones sobre la falta de consentimiento para la publicación de diagnósticos, el posible daño a la imagen o la reputación e incluso la publicación de diagnósticos sensacionalistas.

Referencias



Recepción: 2025/09/12. Aceptación: 2026/06/01. Publicación: 2026/08/14.


Este es un artículo de acceso abierto bajo la licencia de Creative Commons 4.0.

Vol. 27, núm. 3 agosto-octubre 2026

Los misioneros dominicos en la Guatemala colonial y la lingüística contrastiva

Igor Vinogradov Cita

Resumen

Los misioneros católicos que arribaron a las Américas a principios del período colonial fueron los primeros europeos en enfrentar la enorme diversidad lingüística de esta región. Para poder tener éxito en la tarea de cristianización de la población indígena, tuvieron que aprender rápido múltiples lenguas desconocidas previamente y elaborar mecanismos eficaces para la traducción de materiales de evangelización. Aunque las crónicas coloniales no mencionan las estrategias de aprendizaje y traducción de manera explícita, algunos manuscritos de aquella época que sobrevivieron hasta la fecha arrojan luz sobre el trabajo lingüístico de los misioneros. Curiosamente, algunos métodos eran similares a los que se emplean en la actualidad en la lingüística contrastiva, una subdisciplina aplicada a la enseñanza de lenguas extranjeras que se consolidó hasta la segunda mitad del siglo xx.
Palabras clave: lingüística misionera, traducción, lenguas mayas, evangelización, Guatemala.

Dominican missionaries in colonial Guatemala and contrastive linguistics

Abstract

Catholic missionaries who arrived in the Americas at the beginning of the colonial period were the first Europeans to confront the surprising linguistic diversity of this region. To succeed in the task of Christianization of the indigenous population, they had to learn multiple previously unknown languages quickly and develop effective mechanisms for translating evangelization materials. Although colonial chronicles do not mention learning and translation strategies explicitly, some surviving manuscripts from that period shed light on the linguistic work of the missionaries. Curiously, some methods turn out to be similar to those currently used in contrastive linguistics, a subdiscipline applied to the teaching of foreign languages that become established until the second half of the 20th century.
Keywords: missionary linguistics, translation, Mayan languages, evangelization, Guatemala.


El trabajo de los misioneros era de particular importancia para la corona española desde los primeros años de la administración colonial en el continente americano. La divulgación de la fe cristiana —es decir, la conquista religiosa o espiritual— era una de las actividades estratégicas de la conquista política. La evangelización no hubiera sido posible sin establecer la comunicación con la población nativa. Ahí es donde la lingüística jugó un papel crucial en la historia, y los actores principales eran los misioneros españoles.

Como afirma Benno Biermann (1964), las autoridades de la iglesia católica pronto se dieron cuenta de que la estrategia de evangelización más exitosa sería promulgar la nueva religión en las lenguas locales que enseñar a los neófitos español o latín. Los misioneros políglotas se trasladaban de un lugar a otro enseñando la doctrina y predicando en lenguas indígenas. Antonio de Remesal (1620), el autor de la primera crónica dominica, a menudo expresa su admiración por el talento lingüístico que demostraban los frailes. Por ejemplo, así caracteriza a Juan de Torres, un fraile que trabajó en Guatemala: “El padre fray Juan de Torres había hecho mucho entre los indios y sabía seis o siete lenguas, que era cierta maravilla ver la facilidad con que las aprendía, y la destreza con que de ellas usaba”, y luego añade: “comenzando a aprender una lengua se hacía tanto con ella que aún no oraba, sino por los vocablos de ella” (Lovell, 1990, p. 280).

Obra de Antonio de Remesal

Figura 1. La portada de la obra de Antonio de Remesal.
Créditos: Remesal y Colección Kislak, 1619.

Los primeros misioneros que llegaron a las Américas gozaban de muy buena educación para el siglo xvi. Estudiaron en las mejores universidades de España, y además de teología, tenían amplio conocimiento sobre historia y sociedad. Su lengua materna era el español, pero también hablaban latín, griego y a veces el árabe. Sin embargo, no estaban del todo preparados para la diversidad lingüística tan impresionante como la que encontraron en el Nuevo Mundo. Les tocó trabajar con hablantes de lenguas totalmente desconocidas, un reto con el cual en nuestra época de globalización los lingüistas solamente podemos soñar.

Una de las preguntas más inquietantes que todavía no sabemos responder con exactitud es: ¿cuáles fueron los métodos que permitieron a Juan de Torres y a otros misioneros aprender tantas lenguas con tanto éxito en un corto plazo? Los resultados del trabajo lingüístico de los frailes quedaron plasmados en los diccionarios y descripciones gramaticales que en aquellos tiempos se llamaban artes. También escribían textos religiosos para su trabajo diario: confesionarios, colecciones de sermones, pláticas y doctrinas. No obstante, documentos de uso personal, como diarios o cuadernos para hacer apuntes, no sobrevivieron. Solamente podemos suponer cómo pudo haber estado organizado su trabajo lingüístico, ya que no tenemos evidencias que hubieran descrito su metodología de manera explícita. Seguramente, hubo un vínculo de colaboración con hablantes nativos, aunque los maestros locales no se mencionan en las fuentes escritas.

El manuscrito #68 de la colección lingüística Berendt-Brinton

Karl Hermann Berendt
Figura 2. Retrato de Karl Hermann Berendt.
Créditos: Weeks, 2011.

Algunos textos bilingües en lenguas indígenas de la época colonial pueden revelar de manera indirecta las técnicas que los misioneros empleaban en la traducción (Vinogradov, 2023). Así, en la colección lingüística Berendt-Brinton, que forma parte de la biblioteca de la Universidad de Pensilvania, existe un documento que reúne varios textos bajo el nombre Varios escritos en pocomchi y kekchi del archivo parroquial de Coban, Vera Paz.1 Fue encontrado por Karl Hermann Berendt, un coleccionista alemán, en el archivo parroquial de la ciudad de Cobán, en la segunda mitad del siglo xix, durante su estadía en Guatemala.

El manuscrito #68 contiene fragmentos bilingües redactados en dos lenguas mayas, q’eqchi’ y poqomchi’,2 organizados de una manera peculiar. Las versiones en dos lenguas se dividen en secuencias muy cortas de dos a cinco palabras y se separan por medio del signo igual, como se puede observar en la imagen abajo. Es decir, primero se escribe una frase en una lengua (q’eqchi’), luego va el signo igual, y sigue la misma frase, pero en la otra lengua (poqomchi’).

No sabemos cómo ni con qué propósito fue creado este texto. Si nos imaginamos leyendo en voz alta este fragmento en una de las dos lenguas, veremos que es muy difícil si no totalmente imposible. El problema es que no se puede apartar rápido los fragmentos irrelevantes escritos en la otra lengua. Parece razonable suponer que este escrito no era más que un ejercicio de aprendizaje o traducción.

El autor establece las correspondencias entre las frases cortas, y esto le ayuda a aprender la segunda lengua o a traducir el material de una lengua a la otra. Probablemente, el autor domina el q’eqchi’ o tomó el texto en q’eqchi’ de alguna otra fuente, ya que las frases en esta lengua siempre van primero, y después del signo igual se agregan sus equivalentes en poqomchi’.

En ninguna parte de este texto aparece su traducción al español, pero hay una nota en latín en el margen de un folio que cita un pasaje de la Biblia. El análisis lingüístico también indica que es una traducción bilingüe de un fragmento del evangelio de San Lucas. Si es así, es poco probable que este texto fuera escrito con el fin de reproducirlo en público. La Inquisición española tenía estrictamente prohibido traducir la Biblia en lenguas vernáculas y menos en lenguas indígenas de las Américas. Este es otro argumento a favor de que el fragmento en cuestión haya sido un instrumento lingüístico para el uso personal de su autor o de un grupo de autores.

Si la hipótesis que este fragmento del manuscrito #68 presenta un pasaje bíblico traducido del q’eqchi’ al poqomchi’ es correcta, se podría constatar que los frailes dominicos llegaron a la conclusión de que era más práctico comparar las lenguas mayas entre sí, y no con el español o latín. Este mismo principio de “comparar lo comparable” o “contrastar lo contrastable” sigue siendo válido en la lingüística actual. En efecto, el análisis comparativo de lenguas emparentadas o por lo menos relacionadas geográficamente constituye la base conceptual de una de las ramas más importantes de la lingüística aplicada, que lleva el nombre de lingüística contrastiva.

El Valle de México

¿Qué es la lingüística contrastiva?

De acuerdo con la definición que proporciona Javier Valenzuela Manzanarez (2002) y otros especialistas, la lingüística contrastiva es una subdisciplina que busca identificar las semejanzas y diferencias estructurales entre dos o más lenguas, para luego utilizar este contraste —de ahí proviene el nombre de la disciplina— en traducción, interpretación y aprendizaje de lenguas extranjeras. Los fenómenos lingüísticos que se someten al análisis contrastivo pueden variar desde la pronunciación de sonidos hasta la organización del discurso.

El nacimiento de la lingüística contrastiva se debió a la creciente necesidad de aprender lenguas extranjeras de manera rápida y eficaz en Europa y los Estados Unidos a mediados del siglo xx, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, que reforzó la demanda a la comunicación internacional. Como señala el lingüista alemán Ekkehard König (2012), los beneficios del enfoque contrastivo para la enseñanza y aprendizaje de lenguas extranjeras han sido sobreestimados. Sin embargo, todavía existen revistas académicas que publican recientes avances en esta subdisciplina, como Languages in Contrast, y también una serie de congresos bianuales International Contrastive Linguistics Conference, que en 2025 celebró su onceava edición.

Curiosamente, condiciones sociales muy similares a las que dieron inicio a la lingüística contrastiva en el siglo xx también se dieron al inicio del período colonial en las Américas y, en particular, en Guatemala. Aunque la propia lingüística era todavía una disciplina emergente, algunos métodos que los misioneros europeos utilizaban en su labor de evangelización de la población indígena se asemejan a los procedimientos actuales de la lingüística contrastiva.

El contexto lingüístico en Guatemala colonial

En la actualidad, en Guatemala se hablan 25 lenguas reconocidas oficialmente, de las cuales 24 son lenguas indígenas. Además del español, existen 22 lenguas que pertenecen a la familia lingüística maya; el garífuna, una lengua arahuaca que se habla en la costa atlántica, y el xinka, una lengua casi extinta. Hay amplia evidencia histórica que, a principios del siglo xvi, cuando los europeos pisaron las tierras guatemaltecas por primera vez, la situación sociolingüística era aún más diversa. El territorio xinka en el sur era mucho más extenso, mientras en el norte del país se hablaban varias lenguas mayas del subgrupo cholano que luego desaparecieron sin que los lingüistas las pudieran estudiar (ver Becquey, 2012).

La ciudad de Cobán, de donde proviene el manuscrito #68, es la capital del actual departamento de Alta Verapaz. La misión dominica se estableció en Cobán en 1544 con la fundación del convento, y desde allí empezó a difundir la religión cristiana entre los pueblos a su alrededor. Alta Verapaz antes se conocía como Tezulutlán o también “tierra de guerra”.3 Ese nombre se lo dio Pedro de Alvarado, el famoso militar que encabezó la invasión de Guatemala en 1524, por la resistencia agresiva que los pueblos nativos pusieron a la entrada de los españoles. Esta región era y sigue siendo multilingüe. En el siglo xvi allí se hablaban al menos siete lenguas mayas distintas, entre las cuales están el q’eqchi’ y el poqomchi’. El q’eqchi’ se habla en los alrededores de Cobán, y esta posición geográfica privilegiada lo convirtió en la lengua principal de la evangelización. Al occidente se hablaba el ixil, una lengua del subgrupo mameano. En las planicies del norte se hablaban lenguas cholanas y yucatecanas: chontal, ch’olti’, itza’ y mopán. A pesar de que todas estas lenguas filogenéticamente pertenecen a la misma familia maya, conforman ramas distintas y no son mutuamente inteligibles.

El hecho de trabajar con varias lenguas indígenas de manera simultánea no era un obstáculo para los misioneros. De hecho, aprendieron a aprovechar el ambiente multilingüe. Sabemos por las crónicas que, desde la segunda mitad del siglo xvi, los frailes estuvieron invirtiendo su tiempo en realizar traducciones en diferentes lenguas mayas. Así, Francisco de Viana, un dominico de Cobán, en 1577 escribió una carta dirigida a las autoridades de la Inquisición española, en la que proporcionó una lista de obras que tradujo del q’eqchi’ al poqomchi’: una doctrina, el Evangelio de San Mateo, el “Paraíso terrenal”, unos adagios y unos adverbios (Ximénez, 1930, pp. 267-268). Desafortunadamente, muy pocas obras misioneras sobrevivieron hasta la fecha. En primer lugar, esto se debe a que el papel no es un material duradero, y menos en un clima tropical húmedo, cuando no se hace un esfuerzo por mantener las condiciones ambientales mínimas necesarias.

En vez de conclusión

Las investigaciones de Frauke Sachse (2016) han demostrado que los primeros frailes, al elaborar la terminología cristiana en lenguas mayas (“Dios”, “infierno”, “gloria”, “sacramento”, entre muchos otros), aprobaban un término en una lengua, y luego con cambios menores lo trasladaban a otras. Esas palabras no se percibían como ajenas porque tenían origen maya, pero los frailes lograban incluir en ellas los significados cristianos que no se asociaban con las creencias antiguas. Siguiendo la misma metodología, los misioneros adoptaron discursos rituales indígenas y emplearon las mismas estructuras en sus textos católicos. De acuerdo con Sergio Romero (2019), esas estructuras retóricas luego pasaban de una lengua maya a otra, sin llegar a ser rechazadas por la población local, de tal manera que la nueva religión se incorporaba en la cultura indígena, creando el fenómeno conocido como el sincretismo religioso. Si agregamos a esto lo que observamos en el manuscrito #68 de la colección Berendt-Brinton, podemos inferir que los misioneros que trabajaban en Guatemala colonial aplicaban el enfoque contrastivo no solamente a la terminología y retórica, sino también a la gramática y el léxico.

Hubiera sido una exageración afirmar que la lingüística contrastiva, así como la conocemos en la actualidad, tuviera raíces en el siglo xvi. Más bien, las ideas lingüísticas que garantizaron el éxito de la evangelización en las tierras americanas en el siglo xvi coinciden con las que formaron la base conceptual de la lingüística contrastiva en el siglo xx. Sin embargo, son dos tradiciones claramente distintas que no se cruzaron en el tiempo ni en el espacio. De los avances prácticos de los misioneros no surgió ninguna teoría ni disciplina científica, porque los actores principales no tenían el objetivo de elaborar metodologías universales. Sus ejercicios lingüísticos desde un inicio tenían un propósito limitado y bien definido: eran estudios aplicados a la enseñanza y traducción. En cambio, la lingüística contrastiva surgió en el siglo xx junto con la demanda hacia métodos universales de aplicación global, que no podía existir en los siglos anteriores.

Agradecimientos

Esta investigación se realizó en el marco del proyecto IH-2025-I-20, “La morfosintaxis de las lenguas mayas k’iche’anas y la evangelización: en búsqueda de los factores que condicionan la velocidad del cambio lingüístico” apoyado por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (secihti). Agradezco los comentarios de dos revisores anónimos y del equipo editorial sobre la primera versión de este trabajo.

Referencias

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Recepción: 2025/08/28. Aceptación: 2026/06/01. Publicación: 2026/08/14.


Este es un artículo de acceso abierto bajo la licencia de Creative Commons 4.0.

Vol. 27, núm. 3 agosto-octubre 2026

Latigazos hidroclimáticos: la montaña rusa del clima extremo en un planeta que se calienta

Alejandro Jaramillo Moreno y Christian Domínguez Sarmiento Cita

Resumen

El clima de la Tierra nunca ha sido estático: ha oscilado entre periodos fríos y cálidos por causas naturales, como la actividad solar, las erupciones volcánicas o los cambios orbitales. Pero desde la Revolución Industrial, la acción humana ha intensificado el efecto invernadero y elevado la temperatura global más de 1 °C sobre los niveles preindustriales, alterando el ciclo del agua y disparando la frecuencia de lluvias torrenciales y sequías. A esto se suma un fenómeno cada vez más estudiado: los latigazos hidroclimáticos, saltos abruptos de la sequía extrema a la inundación (o viceversa), que ya son más comunes y seguirán creciendo según las proyecciones climáticas. El resultado es un clima que se mueve más rápido de lo que nuestras ciudades, presas y sistemas de drenaje —construidos para un clima que ya no existe— pueden seguirle el paso.
Palabras clave: cambio climático, ciclo del agua, eventos climáticos extremos, latigazos hidroclimáticos, gestión del agua.

Hydroclimatic whiplash: the roller coaster of extreme weather in a warming planet

Abstract

Earth’s climate has never been static: it has shifted between colder and warmer periods due to natural causes such as solar activity, volcanic eruptions, and orbital variations. But since the Industrial Revolution, human activity has intensified the greenhouse effect and pushed global temperatures more than 1 °C above preindustrial levels, altering the water cycle and driving up the frequency of torrential rains and severe droughts. Add to that a phenomenon gaining scientific attention: hydroclimatic whiplash, abrupt swings from extreme drought to flooding (or the reverse), already more common and projected to keep rising. The result is a climate moving faster than the cities, dams, and drainage systems built for a climate that no longer exists.
Keywords: climate change, water cycle, extreme weather events, hydroclimatic whiplash, water management.


El clima nunca ha sido estático

Cuando pensamos en el clima, lo primero que suele venirnos a la mente son las estaciones del año. Reconocemos un ciclo anual en el que, aunque un día puede ser más cálido o más frío que otro, en promedio los veranos son más cálidos que los inviernos. Este ritmo relativamente regular ha permitido que los entornos naturales y las sociedades se adapten a un clima de cierta forma predecible (Jaramillo y Mendoza-Ponce, 2022).

Sin embargo, en los últimos años se ha vuelto común escuchar que el clima está cambiando. Existe una percepción generalizada de que hoy hace más calor que en décadas pasadas —una impresión especialmente marcada entre las generaciones de mayor edad—. En el hemisferio norte, por ejemplo, aunque julio siempre ha sido más cálido que enero, los julios recientes resultan notablemente más calurosos que los de hace medio siglo. Ese equilibrio se ve hoy alterado por un clima cada vez más cambiante, en el que no sólo aumentan los extremos, sino también las transiciones bruscas entre ellos.

Esta percepción no es sólo una sensación personal: está respaldada por observaciones del clima a escala global. En la figura 1 se muestran las anomalías de temperatura global, es decir, cuántos grados por encima o por debajo de la media se encuentra la temperatura con respecto al promedio del periodo 1961-1990. Si miramos los registros, podemos observar que, antes de 1960, las temperaturas eran en promedio menores y, aunque variaban de un año a otro, se mantuvieron relativamente estables hasta mediados del siglo xx. A partir de la década de los años ochenta comienza, en cambio, un aumento sostenido que continúa hasta la actualidad. Como resultado, hoy las temperaturas globales son alrededor de 1.2 °C más altas que el promedio de 1961-1990, y aproximadamente 1.6 °C más cálidas que a principios del siglo xx. En la práctica, este incremento implica cambios perceptibles en la experiencia cotidiana del clima, así como una mayor demanda de agua y energía en muchas regiones.

La temperatura global

Figura 1. La temperatura global ha aumentado de forma sostenida desde la década de 1980. El gráfico muestra las diferencias de temperatura (anomalías) (°C) respecto al promedio de 1961-1990; la banda sombreada representa el rango de incertidumbre estadística (95 %).
Créditos: elaboración propia con datos de Hadcrut5 (Morice et al., 2021).

Como consecuencia del calentamiento, la atmósfera puede retener una mayor cantidad de vapor de agua, lo que intensifica el ciclo hidrológico y se traduce en una mayor variabilidad entre periodos secos y húmedos. Esta variabilidad no sólo se manifiesta en sequías o lluvias extremas consideradas de forma aislada, sino también en transiciones rápidas entre ambos extremos, un fenómeno que más adelante analizaremos bajo el concepto de latigazos hidroclimáticos.

Este calentamiento progresivo de la atmósfera terrestre es lo que comúnmente se denomina cambio climático o calentamiento global. Sin embargo, el término cambio climático puede resultar engañoso, ya que parece sugerir que antes el clima era inmutable y que sólo ahora está cambiando. Nada más lejos de la realidad.

En realidad, el clima de la Tierra nunca ha sido estático. A lo largo de la historia geológica ha experimentado variaciones profundas impulsadas por fenómenos naturales, como cambios en la cantidad de energía solar que recibe el planeta, alteraciones en la órbita terrestre, erupciones volcánicas o incluso el lento pero continuo desplazamiento de los continentes (Hartmann, 2016).

Para entender de dónde provienen estas variaciones, conviene reconocer que gran parte de la variabilidad climática registrada a lo largo del tiempo se debe justamente a estos procesos naturales. Nuestro planeta, por ejemplo, ha atravesado ciclos de enfriamiento y calentamiento vinculados principalmente a la actividad solar y a los movimientos orbitales alrededor del Sol. Las reconstrucciones del pasado climático de la Tierra muestran que el sistema climático responde tanto a forzamientos externos como a su propia dinámica interna, generando fluctuaciones naturales entre periodos más cálidos o más fríos (Mann et al., 2008; Hansen et al., 2010).

Una muestra de esta historia climática se presenta en la figura 2, que ilustra las anomalías de temperatura superficial global durante los últimos 784,000 años. Estos cambios están asociados a distintos forzamientos naturales, entre los que destacan las variaciones en la luminosidad solar, las oscilaciones orbitales conocidas como ciclos de Milankovitch (Kerr, 1987), las erupciones volcánicas y el movimiento de los continentes (Hartmann, 2016), capaces de modificar el balance energético del planeta y los patrones de temperatura y precipitación a escala global.

La historia climática de la Tierra

Figura 2. La historia climática de la Tierra en los últimos 784,000 años, representada a través de diferencias de temperatura global (anomalías) respecto al promedio de temperatura de la era preindustrial. La reconstrucción se basa en 14 registros paleoclimáticos de temperatura superficial del mar. Los tonos azules indican periodos del pasado climático más fríos, mientras que los tonos rojos corresponden a periodos más cálidos.
Créditos: elaboración propia con datos de Friedrich et al. (2016).

De la naturaleza a la huella humana

Ahora bien, aunque una parte importante de la variabilidad climática es natural, las actividades humanas también han dejado una huella profunda desde tiempos antiguos. Con la invención de la agricultura comenzamos a sustituir bosques por campos de cultivo, a levantar ciudades e incluso a desecar lagos, lo que modificó las condiciones climáticas locales en torno a los asentamientos humanos (Brunner-Mendoza et al., 2024).

Durante milenios, estos efectos se mantuvieron limitados a regiones cercanas a los poblados. Sin embargo, desde la Revolución Industrial, su alcance se volvió global. El uso intensivo de combustibles fósiles —carbón, petróleo, gas natural— ha liberado a la atmósfera grandes volúmenes de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero que habían permanecido atrapados durante milenios en depósitos naturales. Como resultado, las concentraciones atmosféricas de estos gases comenzaron a aumentar a un ritmo sin precedentes, con un origen inequívocamente humano.

La acumulación de gases de efecto invernadero intensificó el efecto invernadero natural y alteró el balance energético entre la radiación solar que recibe la Tierra y la energía que el planeta emite de vuelta al espacio (Jaramillo y Mendoza-Ponce, 2022). Este desajuste ha modificado el clima y ha provocado un aumento sostenido de la temperatura superficial global, como lo muestran los registros observacionales presentados en la figura 1.

Cuando el clima se sale de lo común

La modificación del clima no sólo afecta la temperatura del planeta: sus efectos se hacen visibles en múltiples dimensiones del sistema terrestre y abarcan diversos procesos atmosféricos y ambientales, como el aumento del nivel medio del mar, el retroceso de glaciares, la acidificación de los océanos, la alteración de la química oceánica, la actividad de huracanes y los cambios en la diversidad de especies, entre muchos otros (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático [ipcc], 2023).

Entre estas transformaciones, una de las más críticas por su magnitud y alcance es la alteración del ciclo del agua, que modifica la disponibilidad y la distribución del recurso en distintas regiones del planeta. En este ciclo, el agua se evapora, forma nubes, precipita en forma de lluvia, granizo o nieve, y el proceso vuelve a comenzar. Sin embargo, no siempre se comporta de forma regular: a veces llueve en exceso, produciendo tormentas severas e inundaciones, y otras veces apenas llueve, lo que conduce a sequías intensas. Estos episodios se conocen como eventos extremos porque ocurren con una frecuencia mucho menor que el comportamiento promedio de la atmósfera. Para entenderlos mejor, no es necesario entrar en tecnicismos: basta con apoyarse en una analogía sencilla.

En lugar de hablar de lluvias o temperaturas, pensemos en algo más familiar: la altura de las personas. Si midiéramos la altura de millones de adultos en un país y contáramos cuántas personas tienen cada estatura, obtendríamos una distribución con forma de campana —conocida como distribución normal o gaussiana— en la que la mayoría se concentra alrededor de un valor promedio y las estaturas muy bajas o muy altas son mucho menos frecuentes. Esta idea se ilustra en la figura 3, donde la distribución original aparece a la izquierda (en azul), junto con su valor medio.

Figura 3. Distribución de la estatura de una población. La curva azul representa la distribución original y la curva roja, una población más alta en promedio.
Créditos: elaboración propia.

Ahora imaginemos que, gracias a mejoras en nutrición y salud, las nuevas generaciones alcanzan una estatura promedio mayor. Décadas después, la distribución ya no coincide con la original, sino que se desplaza hacia valores más altos, como se muestra en la misma figura mediante una segunda curva situada a la derecha (en rojo), con un nuevo promedio. Esto implica que lo que antes considerábamos “muy alto” pasa a ocurrir con mayor frecuencia y se sitúa más cerca del nuevo valor medio. Dicho de otro modo, los extremos se han redefinido: lo que antes era excepcional se vuelve más común. Si las casas se hubieran diseñado pensando en la distribución original, las personas de generaciones más recientes terminarían golpeándose la cabeza con los marcos de puertas y techos, lo que haría necesario un rediseño para adaptarse a la nueva realidad.

En el clima ocurre algo equivalente. Cuando la distribución de variables como la lluvia o la temperatura se desplaza, los eventos que antes considerábamos extremos —lluvias muy intensas o sequías severas— pasan a presentarse con mayor frecuencia. Esta analogía nos permite entender mejor lo que sucede en un planeta que se calienta. A medida que aumenta la temperatura, la atmósfera puede retener una mayor cantidad de vapor de agua, intensificando así el ciclo hidrológico (Jaramillo y Mendoza-Ponce, 2022). Como resultado, en un clima más cálido pueden presentarse no sólo precipitaciones más intensas, sino también periodos secos más prolongados. En esencia, el cambio climático implica un desplazamiento en la distribución de las variables atmosféricas, particularmente de los eventos hidrometeorológicos extremos. Por ello, lluvias o sequías que hace décadas se consideraban excepcionales hoy se presentan con mayor frecuencia.

Muchas ciudades no están plenamente preparadas para enfrentar estos cambios. Nuestros acueductos, sistemas de drenaje e infraestructura, diseñados para los extremos del pasado, quizá no estén adecuados a los retos que plantean los extremos del presente. En muchas ciudades de América Latina, lluvias intensas que antes se esperaban una vez en varias décadas hoy generan inundaciones recurrentes, y afectan vialidades, viviendas y servicios básicos concebidos para un clima que ya no existe. El aumento en la frecuencia e intensidad de los eventos extremos representa, en este contexto, uno de los mayores desafíos hacia el futuro.

Latigazos hidroclimáticos: el vaivén extremo

En el universo de los eventos extremos hidrometeorológicos destacan dos polos: las lluvias intensas y las sequías. Cada uno tiene efectos particulares sobre la sociedad. Sin embargo, la naturaleza es más compleja: aunque estos eventos extremos son poco frecuentes, nada impide que ocurran de manera consecutiva. Es parecido a lanzar una moneda —lo más probable es alternar entre cara y sello, pero también puede suceder, con menor probabilidad, que el mismo resultado se repita varias veces seguidas—. De forma análoga, pueden presentarse varias tormentas intensas una tras otra, o bien sequías prolongadas que se encadenan en el tiempo.

Otra posibilidad, aún más desafiante, es la aparición de transiciones bruscas entre extremos opuestos: pasar rápidamente de una sequía intensa a lluvias torrenciales, o viceversa. Así, después de varios meses sin lluvia, pueden llegar precipitaciones extremas que provoquen inundaciones; o, tras semanas muy lluviosas, instalarse de pronto una sequía severa. A este tipo de cambios repentinos se les conoce como latigazos hidroclimáticos (Swain et al., 2025), una expresión que transmite bien la sensación de un cambio brusco y violento entre condiciones muy secas y muy húmedas.

En consecuencia, los latigazos hidroclimáticos tienden a amplificar los riesgos de maneras inesperadas. Una temporada muy húmeda, por ejemplo, puede reducir la necesidad percibida de almacenar agua en presas y reservorios; si después sobreviene una sequía intensa, esa falta de almacenamiento se traduce en una escasez más aguda. De forma similar, lluvias abundantes favorecen el crecimiento de la vegetación, pero si a continuación se instala un periodo seco y caluroso, esa vegetación se convierte en combustible que incrementa drásticamente la probabilidad de incendios extensos e intensos. Un ejemplo reciente son los incendios ocurridos en California en febrero de 2025 (figura 4), donde cambios muy rápidos entre temporadas húmedas y secas generaron condiciones propicias para la propagación del fuego (Swain et al., 2025).

Figura 4. Fotografía de los incendios ocurridos en California en febrero de 2025.
Créditos: Wikipedia (CC BY-SA 4.0).

Al intensificarse el ciclo del agua con el calentamiento global, no sólo aumenta la probabilidad de eventos extremos, sino también la frecuencia de estas transiciones bruscas o latigazos hidroclimáticos. La evidencia muestra que esta mayor volatilidad del clima ha crecido de manera clara en las últimas décadas: desde mediados del siglo xx, la ocurrencia de estos latigazos se ha incrementado entre 31 y 66 % en periodos de pocos meses, y entre 8 y 31 % en cambios de un año a otro (Swain et al., 2025). Este aumento implica que las comunidades y los sistemas de gestión del agua enfrentan cambios cada vez más rápidos, con menos tiempo para recuperarse entre sequías e inundaciones, lo que amplifica los riesgos asociados a transiciones rápidas de condiciones secas y húmedas, como inundaciones repentinas, incendios forestales, deslizamientos y brotes de enfermedades.

Un reto hacia el futuro

Todo apunta a que, si se mantienen las actuales emisiones de gases de efecto invernadero, la temperatura global seguirá aumentando en las próximas décadas (ipcc, 2023). En este escenario, los latigazos hidroclimáticos podrían volverse cada vez más frecuentes. Estos cambios abruptos entre condiciones secas y húmedas no ocurren de forma aislada, sino que desencadenan efectos en cascada —inundaciones repentinas, deslizamientos, incendios, pérdidas agrícolas, crisis sanitarias— que no pueden entenderse como sequías o lluvias aisladas (Swain et al., 2025).

El gran desafío es que la mayoría de nuestras comunidades no están preparadas para estos cambios tan bruscos. Muchas infraestructuras y políticas siguen pensadas para el clima del siglo pasado, y la planificación suele basarse en promedios históricos que ya no reflejan la realidad ni consideran un clima cambiante. Esto limita nuestra capacidad de anticipar, responder y adaptarnos.

En este nuevo contexto, necesitamos una gestión hídrica flexible e integral, capaz de enfrentar sequías e inundaciones al mismo tiempo. Esto requiere modernizar presas y sistemas de riego, con el fin de optimizar el almacenamiento hídrico durante los periodos secos y, al mismo tiempo, disminuir el riesgo de inundaciones en las temporadas húmedas. También requiere rediseñar las ciudades: menos concreto y más áreas permeables que recarguen acuíferos, márgenes de seguridad para los ríos, y soluciones basadas en la naturaleza que reduzcan riesgos sin generar problemas futuros.

Frente a este escenario, la ciencia y la tecnología se vuelven herramientas indispensables para enfrentar los nuevos retos: se requieren pronósticos meteorológicos más precisos, sistemas de alerta temprana bien implementados y una comunicación clara y eficiente del riesgo, lo que ayudará a mejorar las acciones para proteger vidas humanas y medios de subsistencia. Además, es importante fomentar la conciencia social: reconocer que ya no podemos tratar sequías e inundaciones como amenazas separadas, sino como dos caras de un mismo reto.

En síntesis, los latigazos hidroclimáticos no son fenómenos aislados, sino la expresión de un clima cada vez más volátil que exige nuevas formas de gestión, planificación y adaptación. Su creciente frecuencia, documentada y analizada a partir de datos recientes, obliga a reconfigurar los modelos de gestión del agua y a reconsiderar nuestra interacción con los sistemas naturales. Ya existen herramientas y enfoques de adaptación probados, pero su aplicación requiere estrategias integrales, flexibles y alineadas con los procesos ecológicos. El desafío es considerable, pero también lo es la oportunidad: avanzar hacia ciudades más inteligentes, sociedades mejor preparadas y sistemas hídricos más seguros, fortaleciendo al mismo tiempo nuestra relación con el recurso en un contexto climático cada vez más variable.

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Recepción: 25/08/2025. Aceptación: 01/06/2026. Publicación: 14/08/2026.


Este es un artículo de acceso abierto bajo la licencia de Creative Commons 4.0.

Vol. 27, núm. 3 agosto-octubre 2026

El lado B de los parásitos: aspectos positivos y benéficos

Mirza Patricia Ortega-Olivares, Marcelo Tonatiuh González-García, Leopoldo Andrade-Gómez y Martín García-Varela Cita

Resumen

Cuando escuchamos la palabra parásito, casi siempre la asociamos con enfermedades y con algo que debe ser eliminado. Y aunque eso es parcialmente cierto, la historia de estos organismos tiene otra cara que vale la pena conocer. Los parásitos han adoptado un estilo de vida tan exitoso que están en todas partes. En este artículo explicamos cómo cumplen funciones determinantes dentro de los ecosistemas: 1) regulan las poblaciones de sus hospederos, 2) facilitan las cadenas tróficas y 3) nos revelan información sobre la salud del ambiente que a simple vista es invisible. Reconocer su valor implica mirar la naturaleza con otros ojos, más curiosos, capaces de apreciar que todos los seres vivos —incluso los más incómodos— forman parte de la biodiversidad. Así que la próxima vez que pienses que los parásitos merecen ser erradicados, recuerda: una moneda tiene dos caras. Y ellos también tienen su lado bueno.
Palabras clave: parásitos, biodiversidad, ecosistemas, bioindicadores, conservación.

The B-side of parasites: Their positive and beneficial aspects

Abstract

When we hear the word parasite, we almost always associate it with disease and with something that should be eliminated. Although that is partially true, the story of these organisms has another side worth knowing. Parasites have adopted such a successful way of life that they are everywhere. In this article, we explain how they perform crucial roles within ecosystems: 1) they regulate host populations, 2) they facilitate food webs, and 3) they reveal information about environmental health that is invisible to the naked eye. Recognizing their value means looking at nature with a more curious eye —one that appreciates that all living beings, even the most uncomfortable ones, are part of biodiversity. So next time you think parasites should be eradicated, remember: every coin has two sides. And they also have their good side.
Keywords: totoaba, conservation, metagenomics, extinction, diet.


Introducción

Imagina que sales a caminar por el parque y notas a un caracol que se mueve de manera extraña, como si fuera un títere. O que vas de vacaciones al mar y observas a un pez que nada más lento de lo normal, volviéndose presa fácil de cualquier depredador. Podría ser casualidad, pero en muchos casos hay un responsable invisible detrás de esos comportamientos: un parásito.

¿Los parásitos son seres repugnantes, desagradables, que generan enfermedades? Probablemente responderías que sí. Durante décadas, quizá siglos, la ciencia y la cultura popular nos han hecho creer que los parásitos únicamente traen cosas negativas: enfermedades, asco, miedo. Este es el lado A de su historia, el que todos conocemos. Pero eso es sólo la mitad de la historia. En este artículo te invitamos a darle vuelta a la página y explorar el lado B de los parásitos, el que casi nunca se cuenta: ese en el que resultan ser piezas clave para la salud del planeta.

Antes de continuar, aclaremos rápidamente qué es un parásito. Básicamente, es un organismo que vive a costa de otro (su hospedero), causándole algún daño. Suena mal, ¿verdad? Pero seamos honestos: ¿quién no se ha identificado alguna vez con un parásito? Instalarse en casa de alguien más, comer gratis, aprovechar los recursos ajenos o vivir a costa de los demás. El estilo de vida parasitario es tan eficiente que ha surgido de forma independiente en múltiples grupos a lo largo de la evolución, y es la estrategia de supervivencia más exitosa del planeta. Tanto, que se estima que cada especie de planta o animal que vive libremente alberga al menos una especie de parásito (Poulin, 1999).

Entonces, si son tan comunes, ¿por qué los detestamos? La respuesta es simple: únicamente conocemos una versión de la historia. Prepárate, porque a continuación verás a estos organismos como nunca los habías imaginado.

El contrato más antiguo del mundo

Pensemos como un parásito por un momento. Si el objetivo fuera matar a su hospedero, sería como si decidieras prender fuego a tu propia casa mientras estás dentro. No tendría ningún sentido. Porque el objetivo del parásito no es la muerte, es la permanencia: un lugar donde vivir, comer y reproducirse, y para eso necesita que el hospedero siga vivo.

Esta es la base del contrato más antiguo del mundo, uno que se ha firmado durante cientos de millones de años, en silencio, dentro de los cuerpos de casi todas las especies del planeta. No es un contrato justo, desde luego. El parásito saca provecho, mientras que el hospedero suele salir perdiendo, pero a veces, sólo a veces, la balanza se inclina hacia el otro lado.

Este contrato no es una guerra abierta, sino un estira y afloja constante. El parásito encuentra una manera de colarse. El hospedero levanta una barrera. El parásito aprende a evadirla y el hospedero inventa una nueva estrategia. Los biólogos llaman a esto coevolución: un baile forzado en la que cada movimiento de uno genera una respuesta del otro. Y de este baile surgen cosas sorprendentes: nuevas formas, nuevos comportamientos, nueva diversidad biológica (Buck, 2019).

Tomemos el caso de la ardilla terrestre llamada Urocitellus richardsonii y su diminuto protozoario —organismo unicelular— de nombre impronunciable Trypanosoma otospermophili. Cuando la ardilla tiene una dieta normal, el parásito es únicamente eso, un parásito. Pero si la comida escasea y la ardilla no tiene suficiente vitamina B6, ocurre algo inesperado: el protozoario comienza a fabricar esta vitamina y la ardilla la aprovecha. El parásito se convierte en un proveedor, suple la carencia y evita que la ardilla enferme (Munger y Holmes, 1988).

¿Por qué haría esto el parásito? Por puro egoísmo evolutivo. Una ardilla sana vive más tiempo y el parásito puede seguir cómodamente. No es bondad, es estrategia. Si el hospedero muere, el parásito pierde su hogar. La pregunta relevante, entonces, no es ¿son buenos o malos?, sino ¿qué papel juegan en los ecosistemas?

Eelación entre ardilla y protozoario

Figura 1. Representación de la relación entre la ardilla Urocitellus richardsonii y el protozoario Trypanosoma otospermophili. En condiciones de escasez, el parásito actúa como proveedor al sintetizar vitamina B6 para el hospedero.
Créditos: elaboración propia con IA de Canva.

Los parásitos también son biodiversidad

Cuando pensamos en biodiversidad, imaginamos jaguares, colibríes, orquídeas, etcétera. Sin embargo, los parásitos son una parte fundamental de la riqueza biológica del planeta (ver figura 2). Si por cada especie de vida libre existe al menos una especie parásita, es posible que estos organismos sean, en número, la mayoría de las especies de la Tierra (Gómez y Nichols, 2013).

En las últimas seis décadas, la tasa de extinción se ha acelerado drásticamente y los parásitos no están excentos de esta amenaza. Cuando una especie de ave o pez desaparece, pueden extinguirse con ella decenas de especies parásitas que eran exclusivas de ese hospedero. Es una pérdida silenciosa, casi nunca registrada. Por eso, incluir a los parásitos en las estrategias de conservación no es un capricho académico, es una necesidad para entender y proteger el funcionamiento real de los ecosistemas.

Diversidad biológica del planeta

Figura 2. La diversidad biológica del planeta, incluyendo a los parásitos.
Créditos: elaboración propia con IA de Canva.

¿Qué pasaría si los parásitos desaparecieran?

Los ecologistas lo llaman un efecto cascada: cuando una especie clave desaparece, su ausencia desequilibra toda una red de interacciones. Los parásitos, aunque la mayor parte del tiempo no se ven, son actores centrales de esta red. Quitarlos no limpiaría el ecosistema, por el contrario, lo desestabilizaría.

Una de las funciones más notables es facilitar las cadenas tróficas, es decir, que el depredador encuentre su comida mucho más rápido. Algunos parásitos modifican el comportamiento o la apariencia de sus hospederos para hacerlos más vulnerables a la depredación. Un ejemplo fascinante es el del trematodo1 Leucochloridium paradoxum —un gusano plano—, que infecta a caracoles terrestres. Este gusano parasita los tentáculos del caracol haciendo que pulsen con colores brillantes, imitando a una oruga. Las aves, engañadas, depredan a los caracoles y se infectan, que es exactamente lo que el parásito necesita para completar su ciclo de vida. En consecuencia, la población de caracoles que se alimentan de plantas se mantiene estable; a su vez las aves están bien alimentadas, y, por tanto, el ecosistema está en equilibrio (Lafferty et al., 2006; Prosnier et al., 2018).

Los parásitos también contribuyen a la resiliencia de los ecosistemas frente a perturbaciones. En ecosistemas costeros, los caracoles consumen frecuentemente algas y plantas acuáticas. Durante la época de secas, cuando la vegetación escasea, los caracoles siguen alimentándose y no dan oportunidad de que algas y plantas se puedan recuperar. Aquí entran los trematodos que infectan y debilitan a los caracoles, reduciendo sus poblaciones de manera temporal, lo que permite que la vegetación acuática se recupere. Sin este mecanismo regulador el sistema colapsaría (Morton y Silliman, 2020). ¿Quién hubiera imaginado que un gusano parásito podía ser el guardián de un manglar?

Parásitos como detectores de la salud ambiental

Los bioindicadores son organismos que, por su sensibilidad a los cambios en el entorno, nos permiten evaluar la salud de un ecosistema. Piensa en ellos como barómetros naturales —esos que miden la presión del aire y nos indican como estará el clima—. Los parásitos hacen algo parecido con los ecosistemas, su presencia o ausencia revela información que difícilmente obtendríamos de otra forma (ver figura 3) (Sures et al., 1999).

¿Cómo funciona esto? Muchos parásitos tienen ciclos de vida complejos, que requieren la presencia de varios hospederos —a veces invertebrados como caracoles o pulgas, y en otras ocasiones vertebrados como peces o aves—. Si encontramos a un parásito con este tipo de ciclo en un lugar determinado, podemos inferir que todos esos hospederos están presentes y que las cadenas tróficas funcionan correctamente. Su presencia es, en cierto modo, un certificado de salud del ecosistema.

Además, los parásitos son sensibles a la contaminación. Se ha observado que las infecciones parasitarias disminuyen en ambientes con altas concentraciones de metales pesados, lo que indica que la contaminación afecta la supervivencia del parásito antes de que lo notemos de otra manera (Prosnier et al., 2018). Son, en ese sentido, más sensibles que muchos de los instrumentos de medición.

Parásitos

Figura 3. Parásitos como detectores de la salud ambiental.
Créditos: elaboración propia con IA de Canva.

Pero hay más: ciertos parásitos intestinales especialmente los helmintos —gusanos parásitos— tienen la capacidad de acumular metales pesados en su tegumento (“piel” externa) en concentraciones mucho más altas que las que se encuentran en los tejidos del hospedero o incluso en el agua. Esto significa que, lejos de dañar, los están protegiendo al absorber toxinas que de otra forma se acumularían en el hígado o músculos del hospedero (Hassanine y Al-Hasawi, 2021). En otras palabras, el parásito actúa como un filtro biológico.

El cambio climático añade otra capa a esta historia. Se ha observado que, con el aumento de la temperatura del agua, los huevos de ciertos parásitos se desarrollan más rápido y aumentan su capacidad de infección (Poulin, 2006). Monitorear a los parásitos hoy puede darnos una ventaja para anticipar esos cambios antes de que sean irreversibles.

Por último, los parásitos pueden alertarnos sobre la introducción de especies invasoras. Un ejemplo relevante en México es el de las carpas y tilapias importadas de Asia y África para la acuicultura. Estos peces conviven naturalmente con sus parásitos en sus regiones de origen, pero cuando son llevados a nuevos hábitats, esos parásitos pueden infectar a peces nativos o endémicos —aquellos que sólo existen en ese lugar y no han desarrollado defensas contra esos patógenos—. Detectar oportunamente a esos parásitos permite evitar pérdidas económicas en la industria acuícola y proteger a las especies silvestres vulnerables (García-Prieto et al., 2014; González-Morales et al., 2023).

Conclusión: voltear la página

Las evidencias acumuladas en décadas de investigación sugieren que un mundo sin parásitos sería un mundo profundamente distinto, y no necesariamente mejor. Sin ellos, las redes alimentarias se fragmentarían, las poblaciones de hospederos podrían dispararse sin control, y perderíamos uno de los indicadores más sensibles que tenemos para evaluar la salud de los ecosistemas.

Los parásitos no son sólo parte del ecosistema: son parte de su lenguaje. Nos hablan de qué especies están presentes, de cuánta contaminación existe, de cómo reacciona el ambiente a los cambios climáticos. Aprender a reconocerlos puede ser una de las herramientas más valiosas para la conservación biológica.

La próxima vez que encuentres una nota alarmante sobre parásitos, recuerda que la moneda tiene dos lados. El lado A existe y es real: algunos parásitos causan enfermedades graves. Pero el lado B también existe, y merece ser contado: en él, estos organismos son reguladores, indicadores y guardianes silenciosos de la biodiversidad que sostiene la vida en nuestro planeta.

Referencias

  • Buck, J. C. (2019). Indirect effects explain the role of parasites in ecosystems. Trends in Parasitology, 35(10), 835-847. https://doi.org/10.1016/j.pt.2019.07.007.
  • Gómez, A., y Nichols, E. (2013). Neglected wild life: Parasitic biodiversity as a conservation target. International Journal for Parasitology: Parasites and Wildlife, 2, 222-227. https://doi.org/10.1016/j.ijppaw.2013.07.002.
  • García-Prieto, L., Mendoza-Garfias, B., y Pérez-Ponce de León, G. (2014). Biodiversidad de Platyhelminthes parásitos en México. Revista Mexicana de Biodiversidad, 85, 164-170. https://doi.org/10.7550/rmb.31756.
  • González-Morales, A., Molina-Garza, Z. J., Galaviz-Silva, L., Olvera-Leal, A. K., y Delgado-Garduño, J. A. (2023). Identificación molecular de Contracaecum rudolphii (Nematoda: Anisakidae) en peces de importancia comercial de tres localidades en Nuevo León, México. Investigación y Desarrollo en Ciencia y Tecnología de Alimentos, 8(1), 113-121. https://doi.org/10.29105/idcyta.v8i1.19.
  • Hassanine, R., y Al-Hasawi, Z. (2021). Acanthocephalan Worms Mitigate the Harmful Impacts of Heavy Metal Pollution on Their Fish Hosts. Fishes, 6(4), 49. https://doi.org/10.3390/fishes6040049.
  • Lafferty, K. D., Dobson, A. P., y Kuris, A. M. (2006). Parasites dominate food web links. Proceedings of the National Academy of Sciences, 103(30) 11211-11216 https://doi.org/10.1073/pnas.0604755103.
  • Morton, J. P., y Silliman, B. R. (2020). Parasites enhance resistance to drought in a coastal ecosystem. Ecology, 101(1), e02897. https://doi.org/10.1002/ecy.2897.
  • Munger, J. C., y Holmes, J. C. (1988). Benefits of parasitic infection: a test using a ground squirrel-trypanosome system. Canadian Journal of Zoology, 66(1), 222-227. https://doi.org/10.1139/z88-032.
  • Poulin, R. (1999). The functional importance of parasites in animal communities: many roles at many levels? International Journal for Parasitology, 29(6), 903-914. https://doi.org/10.1016/S0020-7519(99)00045-4.
  • Poulin, R. (2006). Global warming and temperature-mediated increases in cercarial emergence in trematode parasites. Parasitology, 132(1), 143-151. https://doi.org/10.1017/S0031182005008693.
  • Prosnier, L., Médoc, V., y Loeuille, N. (2018). Parasitism effects on coexistence and stability within simple trophic modules. Journal of Theoretical Biology, 458, 68-77. https://doi.org/10.1016/j.jtbi.2018.09.004.
  • Sures, B., Siddall, R., y Taraschewski, H. (1999). Parasites as accumulation indicators of heavy metal pollution. Parasitology Today, 15(1), 16-21. https://doi.org/10.1016/S0169-4758(98)01358-1.


Recepción: 2025/08/07. Aceptación: 2026/06/01. Publicación: 2026/08/14.


Este es un artículo de acceso abierto bajo la licencia de Creative Commons 4.0.

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Revista Digital Universitaria Publicación bimestral Vol. 18, Núm. 6julio-agosto 2017 ISSN: 1607 - 6079