
Figura 1. Mosaico del pavimento de la catedral de Otranto (detalle).
Entre 1163 y 1165 un monje llamado Pantaleón realizó un extraordinario mosaico en la catedral de Otranto, en la costa mediterránea de Apulia, en la Italia meridional. La obra, que ocupa todo el pavimento de la iglesia, representa un enorme árbol de la vida en cuyas ramas se distinguen personajes y episodios pertenecientes, sobre todo, al Antiguo Testamento, junto con otros de distinta procedencia. En las ramas más altas del árbol aparece la figura singular de un soberano, con su corona y cetro, montado en una extraña criatura y presidido por la inscripción “REX AR TV RVS”, rey Arturo (Figura 1). Es éste uno de los testimonios artísticos más antiguos de la difusión de temas relacionados con las narraciones artúricas en los territorios italianos, junto con los bajorrelieves de la Porta de la Pescheria de la catedral de Modena, en los que figuran el mismo Arturo y Ginebra, entre otros.
Figura 2. Esculturas del portal del Duomo de Verona (detalle).
y sus orígenes se remontan a las leyendas bretonas narradas en crónicas como la Historia Regum Britanniae (1136) de Godofredo de Monmouth reelaboradas en forma literaria en las obras en verso de los trovadores como Chrétien de Troyes. La otra materia que tradicionalmente confluye bajo el marbete genérico de “literatura caballeresca”, es la llamada materia carolingia (o materia de Francia), es decir las historias de Roldán, Oliveros y los paladines de la corte de Carlomagno que tienen sus orígenes literarias en las chansons de gestes francesas, cuyo exponente más conocido es la Chanson de Roland.
Tanto las esculturas de Verona como el mosaico de Otranto y otros monumentos −junto con los datos toponomásticos y antroponímicos recogidos por los especialistas− prueban cómo los personajes y temas principales de las dos materias se difundieron en Italia en una época muy próxima a las fechas de composición de los textos franceses considerados como fundadores de los grandes ciclos caballerescos medievales. La circulación de estos materiales se debe, sobre todo, a los juglares que ejercían su profesión a lo largo de las rutas de peregrinación y en sus puntos neurálgicos, como las cortes y las ciudades portuarias.
Figura 3. Libro della Regina Ancroia, Venezia, Bindoni e Pasini, 1537 (Fuente: Europeana).
La reelaboración popular de textos y temas bretones y carolingios a lo largo de los siglos XIV y XV se debe sobre todo a los canterini o cantori in panca o cantimbanchi, cantores que se exhibían en las plazas montados en bancos, a menudo con acompañamiento musical. El conjunto de obras que remite a esta tradición lleva claras huellas de su naturaleza oral y “performativa”: escasa cura formal, extensión compatible con la duración de la exhibición (lo cual conlleva un proceso de simplificación, síntesis y fragmentación de las fuentes literarias), intriga lineal, sencillez lingüística y sintáctica, reducción de los personajes a “tipos”, contracción de las descripciones y explotación de recursos técnicos típicos de la oralidad en función de captar la atención del público. A los canterini, que tenían un repertorio muy variado, se les debe el afianzamiento de algunos rasgos que serán constantes en la literatura caballeresca de la época sucesiva, como la tendencia a la organización de los textos en ciclos y el mestizaje entre las dos tradiciones bretona y carolingia; pero, sobre todo, estos cantores tuvieron un papel determinante en la consolidación y consagración de la ottava rima como metro dominante en los poemas caballerescos de los siglos siguientes. Muchos de ellos quedaron anónimos, pero se conoce el nombre del maestro y codificador del arte canterino, el florentino Antonio Pucci (c. 1310-1388). Muchos de los textos de esta tradición son de difícil datación, sin embargo se puede afirmar que el mayor auge de la literatura caballeresca canterina se sitúa entre finales del siglo XIV y principios del XV. Los cantares de la materia de Bretaña suelen ser más breves y más antiguos que los de materia carolingia; entre los primeros se señalan los Cantari di Febus el Forte, el Cantare dei Cantari y el Cantare de Lancillotto, mientras destacan en ámbito carolingio el Vanto dei paladini, la Sala de Malagigi y el Cantare del Padiglione di Mambrino. Con el transcurso de los años, algunos cantares evolucionaron hacia una estructura algo más compleja (aunque no pueda definirse culta), desligada de su mera función de texto al servicio de la actuación del canterino; la agregación de cantares de temas contiguos, principalmente carolingios, desembocó, a mediados del siglo XV, en textos más extensos, que evidencian estrategias de cohesión y de gestión de la intriga más conscientes y elaboradas, posiblemente influidas por las novedades que, en el mismo periodo, se iban introduciendo en la novela en prosa. Entre los cantares más representativos de mediados del s. XV, destacan los Cantari d’Aspramonte, los Cantari di Fierabraccia, el Danese y la Ancroia (los últimos dos tuvieron un estrepitoso éxito editorial hasta el s. XVII) (Figura 3).
Figura 4. Andrea da Barberino, Guerrino il Meschino, Padova, Bartolomeo Baldezochio, 1473, f. 13r (fuente: Europeana).
Los lectores de Barberino son diferentes de los nobles destinatarios de los códices franco-vénetos: son mercaderes acomodados, funcionarios y hombres de negocios de la burguesía urbana que gustaban de encontrar en sus libros, al lado del puro entretenimiento, sugerencias de sabiduría enciclopédica, noticias geográficas y antropológicas, curiosidades y referencias prácticas. Con Andrea da Barberino y sus epígonos, además, la materia carolingia asume definitivamente en su patrimonio genético determinadas estructuras y rasgos temáticos de la materia de Bretaña que suplantan, también a un nivel ideológico, algunos de los baluartes de la modalidad épico-caballeresca anterior. Por ejemplo, se esfuma, por lo menos en parte, el modelo épico (y de ideología feudal) del caballero cruzado, casto paladín de la fe, miembro de una élite que combate para defender ideales colectivos encarnados en la figura del emperador, en favor de un protagonista que, antes que nada, es un individuo, un caballero errante que se enfrenta con empresas individuales y aventuras en territorios exóticos, en las cuales a menudo intervienen magos, hadas y monstruos y, sobre todo, mujeres y doncellas que le hieren con sus dardos amorosos. Al lado de las obras en prosa de Barberino, quedan hoy en día en la sombra (por perdidos o inexplorados) muchos textos caballerescos en prosa del siglo XV, entre los cuales merece la pena mencionar el afortunado y amplio ciclo narrativo conocido como Storie di Rinaldo da Montalbano.
Figura 5. Andrea da Barberino, Guerrino Meschino, Venezia, Nicolò Brenta e Alessandro Bindoni, 1507 (fuente: Edit16).
Volviendo a los cantares, en la segunda mitad del siglo XV, al lado de la afirmación de estructuras diegéticas más complejas y extensas y al predominio de la materia carolingia sobre las historias artúricas, se asiste a la cristalización de una serie de clichés temáticos y tópicos narrativos que, en cuanto fórmulas de éxito asegurado, parece vincular el desarrollo de las intrigas al cumplimiento de algunas pautas imprescindibles. Así es cómo, por ejemplo, se afirman los “tipos” de Gano como traidor y Carlomagno como simple, Rinaldo como enamoradizo tombeur de femmes que contrasta con el casto y valiente Orlando, Malagigi quien posee el conocimiento de las artes mágicas, etcétera. Y cómo, en definitiva, las historias acaban construyéndose alrededor de esquemas diegéticos fijos como el alejamiento de los paladines de la corte de Carlomagno por causa de las maquinaciones de Gano y sus familiares y gracias a la ingenuidad del emperador, el viaje en tierras exóticas donde hermosas princesas sarracinas se enamoran de los caballeros cristianos y se bautizan, las aventuras maravillosas en espacios mágicos, los encuentros con gigantes y doncellas guerreras, los duelos singulares y batallas colectivas contra hordas de sarracinos, siempre a punto de invadir Europa y siempre aniquilados por las espadas cristianas.
Figura 6. Bovo d’Antona, Venezia, Pietro Quarengi Bergamasco, 1514 (fuente: Europeana).
El primer poema caballeresco impreso fue el Altobello (1476) y, allá por los años ochenta, entre los más leídos encontramos la Ancroia (1479), el Buovo d’Antona (1480, figura 6), el Danese (1480), la Spagna (1480), el extenso Innamoramento de Carlo Magno (1481), la Trabisonda (1483), Ciriffo Calvaneo (c. 1485), Bradiamonte (1489), casi todos marcados por un duradero éxito editorial a lo largo del s. XVI. Merece especial atención la aparición del Morgante (c.1478-1483), poema de enorme éxito que el florentino Luigi Pulci redacta en la corte de los Medici. Esta obra somete los lugares comunes de la epopeya carolingia a un sistemático proceso de desmitificación y de transfiguración grotesca tanto en el lenguaje, como en la configuración de los personajes y de las aventuras. El resultado es una parodia del género que, sin afectar la estructura “canónica” del poema, busca la risa del público en la hipérbole lingüística y en la deformación caricatural de los tópicos; la figura del gigante Morgante, armado con un badajo de campana, entra en el imaginario colectivo y se hacen célebres algunas escenas del poema, como la muerte de Margutte, el “gigante pequeño” compañero de Morgante, que revienta literalmente de las risas al mirar un mono mientras se calza sus botas (Figura 7).
Figura 7. Luigi Pulci, Morgante maggiore, Milano, Giovanni Castiglione, 1517 (fuente: Google Books, Ejemplar de la Bibliothèque Municipale de Lyon).
Frente a la estandarización de los cantares carolingios “de bataia”, el Inamoramento revaloriza el espíritu cortés de la materia artúrica (encarnado en la corte estense) y revitaliza el eros como eje temático dominante y principio estructurador del poema. El amor en Boiardo es algo más que un complemento necesario a la continuidad dinástica del miles christi, es una virtud caballeresca que impulsa la acción de los héroes errantes y mueve, en sustancia, todos los mecanismos de la narración. De la materia bretona, Boiardo recoge también la técnica narrativa del entrelacement para remplazar la linealidad estereotipada de las intrigas de los cantari. Una de las novedades absolutas de Boiardo, en fin, es la inserción de paréntesis novelescos en la trama principal, una sugerencia que más de un siglo después recogerá Cervantes. Muy pronto empezaron a aparecer las continuaciones al poema de Boiardo −muy por debajo del modelo− junto con las imitaciones, en las que muchos héroes bretones y carolingios padecen repentinos “enamoramientos”, como el Innamoramento di Galvano (c. 1494), el Innamoramento di Rinaldo (1494), etcétera. En cambio, entre los poemas caballerescos publicados en el exuberante panorama de principios del XVI, resalta por su calidad y por la cumplida asimilación de las novedades de Boiardo el Mambriano (1509) escrito al amparo de la corte de los Gonzaga de Mantua por Francesco Cieco da Ferrara.
Figura 8. Ludovico Ariosto, Orlando furioso, Venezia, Valgrisi, 1556 (fuente: Orlando furioso e la sua traduzione in immagini www.orlandofurioso.org).
Figura 9. Ludovico Ariosto, Orlando furioso, Venezia, Giolito, 1542 (fuente: Orlando furioso e la sua traduzione in immagini www.orlandofurioso.org).
En cuanto a la estructura, desde el principio se le reconoció a Ariosto una insuperable habilidad en alcanzar el equilibrio perfecto entre la variedad de los contenidos (sus tonos, sus registros) y la unidad del proyecto global, una armonía perseguida afanosamente por sus émulos coetáneos y sucesivos y nunca alcanzada enteramente. Y, más allá de estas cuestiones, Ariosto propone un profundo cambio en el trasfondo ideológico, en las relaciones, por así decirlo, entre la literatura concebida como pura ficción y la literatura como trasunto y espejo de la vida real y de la condición humana: el Orlando furioso supo vehicular una visión del mundo novedosa por aquel entonces, impregnada de fatalismo, despego e ironía hacia lo humano, plenamente moderna y capaz de atravesar los siglos y decirnos algo aún hoy en día.
Figura 10. Torquato Tasso, Gerusalemme liberata, Casalmaggiore, Antonio Canacci e Erasmo Viotti, 1581 (fuente: Edit16).
Muchos de estos textos, en efecto, son el resultado de un proceso de redacción largo y atormentado, auténtica antítesis de las dinámicas de composición de los cantari del siglo anterior y cifra elocuente de la importancia que, para los literatos renacentistas, tenía el camino hacia la perfección del poema caballeresco como máxima forma de expresión literaria. Otro ejemplo, al respecto, puede ser el Amadigi de Bernardo Tasso, publicado en 1560 tras una complicada fase de redacción empezada más de veinte años antes, en la corte de Ferrante Sanseverino de Salerno. La Gerusalemme liberata (1575), obra maestra de Torquato Tasso (hijo de Bernardo), puede ser considerada como la culminación y la conclusión de la trayectoria del poema caballeresco “culto” del Renacimiento italiano (Figura 10). El texto fue publicado en plena época contrarreformista, tras una gestación de más de treinta años, y fue precedido y seguido por dos tratados de poética del mismo Tasso. Las instancias de afinación del poema caballeresco hacia el canon “alto” de la literatura, ya casi estancadas, en la Gerusalemme liberata se combinan con la exigencia de asumir los ideales cristianos del Concilio de Trento; vuelve, entonces, el ideal de cruzada y la narración de las gestas de un héroe único, Godofredo de Bullón, miles christi consagrado en las antiguas chansons de gestes y portavoz del mensaje ideológico del nuevo poema heroico que, más próximo a la épica que al modelo ariostesco, tiene que renunciar en buena medida al movimiento y a la esbeltez de la ficción literaria carolingia y artúrica “de entretenimiento”.
Figura 11. I quattro libri di Amadis di Gaula, Venezia, Michele Tramezzino, 1558 (fuente: Europeana).
Tras el éxito del Furioso, el impulso ascendente perseguido por las élites culturales renacentistas corrió paralelo a un intenso empellón hacia lo “bajo” impulsado por los profesionales de la imprenta. Impresores y libreros, de hecho, aprovecharon la resucitada moda caballeresca para verter en el mercado nuevos y viejos textos, tanto en prosa como en verso. Y si el debate “alto” se centraba exclusivamente en los textos en verso, la inundación de lecturas caballerescas destinada a las masas tenía sobre todo el aspecto de pequeños volúmenes en prosa. La nueva frontera de la literatura popular de entretenimiento fueron los libros de caballerías traducidos del español, que estrenaron un nuevo paradigma para la ficción en prosa renovando − o, mejor dicho, reemplazando − el modelo novelesco de Andrea da Barberino. Entre los años cuarenta y cincuenta se tradujo al italiano todo el ciclo español del Amadís de Gaula (diez libros) y del Palmerín (cinco libros); a partir de 1554, siguiendo las acostumbradas estrategias seriales, los mismos traductores (como Mambrino Roseo da Fabriano) empezaron a publicar sus propias continuaciones originales en italiano que acabaron redoblando los volúmenes de cada ciclo (Figura 11). Estas novelas se difundieron con mecanismos parecidos al fenómeno de los best selling books, iniciando una especie de moda literaria que condicionará no sólo las costumbres de lectura de la época, sino también algunos hábitos sociales. Las cifras de expansión de este último brote caballeresco renacentista −libros que los humanistas llamaban con despecho “spagnole romanzerie”− son impresionantes: alrededor de trescientas ediciones antes de 1630, con un ápice de más de ochenta entre 1551 y 1570.
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