Vol. 26, Núm. 4, agosto-octubre 2025

Todos a bordo: el mar y la sostenibilidad alimentaria

Rafael Ojeda Flores, Juan Nava Navarrete y María Elena Trujillo Ortega Cita

Resumen

El mundo enfrenta un reto urgente: producir alimentos suficientes sin agotar la naturaleza. La pérdida de biodiversidad, la crisis climática y las tensiones geopolíticas amenazan la sostenibilidad global, afectando tanto la cantidad como la estabilidad de lo que comemos. En medio de esta presión, los mares y océanos ofrecen una oportunidad valiosa. La pesca sostenible no solo protege ecosistemas y especies, también impulsa economías locales, fortalece comunidades y promueve prácticas responsables. México, con su vasta riqueza marina, tiene una posición privilegiada para liderar esta transición. Para lograrlo, es indispensable que el crecimiento de la producción pesquera se mantenga dentro de los límites de la naturaleza, que se respete la salud de los ecosistemas y las poblaciones objetivo, y que se implementen sistemas de gobernanza sólidos. La trazabilidad de los alimentos y la participación activa de las comunidades pesqueras serán claves. El desafío es grande, pero posible. Si gobiernos, científicos, pescadores, consumidores y organizaciones trabajan juntos, podremos proteger la biodiversidad y los servicios ecosistémicos de los que dependemos, asegurando un futuro donde mar y mesa se encuentren en equilibrio.
Palabras clave: pesca, sostenibilidad, biodiversidad, océanos, México.

All Aboard: The Sea and Food Sustainability

Abstract

The world faces an urgent challenge: producing enough food without depleting nature. Biodiversity loss, the climate crisis, and geopolitical tensions threaten global sustainability, affecting both the quantity and stability of what we eat. Amid this pressure, seas and oceans offer a valuable opportunity. Sustainable fishing not only protects ecosystems and species but also supports local economies, strengthens communities, and promotes responsible practices. Mexico, with its vast marine wealth, holds a privileged position to lead this transition. To achieve this, it is essential that fishing production growth remains within nature’s limits, respects the health of ecosystems and target populations, and implements solid governance systems. Food traceability and active participation from fishing communities will be key. The challenge is great but possible. If governments, scientists, fishers, consumers, and organizations work together, we can protect biodiversity and the ecosystem services we depend on, ensuring a future where sea and table are in balance.
Keywords: fishing, sustainability, biodiversity, oceans, Mexico.


La herencia en equilibrio

El ruido constante de las olas esconde un secreto antiguo y urgente: cada plato en nuestra mesa nace del delicado equilibrio entre la generosidad de la naturaleza y la creciente presión de nuestras necesidades. A medida que las ciudades se extienden y la población crece, tierra y mar enfrentan un desafío silencioso pero implacable: cómo alimentar a todos sin agotar el legado que nos fue confiado. Por un lado, la demanda de bienes esenciales, como el alimento, no deja de aumentar; por el otro, la urgencia de preservar la biodiversidad y los servicios ecosistémicos de los que dependemos es inaplazable.

Crédito: Würth, 2016.

Afortunadamente, existe un consenso global sobre la necesidad de atender las demandas actuales sin hipotecar las de las generaciones futuras. Este principio, que forma la esencia del desarrollo sostenible (Hajian y Kashani, 2021), impulsa, aunque con lentitud, la transformación de los sistemas alimentarios a todos los niveles. La sostenibilidad en la alimentación ha dejado de ser una opción para convertirse en la única forma de mantener la balanza en equilibrio.

Desafíos y barreras en la sostenibilidad

Al mirar hacia el futuro, la demanda mundial de alimentos para una población que podría llegar a 9,800 millones en 2050 (Fondo de Población de las Naciones Unidas, 2023) presenta poco margen de maniobra. Como ocurre con cualquier problema complejo, aquí las variables son muchas y las soluciones deben explorar todas las posibilidades y escenarios. Afortunadamente, la colaboración entre la academia y la sociedad genera conocimiento constante. Se desarrollan y ajustan estrategias para optimizar la producción, transformación, distribución, venta, consumo y reducción de desperdicios, tanto a nivel nacional (Gaceta unam, 2023) como global (fao, 2022b).

La mayoría de los estudios se enfocan en las fuentes de alimento terrestres, reconociendo el papel clave de sistemas agropecuarios que producen cereales, frutas, verduras y alimentos de origen animal (Wang, 2022). Sin embargo, frente a amenazas como la crisis climática y la escasez de agua, y a pesar de avances tecnológicos y reformas políticas, el potencial para aumentar la producción en tierra es limitado. En contraste, los ecosistemas oceánicos ofrecen una capacidad mayor para crecer de manera sostenible (Costello et al., 2020).

México entre mares: la relevancia de la pesca artesanal

Los océanos cubren más del 70% de la superficie terrestre, y se estima que aportan el 17% de la alimentación global (fao, 2022b). Pero, a diferencia de la agricultura o ganadería, en el mar no podemos aumentar la productividad simplemente añadiendo insumos o cambiando prácticas; dependemos primero de la productividad natural y, después, de cómo capturamos. Por eso, la gestión responsable de los recursos marinos, basada en datos confiables, es indispensable. Esto implica conservar hábitats, proteger poblaciones silvestres, recuperar ecosistemas degradados y respetar vedas, tallas mínimas y tiempos de recuperación de las especies.

Crédito: Farías, 2018.

Según la fao (2019), cerca de 40 millones de personas se dedican a la pesca a nivel mundial, la mayoría en países en desarrollo, que representan el 75% del sector pesquero global. En México, más de 300 mil familias dependen directamente de esta actividad, y más de dos millones participan indirectamente en actividades relacionadas con la pesca (Salas et al., 2023), incluyendo hasta 10 personas por cada pescador o pescadora.

Con más de 15 mil kilómetros de costa y una plataforma continental de más de 400 mil km², México es el décimo tercer productor mundial, con alrededor de 1.73 millones de toneladas anuales de productos marinos. De sus casi 76 mil embarcaciones, el 97% son artesanales y aportan el 54% de la producción nacional (conapesca, 2024).

La pesca artesanal (figura 3) destaca por su mayor potencial para avanzar hacia la sostenibilidad. No solo por prácticas menos agresivas con las poblaciones silvestres, sino también por los beneficios sociales y económicos que genera (Cottrell et al., 2019). La fao subraya que cerca del 40% de quienes trabajan en pesca artesanal son mujeres, y que estos sistemas promueven inclusión social, seguridad alimentaria, empleo, ingresos y desarrollo integral, siendo la columna vertebral de las economías costeras (fao, 2022a).

Un océano de oportunidades y soluciones

Entre los obstáculos para la sostenibilidad pesquera están la degradación ambiental, la sobrepesca, la pesca ilegal, la introducción de especies exóticas, la falta de regulación y el bajo valor de los productos (Costello et al., 2020). Para superar estos retos, es vital generar, recopilar y aplicar información sobre las poblaciones, ecosistemas e impactos. También es crucial contar con criterios robustos para guiar prácticas de pesca y consumo responsables.

Otra herramienta importante es el etiquetado que asegura la trazabilidad de productos pesqueros diferenciados. Certificaciones como la Certified Sustainable Seafood de Inglaterra juegan un papel clave al identificar y promover productos de pesca responsable.

Esto beneficia directamente a los pescadores sostenibles, que pueden distinguir sus productos y obtener mejores precios, y empodera a consumidores conscientes, al brindarles información para elegir responsablemente y contribuir a la conservación.

En México, cerca del 25% del volumen pesquero, es decir, unas 430 mil toneladas, están certificadas bajo los estándares del Marine Stewardship Council (msc) (Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, 2018).

El msc establece criterios e indicadores para medir la sostenibilidad. La pesca de langosta mexicana fue la primera en América Latina en obtener esta certificación. La Cooperativa Pesquera Vigía Chico, en Quintana Roo, por ejemplo, respeta vedas y tallas mínimas, favoreciendo la reproducción y fortaleciendo poblaciones y ecosistemas marinos.

Actualmente, otros productos como el atún, el camarón del Pacífico y el pulpo de Yucatán están bajo evaluación para esta certificación, un paso importante hacia una pesca más sostenible en México.

Crédito: Tromp, 2022.

El rumbo hacia la pesca responsable

Aunque casi un tercio de las pesquerías mundiales están sobreexplotadas, agotadas o en recuperación, contamos con el reconocimiento y la voluntad necesarios para reaccionar. La ruta es clara: respetar los límites de la naturaleza, cuidar los ecosistemas y las poblaciones acuáticas, fortalecer la gobernanza y garantizar la participación de quienes dependen de la pesca en las decisiones sobre su sustento.

Es urgente valorar y priorizar los sistemas productivos comprometidos con la sostenibilidad, como la pesca artesanal. En la unam, programas y líneas de investigación abordan estos sistemas, mientras que gobiernos y organizaciones deben fortalecer la gobernanza y crear esquemas que garanticen su viabilidad. Los consumidores también tienen un rol clave: informarse, apoyar certificaciones responsables y elegir opciones de consumo que respeten lo económico, social y ambiental. Así, la balanza entre desarrollo y naturaleza puede mantenerse firme para las generaciones que vienen.

Sitios de interés adicionales

Referencias



Recepción: 2024/04/16. Aceptación: 2025/06/23. Publicación: 2025/08/13.

Vol. 26, Núm. 4, agosto-octubre 2025

Sarcopenia: lo que la edad le hace a tus músculos

Marisol Silva Vera, Oscar Alejandro Martínez Silva y Mariana Martínez García Cita

Resumen

La sarcopenia es una condición poco conocida pero muy común en personas mayores: implica la pérdida progresiva de masa y fuerza muscular, y puede afectar seriamente su movilidad, independencia y calidad de vida. Este texto narra la historia de Don Luis, un hombre que, al notar cómo su cuerpo cambiaba con los años, decidió enfrentarse a la sarcopenia con información, ejercicio y alimentación adecuada. También recupera los aportes históricos de quienes impulsaron el estudio del envejecimiento desde la medicina geriátrica. A través de esta historia, se invita a reflexionar sobre el envejecimiento, la salud muscular y la importancia de promover una vida activa y digna para las personas adultas mayores.
Palabras clave: sarcopenia, envejecimiento, músculos, nutrición, actividad física.

Sarcopenia: What Age Does to Your Muscles

Abstract

Sarcopenia is a little-known but very common condition in older adults: it involves the progressive loss of muscle mass and strength, which can seriously affect mobility, independence, and quality of life. This text tells the story of Don Luis, a man who, noticing how his body changed over the years, decided to confront sarcopenia with information, exercise, and proper nutrition. It also highlights the historical contributions of those who advanced the study of aging through geriatric medicine. Through this story, readers are invited to reflect on aging, muscle health, and the importance of promoting an active and dignified life for older adults.
Keywords: sarcopenia, aging, muscles, nutrition, physical activity.


En Celaya, Guanajuato, vivía un hombre que había hecho de la fuerza su modo de estar en el mundo. Don Luis cargaba sacos de maíz con la misma soltura con la que recorría los surcos de la milpa. Pero con los años, su cuerpo comenzó a traicionarlo. La energía se le iba de a poco, como si algo le robara la firmeza de los músculos y lo dejara más liviano, más frágil. Lo que no sabía entonces era que libraba una batalla silenciosa contra la sarcopenia.

Como un ladrón que entra sin hacer ruido, la sarcopenia se instala en el cuerpo y se lleva lo que parece insignificante hasta que falta: la carne, la fuerza, el impulso de moverse. Don Luis empezó a notar que ya no era tan fácil subir escaleras o levantar cosas que antes apenas pesaban. Incluso caminar unos cuantos metros podía ser un reto.

Crédito: Pelayo Arbués (2020).

Pero ¿por qué sucede esto? Aunque parezca una rareza, la sarcopenia es una condición común entre las personas mayores. El envejecimiento natural del cuerpo juega un papel importante: con los años, la masa muscular disminuye. A eso se suma el sedentarismo, una alimentación deficiente y ciertos cambios hormonales (Han et al., 2018). No es sólo una cuestión estética: la sarcopenia deteriora la calidad de vida y amenaza la autonomía (Cruz et al., 2019).

Don Luis no quiso resignarse. Con el empuje que lo había caracterizado toda su vida, fue al centro de salud, buscó una nutrióloga, leyó los libros de sus nietos y se metió a cuanto grupo de WhatsApp pudo encontrar. Tenía un objetivo: recuperar la fuerza perdida. Aprendió que el entrenamiento de resistencia —como levantar pesas o usar bandas elásticas— podía estimular el crecimiento muscular. También descubrió la importancia de comer suficiente proteína: pescado, pollo, legumbres, nueces. Poco a poco, Don Luis volvió a moverse con decisión. La energía regresó. Subía escaleras sin detenerse a medio camino y volvía a cargar bolsas con dignidad. Se convirtió, sin proponérselo, en una inspiración para otros adultos mayores.

Entre sus lecturas, encontró datos que lo hicieron reflexionar: la población mayor de 60 años está creciendo rápidamente. En 1990 eran cinco millones; en 2020, ya sumaban más de quince (Barbosa et al., 2020). En México, aunque los adultos mayores son reconocidos como un grupo vulnerable, todavía enfrentan negligencias: en situaciones críticas se les restringe el acceso a cuidados, alimentos y tratamientos médicos (Vázquez-Guajardo et al., 2024). Estas prácticas, tan comunes como invisibles, revelan desigualdades persistentes y la urgencia de prevenir el deterioro antes de que sea demasiado tarde.

Don Luis se topó entonces con la historia de una médica que cambió su forma de entender el envejecimiento. Hace casi un siglo, en los callejones de Londres, una joven doctora llamada Marjory Winsome Warren empezó a hacer preguntas incómodas: ¿por qué nadie atendía de forma especializada a los adultos mayores? ¿Por qué se asumía que envejecer era, simplemente, resignarse a perderlo todo? Marjory investigó, escribió, insistió. Y descubrió un patrón: la pérdida progresiva de masa muscular. Entendió que no era un castigo divino ni una consecuencia inevitable, sino una condición con nombre, causas y posibles tratamientos.

Crédito: Jan Canty (2020).

Su trabajo inspiró a toda una generación de especialistas en geriatría. Uno de ellos fue el Dr. Irwin Rosenberg, quien en 1988 se adentró en las raíces del griego antiguo para dar nombre a esta pérdida de fuerza: sarx, “carne”, y penia, “pérdida”. Así nació el término “sarcopenia” (Rosenberg, 1997). Lo que antes se vivía en silencio ahora tenía un nombre para ser investigado, diagnosticado y tratado (Cuciureanu et al., 2024).

Don Luis, fascinado por todo lo que aprendía, siguió leyendo sobre cómo mantenerse fuerte. Descubrió que los programas multicomponentes —que combinan ejercicios de resistencia, equilibrio y caminata— son especialmente eficaces para conservar la función física en personas mayores (Sáez de Asteasu et al., 2024). Supo que no hay músculo sin alimento, y que las proteínas de alta calidad, como las de la carne magra, los lácteos o las legumbres, son aliadas clave.

Cuando terminó de leer, Don Luis ya tenía una lista de preguntas para su médico. No se trataba sólo de vivir más años, sino de vivirlos con fuerza. Como él, muchas personas mayores pueden enfrentar la sarcopenia con decisión, siempre que cuenten con información, acompañamiento y acceso a recursos. Su historia no es sólo la de un cuerpo que se resiste a envejecer: es la de alguien que se niega a ser invisibilizado.

El día terminó en calma. Don Luis, ya más firme, miró el atardecer desde su patio. Su lucha contra la sarcopenia no era épica ni grandilocuente. Era simplemente, el derecho a seguir de pie.

Referencias



Recepción: 2024/05/06. Aceptación: 2025/03/19. Publicación: 2025/08/13.

Vol. 26, Núm. 4, agosto-octubre 2025

De la semilla al sorbo: la historia secreta de la chía y sus primas

Guadalupe Cornejo-Tenorio y Guillermo Ibarra-Manríquez Cita

Resumen

Las semillas de chía son consideradas un súper alimento por su alto contenido de proteínas, ácidos grasos, vitaminas y minerales. Pero, ¿sabías que la chía es en realidad una especie de Salvia, pariente cercana de la albahaca, la menta, el tomillo y el toronjil? En este artículo descubrirás la gran diversidad de salvias que crecen en México, aprenderás a reconocerlas y conocerás dónde se encuentran en estado silvestre o cómo cultivarlas. Además, exploraremos otros usos de las salvias más allá de las semillas de chía, desde sus propiedades medicinales hasta su valor ornamental. Más que sólo plantas bonitas o nutritivas, las salvias son parte vital de nuestros ecosistemas y culturas. Entenderlas es el primer paso para valorarlas y conservarlas, porque proteger nuestra biodiversidad comienza por conocerla.
Palabras clave: chía, salvia, plantas medicinales, biodiversidad, México.

From Seed to Sip: The Secret Story of Chia and Its Cousins

Abstract

Chia seeds are considered a superfood due to their high content of proteins, fatty acids, vitamins, and minerals. But did you know that chia is actually a species of Salvia, a close relative of basil, mint, thyme, and lemon balm? In this article, you will discover the great diversity of salvias that grow in Mexico, learn how to recognize them, and find out where they grow wild or how to cultivate them. We will also explore other uses of salvias beyond chia seeds, from their medicinal properties to their ornamental value. More than just pretty or nutritious plants, salvias are a vital part of our ecosystems and cultures. Understanding them is the first step to valuing and conserving them, because protecting our biodiversity begins with knowing it.
Keywords: chia, salvia, medicinal plants, biodiversity, Mexico.


Del vaso al campo: un agua de limón con historia

Imagina esto: un vaso alto, frío, con agua de limón recién exprimido. El azúcar, justo al punto. Hielo flotando como pequeños icebergs. Y esas semillitas negras que parecen danzar en suspensión: la chía. Refrescante, sencilla, deliciosa. Pero, entre sorbo y sorbo, surge la duda: ¿de dónde vienen esas semillas?

Podría parecer una pregunta ociosa: pues de la chía, ¿no? Pero resulta que el asunto no es tan simple. En México, a varias plantas se les llama “chía”, aunque no todas son iguales. La que encontramos en nuestras aguas frescas proviene de una especie específica: Salvia hispanica (véase Figura 1). Esta planta, originaria de Mesoamérica, fue cultivada y domesticada desde tiempos prehispánicos (Sosa et al., 2018).

Chía

Figura 1. Chía (Salvia hispanica). A) Planta. B) Acercamiento de las flores. C) Agua de limón con chía. D) Semillas de chía.
Crédito: Guadalupe Cornejo-Tenorio.

Las plantas, por más comunes que parezcan, guardan secretos. En un país tan biodiverso como México, reconocerlas puede ser un desafío. Para comprobarlo, preguntamos a un grupo de personas si conocían las salvias. La mayoría dijo que no. Algunas, con duda, mencionaron que se usaban como condimento. Probablemente pensaban en la Salvia officinalis, una especie europea famosa en la cocina italiana.

Cuando cambiamos la pregunta a “¿Conoces la chía?”, casi todos dijeron que sí. Claro, pensaron en la bebida. Pero no sabían que la planta que produce esas semillas también es una salvia. Así es: chía y salvia, primas del mismo linaje.

Las salvias también tienen árbol genealógico

¿Cuántas especies de salvia existen? La respuesta sorprende. El género Salvia pertenece a la familia botánica Lamiaceae, la misma que reúne a plantas aromáticas tan conocidas como la albahaca (Ocimum basilicum), la menta (Mentha piperita), la lavanda (Lavandula angustifolia), el tomillo (Thymus vulgaris) y el romero (Salvia rosmarinus), todas de origen europeo. Probablemente las has usado en tu cocina o las has disfrutado en una infusión.

En México también tenemos nuestras propias representantes, por ejemplo: el toronjil (Agastache mexicana) y el té nurite (Clinopodium macrostemum), este último muy valorado por sus propiedades medicinales en comunidades purépechas de Michoacán (Martínez et al., 2013; Salgado, 2012).

A nivel global, existen cerca de mil especies de salvias, de las cuales unas 600 son originarias del continente americano. Y aquí viene lo asombroso: México alberga poco más de 300 especies, de las cuales el 77 % son endémicas. Es decir, crecen de forma silvestre sólo en este territorio (Martínez et al., 2017; Villaseñor, 2016). Este altísimo grado de endemismo convierte a México en el principal centro de diversificación del género Salvia (González et al., 2020; Kriebel et al., 2019).

Entonces, si son tan abundantes, ¿por qué las conocemos tan poco? Quizá porque no siempre las miramos con atención. Quizá porque, a veces, necesitamos que una semilla flotando en el agua nos despierte la curiosidad.

Nombrar es conocer: salvias con apellido

En las ciudades, las salvias son casi invisibles. No porque no existan, sino porque rara vez se cruzan en el camino de quienes viven rodeados de asfalto y concreto. Allí, donde los jardines son escasos o meramente decorativos, pocas personas podrían reconocer una salvia si la tuvieran enfrente. Por eso no sorprende que, para muchos, su único vínculo con estas plantas sean las semillas de chía en el agua refrescante de limón o, con algo de suerte, una maceta de mirto o de cordón de obispo comprada en el mercado local (ver figura 2).

Salvias en floración

Figura 2. Salvias en floración cultivadas en jardín: Cordón de obispo (Salvia leucantha) en A y D; Mirto (Salvia microphylla) en B y E; y Salvia azul (Salvia farinacea) en C y F.
Crédito: Guadalupe Cornejo-Tenorio.

En cambio, en los ámbitos rurales, la historia cambia. Las plantas silvestres no sólo se ven, se usan. Se les nombra, se les reconoce por sus hojas o flores, por lo que curan, por lo que evocan. Hay un conocimiento que se transmite en la práctica cotidiana, una relación directa con el entorno que permite identificar plantas por su aroma, su forma, su efecto. Y las salvias, en ese contexto, son familiares, útiles, queridas (Cornejo e Ibarra, 2019; Gutiérrez, 2021).

Hay algo profundamente humano en ponerle nombre a lo que nos rodea. Igual que llamamos “Luna” al gato o “Chato” al perro, también bautizamos a las plantas con nombres afectivos o descriptivos. Las salvias no son la excepción. De las más de 300 especies que crecen en México, se han registrado más de cien nombres comunes, muchos de ellos en lenguas indígenas. “Chan”, “chía cimarrona”, “chupamirto”, “hierba del burro”, “mirto”, “tlacote”, “tochomixochitl”, “toronjil del monte”, son apenas unos ejemplos (Cornejo e Ibarra, 2019; González et al., 2016; Gutiérrez, 2021; Jenks y Kim, 2013).

Claro que no todos los nombres son igual de precisos. El de “chía”, por ejemplo, puede referirse a varias especies de salvias… o incluso a plantas que no lo son. Para evitar confusiones, el nombre científico cumple una función clave: decir exactamente de qué especie hablamos, en cualquier lugar del mundo.

Así son por fuera: la forma de las salvias

¿Cómo reconocer una salvia? ¿Cómo distinguirla entre la multitud vegetal?

Describir una planta no es muy distinto a describir a una persona. Hay que mirar con atención: la altura, el porte, la textura de las hojas, la forma de las flores. Nombrar lo que se ve es también una forma de acercarse.

Las salvias pueden ser herbáceas o arbustivas. Algunas apenas alcanzan los cinco centímetros de altura; otras, como la llamada hierba de la chuparrosa o chante (Salvia gesneriiflora), trepan hasta los diez metros (Cornejo e Ibarra, 2011). Sus tallos tienen forma cuadrada y las hojas se acomodan en pares opuestos, como si se espejearan.

Pero lo que de verdad las distingue son las flores bilabiadas, es decir, con dos “labios” formados por pétalos soldados en un tubo. Las flores de salvia tienen una ingeniería sorprendente: dos estambres que funcionan como palancas. Cuando un polinizador —una abeja, un colibrí— se acerca por néctar, la estructura se activa y deja caer el polen sobre su cuerpo, listo para ser llevado a otra flor (Claßen et al., 2004). A partir de esa estructura base, se despliega un abanico de colores y formas: flores de 5 mm hasta 6 cm de largo, en tonalidades que van del azul al blanco, pasando por morado, rojo, rosa, magenta y amarillo (ver figura 3; Cornejo e Ibarra, 2011, 2023).

Diversidad floral de algunas especies de salvias

Figura 3. Diversidad floral de algunas especies de salvias. Se muestran el erizo morado (Salvia clinopodioides) en A y L; la flor del gallito (Salvia patens) en B; la hierba de la chuparrosa (Salvia gesneriiflora) en C; el chan (Salvia sessei) en D; la chía púrpura (Salvia purpurea) en E; la salvia dorada (Salvia madrensis) en F; la hierba del cáncer (Salvia amarissima) en G y H; el mirto coral (Salvia coccinea) en I; el mirto de monte (Salvia elegans) en J; la salvia de Wagner (Salvia wagneriana) en K; la chía cimarrona (Salvia longispicata) en M; y el chanti (Salvia lasiocephala) en N.
Crédito: Guadalupe Cornejo-Tenorio.

Semillas disfrazadas: lo que hay detrás de la chía

¿Y qué pasa con los frutos? ¿De dónde salen las semillas de chía?

La respuesta sorprende: lo que solemos llamar “semillas” de chía en realidad son frutos. Cada flor de salvia puede producir hasta cuatro, escondidos dentro del cáliz, esa especie de copita donde se inserta la flor. Al principio, los frutos son blanquecinos; luego se tornan pardos, negruzcos o jaspeados. Pequeños —de entre 1 y 4 mm— y secos, contienen una sola semilla y tienen una cáscara tan delgada que parecen semillas (Zona, 2017).

Hay algo hipnótico en lo que ocurre cuando estos frutos entran en contacto con el agua: secretan un mucílago, una especie de gel viscoso que los envuelve por completo. Este fenómeno podría tener que ver con la manera en que se dispersan o con las condiciones necesarias para germinar. De cualquier forma, es lo que da a las semillas de chía esa textura tan particular que las ha hecho famosas, claro además de su valor nutricional.(ver figura 4).

Frutos de la salvia blanca

Figura 4. Frutos de la salvia blanca (Salvia madrigalii). En A se observan las flores, donde la estructura verde en forma de copa corresponde al cáliz. B muestra frutos inmaduros, mientras que en C los frutos han cambiado de color, pero aún no están maduros. En D se aprecian los cálices secos que contienen en su interior los frutos maduros, que se ven en E. Finalmente, F presenta frutos hidratados, rodeados por mucílago.
Crédito: Guadalupe Cornejo-Tenorio.

¿Dónde se refugian las salvias?

Las chías, los mirtos, las salvias —como prefieras llamarlas— aparecen por todo México. Pero si uno afina la mirada, verá que en Oaxaca, Jalisco, Guerrero, Puebla y Michoacán florece una diversidad excepcional. Les gusta el clima templado o cálido, y saben adaptarse: crecen en bosques de pino y encino, entre matorrales, al borde de caminos o junto a campos de cultivo. Parecen estar en todas partes, y sin embargo, si miramos especie por especie, el panorama se estrecha: cerca del 60 % de ellas sólo existen en uno o dos estados del país (Martínez et al., 2017).

Eso explica, al menos en parte, por qué se sabe tan poco de su diversidad. Tomemos como ejemplo la salvia blanca (Salvia madrigalii), que crece de forma silvestre al sureste del municipio de Morelia, Michoacán (ver figura 4, Zamudio y Bedolla, 2018). Una joya botánica discreta, escondida en un rincón específico del país.

Más que bonitas: las muchas vidas de las salvias

A veces basta sembrar unas cuantas salvias en el jardín para que alguien pregunte: “¿Y para qué sirven?”. Uno responde con lo evidente: “Son bonitas, las estudiamos, atraen a los polinizadores”. Pero lo cierto es que su utilidad va mucho más allá.

Tomemos las semillas de chía. Su nombre viene del náhuatl chian, que significa “aceitosa”, y su consumo se remonta a épocas prehispánicas. Los mexicas la cultivaban y la incorporaban a su dieta en forma de atoles, tortillas, tamales, pinoles, o simplemente la masticaban. También era un producto tributario: los pueblos sometidos debían entregar chía como parte de sus obligaciones.

Con la llegada de los españoles, varios cultivos como el amaranto y la chía fueron prohibidos. Estaban ligados a ofrendas y festividades rituales que la nueva religión quería erradicar. Aun así, sobrevivieron en la memoria y en registros dispersos. Desde la época precolombina, por ejemplo, se sabía que el aceite de chía servía para elaborar pinturas o como laca de gran calidad para barnizar objetos (Cahill, 2003; Hernández et al., 2020).

Después de siglos de olvido, la chía regresó. Hoy la encontramos en supermercados, mercados locales, incluso fuera de México. Tienen un sabor neutro, así que combina con casi todo: dulce o salado. Además, es considerada un “súper alimento”: contiene proteínas, ácidos grasos, vitaminas y minerales (Fernández, 2022).

La propia palabra “salvia” proviene del latín salvare: curar, estar a salvo. Una promesa etimológica que resuena en Salvia officinalis, especie europea conocida por sus propiedades curativas (Ghorbani y Esmaeilizadeh, 2017). Y sí, muchas salvias mexicanas también se usan con fines medicinales.

Algunas infusiones tradicionales curan nervios o insomnio, como las del mirto de monte (Salvia elegans) (ver figura 3J). Otras ayudan a fortalecer el cuero cabelludo, como las del cantuezo (Salvia lavanduloides) (ver figura 5D), y están las que alivian el dolor estomacal o la diarrea, como las del mirto (Salvia microphylla) (ver figura 2B y E) (Gutiérrez, 2021; Ortiz et al., 2022).

Los estudios fitoquímicos han identificado en alrededor de 50 especies mexicanas compuestos con propiedades antidepresivas, antidiabéticas, antiinflamatorias y antimicrobianas, entre otras (Ortiz et al., 2022). Un arsenal bioquímico escondido en estos tesoros poco conocidos: las salvias.

Salvar a los polinizadores, una flor a la vez

A pesar de su potencial, las salvias y otras plantas silvestres rara vez se consideran ornamentales en México. En otros países, en cambio, hay horticultores y coleccionistas fascinados con ellas. Y no es para menos: sus flores vibrantes no sólo son estéticamente atractivas, sino que rebosan néctar.

Ese néctar es un festín para abejas, mariposas, avispas, moscas y colibríes. Jardines repletos de salvias se transforman en puntos de encuentro para estos polinizadores esenciales (ver figura 5; Cultid et al., 2021; Espino et al., 2014; Uría y Montaldo, 2015). Una pequeña acción con gran impacto ecológico: sembrar salvias es también sembrar vida alada.

Algunos visitantes florales en salvias

Figura 5. Algunos visitantes florales en salvias, como la mariposa pasionaria motas blancas (Dione vanillae) posada sobre la salvia terciopelo (Salvia iodantha), la avispa peluda (Xanthocampsomeris limosa) y el abejorro zumbador (Bombus sonorus) en la chía cimarrona (Salvia longispicata), la avispita cintura de hilo (Ammophila procera) en el cantuezo (Salvia lavanduloides), la abeja europea (Apis mellifera) en la salvia mamey (Salvia lasiantha), y el colibrí pico ancho (Cynanthus latirostris) en la salvia blanca (Salvia madrigalii).
Crédito: Guadalupe Cornejo-Tenorio.

Cuidar lo que se conoce

Con más de 300 especies, las salvias forman el grupo de plantas silvestres más diverso de México. Sus flores bilabiadas, de colores y tamaños múltiples, alimentan polinizadores con su néctar. Sus frutos, pardos y con apariencia de semilla, liberan un mucílago al contacto con el agua: una señal de identidad, como el de las famosas semillas de chía.

Crecen en todo tipo de comunidades vegetales, y también podemos cultivarlas. Sirven como alimento, medicina, ornamento, y son ideales para jardines que atraigan polinizadores.

¿Quién lo diría? La curiosidad por una semilla tan común como la chía nos llevó a explorar el vasto y fascinante mundo de las salvias. Su conocimiento —y con él, su conservación— es un compromiso que comienza con la atención: mirar, preguntar, aprender.

Porque cuidar la diversidad biológica y cultural de México empieza, justamente, por conocerla.

Referencias

  • Cahill, J. P. (2003). Ethnobotany of chia, Salvia hispanica L. (Lamiaceae). Economic Botany, 57(4), 604–618. https://doi.org/10.1663/0013-0001(2003)057%5B0604:EOCSHL%5D2.0.CO;2.
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Recepción: 2024/06/18. Aceptación: 2025/06/03. Publicación: 2025/08/13.

Vol. 26, Núm. 4, agosto-octubre 2025

Caballitos de mar sin estómago: diseño evolutivo a la carta

Carlos Ulises McGregor Bravo y Renato Peña Cita

Resumen

Sin estómago, pero con un apetito bien afinado: así viven los caballitos de mar. Estos peces, que parecen más esculturas vivas que depredadores, han sustituido ese órgano por un sistema digestivo hecho a la medida de su estilo de vida. Sus presas —crustáceos diminutos y larvas de peces— son aspiradas enteras en una fracción de segundo, gracias a un hocico que funciona como una microaspiradora marina. La digestión ocurre en un ambiente alcalino, impulsada por enzimas liberadas directamente al intestino, mientras un largo tubo con pliegues y curvas retiene el alimento el tiempo suficiente para aprovechar cada nutriente. Incluso, parte del proceso continúa dentro de las células intestinales. La pérdida de estómago, que ha sucedido en distintos grupos de peces, sigue siendo un misterio: se habla de cambios en la dieta, de ahorro energético, de azar evolutivo. Sea cual sea la causa, los caballitos de mar son prueba de que la naturaleza no se aferra a un solo diseño; se reinventa, y a veces lo hace con resultados tan elegantes como inesperados.
Palabras clave: caballitos, mar, digestión, evolución, peces.

Seahorses Without Stomach: Evolutionary Design à la Carte

Abstract

Stomachless, yet with a finely tuned appetite—that’s how seahorses live. These fish, which look more like living sculptures than predators, have replaced that organ with a digestive system tailored to their lifestyle. Their prey—tiny crustaceans and fish larvae—are sucked in whole in a fraction of a second, thanks to a snout that works like a miniature marine vacuum. Digestion takes place in an alkaline environment, driven by enzymes released directly into the intestine, while a long, folded tube holds the food just long enough to extract every nutrient. In fact, part of the process even continues inside intestinal cells. The loss of a stomach—a phenomenon that has occurred in different groups of fish—remains a mystery: some point to dietary changes, others to energy savings, or even evolutionary chance. Whatever the cause, seahorses are proof that nature doesn’t cling to a single design; it reinvents itself, sometimes with results as elegant as they are unexpected.
Keywords: seahorses, sea, digestion, evolution, fish.


Sin estómago, pero con mucha historia

Erguidos como jinetes diminutos, con colas que se aferran al coral y hocicos alargados que parecen trompetas marinas, los caballitos de mar son una de las siluetas más inconfundibles del océano (Figura 1). A simple vista, nadie apostaría a que son peces. Sin embargo, bajo esa apariencia extravagante laten branquias, una vejiga natatoria y aletas que los emparentan con el resto de su linaje.

Partes de un caballito de mar macho

Figura 1. Partes de un caballito de mar macho en periodo de gestación, tomando como modelo al caballito del Pacífico Hippocampus ingens.
Créditos: elaboración propia.

Su fama les ha jugado en contra. El atractivo de su forma y las supuestas propiedades medicinales que les atribuye la medicina tradicional china los han convertido en especies codiciadas. Todas las variedades de caballitos de mar están protegidas por normas nacionales e internacionales, que regulan su comercio para evitar que la explotación ponga en riesgo a las poblaciones silvestres (conabio-cites, 2021). Pero la demanda persiste y las restricciones no siempre bastan. Por eso, se han desarrollado técnicas para criarlos en cautiverio, una tarea tan singular como ellos.

Comer sin estómago: un truco evolutivo

Criar caballitos de mar implica conocer su biología en detalle. La alimentación, que puede representar más del 30 % de los costos de producción, es uno de los aspectos cruciales. Y aquí aparece una de sus rarezas más notables: no tienen estómago (Wilson y Castro, 2010; Ofelio et al., 2019).
Sí, así como lo lees. En lugar de ese órgano que almacena y descompone el alimento con ácido clorhídrico y pepsina, los caballitos pasan la comida directamente del esófago al intestino (Figura 2). No es un defecto, sino una adaptación que funciona a la perfección en su entorno.

Esquema general del tracto digestivo

Figura 2. Esquema general del tracto digestivo de un juvenil de caballito del Pacífico Hippocampus ingens.
Crédito: elaboración propia.

El sistema digestivo típico de un pez incluye boca, esófago, estómago, intestino, ciegos pilóricos y recto, además de órganos asociados como hígado, vesícula biliar y páncreas (Zambonino-Infante y Cahu, 2001; Wilson y Castro, 2010). En los caballitos, el diseño se mantiene, salvo que el estómago desaparece y el alimento entra directo al intestino. Para compensarlo, dependen por completo de las enzimas digestivas: amilasas, lipasas y tripsinas que, producidas en el páncreas, se vierten al intestino para cortar las proteínas, grasas y carbohidratos en fragmentos absorbibles (Blanco et al., 2015; Novelli et al., 2016; Ofelio et al., 2019; Corona-Rojas et al., 2021).

Su dieta carnívora, rica en proteínas y lípidos pero pobre en carbohidratos, se refleja en la baja actividad de amilasa detectada en H. ingens (Corona-Rojas et al., 2021), en el incremento progresivo de lipasa durante los primeros días de H. guttulatus (Blanco et al., 2015) y en la alta actividad de tripsina desde el nacimiento en H. reidi (Novelli et al., 2016). A esto se suman intestinos largos, con asas y pliegues que retienen el alimento más tiempo, y un proceso adicional de digestión intracelular de proteínas (Ofelio et al., 2019; Corona-Rojas et al., 2021).

Cazadores en miniatura

Cuando imaginamos depredadores, pensamos en colmillos y musculatura imponente. Los caballitos de mar, sin embargo, son depredadores de bolsillo. No mastican ni desgarran: succionan. Se alimentan de zooplancton —crustáceos minúsculos y larvas de peces— que aspiran entero con su hocico tubular (Woods, 2002).

Prefieren la emboscada a la persecución. Sujetos a un coral o alga, esperan inmóviles a que la presa se acerque (Curtis y Vincent, 2005). En otras ocasiones, patrullan activamente en busca de alimento (Figura 3).

Técnicas de forrajeo

Figura 3. Técnicas de forrajeo: a) individuos sujetos a un sustrato; b) individuo nadando activamente.
Crédito: elaboración propia.

La paciencia paga, sobre todo si se combina con camuflaje. Por ejemplo, Hippocampus guttulatus suele lucir tonos verdes o cafés y presenta filamentos en su piel que asemejan las plantas donde habita (Curtis y Vincent, 2005). Pero la sorpresa final llega en el momento del ataque: un rápido movimiento de pivote de la cabeza hacia la presa, acompañado de una succión que dura una fracción de segundo (Manning et al., 2019). Es un disparo certero, más veloz que el reflejo de huida de su víctima (Figura 4).

Alimentación por pivote

Figura 4. Alimentación por pivote: a) búsqueda visual y detección; b) rotación explosiva de la cabeza; c) succión.
Crédito: elaboración propia.

Los caminos raros de la evolución

Perder un estómago no es tan raro en la historia de los peces: ha ocurrido al menos quince veces de forma independiente (Castro et al., 2014) y hoy, entre el 20 % y el 27 % de las especies son agástricas (Wilson y Castro, 2010).

Una hipótesis interesante apunta a la neotenia, un proceso en el que ciertas características juveniles se mantienen en el adulto. Es decir, algunas especies retienen durante su crecimiento características propias de larvas o recién nacidos, como si el cuerpo conservara su “forma bebé”. En el caso de los caballitos, se piensa que el desarrollo del estómago se detiene temprano, y por eso nunca llega a formarse por completo (Wilson y Castro, 2010).

Otra explicación plantea que un ambiente con comida poco estable pudo fomentar esta neotenia y la pérdida posterior del estómago (Kobegenova, 1988). Además, mantener el estómago en funcionamiento es caro en términos energéticos: la producción de ácido y el mantenimiento de las células gástricas demandan mucha energía, que sólo se justifica cuando hay alimento abundante (Wilson y Castro, 2010). Por eso, en entornos donde la comida es escasa o irregular, tener estómago no resulta rentable.

Además, al colonizar nuevos ambientes, la presión selectiva sobre los genes gástricos disminuye, y las glándulas gástricas y la pepsina pueden dejar de ser útiles (Castro et al., 2014) (Figura 5).

Modelo evolutivo del estómago en vertebrados mandibulados

Figura 5. Modelo evolutivo del estómago en vertebrados mandibulados. Los círculos verdes y rojos representan la presencia y ausencia de genes gástricos, respectivamente.
Créditos: elaboración propia a partir de Castro et al. (2014).

El porqué exacto aún escapa a la ciencia. Lo que sí sabemos es que esta pérdida ha sido acompañada por adaptaciones que permiten a los caballitos prosperar en su nicho.

Epílogo

El estómago, emblema de la digestión vertebrada, no es imprescindible para todos. En los caballitos de mar, su ausencia ha derivado en un sistema igualmente eficaz, ajustado a la precisión de un traje hecho a medida. No es una carencia: es otra forma de ser pez.

Protegerlos significa también respetar la lógica con que la evolución los ha esculpido, una lógica que combina rareza y eficiencia en partes iguales.

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Recepción: 2024/03/05. Aceptación: 2025/06/06. Publicación: 2025/04/13.

Vol. 26, Núm. 4, agosto-octubre 2025

Más que amor: lo que implica realmente adoptar a niñas, niños y adolescentes

Rebeca Isadora Terán Marín y Reyna Faride Peña Castillo Cita

Resumen

La palabra adopción proviene del latín y significa “elegir a alguien para hacerlo parte de la familia como hijo o hija”. Hoy, es mucho más que un término legal: es una forma de que niñas, niños y adolescentes que no cuentan con el cuidado seguro de su familia biológica puedan integrarse a un nuevo hogar que apoye su crecimiento y bienestar. Este artículo desarma cinco creencias equivocadas que, aunque comunes, esconden realidades complejas y poco conocidas. Estas ideas erróneas no solo influyen en cómo se ve la adopción en la sociedad, sino que también pueden afectar el proceso mismo, desde la motivación de las personas para adoptar hasta la construcción de vínculos saludables entre familias y personas adoptadas. Al compartir historias reales y datos científicos, queremos invitar a la reflexión con respeto y empatía, para comprender que adoptar es un compromiso profundo, que va más allá del deseo de tener hijos y que exige preparación, paciencia y acompañamiento.
Palabras clave: adopción, niñez, centros de asistencia, trauma, vínculo.

More than Love: What It Really Means to Adopt Children and Adolescents

Abstract

The word adoption comes from Latin and means “to choose someone to make them part of the family as a son or daughter.” Today, it is much more than a legal term: it is a way for children and adolescents who lack safe care from their biological families to join a new home that supports their growth and well-being. This article unpacks five common misconceptions that, despite being widespread, hide complex and little-known realities. These mistaken ideas not only influence how adoption is viewed in society but can also affect the adoption process itself, from the motivation of prospective adoptive parents to building healthy bonds between families and adoptees. By sharing real stories and scientific data, we invite reflection with respect and empathy to understand that adoption is a profound commitment, beyond the desire to have children, requiring preparation, patience, and support.
Keywords: adoption, childhood, assistance centers, trauma, bonding.


Un compromiso que nos mueve

Familia integrada por adopción
Figura 1. Familia integrada por adopción que da la bienvenida a una hija y un hijo; escena ilustrativa sobre el vínculo adoptivo (OpenAI, 2025).

Antes de entrar de lleno en el tema, queremos contarte algo que para nosotras es esencial: este artículo nace de una convicción profunda. Es la certeza que nos impulsa cada día a trabajar con la niñez y la adolescencia. Creemos firmemente que necesitamos construir formas más humanas, justas y cuidadosas de acompañar a niñas, niños y adolescentes que han vivido demasiado dolor, miedo, abandono, enojo o tristeza. Cada historia puede cambiar si se sostiene con sensibilidad, conocimiento y respeto.

Ahora sí, vamos al tema.

La palabra adopción —por su origen en el latín— significa algo así como “elegir a alguien para integrarlo a la familia como hijo o hija”. Hoy, la adopción es una medida legal y también una acción que, desde la psicología y la justicia social, busca que cada niña, niño y adolescente (nna) que no puede vivir con su familia biológica o de origen encuentre un hogar que le brinde amor, cuidado y oportunidades para crecer plenamente.

En este caso, hablaremos de la adopción de nna que han pasado un tiempo en instituciones, comúnmente llamadas “casas hogar” o albergues. En México, el nombre formal de estos espacios es Centros de Asistencia Social (cas).

Para explicarlo mejor, contaremos una historia basada en hechos reales que nos permitirá mirar de cerca lo que se vive alrededor de las adopciones. Algunos detalles y nombres se han modificado para respetar la privacidad y la confidencialidad.

La historia de Pedro, Julia y Juan: parte 1

Pedro, Julia y Juan son hermanos. Llegaron al Centro de Asistencia Social cuando Pedro tenía 3 años, Julia 6 y Juan 8. La situación se dio a conocer porque la maestra de primaria de Julia notó marcas en su cuerpo, señal de que había sido lastimada físicamente. La niña también contó que, en ocasiones, la amarraban con una soga a la pierna y a la cama para que no saliera de la casa cuando no había personas adultas presentes.

La investigación reveló que quienes ejercían esta violencia física eran su padrastro y su abuela materna, con quienes permanecían mientras su mamá biológica, Julieta —de 24 años— trabajaba en horarios variables y extensos durante toda la semana.

Julieta había registrado a sus tres hijos como madre soltera. Cada uno era hijo de un hombre diferente, todos ausentes en su vida. Ella misma había vivido situaciones de violencia en esas relaciones. Su pareja actual tampoco era padre de alguno de los niños, tenía problemas con el alcohol y un empleo al que asistía de forma irregular.

En este punto, quien lee podría pensar que la historia de Pedro, Julia y Juan es excepcional o exagerada. Pero no lo es. Casos así son más comunes de lo que imaginamos. Hay historias con cuatro, seis o incluso ocho hermanos que atraviesan realidades similares.

En México, todavía hay poca información clara y accesible sobre las niñas, niños y adolescentes que viven en cas. Y la poca que existe está dispersa, lo que dificulta que cualquier persona interesada —incluso quienes investigan o trabajan en el tema— pueda encontrarla con facilidad.

Esta falta de información alimenta ideas equivocadas, mitos, creencias idealizadas y confusiones sobre la adopción.

Con este artículo, queremos llegar a quienes están considerando adoptar, pero también a cualquiera que desee comprender —con empatía y realismo— el camino que niñas, niños y adolescentes recorren antes y después de ser adoptados.

Creencia equivocada 1: Si viven en un CAS es porque no tienen familia

Una de las creencias más extendidas sobre las y los nna que viven en cas es que todas y todos son “huérfanos”; que están en instituciones porque fueron abandonados o no tienen familia.

La realidad es distinta: la mayoría sí tiene mamá, papá o familiares, pero por diversas razones no pueden cuidarles de forma segura. El Estado interviene para protegerles ante situaciones graves de maltrato, negligencia o abandono.

En el caso de Pedro, Julia y Juan, el hogar estaba marcado por la violencia, aunque no todas las personas adultas presentes fueran quienes la ejercieran de manera directa. Sin embargo, quienes no participaban activamente en el maltrato tampoco contaban con las herramientas o capacidades para protegerles. Esto puso en riesgo su bienestar físico y emocional, e incluso su vida, debido al nivel de negligencia y maltrato.

¿Por qué llegan a vivir a un CAS?

Como mencionamos, la información oficial es escasa o difícil de acceder. No obstante, en 2019, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (cndh) (Figura 2) confirmó que los principales motivos de ingreso eran conflictos familiares de guarda y custodia, migración, omisión de cuidados o negligencia, y maltrato. Si bien el informe distingue distintas causas, en conjunto, las relacionadas con deficiencias en el cuidado, maltrato y vulneración de derechos suman aproximadamente el 67 % de los casos registrados.

Motivos de ingreso a los CAS y albergues

Figura 2. Motivos de ingreso a los CAS y albergues hasta 2016 (cndh, 2019).

Violencia, negligencia, abandono y separación de la familia de origen no solo dejan heridas emocionales: también pueden afectar el desarrollo neurológico y las habilidades para relacionarse. Estos impactos no desaparecen de inmediato con la llegada a una nueva familia; por eso, es fundamental tenerlos en cuenta al momento de adoptar y comprender que muchas reacciones de nna tienen su raíz en el trauma que han vivido.

Creencia equivocada 2: Todas y todos los que viven en un cas pueden ser adoptados

En México, más de 24 000 niñas, niños y adolescentes viven en Centros de Asistencia Social, pero solo el 3.5 % es susceptible de adopción (Newman Institute, 2025).

¿Y qué ocurre con el resto?

En la mayoría de los casos, no pueden ser adoptados porque aún no ha concluido el proceso legal necesario —el Juicio de Pérdida de Patria Potestad—, que determina si es posible que regresen con su familia de origen. La adopción solo se contempla una vez descartado que exista algún familiar cercano capaz de brindarles un cuidado seguro y adecuado.

La historia de Ana

Ana llegó al cas cuando tenía 4 años. La encontraron de madrugada, caminando sola por un parque, descalza, con heridas sin curar en los pies y signos de desnutrición. La policía la rescató y la llevó ante las autoridades.

Las evaluaciones determinaron que su mamá y su papá biológicos no podían ofrecerle el cuidado que necesitaba. Algunos tíos y tías se ofrecieron a hacerse cargo, pero el proceso para evaluar si podía integrarse con algún familiar se ha prolongado demasiado.

Hoy, Ana tiene 9 años y su situación legal no se ha resuelto. No puede ser adoptada todavía.

Es natural preguntarse cuánto duran estos procesos. De acuerdo con la Gaceta del Senado de la República Mexicana (Comisión de los Derechos de la Niñez y de la Adolescencia, 2016), un juicio ordinario de Pérdida de Patria Potestad puede tardar en promedio 4 años. En formato sumario, el promedio es de 2 años, aunque este procedimiento no está disponible en todas las entidades federativas. En algunos estados, el proceso se alarga hasta 6 años o más.

Mientras tanto, las y los nna siguen creciendo en los cas y, cuando por fin pueden ser adoptados, tal vez ya hayan rebasado la edad que muchas personas consideran para integrar a alguien a su familia.

Ana, por ejemplo, llegó a los 4 años. Cuando pueda ser adoptada, quizá tenga 10 u 11. Y eso, tristemente, disminuye la probabilidad de que sea considerada por quienes buscan adoptar.

Creencia equivocada 3: Hay muchos bebés o niños pequeños esperando la adopción

En 2017, el Senado de la República Mexicana exhortó al Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (dif) y al Ejecutivo Federal a “generar acciones necesarias a fin de promover la adopción de niños mexicanos” (Senado de la República, 2017, p. 1).

Ese mismo informe reveló que el 58 % de las personas que desean adoptar buscan menores de 9 años. Sin embargo, según el inegi (2020), más del 54 % de las niñas y niños en instituciones tienen más de 10 años.

Esta brecha es enorme: miles de nna podrían permanecer institucionalizados hasta alcanzar la mayoría de edad simplemente porque no encajan en el perfil que muchas personas adoptantes tienen en mente.

Algunas personas, sin embargo, sí se abren a la posibilidad de adoptar adolescentes. Saben que implicará ajustes, tiempo y acompañamiento específico. También saben que puede generar grandes aprendizajes y vínculos profundos.

¿No sería hora de ampliar nuestra idea de lo que significa “formar una familia”?

Creencia equivocada 4: La adopción existe porque las personas adultas tienen derecho a tener hijas o hijos

Muchas personas adultas llegan a la adopción movidas por razones legítimas: el deseo de cuidar, formar o ampliar una familia, o de ofrecer un hogar a alguien que lo necesita.

Posiblemente suene duro —y lo decimos con respeto—, pero la adopción no se basa en el deseo o en un supuesto derecho de las personas adultas a tener hijos. Se basa en el derecho de niñas, niños y adolescentes a vivir en una familia que pueda cuidarles con amor, estabilidad y compromiso.

La adopción es una forma de garantizar derechos, no de “rescatar” a alguien.

En México, la Ley General de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes reconoce que todas las personas menores de edad tienen derecho a crecer en familia. La adopción busca restituir ese derecho, siempre priorizando lo que sea mejor para su bienestar por encima de los deseos —e incluso necesidades— de los adultos.

Por eso, quienes desean adoptar deben pasar por un proceso de evaluación profesional que determine si cuentan con las condiciones necesarias para ofrecer un entorno seguro, afectivo y estable. Este proceso incluye información clara, tiempo para reflexionar y acompañamiento. Solo quienes cumplen con los criterios y obtienen el Certificado de Idoneidad pueden continuar con el proceso.

Este certificado confirma que la persona o pareja está en condiciones de brindar una experiencia positiva, segura y reparadora para un nna que ha vivido vulneraciones de derechos. O, al menos, así debería ser.

No existe un “derecho a tener hijos”. Lo que sí existe —y debemos proteger— es el derecho de niñas, niños y adolescentes a vivir en familia.

Creencia equivocada 5: El amor es suficiente para que la adopción sea exitosa

Quizá esta sea la creencia más arriesgada de todas.

El amor es, sin duda, fundamental, pero no basta por sí solo.

Las niñas, niños y adolescentes que han vivido experiencias relacionadas con el estrés y el trauma —como la institucionalización prolongada, la violencia o la negligencia— pueden presentar afectaciones emocionales, cognitivas y conductuales que requieren comprensión, paciencia y apoyo profesional.

¿Sabes cuáles son las afectaciones más comunes en esta población?

Diversos estudios, como uno publicado por unicef y Hope and Homes for Children (2020), muestran que cuando niñas, niños y adolescentes han sido separados de sus familias por razones graves —como violencia, abandono o negligencia— y han vivido en instituciones por mucho tiempo, es frecuente que experimenten impactos importantes en su salud emocional y desarrollo.

Con frecuencia, presentan dificultades para regular sus emociones, concentrarse, comunicarse o confiar en otras personas. También pueden manifestar retrasos en su desarrollo, estados de apatía o inquietud, ansiedad, desobediencia, depresión, trastornos del sueño o de la alimentación, e incluso conductas como mecerse, golpearse o autolesionarse. Estas señales indican que su sistema nervioso ha estado en modo de alerta por un tiempo prolongado.

Estas observaciones no son nuevas. Desde hace décadas, especialistas como René Spitz notaron que bebés criados en instituciones, aunque contaran con alimento, ropa y un lugar donde dormir, podían caer en una tristeza profunda si no recibían afecto, contacto físico ni vínculos estables. A esta experiencia la llamó “depresión anaclítica”.

Con el paso del tiempo, este concepto evolucionó hasta lo que hoy conocemos como Trastornos del Apego, que pueden manifestarse de diferentes maneras. En algunos casos, niñas y niños se muestran emocionalmente cerrados, evitan el contacto o parecen desconectados. En otros, ocurre lo contrario: se acercan con demasiada confianza a personas desconocidas, como si no pudieran distinguir entre lo seguro y lo riesgoso.

También se ha encontrado que quienes han pasado por una institucionalización prolongada pueden presentar un desarrollo cognitivo más lento, incluso con diferencias de hasta 20 puntos en el coeficiente intelectual respecto a quienes crecieron en entornos familiares estables (van IJzendoorn et al., 2011). A esto se suman otras señales como problemas de aprendizaje, conductas impulsivas, disociación, flashbacks o síntomas relacionados con trauma complejo.

Es importante destacar que no todos los niños desarrollan todos estos síntomas. Sin embargo, estos efectos no son casos aislados: forman parte de lo que se espera cuando una vida ha estado marcada por el abandono emocional, el estrés tóxico o el cuidado institucional prolongado.

Por eso es tan necesario que quienes desean adoptar estén bien informados, se preparen emocionalmente y cuenten con el acompañamiento adecuado. Mantener un vínculo adoptivo saludable implica mucho más que buenas intenciones: requiere comprensión profunda, sensibilidad y herramientas que ayuden a estar presentes, incluso cuando el camino se vuelva difícil.

Familia que adopta a un adolescente

Figura 3. Familia que adopta a un adolescente; escena ilustrativa (OpenAI, 2025).

Verdades que sostienen la adopción

Romper con estas creencias equivocadas y mitos es esencial para que más niñas, niños y adolescentes encuentren familias capaces de sostenerlos con compromiso y ternura.

Adoptar no es rescatar: es acompañar una historia que ya existía antes del encuentro. Es ofrecer seguridad, sin exigir gratitud. Es entender que, más allá del deseo, lo que debe guiar este camino es el derecho de las y los nna a ser cuidados y respetados.

Las ideas erróneas fomentan una “romantización” de la adopción como algo meramente caritativo o idealizado, en el que el amor basta si se acompaña de buenas intenciones y recursos económicos para sostener una familia. La evidencia científica, sin embargo, nos muestra que no es así.

A veces, estas creencias invisibilizan lo más importante: la historia, el dolor y las verdaderas necesidades de niñas, niños y adolescentes, así como lo que realmente implica para una persona adulta estar lista para acompañar esas vivencias. Adoptar es un proceso complejo, que merece ser asumido con responsabilidad y conciencia.

Es fundamental que las instituciones informen con claridad a quienes desean adoptar sobre los posibles efectos del trauma, diagnósticos y necesidades particulares que pueden presentar las niñas, niños y adolescentes adoptables. Pero no basta con brindar información: también es necesario ofrecer herramientas, preparación emocional y estrategias prácticas para enfrentar los retos que puedan surgir.

Además, el acompañamiento debe comenzar antes del primer encuentro, continuar durante las convivencias iniciales y mantenerse el tiempo que sea necesario para sostener la adopción de forma amorosa, estable y segura, tanto para los niños como para las personas adultas.

Aunque este artículo aborda aspectos difíciles, su intención no es desalentar a nadie. Busca ofrecer una guía honesta para ayudar a decidir si este es un camino que desean y pueden recorrer en este momento de sus vidas. Con la esperanza de que quienes decidan avanzar lo hagan con mayor claridad, convicción y sensibilidad, sabiendo que están ayudando a restituir un derecho fundamental: el derecho a vivir en familia.

Enlaces de interés

Recomendaciones de lectura
Libros

  • Adopción, trauma y juego, de Montse Lapastora y Noelia Mata.
  • Vincúlate, de José Luis Gonzalo Madorrán
  • Guía de acompañamiento para familias adoptivas de Brignoni y Cubillas
  • Construir vínculos de apego, de Daniel Hughes
  • Volver a mirar y Volver a mirar la adolescencia, de Felipe Lecannelier.
  • Apego y Crianza, de Inés DiBártolo y Maritchu Seitún

Referencias



Recepción: 2024/01/10. Aceptación: 2025/06/23. Publicación: 2025/08/13.

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Revista Digital Universitaria Publicación bimestral Vol. 18, Núm. 6julio-agosto 2017 ISSN: 1607 - 6079