Vol. 26, Núm. 4, agosto-octubre 2025

Parentescos raros: encuentros que reinventan lo humano

Ivonne Lujano Vilchis Cita

“Seguir con el problema requiere generar parentescos raros: nos necesitamos recíprocamente en colaboraciones y combinaciones inesperadas, en pilas de compost caliente.”

— Donna Haraway

No hay mejor manera de continuar celebrando los 25 años de la Revista Digital Universitaria que leyendo este número, que nos propone recorridos por el complejo entramado de relaciones entre los humanos y nuestro entorno. Esta edición es como un espejo que refleja múltiples ángulos de nuestra humanidad, que no podría ser tal sin las fuerzas naturales y los seres que habitan el planeta.

Al leer los textos que componen este número, no pude dejar de pensar en el fascinante libro Seguir con el problema, de la pensadora norteamericana Donna Haraway. La aguda pluma de Haraway nos sitúa en el momento complejo que vivimos en términos de crisis planetaria e insiste en nuestra (creciente) tarea de vivir (y morir) con responsabilidad, creando lazos, parentescos, líneas de conexión y cooperación con otros seres que habitan la Tierra. Pero, ¿cómo emparentarnos con los otros (humanos y no humanos) si no nos conocemos? ¿Cómo acercarnos a ecosistemas tan distantes como la selva o el fondo del mar, especialmente si vivimos en entornos urbanos? La ciencia es un vehículo para ello, pues nos ayuda a conocer y entender las necesidades de otras especies y ecosistemas, desmontando la perspectiva antrópica, es decir, esa mirada profundamente egoísta que nos hace enfocarnos únicamente en las necesidades humanas.

Varias colaboraciones de este número nos invitan a pensarnos en parentesco con el mar, las plantas y animales tan majestuosos como el jaguar. Gracias a “¿Dónde viven los jaguares? Historias de lo salvaje cerca de nosotros”, sí, como el fabuloso cuento de Sendak, aprendemos que convivir con estos felinos —quienes habitan más cerca de los humanos de lo que pensamos— puede ser una tarea muy compleja; pero también nos muestra que la educación ambiental comunitaria es una herramienta poderosa para dejar de ver a estos animales como amenaza y contribuir a proteger su hábitat.

Conocer el mar y sus profundidades para implementar acciones en pro de su cuidado es la invitación que nos hacen varios textos de esta edición. “Caballitos de mar sin estómago: diseño evolutivo a la carta” nos sorprende con los detalles de la curiosa anatomía de estos peces —sí, ¡los caballitos de mar son peces!— que, gracias a largos procesos evolutivos, han adaptado su sistema de absorción de alimentos mediante una compleja técnica rápida de succión. En “Todos a bordo: el mar y la sostenibilidad alimentaria” conocemos los riesgos que la pesca inmoderada puede traer a los ecosistemas marinos y cómo algunas alternativas de crecimiento económico dentro de los límites de la naturaleza son viables. Tal es el caso de la pesca artesanal, que puede ser sujeta a certificaciones para empoderar a productores y consumidores y reconocer el valor de esta práctica y los productos que de ella se derivan. “Arrecifes de coral y cambio climático: una relación fracturada” también se enfoca en nuestra responsabilidad de vivir emparentados con los ecosistemas marinos, presentando acciones concretas para frenar la destrucción de los arrecifes por el aumento de la temperatura del mar como consecuencia del cambio climático. Destacan el control de la contaminación y la pesca, así como el monitoreo de programas de protección y restauración.

En la misma línea de rescate del diálogo entre humanos y océano, Rosenda Aguilar Aguilar, en “¿Y para qué sirve el mar?”, plantea una reflexión directa y cercana: muchas veces sólo vemos el mar como fuente de recursos o diversión, olvidando que es un ecosistema vital que brinda servicios esenciales y que sufre graves daños por nuestra actividad, como la contaminación y la sobreexplotación. Se urge a cambiar la mirada antropocéntrica para cuidar mejor el océano y pensar en las futuras generaciones.

También emparentarnos con las plantas es una forma de vivir mejor. Los humanos hemos estrechado lazos con plantas desde hace siglos, y algunas de ellas nos son muy familiares, como la salvia. En México habitan 300 especies, la mayoría silvestres, como nos relata “De la semilla al sorbo: la historia secreta de la chía y sus primas”. Esta colaboración nos ofrece datos interesantes sobre la historia de nuestro parentesco con estas plantas, que en tiempos prehispánicos se utilizaron para elaborar atole, tortillas, tamales y pinoles.

En este número, la rdu apuesta por la convivencia de epistemologías y saberes, y así como incluye trabajos basados en prácticas y conocimientos de la medicina occidental, también encontramos “¿Te espantaste? Así se cura el susto en la Sierra de Puebla”, que aborda el bienestar del cuerpo-territorio desde los saberes originarios de América. Además, invita a explorar recursos de información valiosos, como la Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana. Otras colaboraciones se enfocan en el conocimiento del cuerpo y las fuerzas naturales del entorno para preservar la salud. Por ejemplo, “Horarios de alimentación y entrenamiento: ¿afectan a nuestra salud?” explora la relación de los movimientos de la Tierra y los astros con el bienestar físico y mental, y la importancia de organizar horarios de comida, sueño y ejercicio según nuestro cronotipo, es decir, si somos más activos de día o de noche. Para valorar aún más el ejercicio físico, “Sarcopenia: lo que la edad le hace a tus músculos” aborda esta enfermedad que afecta a personas adultas mayores, explicando que se puede prevenir y tratar con ejercicio y una dieta balanceada rica en proteínas.

En su ensayo, Donna Haraway habla de que, para vivir responsable y recíprocamente con otros, necesitamos generar parentescos raros, más allá de nuestra propia especie o los miembros con quienes compartimos información genética. La adopción es quizá un ejemplo claro de la creación de lazos de parentesco para ejercer el derecho a vivir en familia. En “Más que amor: lo que implica realmente adoptar a niñas, niños y adolescentes” conocemos la importancia de priorizar el bienestar de las infancias y adolescencias en estos procesos, por encima de los deseos y necesidades de las personas adultas que desean adoptar. Crear parentescos implica un profundo autoconocimiento para poder generar lazos significativos y recíprocos. “Live-actions y Disney: historias que hablan de nosotros” invita a explorar nuestra memoria afectiva, es decir, los recuerdos que despiertan emociones como la nostalgia. Relata cómo se ha usado la nostalgia para recrear obras cinematográficas que en otros tiempos nos hicieron sentir certidumbres y emociones luminosas, especialmente en tiempos pandémicos, cuando activar recuerdos fue una estrategia de supervivencia emocional.

¿Y cómo sabemos esto sobre nuestra memoria afectiva y otros rasgos de nuestra especie? ¿Cómo nos estudiamos a nosotros mismos? Una forma es a través de metodologías cualitativas, que se basan en técnicas como la observación y la entrevista. “Mirar lejos, mirar cerca: enseñar investigación cualitativa en psicología” destaca la importancia de que futuros profesionales conozcan a profundidad el contexto de los sujetos, incluyendo la diversidad de perspectivas y significados que influyen en sus procesos psicológicos. Por otro lado, la investigación cuantitativa, basada en cálculos y técnicas estadísticas, nos ayuda a comprender la complejidad humana. Por ejemplo, “Comparación del rendimiento en un examen diagnóstico aplicado prepandemia y transpandemia” presenta un estudio donde se contrastaron resultados de una prueba aplicada a dos grupos de estudiantes de la unam, uno de 2019 y otro de 2020. El estudio muestra mejoras en el rendimiento del grupo de 2020, posiblemente relacionadas con cambios en hábitos de estudio y el uso de tecnologías para organizar mejor tiempos y actividades. Otro texto aborda las tecnologías en nuestra vida; en “Brecha digital y violencia: el relámpago de la psicología” se analiza cómo las disparidades en el acceso a tecnología e información constituyen una forma de violencia estructural, y se propone desde la psicología promover estrategias de autocuidado digital.

El crisol de voces de las autoras y autores de esta edición nos muestra la infinidad de formas en que podemos construir y relatar nuestros lazos de parentesco con otros. No podríamos enriquecernos con esta diversidad de conocimientos sin el arduo trabajo de escritura que hay detrás de cada colaboración. De ello nos habla “No es (sólo) gramática: escribir también es cuidarse”, una reseña del manual Prácticas universitarias de lectura y escritura, de Areli Flores Martínez. Destaca lo accesible y empático del manual, aspectos clave para el desarrollo de la voz propia en la escritura, como la del joven autor de esta colaboración, estudiante universitario. Esta reseña y el manual son producto de procesos de formación para escribir no solo en contextos académicos, sino como forma de expresión y libertad.

Espero que disfruten todas estas voces que, desde muy diversas disciplinas y niveles de experiencia, contribuyen a difundir conocimientos que nos ayudan a comprender que, quizá, tenga razón Donna Haraway: para encontrar el balance entre nuestras necesidades y los límites del planeta es necesario construir líneas de conexión y solidaridad. La rdu es, en este sentido, un vehículo que nos conecta, así que… ¡larga vida a esta revista universitaria!

Vol. 26, núm. 4 agosto-octubre 2025

Horarios de alimentación y entrenamiento: ¿afectan a nuestra salud?

Paola Lizbeth Pérez-Malta, Ixtlilxóchitl Flores-Fong, Miguel Amaury Salas-García y Uriel Alejandro Montes-Torres Cita

Resumen

El concepto de crononutrición explora la relación entre los ritmos circadianos y la alimentación, lo que apoyado con horarios de entrenamiento permite optimizar elecciones alimenticias y mejorar los programas de ejercicio. Los ritmos circadianos, controlados por el sistema nervioso central y sincronizados con la luz y oscuridad del día, intervienen en funciones clave del organismo, como la digestión, el metabolismo y la ingesta de alimentos. El cronotipo de una persona (matutino, vespertino o intermedio) influye en las preferencias de horarios y rendimiento deportivo, por lo que se pueden ajustar los tiempos de entrenamiento y alimentación para beneficiar la salud y el rendimiento físico, además de modular el riesgo de enfermedades como la obesidad y diabetes.
Palabras clave: crononutrición, cronotipo, entrenamiento, alimentación, ritmos circadianos.

Eating and training schedules: Do they affect our health?

Abstract

The concept of chrononutrition explores the relationship between circadian rhythms and eating habits, and when combined with scheduled training times, it can help optimize food choices and improve exercise programs. Circadian rhythms, regulated by the central nervous system and synchronized with the light and darkness of the day, play a role in key bodily functions such as digestion, metabolism, and food intake. A person’s chronotype (morning, evening, or intermediate) influences their preferred schedules and athletic performance, making it possible to adjust training and eating times to support health and physical performance, as well as to help modulate the risk of diseases such as obesity and diabetes.
Keywords: chrononutrition, chronotype, training, diet, circadian rhythms.


¿Qué hay detrás de la crononutrición?

El doctor Alain Delabos describió por primera vez en 1986 el concepto crononutrición, con el que propuso la existencia de una relación entre los relojes biológicos (ritmos circadianos) y el proceso de alimentación (Franzago et al., 2023). Diversos estudios han documentado los cambios que experimenta nuestro organismo a lo largo del día, como la regulación de la glucosa en la sangre, que fluctúa y se vuelve más lenta o menos eficiente por la noche. En personas habituadas a actividades nocturnas, esta fluctuación podría incrementar el riesgo de desarrollar enfermedades crónico-degenerativas como sobrepeso, obesidad, diabetes tipo 2 e hipertensión arterial sistémica, entre otras (Sagredo Dumas, 2022; Almoosawi, 2019).

Considerando la importancia de los ritmos circadianos en el metabolismo y en la respuesta al ejercicio, el objetivo de este artículo es analizar la interacción entre crononutrición y horarios de entrenamiento, y presentar estrategias prácticas, basadas en evidencia, que permitan a la población optimizar su nutrición y actividad física en sincronía con sus relojes biológicos.

Ritmos circadianos: la conexión del día con el cuerpo

Todos los seres humanos contamos con ritmos circadianos que tienen una duración aproximada de 24 horas. Estos van de la mano con los movimientos de rotación de la Tierra, son parte del ciclo del sueño y dirigen diferentes sistemas, por ejemplo, el gastrointestinal (Calvo Fernández, 2018), en el que los genes reguladores del reloj biológico controlan funciones clave como la digestión, absorción y metabolismo de nutrientes, así como la regulación de hormonas y el apetito. Estos mecanismos se relacionan con el momento o timing de la ingesta de los alimentos, supeditado por el cerebro y se ajustan a las horas de comida y a las actividades que realizamos en el día a día (Van der Merwe, 2022).

Desde la perspectiva fisiológica, los ritmos circadianos se encuentran en cada una de las células y están controlados por un reloj central situado en el sistema nervioso central (snc). Este reloj está dirigido por el ciclo de la luz y oscuridad en el lapso de sus 24 horas. Por ejemplo, la entrada de luz a través de los ojos y el nervio óptico sincroniza los relojes periféricos de células y tejidos (Aoyama, 2021), mientras que la oscuridad se encarga de apagar estos relojes. El sistema hormonal también se encuentra vinculado a los ritmos circadianos, estableciendo de esta forma relojes internos para la ingesta de alimentos. Lo anterior explica por qué sentimos hambre a ciertas horas del día (Chamorro et al., 2018).

La principal señal de tiempo para el reloj circadiano central es la luz ambiental; sin embargo, existen señales externas que son capaces de modificar los ritmos en los relojes periféricos, tal como la ingesta de alimentos (Van der Merwe, 2022).

Es importante distinguir entre dos tipos de relojes circadianos: el central y los periféricos (Aoyama, 2021). El reloj circadiano central se localiza en el hipotálamo —una región del cerebro— y actúa como un “marcapasos maestro” que coordina todos los ritmos del organismo, siguiendo principalmente los patrones de luz ambiental. Por su parte, los relojes periféricos se encuentran distribuidos en prácticamente todos los tejidos y órganos del cuerpo (hígado, páncreas, músculo esquelético, entre otros) y, aunque siguen las señales del reloj central, también pueden ser influenciados por factores locales como la alimentación, la temperatura corporal, el estrés, los medicamentos y la actividad física (Van der Merwe, 2022).

El rendimiento deportivo según el cronotipo: ¿mañana o noche?

El ciclo del día también influye en otros aspectos, como el nivel de actividad física. No todas las personas tenemos los mismos horarios de alimentación y entrenamiento: algunas prefieren realizar más actividades a ciertas horas del día (mañana, tarde o noche). Esto se debe al cronotipo, una predisposición biológica individual que determina los momentos del día en que cada persona experimenta de forma natural mayor alerta y energía, así como cuándo prefiere dormir y despertar. De esta manera, cada uno de nosotros nace con un cronotipo específico, que puede ser matutino, vespertino o intermedio (Fabbian, 2016) (ver figura 1).

Diferentes cronotipos del ser humano

Figura 1. Diferentes cronotipos del ser humano. El sistema nervioso central genera reacciones distintas en el organismo según el tipo de cronotipo. De esta forma, las personas con cronotipo matutino (izquierda) tendrán un mejor rendimiento deportivo durante la mañana, mientras que las de cronotipo vespertino (derecha) lo tendrán durante la tarde-noche. Un cronotipo intermedio representa a quienes no muestran preferencia extrema por ningún horario específico.
Crédito: elaboración propia.

En diversas investigaciones se ha mostrado cierta relación entre el cronotipo y el momento del performance o rendimiento observado durante un entrenamiento de alta intensidad: las personas que entrenan por la mañana muestran una fatiga elevada en comparación con el grupo que entrena por la tarde; no obstante, existen otros factores externos que influyen en los resultados, como el estado de ánimo, medicamentos, etcétera. El rendimiento deportivo puede variar a lo largo del día debido a la falta de sueño y la hora del entrenamiento. Diversos estudios sugieren que entrenar por la mañana puede mejorar el rendimiento, superando al del nivel normalmente observado por la tarde (Rae, 2015). Por otro lado, el entrenamiento en horas vespertinas puede aumentar las variaciones en el rendimiento neuromuscular (Chtourou, 2012).

Existe una relación importante entre la composición corporal y ciertos indicadores biológicos. Por ejemplo, los niveles de glucosa e insulina varían según el cronotipo: las personas con cronotipo vespertino, que permanecen despiertas hasta altas horas de la madrugada y duermen principalmente por la mañana, podrían presentar un mayor índice de masa corporal y porcentaje de masa grasa, lo que también podría incrementar el riesgo de desarrollar patologías como sobrepeso, obesidad y diabetes mellitus tipo 2, en comparación con quienes tienen cronotipo matutino (Van der Merwe, 2022; Almoosawi, 2019) (ver figura 2). Sin embargo, es importante aclarar que tener un cronotipo vespertino no constituye una sentencia para desarrollar estas enfermedades. Estos riesgos pueden reducirse significativamente mediante estrategias nutricionales, como evitar el consumo de alimentos ultraprocesados y preferir alimentos frescos o mínimamente procesados, así como realizar actividad física de forma regular. De este modo, es posible mantener una excelente salud metabólica aun teniendo un cronotipo vespertino.

Reacciones del sistema nervioso central

Figura 2. Reacciones del sistema nervioso central según cronotipo matutino y vespertino. El cronotipo al que pertenecemos se ha asociado con diferencias en la glucosa, insulina y otros indicadores metabólicos. De esta forma, nuestro cronotipo puede inclinar la balanza hacia la salud o hacia la enfermedad, como ocurre con los cronotipos matutino (izquierda) y vespertino (derecha). No obstante, el estado de salud no depende únicamente del cronotipo, sino también de factores relacionados con el estilo de vida, como la alimentación y la actividad física.
Crédito: elaboración propia.

Crononutrición + entrenamiento: lo mejor para cada quien

La conexión entre la crononutrición y los horarios de entrenamiento reside en nuestra biología y determina la clase de dieta y ejercicio que queremos realizar. Al comprender la estrecha relación que existe entre los ritmos circadianos y la nutrición, podemos optimizar nuestra selección de alimentos y mejorar la eficacia de nuestro programa de entrenamiento (Challet, 2021) (ver figura 3), por ello se recomienda que para un plan de entrenamiento se conozca el cronotipo de la persona (Rae, 2015; Sławińska, 2019).

Conexión entre ciclos circadianos, alimentación y ejercicio

Figura 3. Conexión entre ciclos circadianos, alimentación y ejercicio. Cada cronotipo requiere adaptaciones en los horarios y la distribución de la alimentación para optimizar la salud metabólica. Para cronotipos matutinos se recomienda un desayuno abundante, mayor aporte de energía durante la primera mitad del día y una cena ligera y temprana, así como realizar ejercicio preferentemente por la mañana. Para cronotipos vespertinos se sugieren desayunos más ligeros, tolerando cenas más tardías y ejercicio en horas vespertinas. Los cronotipos intermedios, al contar con mayor flexibilidad horaria, pueden adaptar su alimentación y ejercicio según sus actividades diarias.
Crédito: elaboración propia.

Regular los tiempos de entrenamiento y tener horarios de alimentación puede generar mayores beneficios no sólo para la salud, sino también para el rendimiento físico. Es importante mencionar que nuestro reloj biológico no será el mismo a lo largo de nuestra vida, ya que éste puede variar según el sexo, con la edad, y el estilo de vida, por ello es importante establecer horarios fijos de alimentación y actividad física según los objetivos de cada persona.

Referencias

  • Aoyama, S., Kim, H., Hirooka, R., Tanaka, M., Shimoda, T., Chijiki, H., Kojima, S., Sasaki, K., Takahashi, K., Makino, S., Takizawa, M., Takahashi, M., Tahara, Y., Shimba, S., Shinohara, K., Shibata, S. (2021, 6 de julio). Distribution of dietary intake in daily meals influences skeletal muscle hypertrophy via the muscle clock. Cell Reports, 36(1). https://doi.10.1016/j.celrep.2021.109336.
  • Almoosawi, S., Vingeliene S., Gachon, F., Voortman, T., Palla, L., Johnston, J. D., Van Dam, R. M., Darimont, C. Karagounis, L. (2019, enero). Chronotype: Implications for epidemiologic studies on chrono-nutrition and cardiometabolic health. Advances in Nutrition, 10(1), 30-42. https://doi.org/10.1093/advances/nmy070.
  • Calvo Fernández, J. R., Gianzo Citores, M. (2018, julio-agosto). Los relojes biológicos de la alimentación. Nutrición Hospitalaria, 35(Extra 4), 34-38. https://scielo.isciii.es/pdf/nh/v35nspe4/1699-5198-nh-35-nspe4-00033.pdf.
  • Challet, E. (2021, 1 de julio). The circadian control of eating. Journal of Behavior and Feeding, 1(1), 39-50. https://doi.org/10.32870/jbf.v1i1.14.
  • Chamorro, R., Farias, R., y Peirano, P. (2018, septiembre). Regulación circadiana, patrón horario de alimentación y sueño: Enfoque en el problema de obesidad. Revista Chilena de Nutrición, 45(3), 285-292. http://dx.doi.org/10.4067/s0717-75182018000400285.
  • Chtourou, H., y Souissi, N. (2012, julio). The effect of training at a specific time of day: a review. Journal of Strength and Conditioning Research, 26(7), 1984-2005. http://dx.doi.org/10.1519/JSC.0b013e31825770a7.
  • Fabbian, F., Zucchi, B., De Giorgi, A., Tiseo, R., Boari, B., Salmi R., Cappadona, R., Gianesini, G. Bassi, E., Signani, F., Raparelli, V., Basili, S., y Manfredini, R. (2016, 5 de mayo). Chronotype, gender and general health. Chronobiology International, 33(7), 863-882. https://doi.org/10.1080/07420528.2016.1176927.
  • Franzago, M., Alessandrelli, E., Notarangelo, S., Stuppia, L., Vitacolonna, E. (2023, 25 de enero). Chrono-Nutrition: Circadian Rhythm and Personalized Nutrition. International Journal of Molecular Sciences, 24(2571). https://doi.org/10.3390/ijms24032571.
  • Rae, D. E., Stephenson, K. J., y Roden, L. C. (2015, 29 de enero). Factors to consider when assessing diurnal variation in sports performance: the influence of chronotype and habitual training time-of-day. European Journal of Applied Physiology, 115(6), 1339-1349. https://doi.org/10.1007/s00421-015-3109-9.
  • Sagredo Dumas, A., Cornejo, V., Durán Agüero, S., y Leal-Witt, M. J. (2022, febrero). Crononutrición y su relación con la obesidad: Una revisión sistemática. Revista Chilena de Nutrición, 49(1), 124-132. https://doi.org/10.4067/S0717-75182022000100124.
  • Sławińska, M., Stolarski, M., y Jankowski, K. S. (2019, febrero). Effects of chronotype and time of day on mood responses to CrossFit training. Chronobiology International, 36(2), 237-249. https://doi.org/10.1080/07420528.2018.1531016.
  • Universidad de Chile. (2021)
  • Van der Merwe, C., Münch, M., y Kruger, R. (2022). Chronotype differences in body composition, dietary intake and eating behavior outcomes: A scoping systematic review. Advances in Nutrition, 13(6), 2357-2405. https://doi.org/10.1093/advances/nmac093.


Recepción: 2024/02/22. Aprobación: 2025/03/14. Publicación: 2025/08/18.

Vol. 26, núm. 4 agosto-octubre 2025

¿Dónde viven los jaguares? Historias de lo salvaje cerca de nosotros

María G. Zamudio y Víctor H. Luja Cita

Resumen

Una de las preguntas que más escuchamos al hablar sobre jaguares es: ¿dónde viven? La respuesta no es tan sencilla como parece, sobre todo en zonas donde el paisaje está lleno de cultivos, granjas y casas. Aunque solemos imaginar a los grandes felinos escondidos en lo más profundo de la selva, hoy también caminan por caminos de terracería, cruzan patios y acechan cerca de las parcelas. Este texto recorre algunas de las formas en que humanos, jaguares y pumas comparten territorio en Nayarit, un estado donde la frontera entre lo silvestre y lo urbano se ha ido borrando. Con ayuda de testimonios, fotografías de cámaras trampa y mapas, exploramos qué significa convivir con felinos que no sólo existen en la televisión o en cuentos antiguos, sino que siguen vivos, cerca, con sus propios desafíos. Lejos de romantizar, aquí se cuenta una historia real: la de comunidades que aprenden a coexistir con estos animales sin miedo, pero tampoco sin consecuencias. Porque si los jaguares aún existen, es también gracias a quienes los ven pasar.
Palabras clave: jaguar, conservación, coexistencia, fauna, Nayarit.

Where do jaguars live? Stories of the wild close to us

Abstract

One of the most common questions we hear when talking about jaguars is: where do they live? The answer is not as simple as it seems, especially in areas where the landscape is filled with crops, farms, and houses. Although we often imagine these big cats hidden deep in the jungle, today they also walk dirt roads, cross yards, and lurk near fields. This text explores some of the ways humans, jaguars, and pumas share territory in Nayarit, a state where the boundary between wilderness and urban life is fading. With the help of testimonies, camera trap photographs, and maps, we examine what it means to live alongside felines that don’t just exist on TV or in old stories, but that remain alive, nearby, facing their own challenges. Far from romanticizing, this is a real story: of communities learning to coexist with these animals without fear, but also without ignoring the consequences. Because if jaguars still exist, it is also thanks to those who see them pass by.
Keywords: jaguar, conservation, coexistence, wildlife, Nayarit.


Más cerca de lo que pensamos

A veces pensamos en los jaguares como si fueran criaturas de otro mundo: espectrales, salvajes, inalcanzables. En nuestra imaginación —alimentada por documentales, redes sociales, cuentos y libros de biología desde la primaria— viven allá, en lo más hondo de la selva, lejos de nuestras casas, nuestros caminos, nuestras vidas. Esa separación, esa frontera invisible entre “nosotros” y “las otras especies”, no es exclusiva de las ciudades. Incluso en comunidades que todavía habitan cerca del monte, donde los árboles aún son muchos y la tierra parece intacta, los grandes felinos son percibidos como habitantes de un “más allá” difuso.

Cuando nuestro equipo de investigación llega a alguna comunidad para iniciar un monitoreo biológico, suele repetirse una escena: los habitantes que se integran como monitores locales nos cuentan que los “tigres” y los “leones” —así se les llama coloquialmente a los jaguares y pumas en muchas regiones de México— están “allá lejos, metidos en el monte”. Pero ¿qué tan lejos es “lejos”? A veces parece que, por más que avancemos, ellos siempre están un poco más allá, deslizándose entre la espesura. Sin embargo, cuando revisamos las imágenes de las cámaras trampa o los datos de rastreo satelital, la respuesta se vuelve ambigua. Sí, están lejos. Pero también… más cerca de lo que imaginamos.

En una de nuestras primeras salidas a campo, en la costa norte de Nayarit, un pescador de unos sesenta años nos dijo con seguridad: “Esos mentados tigres existían antes, eso decían. Yo nunca los vi, pero la gente de antes sí. Pero ya no existen”. Unos días después, una de las cámaras trampa instaladas a cien metros de su casa captó a un jaguar macho. Al mostrarle la imagen, sus cejas se levantaron y murmuró, asombrado: “¡Ah, caray! Entonces sí anda por aquí”. Hoy, ese pescador es monitor ambiental local. Y sí, su sorpresa fue una evidencia valiosa. Pero, más allá de eso, nos regaló algo igual de importante: una conversación. Sobre memoria, sobre presencia, sobre percepción. Y, por qué no, sobre acción.

Grandes felinos y humanos: coexistir en un mismo territorio

Durante las últimas décadas, la capacidad de adaptación de los grandes felinos ha fascinado a científicos, conservacionistas y personas curiosas en todo el mundo. Leones (Panthera leo), tigres (Panthera tigris), leopardos (Panthera pardus), jaguares (Panthera onca) y pumas (Puma concolor) han demostrado una resiliencia inesperada: sobreviven —y a veces prosperan— en paisajes que, en teoría, ya no les pertenecen.

Mientras la mancha urbana y agrícola crece sin freno, las fronteras entre lo humano y lo silvestre se difuminan. No es raro ver historias virales sobre leopardos en pueblos de la India, supuestos ataques de jaguares en comunidades rurales de América Latina o pumas caminando por los suburbios de Norteamérica. Estos encuentros, entre el asombro y el miedo, nos obligan a preguntarnos: ¿cómo compartimos el territorio con ellos?, ¿cómo vivimos tan cerca sin vernos?

La adaptabilidad de estos felinos no sólo es una anécdota evolutiva; es una declaración de resistencia. Aunque cada especie tiene sus propias reglas, todas comparten una misma estrategia: ajustarse a las circunstancias, aprovechar las oportunidades, encontrar rincones donde aún puedan ser lo que son.

Un ejemplo fascinante es el trabajo del fotógrafo estadounidense Steve Winter,1 quien ha dedicado su carrera a retratar a algunos de los animales más impresionantes del planeta, entre ellos tigres, leopardos, pumas y jaguares. Uno de sus proyectos más sorprendentes ocurrió en las afueras de Mumbai, India, donde documentó la vida de leopardos urbanos. Estos felinos no sólo sobreviven en un entorno que parecería hostil; algunos cazan perros callejeros para alimentarse, otros, con sigilo de sombras, evitan a las personas refugiándose en parques y jardines. Como gatos gigantes, invisibles y astutos, se han abierto paso en un paisaje que no estaba pensado para ellos.

Winter también registró la historia de “P-22”, un puma que durante más de diez años vivió en el Parque Griffith, en Los Ángeles —uno de los parques urbanos más grandes de Estados Unidos. El nombre, frío y técnico, se refiere al número de su monitoreo en un proyecto de seguimiento en California. Pero detrás de ese código había una figura legendaria. P-22 cazaba venados y mapaches, esquivaba autos, resistía enfermedades y, a pesar de la exposición a raticidas y otros peligros urbanos, sobrevivió. En 2022, su historia terminó: fue sacrificado humanitariamente tras presentar problemas de salud. Pero su legado quedó como símbolo de una posible —y necesaria— coexistencia.

El jaguar, símbolo de Latinoamérica: un vistazo desde Nayarit

No se puede hablar de grandes felinos sin que aparezca la silueta del jaguar. Es el más imponente de América: un felino robusto, elocuente en su caminar sigiloso, capaz de habitar selvas, bosques, manglares, desiertos y semidesiertos, desde México hasta Argentina. Pero más allá de su presencia física, su figura ha sido, desde hace siglos, un símbolo espiritual profundamente arraigado en las culturas mesoamericanas y sudamericanas. Asociado con el inframundo, con la noche y el poder, el jaguar ha sido reverenciado como guardián, guía, fuerza y astucia. Hoy, su imagen sigue viva en las creencias y rituales de los pueblos originarios. Es un animal que nunca ha dejado de ser símbolo, incluso cuando escapa a la vista.

Sin embargo, esta criatura mítica también ha sido históricamente perseguida. La cacería y, sobre todo, la pérdida de su hábitat —más del 50 %— lo han colocado en riesgo. Está catalogado como especie casi amenazada en la nom-059 de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (semarnat), y figura en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (iucn). En algunos países de su distribución natural, como Estados Unidos, Bolivia y Uruguay, su presencia ha sido considerada prácticamente extinta.

Pese a estos desafíos, el jaguar ha demostrado una sorprendente capacidad de adaptación. Aun con el avance de las ciudades, la contaminación y la fragmentación de los ecosistemas, logra persistir. Si bien sigue habitando grandes áreas protegidas como la Reserva de la Biósfera de Calakmul en Campeche o El Edén en Quintana Roo, también ha sido registrado en paisajes inesperados: patios de casas, estacionamientos de hoteles, zonas agrícolas e incluso en los márgenes urbanos.

En Quintana Roo, por ejemplo, cámaras de seguridad han captado jaguares rondando jardines de desarrollos turísticos como Mayakobá o el hotel Princess. Lo mismo ha sucedido en zonas residenciales y turísticas de Puerto Vallarta, Jalisco, y Nuevo Nayarit. A pesar de la cercanía con asentamientos humanos, no se ha documentado ningún ataque a personas. Son encuentros silenciosos, furtivos. Huellas que apenas rozan la superficie de nuestra cotidianidad.

En el caso de Nayarit, después de ocho años de monitoreo mediante cámaras trampa y collares gps, nuestro equipo ha documentado la presencia de jaguares en espacios mucho más próximos de lo que suele imaginarse: terrenos agrícolas, zonas ganaderas, granjas camaroneras, comunidades rurales e incluso áreas urbanas como el puerto de San Blas (ver imágenes 1, 2 y 3). También se han registrado ejemplares cerca de desarrollos turísticos en Litibú, Bahía de Banderas.

Jaguar captado por la cámara

Imagen 1. Jaguar captado por la cámara 07 a las 5:47 a. m. del 21 de agosto de 2020, en Santiago Ixcuintla, Nayarit.
Crédito: archivo Jaguares Sin Protección A. C.

Persona registrada por la cámara

Imagen 2. Zona de la planicie costera en la desembocadura del río Santiago, en el océano Pacífico, entre los municipios de San Blas y Santiago Ixcuintla, Nayarit. El paisaje está dominado por áreas agrícolas, granjas de camarón y asentamientos humanos. Los puntos muestran las ubicaciones gps de tres jaguares en febrero de 2020, en espacios donde las personas realizan sus actividades cotidianas y económicas.
Crédito: archivo Jaguares Sin Protección A. C.

Zona de la planicie costera en la desembocadura del río Santiago

Imagen 3. Persona registrada por la cámara 07 a las 8:34 a. m. del 21 de agosto de 2020, en Santiago Ixcuintla, Nayarit.
Crédito: archivo Jaguares Sin Protección A. C.

Las cámaras trampa, colocadas en árboles o postes a la altura del animal, se activan automáticamente con el movimiento para capturar imágenes o videos. Los collares gps, en cambio, permiten seguir los desplazamientos de individuos específicos. Para colocar estos dispositivos, es necesario capturar brevemente al jaguar con trampas de lazo —que atrapan una de sus patas—, sedarlo con medicamentos y colocar el collar. Todo el procedimiento es realizado por personal especializado, con supervisión veterinaria, priorizando en todo momento el bienestar del animal.

Pero esta cercanía no está exenta de conflictos. En zonas rurales de Nayarit, sobre todo en la sierra, los jaguares son vistos como amenaza para el ganado y otros animales domésticos —cerdos, perros, gatos. Y, en no pocos casos, esta percepción se traduce en represalias: se mata primero… y luego se averigua si fue el jaguar el responsable. Muchos de estos ataques, de hecho, nunca se confirman. Son respuestas inmediatas a un miedo muy humano: el de perder lo que se considera propio.

Aun así, no todo es confrontación. En algunos lugares, las comunidades han comenzado a cambiar su percepción del jaguar. Lo que antes era miedo, se transforma, poco a poco, en respeto. Algunas personas incluso reconocen los beneficios ecológicos que estos felinos traen consigo: control de poblaciones de presas, equilibrio del ecosistema, presencia de lo silvestre en medio de lo domesticado.

Un caso curioso ocurrió en Boca del Asadero, municipio de San Blas, donde los perros ferales se habían vuelto un problema creciente. En manadas, atacaban ganado, ponían en riesgo a la fauna silvestre e incluso a las personas. Pero entre 2018 y 2019, una hembra de jaguar fue registrada cazando a varios de estos perros en el basurero local: cerca de 20 en total. Para muchos habitantes, aquello fue motivo de alivio. Sentían que el jaguar había venido a poner orden, a devolver cierta armonía. Pero la percepción cambió cuando comenzó a cazar también perros con dueño. Ahí, la relación simbiótica se volvió tensa. Porque el valor del jaguar seguía dependiendo, en gran parte, de a quién afectara su presencia.

Como dato adicional, en 2019 esa misma hembra dio a luz a una cría. Años después, entre 2021 y 2023, la cachorra fue registrada alimentándose de perros en la misma comunidad (ver imagen 4). En la zona existe una población estable de presas silvestres, lo cual sugiere que esta conducta no fue por escasez de alimento, sino una estrategia aprendida de su madre. Y los perros, además de abundantes, eran presas fáciles.

Aunque este tipo de depredación puede parecer una solución natural al problema de los perros ferales, no lo es. Alimentarse de animales domésticos conlleva riesgos importantes: desde enfermedades hasta envenenamientos accidentales. Es una convivencia frágil, que exige atención constante, diálogo entre comunidades y expertos, y políticas públicas que reconozcan la complejidad de estos encuentros.

Jaguar (cría hembra) cargando un perro

Imagen 4. Jaguar cargando un perro en la comunidad de Boca del Asadero, Nayarit. La cámara se encontraba a 100 metros de la vivienda más cercana.
Crédito: archivo Jaguares Sin Protección A. C.

Coexistir con jaguares: retos y soluciones para convivir mejor

Los encuentros entre humanos y jaguares, como los que hemos descrito, no son simples anécdotas: son el reflejo de interacciones complejas en territorios donde los paisajes naturales, rurales y urbanos se entrelazan. Hablan de lo difícil que es trazar límites entre lo salvaje y lo doméstico, entre lo que fue y lo que aún resiste.

Uno de los mayores retos en la conservación del jaguar —y de tantas otras especies— es la pérdida de su hábitat. Esa desaparición lenta y constante del espacio natural se debe, en gran medida, al avance de la agricultura, la ganadería y la urbanización. No es sólo que se talen árboles o se expandan los caminos: con cada kilómetro ocupado, las presas naturales del jaguar desaparecen o se dispersan. Y sin presas, sin refugio, sin territorio, el jaguar tiene dos opciones: huir o acercarse.

A esto se suma la fragmentación del hábitat. Las selvas que alguna vez fueron vastas y continuas hoy están partidas en trozos. Las áreas protegidas quedan aisladas entre sí, como islas verdes rodeadas de asfalto. Esta desconexión impide que los jaguares se desplacen libremente, que busquen alimento o pareja sin arriesgar la vida. Además, el aislamiento genético y la exposición a enfermedades aumentan su vulnerabilidad. La caza furtiva, aunque menos visible, sigue siendo una amenaza latente.

Cuando un jaguar aparece en una comunidad, rara vez lo hace por elección. Lo empuja el hambre, el miedo o la necesidad. A veces, la única alternativa que encuentra es cazar animales domésticos: gallinas, cerdos, perros o vacas. Y entonces se convierte en enemigo, en amenaza, en intruso. Pero antes fue desplazado.

Si queremos proteger a estos felinos —y evitar su desplazamiento a zonas rurales y urbanas—, es urgente atender las causas de fondo. No basta con vigilar o castigar. Hay que conservar los espacios naturales, fortalecer los parches de vegetación que aún resisten, y sobre todo, construir formas de vida que no erosionen el suelo ni talen el bosque como si fueran infinitos.

Porque la coexistencia ya ocurre. La pregunta es: ¿cómo hacerla posible sin que ninguna de las partes salga lastimada?

Algunas acciones concretas pueden marcar una diferencia:

  • Fomentar la educación ambiental en las comunidades, en especial entre niñas, niños y jóvenes, para fortalecer el vínculo con la naturaleza y con los saberes locales sobre el jaguar.
  • Implementar medidas de protección del ganado, como cercos nocturnos, perros guardianes entrenados o el uso de luces y sonidos que disuadan a los felinos.
  • Proteger y restaurar los corredores biológicos —franjas naturales que conectan zonas silvestres— para que los jaguares puedan desplazarse sin cruzar por zonas habitadas.
  • Registrar rastros o avistamientos y reportarlos a autoridades o asociaciones dedicadas a la conservación, con el fin de tomar decisiones informadas y responsables.
  • Revalorizar el lugar del jaguar como símbolo cultural, como parte del patrimonio vivo de las comunidades que comparten su territorio.

En última instancia, este fenómeno nos interpela no sólo como investigadoras, investigadores o personas dedicadas a la conservación. Nos interpela como seres humanos. Porque nuestra relación con el entorno ya no puede entenderse como dominación o separación. Coexistir implica repensar nuestra manera de habitar el mundo, aceptar que compartimos el paisaje con otras formas de vida igualmente legítimas, y asumir la responsabilidad ética de protegerlas.

No se trata de salvar al jaguar como si fuera una reliquia. Se trata de hacer justicia ambiental, de construir un presente donde todas las especies —incluida la nuestra— puedan tener un lugar en el mundo.

Agradecimientos

Gracias a todas las personas y asociaciones que colaboran y forman parte de la comunidad Jaguares Sin Protección.

Referencias

  • Ceballos, G., Zarza, H., Chávez, C., Medellín, R. A., y Jacobson, A. P. (2021). Beyond words: From jaguar population trends to conservation and public policy in Mexico. plos one, 16(9), e0255555. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0255555.
  • Elbroch, M. (2020). The cougar conundrum: Sharing the world with a successful predator. Island Press.
  • Luja, V. H., Guzmán-Báez, D. J., Nájera, O., y Vega-Frutis, R. (2022). Jaguars in the matrix: Population, prey abundance and land-cover change in a fragmented landscape in western Mexico. Oryx, 56(4), 546–554. https://doi.org/10.1017/S003060531900122X.
  • Surve, N. S., Dharaiya, N., y Athreya, V. (2022). Leopards in the city: The tale of Sanjay Gandhi National Park and Tungareshwar Wildlife Sanctuary, two protected areas in and adjacent to Mumbai, India. Frontiers in Conservation Science, 3, 15. https://doi.org/10.3389/fcosc.2022.879218.
  • Zamudio, M. G., Nájera, O., y Luja, V. H. (2020). Perspectivas sobre el jaguar (Panthera onca) en dos comunidades insertas en áreas para su conservación en Nayarit, México. Sociedad y Ambiente, 23, 1–19. https://revistas.ecosur.mx/sociedadyambiente/article/view/2340.


Recepción: 2024/03/01. Aceptación: 2025/06/20. Publicación: 2025/08/13.

Vol. 26, núm. 4 agosto-octubre 2025

Arrecifes de coral y cambio climático: una relación fracturada

Meztli Jashui Hernández Cristerna, Adriana Lucía Trejo Albuerne, Rodolfo Rioja Nieto y Francisco Guerra Martínez Cita

Resumen

Los arrecifes de coral enfrentan una crisis sin precedentes debido al cambio climático. El aumento en la temperatura del agua provoca el blanqueamiento coralino, uno de los principales factores que amenazan su supervivencia. Este fenómeno no sólo pone en riesgo la biodiversidad marina, sino también los servicios ecosistémicos que los arrecifes brindan a millones de personas. El texto analiza cómo el cambio climático afecta a estos ecosistemas, y resalta la importancia de mantener la investigación científica, impulsar la restauración ecológica y promover acciones globales urgentes para asegurar su conservación a largo plazo.
Palabras clave: arrecifes, corales, clima, restauración, blanqueamiento.

Coral Reefs and Climate Change: A Fractured Relationship

Abstract

Coral reefs are facing an unprecedented crisis due to climate change. Rising ocean temperatures cause coral bleaching, one of the main factors threatening their survival. This phenomenon endangers not only marine biodiversity but also the ecosystem services reefs provide to millions of people. This article analyzes how climate change affects these ecosystems and highlights the importance of continuing scientific research, promoting ecological restoration, and encouraging urgent global action to ensure their long-term conservation.
Keywords: reefs, corals, climate, restoration, bleaching.


Ecosistemas de arrecife: guardianes del mar en peligro

A primera vista, un arrecife de coral parece un paisaje detenido en el tiempo: un mosaico de formas y colores vibrantes que se mecen con la corriente. Pero bajo esa belleza hay una urgencia latente. Estos ecosistemas, de los más biodiversos del planeta (véase figura 1), enfrentan una amenaza que avanza con la marea: el cambio climático. El calor, ese aliado de las vacaciones tropicales, se ha vuelto su enemigo silencioso. Y si no reaccionamos, podríamos perder mucho más que un paraíso submarino.

Este texto explora cómo los arrecifes de coral están siendo transformados —y en muchos casos, devastados— por el calentamiento global. También analiza los esfuerzos que se están llevando a cabo para mitigar los efectos del cambio climático, conservar lo que aún queda y restaurar lo que ya se ha perdido.

Arrecifes de coral

Figura 1. Los arrecifes de coral son ecosistemas marinos con una biodiversidad extraordinaria. La imagen muestra un arrecife en aguas poco profundas del Parque Nacional Arrecife Alacranes.
Crédito: Roberto Hernández Landa.

Corales que construyen mundos

Los arrecifes no nacen de la nada. Están edificados por miles de pequeños animales coloniales: los pólipos de coral. Invisibles a simple vista, pero poderosos como colectivo, estos diminutos organismos con tentáculos crean vastas estructuras de carbonato de calcio. En aguas cálidas y poco profundas, los corales forman simbiosis con algas microscópicas llamadas zooxantelas. Estas algas viven dentro del coral, realizan fotosíntesis y lo alimentan. Sin ellas, el coral pierde no sólo su fuente principal de nutrientes, sino también su color (véase figura 2).

Estructuras coralinas

Figura 2. Estructuras coralinas que albergan en su interior algas fotosintéticas (zooxantelas), responsables de proporcionar nutrientes esenciales para el crecimiento del coral.
Crédito: imagen tomada en los arrecifes del Parque Nacional Arrecife Alacranes. Fotografía de Roberto Hernández Landa.

Los beneficios del arrecife

Los arrecifes de coral no sólo son espectaculares; también son fundamentales. Proveen alimento mediante la pesca, amortiguan el impacto de tormentas, facilitan medicamentos y sustentan industrias turísticas enteras. Pero hoy, esos beneficios están en riesgo. La contaminación, la sobrepesca y el desarrollo costero han dañado profundamente estos hábitats. Y el cambio climático ha intensificado el problema (Bellwood et al., 2019).

Para más información sobre estos ecosistemas, visita el sitio web de la Alianza para los Arrecifes de Coral.

Calor que mata

El cambio climático se refiere a las variaciones sostenidas en el clima de una región —como la temperatura, las precipitaciones o los vientos— que ocurren durante periodos largos, usualmente superiores a 30 años. A lo largo de la historia de la Tierra, estos cambios han ocurrido de manera natural. Sin embargo, en las últimas décadas, las actividades humanas han acelerado y amplificado estos procesos. La principal causa: la quema masiva de combustibles fósiles como el carbón, el petróleo y el gas natural (United Nations, 2022).

Cuando estos materiales se queman para generar energía, liberan a la atmósfera grandes cantidades de dióxido de carbono (CO), un gas de efecto invernadero. Estos gases forman una especie de manta invisible alrededor del planeta. De forma natural, la Tierra recibe energía del Sol: parte de esa energía se absorbe en la superficie —por el suelo, los océanos o la vegetación— y otra parte se refleja de vuelta hacia el espacio, en un fenómeno conocido como albedo. Pero con el exceso de gases de efecto invernadero, esa energía reflejada ya no escapa con facilidad. Queda atrapada, como si el planeta estuviera cubierto por el vidrio de un invernadero.

Ese exceso de calor acumulado provoca un aumento gradual en la temperatura del aire, del agua y de los océanos. A este fenómeno lo llamamos calentamiento global.

Corales al borde del colapso

El impacto del cambio climático sobre los arrecifes es brutal. El aumento del nivel del mar, la acidificación de los océanos, los huracanes más intensos y frecuentes, y las ondas de calor prolongadas han afectado gravemente estos ecosistemas (McField, 2017).

Uno de los síntomas más alarmantes es el blanqueamiento coralino. Al subir la temperatura del agua, los corales expulsan a las zooxantelas. Sin ellas, se vuelven blancos, frágiles, vulnerables (véase figura 3). Con el tiempo, si la situación no mejora, mueren (Hoegh-Guldberg, 1999).

Evidencias de blanqueamiento

Figura 3. Evidencias de blanqueamiento en el Parque Nacional Arrecifes de Cozumel (izquierda) y en el Parque Nacional Arrecife Alacranes (derecha). Las áreas blancas han perdido su color natural y están muertas.
Crédito: Rodolfo Rioja Nieto y Roberto Hernández Landa.

Entre 1997 y 2002, la cobertura global de coral duro —los arquitectos del arrecife— cayó alrededor de 30% (Souter et al., 2020). Y aunque hubo una leve recuperación en 2009, desde 2010 la tendencia ha sido de nuevo descendente. Algunos arrecifes, como los de Cayo Arenas en el Golfo de México, aún conservan condiciones saludables, y son clave para estudiar cómo sobrevivir en un océano cambiante.

Pero donde los corales mueren, las algas prosperan. Desde 2011, la cobertura de algas en arrecifes ha crecido del 15.4% al 19.3%. Este cambio desencadena un efecto dominó: esponjas y ascidias colonizan los espacios vacíos, alterando irreversiblemente la dinámica del ecosistema (Norström et al., 2009).

Proliferación de algas sobre un arrecife

Figura 4. Proliferación de algas sobre un arrecife. El área verde más intensa en el centro de la imagen muestra el crecimiento algal sobre estructuras coralinas.
Crédito: Erick Barrera Falcón.

Restaurar lo perdido

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (ipcc, por sus siglas en inglés) define la mitigación como “una intervención humana encaminada a reducir las fuentes o potenciar los sumideros de gases de efecto invernadero” (ipcc, 2019). En la práctica, esto implica desde acuerdos internacionales como el Acuerdo de París, que busca disminuir las emisiones globales, hasta políticas ambientales concretas como la creación de Áreas Marinas Protegidas. Sin embargo, los esfuerzos actuales todavía no alcanzan la escala necesaria para frenar la degradación de los ecosistemas. Frente a esa insuficiencia, se vuelve indispensable impulsar estrategias de adaptación: medidas que permitan a los sistemas naturales resistir, transformarse y, en algunos casos, sobrevivir.

En el caso de los arrecifes de coral, la conservación requiere tanto acciones preventivas como herramientas tecnológicas para fortalecer su resiliencia. En México, por ejemplo, se han desarrollado modelos tridimensionales de arrecifes que permiten evaluar su capacidad para disipar el impacto del oleaje y proteger las costas de tormentas, cada vez más intensas debido al cambio climático.



Video 1. La UNAM crea proyecto para la conservación de la costa en la Península de Yucatán (UNAM Costalab, 2025).


Los arrecifes más saludables y estructuralmente completos son también los más capaces de adaptarse a las perturbaciones. Esa capacidad de respuesta, conocida como resiliencia ecosistémica, depende de la conservación de sus formas, especies y procesos naturales. Un arrecife resiliente puede resistir una tormenta, recuperarse de un episodio de blanqueamiento y seguir cumpliendo sus funciones: proteger, alimentar, sostener vida.

Para fortalecer esa resiliencia, diversos especialistas han identificado una serie de acciones clave (Abelson, 2020; Anthony et al., 2020; Bellwood et al., 2019; Fidelman et al., 2019):

  1. Identificar las funciones ecológicas más relevantes, aquellas que permiten mantener los principales beneficios del arrecife.
  2. Intensificar tanto las medidas de mitigación como las de adaptación al cambio climático.
  3. Atender los factores locales que deterioran los arrecifes, como la contaminación y la urbanización costera.
  4. Reducir los excesos de nutrientes que favorecen el crecimiento de algas y alteran la composición del ecosistema.
  5. Regular la pesca para evitar la sobreexplotación de especies clave.
  6. Garantizar que continúen los procesos naturales —como la reproducción, el reclutamiento o la sucesión ecológica— que moldearon históricamente estos sistemas.
  7. Apoyar con recursos a las comunidades costeras involucradas en la conservación de arrecifes.
  8. Fomentar un turismo sustentable que permita el uso racional de estos ecosistemas.
  9. Fortalecer la legislación ambiental y las políticas públicas que los protegen.

El contexto es urgente. Desde la década de 1970, se ha perdido aproximadamente el 50 % de la cobertura global de coral vivo (nasem, 2019), y actualmente, la mitad de las especies conocidas enfrenta un “elevado riesgo de extinción” debido a presiones locales, regionales y globales (iucn, 2022).

Frente a esta crisis, ha cobrado fuerza una disciplina que busca no sólo conservar lo que queda, sino también restaurar lo que ya se ha perdido: la restauración ecológica. Se trata de una intervención deliberada en ecosistemas dañados, con el fin de recuperar su biodiversidad y sus procesos naturales. En el caso de los arrecifes de coral, las estrategias incluyen el cultivo de fragmentos de coral en viveros para su posterior trasplante, la instalación de estructuras artificiales que sirvan como sustrato para el asentamiento de larvas, la remoción de especies invasoras y la estabilización de fondos marinos para favorecer el anclaje de nuevos corales.

La investigación en este campo ha propuesto mejoras importantes (Banaszak et al., 2023), como:

  1. Aumentar la cantidad de sitios restaurados y la diversidad de especies utilizadas.
  2. Incluir una mayor variabilidad genética para reforzar la adaptabilidad de las poblaciones.
  3. Optimizar las condiciones ambientales en los sitios seleccionados.
  4. Desarrollar tecnologías que permitan escalar estas prácticas a nivel global.
  5. Implementar monitoreos constantes para ajustar y perfeccionar los programas.

Sin embargo, a pesar de los avances científicos y tecnológicos, los retos siguen siendo enormes. La restauración de arrecifes no puede reemplazar la protección del ecosistema en su conjunto. Su impacto —aunque valioso— se ve limitado por la necesidad de transformar las condiciones estructurales que los pusieron en riesgo: el modelo energético, la economía extractiva, la planificación costera sin criterios ecológicos. Es decir, restaurar sin mitigar es como achicar el agua sin cerrar la fuga.

Hoy más que nunca, la investigación científica es crucial. Entender cómo están estructurados los arrecifes, qué especies los integran y cómo funcionan sus dinámicas internas permitirá no sólo conservar lo que sobrevive, sino también guiar los procesos de restauración con mayor precisión (véase figura 5).

Investigadora de Costalab

Figura 5. Investigadora del Laboratorio de Análisis Espacial de Zonas Costeras (Costalab) de la Facultad de Ciencias de la unam (Unidad Sisal, Yucatán) realizando registros fotográficos de especies coralinas en el Parque Nacional Arrecife Alacranes.
Crédito: Roberto Hernández Landa. Más información en: https://analisisespacial.pcyt.unam.mx.

Un llamado desde el fondo del mar

Los arrecifes de coral no sólo son bellos: son vitales. Y se están extinguiendo ante nuestros ojos. Este texto no sólo expone los efectos del cambio climático sobre estos ecosistemas, también insiste en la urgencia de actuar: investigar, restaurar, proteger, mitigar. Es ahora o nunca.

Porque con cada coral que desaparece, no sólo se va una especie: perdemos defensas costeras, fuentes de alimento, recursos medicinales y belleza irremplazable. Y quizás, un poco de nosotros también.

Recursos adicionales

Referencias

  • Abelson, A. (2019). Are we sacrificing the future of coral reefs on the altar of the “climate change” narrative? ices Journal Of Marine Science, 77(1), 40-45. https://doi.org/10.1093/icesjms/fsz226.
  • Anthony, K. R. N., Helmstedt, K. J., Bay, L. K., Fidelman, P., Hussey, K. E., Lundgren, P., Mead, D., McLeod, I. M., Mumby, P. J., Newlands, M., Schaffelke, B., Wilson, K. A., y Hardisty, P. E. (2020). Interventions to help coral reefs under global change—A complex decision challenge. PLoS ONE, 15(8), e0236399. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0236399.
  • Banaszak, A. T., Marhaver, K. L., Miller, M. W., Hartmann, A. C., Albright, R., Hagedorn, M., Harrison, P. L., Latijnhouwers, K. R. W., Quiroz, S. M., Pizarro, V., y Chamberland, V. F. (2023). Applying coral breeding to reef restoration: best practices, knowledge gaps, and priority actions in a rapidly evolving field. Restoration Ecology, 31(7). https://doi.org/10.1111/rec.13913.
  • Bellwood, D. R., Pratchett, M. S., Morrison, T. H., Gurney, G. G., Hughes, T. P., Álvarez-Romero, J. G., Day, J. C., Grantham, R., Grech, A., Hoey, A. S., Jones, G. P., Pandolfi, J. M., Tebbett, S. B., Techera, E., Weeks, R., y Cumming, G. S. (2019). Coral reef conservation in the Anthropocene: Confronting spatial mismatches and prioritizing functions. Biological Conservation, 236, 604-615. https://doi.org/10.1016/j.biocon.2019.05.056.
  • Fidelman, P., McGrath, C., Newlands, M., Dobbs, K., Jago, B., y Hussey, K. (2019). Regulatory implications of coral reef restoration and adaptation under a changing climate. Environmental Science Policy, 100, 221-229. https://doi.org/10.1016/j.envsci.2019.04.016.
  • Hoegh-Guldberg, O. (1999). Climate change, coral bleaching and the future of the world’s coral reefs. Marine And Freshwater Research. https://doi.org/10.1071/mf99078.
  • Intergovernmental Panel on Climate Change (ipcc). (2022). Summary for Policymakers. In Climate Change and Land: ipcc Special Report on Climate Change, Desertification, Land Degradation, Sustainable Land Management, Food Security, and Greenhouse Gas Fluxes in Terrestrial Ecosystems (pp. 1–36). preface, Cambridge: Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/9781009157988.001.
  • International Union for Conservation of Nature (iucn). (2022). Human activity devastating marine species from mammals to corals – iucn Red List. https://www.iucn.org/press-release/202212/human-activity-devastating-marine-species-mammals-corals-iucn-red-list.
  • McField, M. (2017). Impacts of Climate Change on Coral in the Coastal and Marine Environments of Caribbean Small Island Developing States (sids). https://assets.publishing.service.gov.uk/media/5a81caf240f0b62305b90d53/6._Coral.pdf.
  • National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine (nasem). (2019).A Research Review of Interventions to Increase the Persistence and Resilience of Coral Reefs. Washington, dc: The National Academies Press. https://doi.org/10.17226/25279.
  • Norström, A., Nyström, M., Lokrantz, J., y Folke, C. (2009). Alternative states on coral reefs: beyond coral–macroalgal phase shifts. Marine Ecology Progress Series, 376, 295-306. https://doi.org/10.3354/meps07815.
  • Souter, D., Planes, S., Wicquart, J., Logan, M., Obura, D., y Staub, F. (2020). Status of Coral Reefs of the World. https://gcrmn.net/wp-content/uploads/2023/01/Status-of-Coral-Reefs-of-the-World-2020-Full-Report.pdf.
  • unam costalab. (2025, 28 marzo). unam crea proyecto para la conservación de la costa en la Península de Yucatán unam Global [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=95N8b_wsJjU.
  • United Nations. (2022). What is climate change? | United Nations. https://www.un.org/en/climatechange/what-is-climate-change.


Recepción: 2024/03/07. Aceptación: 2025/06/02. Publicación: 2025/08/13.

Vol. 26, núm. 4 agosto-octubre 2025

¿Te espantaste? Así se cura el susto en la Sierra de Puebla

Xánath Rojas Mora y Pierre Beaucage Cita

Resumen

¿Por qué el niño no deja de llorar? Tal vez tiene “susto”. En comunidades indígenas de México, ciertos padecimientos se entienden como el resultado de un desequilibrio con las fuerzas que habitan el mundo natural. Este texto explora la cosmovisión nahua y tutunakú sobre el “mal aire”, el “susto de tierra”, de agua o de fuego, y las maneras en que el cuerpo y el alma pueden perder armonía por una impresión fuerte o por cruzarse con entidades sobrenaturales. A través de testimonios, prácticas curativas con hierbas y rituales chamánicos, descubrimos cómo la salud implica mucho más que un cuerpo sin síntomas: se trata de una relación ética y respetuosa con la naturaleza y el territorio que habitamos.
Palabras clave: susto, medicina tradicional, cosmovisión indígena, mal aire, curanderismo.

Were You Frightened? How “Susto” Is Healed in the Sierra of Puebla

Abstract

Why won’t the child stop crying? Maybe they have “susto.” In indigenous communities of Mexico, certain ailments are understood as the result of an imbalance with the forces inhabiting the natural world. This text explores the Nahua and Tutunakú worldview concerning “mal aire” (bad air), “earth fright,” water or fire fright, and the ways the body and soul can lose harmony due to a strong impression or encounters with supernatural entities. Through testimonies, healing practices with herbs, and shamanic rituals, we discover that health involves much more than a symptom-free body: it is an ethical and respectful relationship with nature and the territory we inhabit.
Keywords: susto, traditional medicine, indigenous worldview, mal aire, curanderismo.


Las sombras también se pierden

En la Sierra Nororiental de Puebla, el agua no sólo corre: escucha. Aquel día, junto a un río escondido entre la vegetación densa, una familia náhua se preparaba para volver a casa. Los niños, todavía con el cuerpo tibio por el sol después de jugar en el agua, ya estaban secos y listos para emprender el regreso. Entonces, la madre alzó la voz: gritó sus nombres, pero no para llamarlos a ellos. “¡Vámonos, no se queden aquí, vámonos!”, dijo. Hablaba al agua.

Esa frase, aparentemente común, escondía algo más profundo. No era una advertencia a los hijos, sino una orden para que sus sombras volvieran con ellos. El agua, explicó la madre, puede retener las sombras de los niños porque su alma es aún débil. Si no se les llama de vuelta, en la noche podrían enfermar o llorar sin razón aparente. A eso le llaman susto de agua.

Esta escena, lejos de ser anecdótica, revela una forma de entender el mundo donde los elementos naturales no sólo rodean la vida: la afectan, la tocan, la atraviesan. En muchos pueblos de México, ciertas enfermedades no se explican por virus o bacterias, sino por la manera en que la naturaleza se relaciona con el cuerpo, el alma y el espíritu.

La medicina tradicional es un tema vigente y primordial, pues su uso se extiende en diversas culturas de África, China y América Latina (Schlein, 2023). Según la Organización Mundial de la Salud, 170 países han informado utilizarla, y en América 17 naciones cuentan con legislación y programas para protegerla (Organización Panamericana de Salud y Organización Mundial de la Salud, 2023). Esta prevalencia se debe, en parte, a su carácter holístico, que privilegia la atención personal, la compasión y el uso de lo simbólico para sanar (Berenzón Gorn et al., 2006).

El agua, el fuego, el viento y la tierra pueden asustar. Pero ¿qué es exactamente el susto? ¿Cómo se manifiesta? ¿Qué lo provoca? Y sobre todo, ¿cómo se cura?

Algunos lo llamarían superstición. Pero para quienes lo viven, es una forma coherente de entender la salud, enraizada en una visión profunda del cosmos, la vida y la naturaleza.

Según la Biblioteca Digital de Medicina Tradicional, el susto es una:

Enfermedad originada por una fuerte y repentina impresión derivada del encuentro con animales peligrosos, objetos inanimados y entidades sobrenaturales, así como por sufrir una caída en la tierra o en el agua; y, en general, producto de cualquier episodio traumático que amenace la integridad física y/o emocional del individuo. (Universidad Nacional Autónoma de México, 2009).

Y el susto, ¿cómo se reconoce en lo cotidiano? Se manifiesta en la palidez del rostro, en el insomnio, los sudores nocturnos, las palpitaciones, la intranquilidad, el llanto infantil, el agotamiento inexplicable, la pérdida de apetito.

El susto no es una metáfora. Es un padecimiento reconocido y tratado en la medicina tradicional, un sistema de saberes con raíces mesoamericanas que se ha nutrido de herencias africanas, españolas y modernas (Zolla Luque, 2005). Quienes lo tratan —curanderos, chamanes, médicos tradicionales, limpiadores— poseen lo que Faguetti (2011) identifica como un don: una capacidad especial para curar, ver y saber.

Este texto se adentra en esa concepción indígena del susto: sus múltiples formas, sus causas, los testimonios que lo narran y las curaciones que lo enfrentan. Lo hace no sólo para describirlo, sino para abrir la puerta a una cosmovisión compleja, viva, dinámica.

Los relatos aquí presentados provienen de pueblos nahuas y tutunakú1 de la Sierra Nororiental de Puebla, México. La información se basa en investigaciones etnográficas y antropológicas realizadas mediante trabajo de campo, testimonios recogidos, observación directa y una estrecha relación con comunidades indígenas y sus organizaciones (Báez, 2006; Bartolomé et al., 2022; Chamoux, 2016; López, 1996; Signorini et al., 1988; Ichon, 1969).

Curandero náhua

Imagen 1. Curandero náhua haciendo una limpia.
Crédito: Festival de Medicina Tradicional Apulco, Zacapoaxtla, Puebla (2024).

Corazón, sombra y TONAL

¿Qué partes del ser humano son tan esenciales que sin ellas no podríamos existir? Desde la mirada de los pueblos originarios, al menos tres: el corazón, la sombra y el tonal.

En las culturas mesoamericanas, como la mexica, se concebía al cuerpo humano con centros y entidades anímicas. López Austin identificó la cabeza y el hígado como centros del juicio y del vigor, respectivamente. Además, describió entidades como el tonalli, energía vital que da calor al cuerpo (López, 1996, pp. 236–239). Esta visión del cuerpo enlaza lo físico, lo emocional y lo espiritual en una red conectada con lo natural y lo sobrenatural.

Hoy, en comunidades nahuas y totonacas de la Sierra Nororiental, se mantiene la noción de esta tríada anímica: corazón-cabeza, sombra y tonal. El corazón es fuente de vida, pensamiento profundo y afecto; la cabeza es la guía cognitiva para relacionarse con el mundo (Beaucage y Taller de Tradición Oral del cepec, 2012, pp. 229–230). La sombra, por su parte, se considera un espíritu adherido al cuerpo que se despega durante los sueños o por accidentes como caídas. El tonal, en cambio, es un ser exterior: un doble animal que transita por regiones del más allá, autónomo, misterioso, a veces extraviado.

Cuando alguna de estas tres entidades se desajusta, aparecen las enfermedades. Y desde esa visión integral del ser humano, se distinguen tres tipos de dolencias: las naturales, las sobrenaturales y las causadas por brujería (esta última no se aborda aquí) (Beaucage y Rojas Mora, 2022).

Las enfermedades naturales —las más comunes— se relacionan con la alimentación, el esfuerzo físico, y el clima. Entre los pueblos nahuas, se han identificado 102 de estas enfermedades; entre los totonacas, 115 (Roy, 1992, pp. 140–147). La herbolaria es la medicina habitual: tés, baños, cataplasmas, masajes. En San Miguel (náhuatl) se han registrado 232 plantas curativas; en Huehuetla (tutunakú), 264.

Pero hay dolencias que no se explican por el cansancio o el clima. Hay males causados por fuerzas invisibles. Entre ellos, el más común es el susto.

Existen al menos cuatro tipos: el susto de tierra (talnemoujtil), el susto de agua (anemoujtil), el susto de fuego o de fogón (tikotenonemoujtil) y el susto de aire (ejekakokolis). Si el impacto es leve, las hierbas pueden bastar. Pero si persiste, se recurre a los curanderos: aquellos que saben hacer “llamadas”,2 que sueñan para ver, que dialogan con los “mundos-otros”.

Gracias a sus sueños adivinatorios, estos sanadores pueden saber si la sombra quedó atrapada en un sitio donde alguien cayó, si el alma-corazón de un niño fue absorbida por el agua o por el fuego del hogar, o si el tonal se extravió debido a una brujería. Para curar, harán oraciones e invocarán la ayuda de fuerzas benévolas.

Entidades anímicas y las fuerzas sobrenaturales

Imagen 2. Entidades anímicas y las fuerzas sobrenaturales.3
Crédito: Ramírez Martínez (2023).

La Tierra

El susto de tierra es frío. La Tierra, para muchos pueblos indígenas, no es sólo un recurso ni una superficie que se pisa. Es una fuerza personalizada, benévola, con intencionalidad que se debe respetar.

Una curandera lo explica sin rodeos: “Se asusta una al caer porque la Tierra también es viva”. La caída no es sólo física; es un momento en el que la sombra puede quedarse atrás, retenida por la Tierra. Por eso, después de un tropiezo, hay que hablarle, pedirle permiso para marcharse. “Padre Tierra, Madre Tierra, déjeme, que no quiero estar aquí. Eso es todo”. No es un rezo en el sentido occidental, sino un diálogo, una petición firme sin agresividad. Porque enojarse es contraproducente: si uno se irrita, dice ella, el espíritu no regresa, y la persona se queda ahí, asustada, incompleta.

El respeto es vital, pero también lo es la acción. Hay prácticas que se enseñan desde la infancia. Ceferino Ortigoza, citado por Beaucage et al. (2012, p. 282), recuerda: “Cuando yo era niño, mi padre me llevaba con él al monte. Si me caía, él pegaba fuerte en el suelo con un palo, donde me había caído, ordenando: ‘¡Xipankisa!’ (¡Levántate!), para que mi sombra no se quedara allí”. Al suelo se le ordena, pero no se le golpea. El palo toca la tierra, no para castigarla, sino para instruir a la sombra a seguir el camino de vuelta.

El agua

En muchas comunidades de México el agua no sólo es fuente de vida, sino también hogar de seres con poderes especiales. En los testimonios de la Sierra Nororiental, el agua es una entidad con género, con sentimientos e intencionalidad. Se habla de dueños y guardianes: figuras masculinas o femeninas que habitan ríos y manantiales. Son seres capaces de provocar enfermedades “frías”, de robar algo más que el calor del cuerpo.

Una mujer describe el susto así: “Una sabe que tiene susto porque no da hambre, no quiere una comer nada, no se saborea, nada está sabroso. Pero cuando uno está sano, comes todo lo que quieras; pero si uno ya no come, es cuando uno sabe que está espantado. Al fumar te das cuenta, si se siente escalofrío, se da una cuenta que tiene susto de agua”.

Este “susto frío” se trata, en su forma leve, con hierbas “calientes”: infusiones, baños, masajes. Las mismas plantas que curan el susto de tierra. Pero con el agua, el peligro acecha sobre todo a los niños. Ellos, con su alma aún tierna, pueden ser presa fácil de los afectos envidiosos del agua.

“El agua donde lavas tu ropa, el agüita le roba el espíritu a un niño, porque le gusta cómo es el niño, entonces le roba el espíritu, se queda el espíritu del niño. Eso ya es el susto”, relata una curandera. Para curarlo, se recurre a un ritual: se reza a la “Agua Virgen de María” nombrando al niño —José, María, Juan, el nombre que sea— y se recogen siete piedritas del mismo río. Esas piedras se devuelven al agua para que libere al espíritu.

El agua que asusta no es cualquier agua. No es la de beber ni la de regar. Es la del río, del lago y manantiales donde se lava la ropa. Ella es personificada, y como toda persona, tiene deseos: “le gusta el niño y se lo quiere quedar”. A diferencia del susto de tierra, aquí no hay una caída física. No hace falta tropezar para perder la sombra. Basta con que el agua mire y la retenga.

El Fuego

En las casas, el fuego no es sólo una llama: es un personaje ancestral. Hay dos tipos. El doméstico, que vive en el fogón o el temazcal, y el celeste, que cae como rayo. Ambos tienen dueños. Ambos pueden causar un susto de fuego.

El fuego del fogón brota de los tenamaztles, las tres piedras que sostienen el comal y las ollas. Según Ichon (1969, pp. 132–134), una de esas piedras es la Madre de las otras dos. El dueño del fogón es a la vez macho y hembra, como lo es el espíritu del fuego del temazcal. A ellos se les pide que no hagan daño, que no provoquen enfermedades ni enojo. En especial se les ruega que cuiden a las parturientas, que se bañan en vapor para cerrar el ciclo del nacimiento.

En este contexto nace el susto de fogón. Lo padecen, sobre todo, mujeres y niños pequeños. Un curandero advierte: “Se asusta uno con las piedras del fogón. Ustedes las mujeres, ponen una acá, la otra acá y la otra acá. Entonces ustedes las están moviendo a cada rato… ¡No las muevan tan seguido! Porque ella es la principal, la Madre. A ésa se le dice: ‘Nuestra señora, eres la flor pura’. En español se llama Santa Florecita. A las otras dos, se les llama: Señora Isabel y Santa Agustina”.

Mover esas piedras sin el debido respeto puede alterar el equilibrio espiritual. Como en el susto de tierra, hay una caída simbólica. Doña María Josefa lo expresa así: “Si se cae uno en el fuego, le agarra a uno fiebre”. Y no se trata de quemaduras, sino de un fuego que atrapa el alma. “El fuego es vivo, [a los niños pequeños] los jala”, dice María Nicolasa. “El fuego los atonta, los agarra y después no los quiere dejar”.

Los aires

Hay noches en las que el viento no sólo sopla: ronda. En los pueblos nahuas de la Sierra Nororiental de Puebla, se sabe que existen aires malos, entidades que caminan sin cuerpo, pero con voluntad. No son brisas ni corrientes; son seres autónomos. Su naturaleza es fría y su acción, esencialmente negativa. Habitan en lo profundo de la tierra y emergen cuando cae el sol. Les gustan los sitios apartados, los caminos cruzados, esos lugares en los que se tocan el mundo visible y el subterráneo.

En San Miguel y Yancuictlalpan, los nahuas los conocen bien. Dicen que entran al cuerpo sin pedir permiso, provocando lo que llaman mal aire (Signorini et al., 1989). Una anciana nahua lo explica: “Están jugando los niños en frente de la casa y allí anda el mal aire y los agarra la enfermedad […] Si el niño tiene mal aire, llora mucho, llora lleno de miedo. Si no se cura a un niño del mal aire, puede morir”. En los adultos, el daño se manifiesta en náuseas, agotamiento repentino, desmayos.

A diferencia de otras entidades naturales, a los aires no se les ruega ni se les ofrece nada. Son fuerzas con las que no se dialoga. Sólo se les evita. Por eso, quien camina de noche puede llevar un cigarro encendido: el humo del tabaco los ahuyenta. Si ya entraron en el cuerpo, hay que sacarlos. Como son fríos, el tratamiento comienza con hierbas “calientes”, como secapalo y omequelite, o “tibias”, como malhombre, hierba del aire y mozote de monte.

En los casos más graves, se llama al chamán. En San Miguel Tzinacapan, algunos curanderos realizan limpias con ramos de sauco, que luego son dejados en un cruce de caminos, el mismo punto donde los aires suelen cruzar entre mundos.

Esta dimensión es compleja: los aires malos pueden ser duendes, el viento de los muertos, los dueños de los montes o de las cuevas. Todos pertenecen a una lógica espiritual en la que los lugares y los seres invisibles influyen directamente en la salud humana.

Curandera tutunakú

Imagen 3. Curandera tutunakú en ceremonia de inicio del Festival de Medicina Tradicional Apulco.
Crédito: Festival de Medicina Tradicional Apulco, Zacapoaxtla, Puebla (2024).

Escuchar para sanar

La salud, para muchos pueblos indígenas, no se limita al buen funcionamiento del cuerpo. No es sólo una cuestión de órganos ni de síntomas. Es una armonía compleja que involucra al territorio, al espíritu, al entorno. No hay bienestar individual sin equilibrio colectivo.

Esta forma de entender el mundo —territorio e individuo como parte de una misma red— es clave para la preservación cultural. La naturaleza no es vista como recurso a explotar, sino como un conjunto de entidades vivas con las que se convive. La Tierra, el Agua, el Fuego y el Aire no sólo sustentan la vida: intervienen en el bienestar físico y espiritual de las personas. Por eso hay que saber tratar con ellos.

El susto, como lo han llamado los pueblos nahuas y tutunakú, es un desajuste de ese equilibrio. Un encuentro abrupto con una fuerza mayor. Una sombra que se queda atrás. Una entidad que se aleja del cuerpo. A veces es frío (tierra, agua, aire). A veces, calor (fuego). Y según su intensidad, se recurre a las plantas o a los sabios.

En el centro de esta cosmovisión están el corazón, la sombra y el tonal, esos hilos invisibles que conectan al ser humano con lo natural y lo sobrenatural. Cuando se rompen, duele. Cuando se restauran, se cura.

Todo este saber se transmite por la palabra. De generación en generación, a través de consejos, rituales, advertencias. Por eso, si alguna vez escuchas a tu abuela decir que hay que “llamar” a un niño que se espantó, o si alguien propone hacerle una limpia, escucha con atención. No es un acto vacío. Hay siglos de historia detrás. Hay ética, respeto, memoria.

Si quieres conocer más, puedes visitar la Biblioteca Digital de Medicina Tradicional Mexicana de la unam. Pero también puedes acercarte a tu comunidad, a las voces que aún transmiten estos conocimientos en foros, festivales, o en las sobremesas familiares. Escuchar es otra forma de sanar.

Aún queda mucho por aprender. Pero algo está claro: no estamos solos, ni somos seres aislados. Nuestro bienestar depende de cómo nos relacionamos con todo lo que nos rodea —personas, elementos, espíritus y entidades anímicas. Y por eso, en la visión indígena, la salud comienza con el respeto.

Referencias

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Recepción: 2024/03/09. Aceptación: 2025/06/12. Publicación: 2025/08/13.

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Revista Digital Universitaria Publicación bimestral Vol. 18, Núm. 6julio-agosto 2017 ISSN: 1607 - 6079