Vol. 19, núm. 2 marzo-abril 2018

Los caminos fascinantes de la complejidad
y de la transdisciplina

Julieta Haidar y Carina Itzel Gálvez García Cita

En este número se abordan las epistemologías de la complejidad y de la transdisciplina con el objetivo de bosquejar las principales problemáticas y líneas de análisis con miras a comprender estas nuevas posiciones cognitivas, fundamentales e ineludibles para el siglo XXI.

En primer lugar, es importante hacer la distinción entre lo interdisciplinario y lo transdisciplinario, que suelen ser confundidos y hasta colocados como sinónimos, pero de fondo se diferencian por implicaciones teóricas y metodológicas fundamentales. En la epistemología del siglo XIX era importante la perspectiva disciplinaria, a la que estamos acostumbrados, como es la antropología, la historia, la sociología, la psicología, etcétera. Es a mediados del siglo XX cuando se empiezan a romper las fronteras disciplinarias y surgen las investigaciones interdisciplinarias, que al inicio sufrieron muchos ataques. El movimiento interdisciplinario del conocimiento implicaba que se articularan por lo menos dos disciplinas para poder profundizar en el análisis y explicaciones de los problemas sociales, culturales, políticos y biológicos. Como ejemplo de lo interdisciplinario en el campo de las ciencias el lenguaje, aparecen la antropología lingüística (relación lengua/cultura), la sociolingüística (relación lengua/sociedad), la psicolingüística (relación lengua/adquisición del lenguaje). En el campo de las ciencias antropológicas surgen la antropología política, la antropología religiosa, la antropología urbana, entre muchas otras.

Con este panorama, en las últimas tres décadas del siglo XX se van desarrollando articulaciones orgánicas que rompen las fronteras disciplinarias con mayor profundidad, lo cual permite el surgimiento de la epistemología de complejidad y de la transdisciplinariedad. En este sentido, no se puede confundir lo interdisciplinario, con lo transdisciplinario, pues entre estas dos perspectivas del conocimiento existen rupturas importantes:

  • Ruptura de las fronteras entre las ciencias sociales: pierden pertinencia las separaciones tajantes entre la antropología, la historia, la sociología, la política, entre otras disciplinas.
  • Ruptura entre las ciencias naturales: las fronteras entre la física, la química, la biología, la genética, entre otras ya no se pueden sostener.
  • La ruptura epistemológica más fuerte es entre las ciencias naturales, las ciencias sociales, las ciencias cuantitativas y las ciencias artísticas: lo que implica un desafío importante para repensar el conocimiento desde un continuum complejo.

Estas rupturas producen muchos desafíos y polémicas, ya que estábamos acostumbrados a la fragmentación del conocimiento, proveniente del siglo XIX, en el cual nos formamos. Con el surgimiento de la epistemología de la complejidad y de la transdisciplinariedad, se impone el abandono de la simplicidad por la complejidad que implican las rupturas mencionadas. De esto deriva la necesaria convergencia de la última ruptura, cuando desde un continuum cognitivo empiezan a dialogar y construir nuevos conocimientos los cuatro campos científicos mencionados.

Cuando se asume la complejidad y la transdisciplinariedad todo el proceso de investigación cambia, pues implica trasformaciones tanto en la construcción del objeto de estudio, como en las problemáticas e hipótesis, así como en el dato. Todo se enfoca desde el matiz de la complejidad y la transdisciplina, lo que conlleva a defender la convergencia, la construcción del objeto de estudio desde distintos campos cognitivos, que implica desafíos fuertes, pero fascinantes. Por ejemplo, para estudiar los problemas de la pobreza se recurre a la antropología, a la sociología, a la política, a la economía, a la psicología, a la biología y a otros campos cognitivos que posibilitan analizar a profundidad este complejo problema del mundo contemporáneo.

Para lograr desarrollar estas perspectivas, fueron fundamentales los aportes de la computación y de lo digital, sin lo cual no se podría acceder fácilmente a los distintos campos cognitivos. En estos momentos, estamos integrados a la cultura digital que implica el ciberespacio, el cibertiempo y el ciberantropo. En otras palabras, lo digital/virtual nos constituye como sujetos ciberantropos, que no podemos escapar a las dimensiones de la realidad virtual, de la hiperrealidad. Como ejemplos, están las producciones visuales en 3D y 4D. La realidad virtual nos introduce en escenarios en los que la realidad material cede su lugar a la hiperrealidad, como se puede observar en las pinturas en 3D (como ejemplo se puede consultar el video)

Además, en la cultura digital los tiempos y los espacios adquieren movimientos muy dinámicos, muy efímeros y cambiantes que conllevan velocidades y niveles de realidad distintos de los conocidos anteriormente. El cibernatropo, sujeto complejo, se tiene que enfrentar con nuevos niveles de realidad, con una premisa que antes era cuestionada, la de la contradicción en la ciencia compleja. Los puntos polares ya no existen separados, sino en un continuum que acepta la coexistencia de los contrarios. En algunos niveles de realidad, la vida y la muerte están en continuidad, ya no es la oposición estructural binaria, sino continuidades.

Con el objetivo de ilustrar algunas premisas de la complejidad y la transdisciplinariedad, nos detenemos en la categoría de sujeto. El sujeto ya no se define por el individuo, por la persona, sino que es transdimensional, y vive en un continuum de contradicciones, como plantea Edgar Morin, entre el:

homo sapiens <> homo demens
homo faber <> homo ludens
homo economicus <> homo consumans
homo empiricus <> homo imaginarius
homo prosaicus <> homo poeticus

Esta transdimensionalidad supone un continuum recursivo en movimiento horizontal, vertical, transversal y esta sumatoria contradictoria se sintetiza en el homo complexus, ‘el sujeto complejo’. Desde la complejidad, se concibe al sujeto como un sistema complejo adaptativo en equilibrio inestable, que utiliza un conjunto de propiedades complejas con las que intenta regular su relación con el entorno, intenta mantener el equilibrio, en una lucha constante contra las tensiones, conflictos y contradicciones.

Una última reflexión se refiere a la relación entre el macrocosmos y el microcosmos. Mientras que en otras posiciones cognitivas se solía separar estas dos dimensiones, desde la Complejidad y la Transdisciplina se plantea que los movimientos en espirales de las galaxias, se encuentra en el movimiento espiral de los fetos. Como también, que el ADN que constituye la materia, que nos constituye están los polvos estelares. Encontramos en esta premisa, la continuidad entre toda la materia, que también llega al espíritu, a la mente. Continuidad que permite a la Complejidad y a la Transdisciplina proponer la inteligencia en las plantas, en los animales, en el ser humano. Continuidad que permite, del mismo modo, proponer las emociones en las plantas, en los animales, en los seres humanos.

Para presentar de manera concreta estas nuevas epistemologías, en la sección Varietas se publican seis artículos derivados de investigaciones en donde se aplican los enfoques de la complejidad y la transdisciplina. Cada uno de los artículos, utilizando diferentes herramientas teóricas y metodológicas, se aproxima a procesos sociales, culturales, históricos y tecnológicos con los que coexistimos en nuestra cotidianidad, pero raramente reflexionamos al respecto: ¿de dónde surge el Internet?, ¿cómo se observa Mesomérica en nuestra vida cotidiana?, ¿cuáles son mecanismos sociales con los que funciona la memoria?, ¿cuál es la relación entre la ciencia y el arte?, ¿cuáles son las prácticas culturales de los grafiteros?, ¿qué dimensiones encierra una imagen? Estas son algunas de las interrogantes que se abordan en el número, haciendo un acercamiento desde la transdisciplina y la complejidad.

Encontramos tres artículos que abordan el arte en diferentes dimensiones: “Cultura graffitera brasileña”, que nos narra un viaje por cinco ciudades de Brasil y las prácticas culturales que se desarrollan en torno al graffiti; “La fotografía: de la imagen fiel de la realidad, a la imagen transdimensional”, que analiza la manera en que se ha concebido la fotografía a lo largo de su historia y las implicaciones que conlleva su producción, circulación y recepción, y “Continuidad entre la ciencia y el arte en el movimiento Zapatista: una mirada desde la complejidad” donde se plantea una crítica a la separación entre la ciencia y el arte como esferas distantes, y se analiza el caso específico del movimiento zapatista como ejemplo de vinculación de estas dos dimensiones.

Por su parte, en el artículo “De las redes al ciberespacio” se hace un recorrido socio-histórico desde el surgimiento de la teoría de redes hasta su aplicación en el Internet, su implementación y consumo actual, así como algunas de las derivaciones que tiene en nuestra vida diaria. El artículo “Los procesos de reproducción cultural en Mesoamérica, una perspectiva transdisciplinaria” problematiza el concepto de Mesoamérica y plantea su pertinencia para el análisis de los procesos sociales, culturales e históricos de la actualidad. El autor, basándose en la perspectiva mesoamericana y sus consecuencias culturales, ejemplifica el porqué de ciertas cuestiones que nos atañen como sociedad en la actualidad.

“La memoria en tiempos de la complejidad” explora las raíces y los alcances de este mecanismo, tanto a nivel biológico como social. Una mirada profunda que nos invita a reflexionar de qué manera nos relacionamos con los demás individuos a pesar de su condición o su tamaño, cómo nos complementamos con ellos y en qué nos afecta en nuestra rutina diaria: la memoria siempre estará presente.

En la sección Universidades se presenta el proyecto Cienciorama, un espacio interdisciplinario único en la UNAM de escritura y publicación de artículos de divulgación de la ciencia, el cual se describe en el artículo “Un taller literario y un portal para divulgar la ciencia: Cienciorama”. Éste se complementa con dos artículos que conforman la sección Continuum educativo: en la voz de los estudiantes cinco asistentes al taller escriben sobre la importancia de hacer llegar la ciencia a un público amplio, describen sus testimonios y experiencias en el camino de transmitir el conocimiento científico en el artículo “(Proto)escritores de ciencia en Cienciorama”; en la voz de los docentes, las coordinadoras del programa escriben “Hacer de la ciencia una experiencia en nuestro idioma”, donde narran la importancia de utilizar herramientas literarias para crear y extender la cultura científica en nuestra sociedad. Con estos tres artículos se plantea un panorama amplio y enriquecedor de Cienciorama como una ventana a la divulgación de la ciencia.

Por último, pero no menos importante, se cierra el número con una infografía interactiva que nos explica cómo se generan los planes de estudio. Esto nos ayuda a visualizar los procesos y estructuras necesarias para llevar a la práctica los esquemas inter y transdisciplinarios que se plantean a lo largo del número. Esperamos que este conjunto de textos sea de interés y provecho para nuestros lectores y los invitamos a poner en práctica desde sus trincheras la comprensión de la realidad desde una perspectiva más amplia. Terminamos estas reflexiones con la espiral cognitiva que utiliza el pensamiento complejo, presente en todas las culturas, en todos seres humanos.

Vol. 19, núm. 1, enero-febrero.

Innovar o no innovar,
¿he ahí el dilema?

Melchor Sánchez Mendiola Cita
Creatividad es pensar cosas nuevas.
Innovación es hacer cosas nuevas.
Theodore Levitt

La única forma de tener buenas ideas es tener muchas ideas.
Linus Pauling

¿Qué nos depara el 2018?

Escribo estas líneas al final del primer mes del año, momento en que hemos abandonado muchos de nuestros propósitos de año nuevo. Como cada ciclo anual, hacemos un colosal esfuerzo por aprovechar las lecciones aprendidas y usarlas para planear las actividades y logros del presente año. Aunque la sabiduría popular recomiende ser más optimista que pesimista, es inevitable ante la coyuntura actual local, nacional y mundial, adoptar una actitud de cierta resignación ante el torbellino de situaciones desagradables y complicadas que nos abruman, a veces hasta el punto de la toxicidad. Sin entrar en detalle sobre los retos existentes, que pueden empeorar si no se toman decisiones difíciles y complejas con el concierto de autoridades, ciudadanía, academia e industria; baste decir que es nuestra obligación como ciudadanos y seres humanos conscientes, participar activamente en todos los niveles de influencia individual y grupal para que nuestro contexto mejore.

Es ahí donde las publicaciones de divulgación científica tenemos una gran responsabilidad: exhibir de manera clara y sensata conocimientos, argumentos, narrativas y diversos tipos de información de diversas disciplinas, para el consumo y reflexión de la comunidad universitaria y la sociedad en general. Hay una amplia oferta de publicaciones impresas y digitales sobre todo tipo de temas, por lo que deseamos aportar nuestro grano de arena universitario sobre la necesidad de desarrollar el pensamiento crítico, ampliar nuestros horizontes a veces tan estrechamente disciplinarios y actuar en la medida de lo posible para contribuir a la mejoría de nuestras condiciones de vida. Para ello se requiere creatividad e innovación, entre otras cosas, conceptos que necesitan diseminación para tener un impacto en nuestra conducta y actividades.

¿Es la palabra ‘innovación’ un lugar común?, ¿necesitamos revivirla?

Uno de los términos más comúnmente utilizados para describir la necesidad de cambio, es ‘innovación’. Desafortunadamente por repetición y exceso de uso, el concepto ha sido tomado como bandera por personas, grupos e instituciones, y se ha convertido en un ‘lugar común’, es decir “Expresión trivial, o ya muy empleada en caso análogo” (RAE, 2018). ¿Cuántas veces hemos visto u oído en la red, televisión, radio y propaganda escrita las siguientes frases: “somos una empresa innovadora”, “nuestro equipo se dedica a la innovación”, “usamos métodos innovadores”, “nuestro lema es la innovación”? Para colmo, en el curriculum vitae de cualquier persona que busca trabajo suele decir: “soy una persona innovadora, reflexiva, resiliente, asertiva, líder, colaboradora… etcétera, etcétera”.

El resultado es que, de la misma manera que términos como paradigma, liderazgo, rendición de cuentas y empoderamiento, entre otros, la palabra se usa excesiva e inapropiadamente en situaciones que no corresponden al intento original. Como consecuencia, tendemos a no hacerle mucho caso ni a reflexionar sobre su potencial utilidad en nuestro trabajo diario. Deberíamos hacer un alto en el camino y apropiarnos del concepto y estrategias de la innovación en nuestras actividades.

Estamos tan frecuentemente agobiados por el exceso de datos e información que recibimos a través de nuestros dispositivos electrónicos y los medios de comunicación, que nos cuesta trabajo hacer pausas para reflexionar sobre si hacemos las cosas de la mejor forma posible. Se dice que la única constante de la vida moderna es el cambio, sin embargo, nos comportamos de manera bastante rutinaria. Pensar sobre la innovación puede ayudarnos a salir de la inercia de la vida diaria, e identificar mejores y diferentes maneras de interactuar con nuestro entorno.

Las definiciones de innovación son múltiples, desde descripciones tan sencillas como “algo nuevo”, “cambiar algo”, “introducir novedades”, hasta aproximaciones más sofisticadas con teorías que la abordan como un concepto complejo y multidimensional. Una de las definiciones que más me atraen, sobre todo porque va ligada al desarrollo de habilidades de liderazgo transformacional, es la propuesta por Banny Banerjee de Stanford: “Innovación es la habilidad de superar enfoques normativos con un margen significativo, producir nuevos valores, resultados, paradigmas y transformaciones” (Banerjee, 2017).Las conductas innovadoras requieren creatividad y receptividad al cambio, aunque la creatividad por sí sola no garantiza la innovación (por ejemplo, un criminal puede ser muy ‘creativo’ al realizar sus crímenes, pero en el concepto que deseamos promover de innovación, no lo llamaríamos ‘criminal innovador’). Con frecuencia se confunde la innovación con el ‘emprendimiento’ (entrepreneurship en inglés), concepto que ha adquirido gran visibilidad debido a la intensa competencia entre empresas y organizaciones comerciales para lograr más ventas entre sus clientes. Si bien el emprendimiento puede requerir acciones innovadoras, creemos que el concepto de innovación es más amplio y no se constriñe a las actividades comerciales o de negocios, en las que el principal objetivo es la ganancia de mercado.

Por otra parte, en países como el nuestro, en los que el número de patentes aceptado como indicador de innovación es relativamente bajo, vale la pena también conceptualizar a la innovación desde el punto de vista sociológico. De acuerdo a Rogers, innovación es “una idea, práctica u objeto que es percibido como nuevo por un individuo u otra unidad de adopción” (Rogers, 2003). En esta perspectiva, una innovación no es algo que no existía previamente, sino que es percibida como novedosa por la persona o grupo a la que es expuesta (por ejemplo, para un individuo que nunca ha usado Twitter, esta red social es una innovación, aunque hayan pasado varios años desde su creación original). Un aspecto relevante de la visión sociológica de las innovaciones es que amplía la visión a elementos más allá de los dispositivos tecnológicos o informáticos tangibles, ya que una innovación puede ser una idea o una manera diferente de hacer las cosas. ¡Cada vez hay más maneras innovadoras de conceptualizar a la innovación!

¿Podemos (debemos) innovar en educación?

Por diversas razones, el foco de la innovación en las últimas décadas se ha dirigido principalmente a las áreas de la tecnología, la informática, el comercio, entre otras, con un énfasis en la inmediatez, gratificación inmediata y ganancia financiera. A la par, una de las actividades humanas más importantes (algunos diríamos que ¡la más importante!), la educación, ha sido extraordinariamente resistente a incorporar el concepto de innovación en su cotidianeidad. Los seres humanos tendemos a ser muy conservadores en varias de nuestras actividades, y la manera en que enseñamos y aprendemos suele ser una de ellas. Aunque incorporemos instrumentos y metodologías novedosas en nuestro quehacer disciplinario (seamos médicos, ingenieros, arquitectos, escritores, abogados…), con frecuencia enseñamos, evaluamos y aprendemos de formas similares a las que fuimos educados y evaluados (perpetuando esas conductas cuando adoptamos los roles de docente y evaluador del aprendizaje de estudiantes). En las últimas décadas ha surgido un movimiento creciente a nivel internacional, que busca alinear nuestros métodos de enseñanza y aprendizaje con los avances del conocimiento. Ello implica actualizarse, desarrollar e incorporar innovaciones en el ámbito educativo de los diferentes niveles, básico, medio superior, superior y educación continua a lo largo de la vida. A la innovación educativa, como al concepto moderno de innovación en general, es menester pensarla no solo como un cambio o algo novedoso, además debe ser un medio para mejorar el aprendizaje y producir cambios positivos. En este sentido, la innovación se define como: “la selección, organización y utilización creativas de recursos humanos y materiales, de maneras nuevas y propias que den como resultado un nivel más alto con respecto a metas y objetivos previamente marcados” (en Moreno,1995 ). El potencial de la innovación educativa, disruptiva o no, en el contexto universitario moderno, es gigantesco. Los esquemas que hemos utilizado en el último siglo han generado muchos resultados positivos, pero existen todavía muchos retos que no se han resuelto con los métodos tradicionales, y que requieren obligadamente esfuerzos colaborativos transdisciplinarios, intra e interinstitucionales.

En el presente número de la revista, se reporta la experiencia de una iniciativa de Rectores de universidades públicas y privadas (véase artículo “Presentan la red 360 de innovación educativa”), que pretende explorar nuevos esquemas de trabajo colaborativo y generación de ideas. Estamos firmemente convencidos que la innovación educativa debe crecer, diseminarse y ayudar a transformar el conflictivo mundo moderno que habitamos. Si la única constante en la vida moderna es el cambio, debemos propiciar que la educación de los habitantes de nuestro país y del mundo sea de la mejor calidad posible, con los mejores maestros y en las mejores instituciones.

Editor en Jefe
Melchor Sánchez Mendiola
Facultad de Medicina, UNAM

Referencias

Vol. 18, Núm.8 noviembre-diciembre 2017.

Ignorancia y agnotología: ¿Debemos enseñarlas?

Melchor Sánchez Mendiola Cita

“…porque, como sabemos, hay conocidas conocidas; cosas que sabemos que sabemos. También hay desconocidas conocidas, es decir que sabemos que hay algunas cosas que no sabemos. Pero también hay desconocidas que desconocemos, las que no sabemos que no sabemos”.
Donald Rumsfeld Secretario de la Defensa de EUA en el gobierno de G.W. Bush

“Ignorancia es bendición”.
Thomas Gray

Un año más de bendiciones y maldiciones

Estimados lectores, cuando aparezcan estas líneas en el último número de 2017 de la Revista Digital Universitaria, es inevitable tener sentimientos encontrados. Siguiendo uno de los preceptos frecuentemente recomendados en educación, veamos primero lo positivo (en nuestro país tenemos esa malsana costumbre de empezar por lo negativo —que nos bombardea diariamente por todos los medios de comunicación—, generando una atmósfera de desánimo y depresión, poco propicia para el optimismo y las propuestas creativas): estamos a pocos días de esa transición anual que, independientemente de las creencias religiosas o la región geográfica donde se viva, nos obliga a reflexionar sobre el camino andado. Inevitablemente cavilamos sobre los éxitos y avances logrados en lo individual y colectivo, en lo local y lo global, en lo científico y lo artístico, en lo tecnológico y lo humanista. El saldo es afortunadamente positivo, los avances en el saber y quehacer humano son impresionantes, y cada vez tenemos más herramientas para generar, buscar, identificar, analizar e internalizar conocimiento de calidad de todas las áreas de la actividad humana. A guisa de ejemplos: la terapia génica 2.0, la realidad aumentada, el internet de las cosas, la analítica del aprendizaje, y en general el empoderamiento tecnológico de las personas. Por supuesto que cada uno de estos ejemplos tiene ‘su lado oscuro’, pero en el espíritu del optimismo, propongo veamos su lado bueno.

Por otra parte, tendríamos que vivir aislados en una cueva sellada para no estar conscientes de la situación actual de la humanidad, del daño que le hemos hecho (y continuamos haciendo) a nuestro entorno, y de lo irracional, inequitativo e injusto de la distribución de los recursos entre los diversos elementos de la sociedad. De ello no voy a citar ejemplos, no hay más que abrir cualquier periódico y ver las principales noticias. Dan ganas de llorar y, como decía Mafalda en las historietas de Joaquín Salvador Lavado: “¡Paren el mundo, que me quiero bajar!”.

La cantidad de retos que implica el mantener la cordura y ecuanimidad en la época actual, y las estrategias para intentar lograr un equilibrio físico y emocional, individual y familiar, rebasa las intenciones de esta Editorial. Pero en el espíritu de aportar un “granito de arena” a través de este medio, quisiera reflexionar sobre uno de los elementos más potencialmente eficaces para mejorar el estado de las cosas, en que las fake news (noticias falsas), la notable ausencia de pensamiento crítico y de argumentaciones lógicas y sólidas en las discusiones, así como la intolerancia para escuchar “al otro”, son el pan nuestro de cada día. Se trata del estudio de la ignorancia, conocido técnicamente como agnotología.

¿Qué es la ignorancia y la agnotología?

Todos sabemos (o creemos que sabemos) qué es la ignorancia. El Diccionario de la Real Academia Española la define como “falta de conocimiento”, y hay pocos insultos tan dolorosos como el decirle a alguien “¡eres un ignorante!” La palabra conlleva un estigma social y educativo muy fuerte, que nos motiva a varias de las acciones de nuestra vida. Estudiamos para no ser ignorantes, batallamos por entrar al camino de la educación media superior y superior formal, con la promesa de que con ello adquiriremos conocimientos que nos permitirán progresar en la vida. ¿Cuántas veces nos sentimos ignorantes durante una clase cuando fuimos alumnos?, o ¿cuando se aproximaba la temporada de exámenes finales?, o ¿cuando terminamos la licenciatura y teníamos que ejercer la profesión, con muchos conocimientos teóricos pero poca experiencia práctica? La persistencia de la ignorancia sobre algún campo del conocimiento nos empuja a realizar especialidades, maestrías y doctorados, y a convertirnos en ‘expertos’ de un área pequeña del saber humano. Muchísimo esfuerzo para dejar de ser ignorantes.

A los seres humanos la incertidumbre nos provoca ansiedad. Una de las definiciones que más me gusta de incertidumbre es: “la percepción subjetiva de la ignorancia” (Han, 2011). No nos sentimos cómodos al no conocer con certeza las cosas, desde algo tan aparentemente trivial como si lloverá mañana, hasta algo tan serio como nuestro pronóstico cuando tenemos una enfermedad grave. Por supuesto que para sentirse incómodo o incierto, se requiere tener consciencia de la ignorancia (véase cita de Donald Rumsfeld al inicio de esta Editorial), ya que, si no se está preocupado por no saber algo, aplica la segunda cita, de un poema de Thomas Gray. Si no se tiene consciencia de que algo no se sabe, generalmente estamos tranquilos, por ello tantos gobiernos en el planeta apuestan a la ignorancia de la mayoría de los habitantes.

La tranquilidad de no sentirse ignorante sobre nuestra profesión y disciplina técnica, nos disminuye la ansiedad que provoca la incertidumbre, el ‘saber’ nos tranquiliza. Desafortunadamente ese manto de conocimiento con el que nos cubrimos conforme progresamos en el trayecto educativo formal e informal, nos da una falsa sensación de certidumbre y de tranquilidad, ya que sentimos que lo sabemos todo (o por lo menos lo suficiente para ejercer la profesión, enseñarla y tener una vida razonablemente digna como fruto de nuestros esfuerzos). La verdad es que, como se le atribuye a Pascal: “el conocimiento es como una esfera, mientras más grande es, mayor es su contacto con lo desconocido”. Mientras más sabemos, más hay que conocer hasta, como dice la frase que Platón atribuyó a Sócrates: “lo único que sé es que no sé nada”.

Es en este contexto donde aparece el término agnotología. Es definida como: “el estudio de la ignorancia o duda culturalmente inducida, particularmente la publicación de datos científicos erróneos o engañosos” (Wikipedia, 2017). Este neologismo fue acuñado por Robert N. Proctor, profesor de historia de la ciencia en la Universidad de Stanford, EUA (Proctor y Schiebinger, 2008). El concepto es fascinante, ya que generalmente no nos detenemos mucho a pensar en qué tan ignorantes somos en algunos temas, o cómo la información que recibimos sobre lo que ocurre en el mundo nos llega filtrada o distorsionada por los medios de comunicaciones, por los llamados ‘expertos’ o líderes de opinión, y cuáles son las premisas que integran el soporte paradigmático de las instituciones educativas o gubernamentales, entre tantos otros factores. Reflexione el lector sobre qué tanto sabe realmente del calentamiento global, de los alimentos genéticamente modificados, de los métodos de enseñanza y evaluación de los planes de estudio de sus facultades o escuelas, y, en general, de lo que nos informan los diversos actores de la sociedad y del gobierno. Debemos reflexionar sobre cómo saben lo que nos dicen aquellos que aparentemente saben, cuáles fueron sus fuentes, qué tanto se distorsionan sus mensajes al transmitirlos, cada quien a través de sus filtros emocionales y epistemológicos.

Proctor propone la siguiente taxonomía de la ignorancia: como un estado nativo (o recurso), como un ámbito perdido (o elección selectiva), y como un ardid estratégico diseñado deliberadamente (o constructo activo) (Proctor y Schiebinger, 2008). No entraré en detalle sobre los aspectos teóricos de este modelo para el estudio de la ignorancia, ya que la intención de esta Editorial es solamente dirigir la atención de nuestros lectores al concepto, para ello invito al lector a explorar la red y los artículos del tema publicados en la literatura académica. Lo importante de explorar el concepto de agnotología y su potencial rol en el estudio de la ignorancia, es explorar lo que no sabemos y por qué no lo sabemos, qué es lo que mantiene viva la ignorancia en nuestra sociedad, cuáles son los factores que permiten que la ignorancia sea usada como instrumento político y social, entre otros aspectos relevantes al tema. La ignorancia tiene su historia, sus actores, así como una geografía política que ha sido determinante en los hechos y acciones que tienen al planeta en su estado actual. Un ejemplo típico es la adicción al tabaco. Desde hace varias décadas ha existido una estrategia muy efectiva de la industria tabacalera, para que la sociedad no conozca a detalle los efectos del cigarrillo en la salud. Incluso uno de los lemas de la industria era: “La duda es nuestro producto”, sembrando incertidumbre cuando se publicaban resultados de investigación seria sobre el tema, cuestionando la metodología, los modelos conceptuales usados, la contundencia de los resultados, los conflictos de intereses de los autores, entre otros. Para no ir muy lejos, hubo una época en que los profesionales de la medicina ¡promocionaban el uso del cigarro! (Parekh, 2012). Recordemos también las escenas de tantos clásicos del cine en los que fumar un cigarrillo era símbolo de personalidad, valor, inteligencia, belleza física, sensualidad, etcétera. A pesar de los enormes esfuerzos que ha realizado la sociedad, el gobierno y los profesionales de la salud, la adicción al tabaco continúa cobrando un saldo enorme en morbilidad y mortalidad.

El modelo de la agnotología puede utilizarse de diversas maneras para reducir esta epidemia de ignorancia culturalmente inducida, una de ellas es en nuestras actividades educativas. Un interesante ejemplo fue reportado por Bedford, para enseñar a los estudiantes sobre la información distorsionada del cambio climático (Bedford, 2010). A pesar del abrumador consenso científico del calentamiento global, hemos sido testigos en los últimos tiempos de lo frágil que es la consciencia social sobre el tema, y lo manipulable que puede ser un sector importante de la sociedad (incluyendo estudiantes y maestros), sobre la solidez de las conclusiones de la investigación científica publicada. Uno de los factores más importantes que provocan la distorsión de la percepción social del calentamiento global es la información errónea difundida en medios de comunicación formales e informales, incluyendo las redes sociales. El estudio directo de esta información incorrecta es una oportunidad para los educadores y divulgadores de la ciencia, ya que utilizando el modelo de la agnotología pueden promoverse las habilidades de pensamiento crítico en los estudiantes, así como incrementar la consciencia social de los procesos de la generación y difusión del conocimiento científico, como el arbitraje por pares, y mejorar la comprensión de los fenómenos básicos que ocurren en nuestro planeta. Creo firmemente que la situación actual, a pesar de lo deprimente que aparenta ser, es una oportunidad dorada para que todos los que consumimos información nos constituyamos en ‘agnotólogos’, y en nuestras experiencias docentes y de aprendizaje personal exploremos mejores maneras de abatir el fenómeno de la ignorancia culturalmente inducida. Tenemos que mejorar nuestra comprensión de cómo y por qué estas diversas formas de ignorancia permanecen (e incluso aumentan) en la sociedad moderna. La ignorancia no debe ser invisible.

Para contribuir a disminuir nuestra falta de conocimiento sobre diversos temas, invito al lector a revisar los artículos incluidos en este número de la RDU. Manuscritos interesantes y provocadores con temas como la bioética global, cómo grabar tu voz, el autocuidado de la salud con el uso de apps, diversos aspectos del exitoso bachillerato a distancia de la UNAM (B@UNAM), el aprendizaje en línea y, yo no sé ustedes, pero yo era totalmente ignorante de lo que es un giphybook hasta que vi el término en el proceso editorial de armar este número de la revista. ¡Felices lecturas!

Editor en Jefe
Melchor Sánchez Mendiola
Facultad de Medicina, UNAM

Referencias

Melchor Sánchez Mendiola Cada acto de percepción, es hasta cierto grado un acto de creación, y cada acto de memoria es hasta cierto grado un acto de imaginación. Oliver Sacks, Musicofilia. Pase de estafeta Estimados lectores, permítanme presentarme, soy Melchor Sánchez Mendiola, médico pediatra, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), fanático y profesional de la educación y de la evaluación educativa. Actualmente soy Coordinador de una dependencia universitaria de reciente creación, y a partir del mes de mayo del presente año, Editor en jefe de la Revista Digital Universitaria. Se preguntarán: ¿por qué el cambio y por qué usted es el editor en jefe?, ¿cómo se capacitó para editar una revista de divulgación científica? Como todo en la vida, no hay una respuesta sencilla: he tenido una rica y vasta experiencia clínica atendiendo pacientes pediátricos gravemente enfermos en varios contextos de salud públicos y privados, nacionales y del extranjero; he acumulado una gran cantidad de información y conocimiento sobre investigación “básica”, clínica y educativa, el uso de la evidencia científica publicada para la toma de decisiones, y me he enfrentado al enorme reto de tomar decisiones compartidas con pacientes, familiares, estudiantes y docentes. En las últimas dos décadas he “migrado” de la medicina clínica de tiempo completo a la educación superior de tiempo completo, con el sinfín de satisfacciones, sensaciones de nostalgia y de “caminos no andados” que ello implicó. La vida nos llena de sorpresas, va dando giros y dobles curvas, y en las diferentes fases de nuestra existencia nos enfrenta con retos, problemas y circunstancias que nos hacen exhibir diferentes aptitudes y facetas. Uno de los hilos comunes a las vivencias arriba mencionadas, ha sido la ingente necesidad de comunicar ideas y conceptos técnicos complejos a personas con una formación diferente o, como desafortunadamente ocurre con frecuencia, a personas que no han tenido la oportunidad de vivir la educación superior y sus efectos. Imagine el lector estos escenarios: una médica trata de explicar a un paciente la eficacia de la quimioterapia para un cáncer avanzado; un físico desea que un estudiante entienda la teoría de la relatividad; un poeta pretende enseñar a un político la belleza de la palabra hablada; una filósofa quiere convencer a un adolescente de la vigencia de Sócrates en la era de Trump. En estas situaciones la necesidad de expresar las ideas en un lenguaje lo menos técnico posible, con preocupación sincera porque el receptor de la información la aprehenda de manera adecuada, se constituye en uno de los retos comunicacionales más fascinantes de la interacción humana. Tengo muchas memorias de la niñez, adolescencia y adultez, pero una de las más satisfactorias fue la lectura de todos los escritos de Isaac Asimov que pude conseguir. Sus historias de ciencia ficción como la saga Fundación, los documentos de divulgación de la ciencia como la Nueva Guía de la Ciencia, el Tesoro del Humor y sus múltiples obras autobiográficas, su pasión por la ciencia y los argumentos racionales, así como su particular sentido del humor, fueron una fuente de inspiración personal con efectos duraderos. La actitud afable pero rigurosa de Asimov, así como su profunda preocupación porque la sociedad tuviera elementos de información para establecer juicios de valor y entender lo que ocurre a su alrededor, son extrañadas en la era moderna de noticias falsas y estridencias sin sustento. Es en este contexto cuando el Dr. Felipe Bracho Carpizo, Director General de Cómputo y de Tecnologías de Información y Comunicación (DGTIC) de la UNAM, en uno de esos ejercicios de reflexión realistas y auténticos que tanto lo caracteriza, me propuso que la Revista Digital Universitaria (RDU) pasara a ser responsabilidad de la Coordinación de Desarrollo Educativo e Innovación Curricular (CODEIC) de nuestra casa de estudios. La revista nació, creció y llegó a su actual etapa de desarrollo en la DGTIC, en un ambiente predominantemente informático, con las ventajas, desventajas, factores explícitos y tácitos que ello implica. Actualmente, la mayoría de las revistas impresas tiene versiones digitales, y ese atributo (ser revista digital) que era su principal característica, dejó de ser privativo de expertos en tecnología y programación computacional para convertirse una modalidad esperada de las publicaciones en la era moderna. ¿Por qué la CODEIC y no otra dependencia de la UNAM? Más allá de la amistad que nos une, el Dr. Bracho externó sus argumentos y me hizo “una oferta que no podía rechazar”: la posibilidad de trabajar con un vehículo de difusión consolidado, con prestigio nacional e internacional, para continuar lo realizado hasta ahora. Esto con una orientación más amplia, que incorpore elementos educativos y de innovación para mejorar la efectividad de la comunicación pública de la ciencia (entendiendo ciencia en su concepto más abierto). Lo anterior nos permitirá diseminar el quehacer de la UNAM y de otras instituciones nacionales y extranjeras para informar y, ¡ojalá!, transformar positivamente a la sociedad mexicana y latinoamericana. Épocas de la RDU Como todas las iniciativas humanas –y esta revista no es la excepción–, la creación y desarrollo de la RDU en el seno de la DGTIC fue producto de la conjunción de una serie de eventos, circunstancias y personas que en su momento fueron la incubadora de esta innovadora publicación. Refiero al lector al detallado relato “Revista Digital Universitaria: 15 años del quehacer universitario en línea”, de Adrián Estrada Corona, para una narración pormenorizada del fascinante continuo de ‘épocas’ de la revista, con la descripción de lo que ocurrió en los primeros tres lustros de la misma y sus actores (Estrada, 2015). Al revisar el índice del número 0 y de los ejemplares de aniversario de las diversas épocas de la revista, es interesante contrastar el tipo de manuscritos, los temas y el énfasis colocado en los diversos aspectos del conocimiento humano. Para muestra un botón, el índice del número del 15 aniversario tiene los siguientes artículos: “Revista Digital Universitaria: origen y evolución de un experimento digital”. “Acceso Abierto, información científica disponible en línea sin barreras”. “Aspectos técnicos relevantes en la transición de las revistas al entorno electrónico”. “Reconstruir la historia en medios digitales. El caso del portal Poblar el Septentrión. Construyendo la historia del norte de México”. “Aplicación del modelo de satisfacción del usuario final de cómputo (EUCS) y su medición en kioscos digitales: caso Aguascalientes”. “Publicación digital: valiosa herramienta para la divulgación de la ciencia”. “Reseña: Bibliotecas y publicaciones digitales de Juan Voutssás Márquez”. Es comprensible el sesgo implícito hacia la materia tecnológica y su impacto en la publicación científica y de divulgación, pero creemos que el énfasis en un medio puede hacer que éste se convierta en el mensaje. La aparición de Internet en el escenario social de las últimas décadas ha sido el evento transformador más importante de nuestra especie en el último siglo, y la explosión del uso de dispositivos digitales portátiles como medio primario de comunicación y obtención de información ha provocado un escenario extremadamente complejo, en el que actualmente existen más teléfonos celulares en el mundo que seres humanos (Davies, 2014). Cuando la RDU apareció, las personas la leían en una computadora personal de escritorio, conectada a Internet en la casa, universidad u oficina, con todo lo que ello implica (estar sentado en un lugar fijo, el cuerpo en una posición que permitiera ver la pantalla –con poco margen de movimiento–, las características de los monitores de esa época eran diferentes de los actuales, etcétera). Claro que no me consta, pero imagino que algunos de sus lectores imprimían el artículo en papel para leerlo después. Actualmente, muchos de nosotros todavía tenemos una computadora fija de escritorio (que generalmente no compartimos, enfatizando lo personal en ‘computadora personal’), pero el escenario ha cambiado en el sentido que la mayoría de las personas, sobre todo las más jóvenes, utilizan sus dispositivos portátiles (celulares ‘inteligentes’, tabletas y netbooks) para leer información, en una dinámica personal y social completamente diferente. El paradigma en el que las computadoras eran solo herramientas tecnológicas separadas de nosotros, se está desmoronando al convertirse nuestros dispositivos personales en una continuidad del ser y parte de nuestra identidad (Clayton et al., 2015). La manera de comunicarnos con el mundo también se ha transformado radicalmente, ahora vivimos en un flujo constante y multidireccional de datos e información, que en ocasiones nos abruma. Michael Harris, en su libro El Final de la Ausencia, comenta: “Pronto, nadie recordará la vida antes de Internet. ¿Qué significa este inevitable hecho? Para las futuras generaciones, nada muy obvio. Estarán tan inmersos en la vida en línea que las preguntas sobre el propósito básico de Internet o su significado desaparecerán” (Harris, 2014). Estos hechos nos deben motivar a reflexionar intensamente sobre el futuro de todo tipo de publicaciones, tanto impresas como digitales, y su rol en nuestra cotidianeidad. La RDU gradualmente debe incorporarse en este “valiente nuevo mundo”, para continuar proporcionando material provocador, vigente y transformador a la audiencia de estudiantes, académicos y comunidad universitaria, así como al público interesado, en un formato congruente con la modernidad, sin sacrificar la calidad de los manuscritos y la profundidad de los conceptos explorados. En suma, no quisiera hablar en esta ocasión de ‘la quinta época’ de la RDU (aunque podríamos argumentar que ¡no hay quinto malo!), sino de la continuidad de la misma, en el contexto dinámico y de enormes retos organizacionales, políticos, sociales y económicos que tenemos en la actualidad. Pretendemos que este continuo esté sustentado en el trabajo en equipo, proceso editorial de calidad, orgullo institucional y nacional, y que genere un producto excelente que se nutra del proceso y de las personas que en él participan. “Lo único constante es el cambio”, Heráclito Cada cambio es una ventana de oportunidad, un espacio potencial de generación de ideas para mejorar y continuar creciendo (aunque también abre la posibilidad de echar todo a perder, por lo que hay que ser prudentes en la cantidad y progresión de los cambios), y este relevo de estafeta no es la excepción. El equipo editorial de la DGTIC que estuvo a cargo de la RDU en los últimos años, nos entregó una gran cantidad de material y productos del trabajo realizado que son testimonio de su profesionalismo y entrega institucional. Nuestro profundo respeto y agradecimiento a Lizbeth Luna González, Miguel Ángel Mejía y Fabián Romo Zamudio, así como al personal de la DGTIC que ha tenido algo que ver con la producción de la RDU. Estamos ciertos de que no es sencillo desprenderse de una obra de amor, les aseguramos que pondremos nuestro mejor esfuerzo para continuar con su excelente trabajo. Si las cosas no se hacen con cariño y pasión, generalmente no se hacen bien y no valen la pena. Hemos decidido realizar algunos cambios, que ocurrirán de manera gradual y premeditada: Renovación del Comité editorial. Se realizaron nuevos nombramientos dentro del Comité editorial (se ratificaron algunos integrantes para promover la continuidad), este es un trabajo en proceso que incluirá a corto plazo más personas de otras instituciones y países. En mayo de 2017 el Comité editorial está integrado por: Dr. Guillermo Aguilar Sahagún Consultor Independiente Dra. Ana María Cetto Kramis Instituto de Física, UNAM Dra. Frida Díaz Barriga Arceo Facultad de Psicología, UNAM Dra. Teresa I. Fortoul van der Goes Facultad de Medicina, UNAM Dr. Alberto Lifshitz Guinzberg Facultad de Medicina, UNAM Dr. Agustín López-Munguía Canales Instituto de Biotecnología, UNAM Dr. Juan José Sánchez Sosa Facultad de Psicología, UNAM Dr. Antonio Sánchez Pereyra Dirección General de Bibliotecas, UNAM Dra. Annette Santos del Real Centro de Estudios Educativos, A.C. Mtra. Margarita Varela Ruiz Consultora independiente Dra. Luz del Carmen Vilchis Esquivel Facultad de Artes y Diseño, UNAM Dr. Leonardo Viniegra Velázquez Hospital Infantil de México “Federico Gómez” Equipo editorial. Al estar ‘alojada’ la RDU en la CODEIC, integramos un nuevo equipo editorial. Mi sincero agradecimiento al equipo que se ha encargado del nada sencillo proceso de recepción, organización e inicio de la transformación de la RDU en esta nueva etapa, no tengo palabras para expresarles mi reconocimiento por una excelente labor. Además de las personas listadas abajo, agradezco al maestro Daniel Morales Castillo su participación en el proceso: Editor en jefe: Dr. Melchor Sánchez-Mendiola, Facultad de Medicina, UNAM Editoras académicas: ▪ Mtra. Ana María del Pilar Martínez Hernández Facultad de Filosofía y Letras, UNAM ▪ Dra. Magda Campillo Labrandero Facultad de Psicología, UNAM Editora asociada: Lic. Carina Itzel Gálvez, CODEIC, UNAM Periodicidad. Después de discutirlo ampliamente, decidimos que la periodicidad de la publicación sea bimestral, para asegurar la calidad de los manuscritos y profesionalizar aún más el proceso editorial y de arbitraje. Secciones de la RDU. Los números dejarán de ser temáticos –aunque se programarán de manera ocasional para temas específicos que así lo requieran–, ya que consideramos que una revista digital de esta naturaleza debe proveer un abanico de ideas, narrativas y perspectivas que explore diversos tópicos. Actualmente el acceso a las publicaciones digitales a través de la red es una mezcla de planeación, espontaneidad y “serendipia”, por lo que creemos que una mayor variedad de artículos será de más utilidad para nuestros lectores. Por otra parte, siendo una de las principales misiones de la UNAM la educación, incluiremos temas relacionados con este campo de estudio, que tiene relevancia para todos los tipos del quehacer humano. La estructura de cada número de la revista será como sigue: Editorial Varietas Continuum educativo La voz de los docentes La voz de los estudiantes Universidades Caleidoscopio Otros cambios. Estamos trabajando en un nuevo logo e imagen de la revista, así como nuevas instrucciones para los autores, entre otras cosas, que irán ocurriendo paulatinamente en los siguientes meses. Lo que no cambia. La revista continuará siendo una publicación de divulgación de la UNAM, con altos estándares de calidad, indizada por CONACYT, con manuscritos sobre todas las áreas del conocimiento. Con gran satisfacción comunicamos a nuestros autores y lectores que este año se logró la renovación en el Índice de Revistas Mexicanas de Divulgación Científica y Tecnológica (IRMDCYT) del CONACYT, lo que da un estatus muy relevante a la RDU en la comunidad académica. Por otra parte, en la primera reunión del renovado Comité editorial, discutimos largamente sobre las diferencias semánticas y conceptuales de los términos “divulgación”, “difusión”, “diseminación”, que serán motivo de otra Editorial. Concluimos que se mantendrá el espíritu de comunicación social y pública del conocimiento y actividades humanas, dirigido al público latinoamericano de estudiantes, profesores, y sociedad en general interesada en estos temas. Panorama de este número El número de mayo-junio es el primer número de la RDU totalmente a cargo del nuevo equipo editorial. Estamos seguros que será el primero de una larga serie de ejemplares que continuarán la línea de contribuir a la divulgación del conocimiento humano, con un énfasis reflexivo y transformador. Los temas abordados son los siguientes: Varietas “La comunicación de la ciencia y la literatura: breve recorrido histórico”, María Emilia Beyer y Gabriela Frías Villegas “La memoria sonora de Radio UNAM: un referente de investigación y educación”, Santiago Ibarra y Margarita Varela “La fotografía científica. Historia y vínculo con la divulgación”, Víctor Gálvez “Museos de la UNAM. Sitios de aprendizaje y entretenimiento”, Adriana Bravo Williams Continuum educativo La voz de los profesores “Memorizar, pensar o activar la inteligencia. Desafíos de los maestros y de la educación en México”, Luis Equihua Zamora “El viaje de Emilio a Alemania. Implicaciones en mi práctica docente”, Yasser Gandhi Hernández Esquivel La voz de los estudiantes “Relato de un viajero primerizo”, Marco Sánchez Hernández Universidades “Las diversidades culturales de los becarios indígenas y afrodescendientes de la UNAM”, Evangelina Mendizábal Caleidoscopio “Mitos, memoria colectiva y narración ilustrada”, Juan Palomino y Ana Paula Ojeda “Conversando sobre ciencia y divulgación”, entrevista al Dr. Guillermo Aguilar Sahagún “Recordando a José Vasconcelos a 58 años de su muerte”, infografía de Pilar Martínez y Gabriela Guzmán. Como dice el refrán: “el que mucho se despide pocas ganas tiene de irse”. Esta Editorial es más extensa de lo habitual por la necesidad de explicar los cambios en la RDU, de ninguna manera pretende ocupar el lugar preponderante que tienen los artículos mencionados arriba, que son el corazón y alma de la revista. Pido a nuestros lectores disfruten los manuscritos que integran este número de la RDU, y que nos hagan saber sus inquietudes y sugerencias. fin Melchor Sánchez Mendiola Editor en jefe Referencias Clayton, R. B., Leshner, G. y Almond, A. (2015), The Extended iSelf: The Impact of iPhone Separation on Cognition, Emotion, and Physiology. En Wiley Online Library, 2015(20), 119–135. doi: 10.1111/jcc4.12109 . Recuperado de http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/jcc4.12109/full. Davies Z. (2014), Active Mobile Phones Outnumber Humans for the First Time. En International Business Times, october 8, 2014. Recuperado de http://www.ibtimes.co.uk/there-are-more-gadgets-there-are-people-world-1468947. Estrada A. (2015), Revista Digital Universitaria: 15 años del quehacer universitario en línea. En Revista Digital Universitaria, 16(3). Recuperado de http://www.revista.unam.mx/vol.16/num3/art17/art17.pdf. Harris M. (2014), The End of Absence: Reclaiming What We’ve Lost in a World of Constant Connection. Nueva York: Current. Recuperado de http://www.endofabsence.com.
Ana María del Pilar Martínez Hernández y Magda Campillo Labrandero Muchas de las características que hemos dado por sentadas en el pensamiento y la expresión dentro de la literatura, la filosofía y la ciencia, y aun en el discurso oral entre personas que saben leer, no son estrictamente inherentes a la existencia humana como tal, sino que se originaron debido a los recursos que la tecnología de la escritura pone a disposición de la conciencia humana. Walter J. Ong, Oralidad y escritura. Para Walter J. Ong, la oralidad fue resultado de la evolución humana que permitió la comunicación entre las sociedades primitivas. El humano “aprendió a leer en una etapa muy posterior de su historia y al principio sólo ciertos grupos podían hacerlo. El Homo sapiens existe desde hace 30 mil a 50 mil años. El escrito más antiguo data de apenas hace 6 mil años” (Ong, 2016: 36). La oralidad, según nuestro autor, puede ser vista como un evento “natural” en tanto está integrada al cuerpo –la voz–, mientras que la escritura es un invento del ser humano, por ello la define como tecnología. Sin embargo, una y otra –oralidad y escritura– constituyen procesos cognitivos asociados y el surgimiento de la escritura fue fundamental para la evolución y complejización del pensamiento y la conciencia. Gracias a la escritura se pudo hacer un registro de los hechos, los haberes y, sobre todo, acoplar las experiencias, los datos y los conocimientos; avanzar colectivamente, desde un punto fijo sin partir de cero. El crecimiento de este saber ha variado a lo largo de la historia y de la cultura que lo propicia, de la idiosincrasia de un colectivo, de nuevas tecnologías como la imprenta o internet, de las necesidades ingentes de resolver problemas vitales o de defensa, de genios innovadores y de grupos de científicos que se han enfrentado a los poderes fácticos aun a costa de sus vidas; en fin, ha estado determinado por múltiples factores. La relación entre saber y poder, así como el acceso restringido al primero, es una historia aparte. El día de hoy en la mayoría de las sociedades el conocimiento se ha democratizado. Cuando esto no ocurre puede deberse a diversos factores; uno de ellos, aunque parezca increíble, es la existencia de millones de seres humanos a lo largo y ancho del planeta que son analfabetas, aún en sociedades “desarrolladas”; otro, el analfabetismo digital, determinado por la falta de poder económico para la adquisición de tecnologías y conectividad, normalmente vinculadas con países en pobreza extrema; uno más, asociado a naciones gobernadas por regímenes totalitarios que no permiten por razones ideológicas el libre acceso de sus ciudadanos a la información. Un problema de otro carácter se refiere a la alta especialización con la cual se produce el conocimiento científico, filosófico, literario, etcétera; es en este sentido donde se refrenda la importancia de la difusión y la divulgación de la ciencia para acercarla al público, para promoverla, para generar vocaciones, para convertir al ser humano “común” –si puede usarse este término– en ciudadano bien informado, que participa y transforma a su comunidad a través del conocimiento apropiado, lejano a prejuicios, estereotipos e “ismos” de toda índole; que lleva la cultura –en su acepción más amplia– a todos los espacios de participación social. Sin lugar a dudas, estas posibilidades son parte inherente de los principios y valores de la UNAM y de la Revista Digital Universitaria. Con el afán de incluir de manera sistemática manuscritos sobre todas las áreas del conocimiento y dar cabida a grupos de universitarios de todo el país, en este segundo número de la nueva época de esta revista, se presenta una selección de siete textos que abarcan diversos temas de autores, tanto de la UNAM con externos a ella. A continuación, se da un breve panorama del contenido de los artículos y, dado que nuestros lectores se están familiarizando con la nueva estructura de la RDU, nos tomamos la libertad de contextualizar de nueva cuenta el propósito de las cuatro secciones que la conforman. Varietas El objetivo de esta sección es difundir de manera atractiva, y clara, descubrimientos, teorías, fenómenos, sucesos y resultados de investigación en todas las áreas del conocimiento. Manuel Lino, actual presidente de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia, en su artículo titulado: “Comunicación de la ciencia en México, el menosprecio de públicos y privados”, nos habla de los retos que enfrenta nuestro país para transmitir y difundir el conocimiento científico a público no especializado. A partir de la narración de una interesante experiencia autobiográfica del famoso físico estadunidense Richard Feynman, Lino introduce la importancia de considerar al público objetivo en la buena comunicación de la ciencia y muestra a través de diversos datos la situación de la divulgación de la ciencia en México. Ricardo Victoria, Alejandra Uría y Juan José López, investigadores y maestros de la Universidad Autónoma del Estado de México, hablan en el artículo denominado: “¿Los juguetes representan la diversidad de los usuarios?”, de la importancia de la variedad en el diseño de juguetes infantiles y presentan tres interesantes casos de estudio. Desde su perspectiva, las empresas dedicadas a fabricar juguetes deberían tomar en consideración, además de las demandas del mercado, el papel del juego y del juguete para los usuarios al diseñar productos que reflejen, de manera responsable, la diversidad social de la población actual. En el artículo “Micotoxinas: ¿Qué son y cómo afectan a la salud pública?”, un grupo de seis investigadores de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo –Ricardo Santillán, Gerardo Rodríguez, Sylvia Fernández, Gerardo Vázquez, Juan C. Montero y Julieta Benítez–, nos explican la contaminación de alimentos causada por cuatro variedades de micotoxinas, fenómeno que se ha convertido en un problema importante de salud pública en el mundo, con un costo millonario para la prevención y tratamiento de graves enfermedades. Continuum educativo En esta sección se busca dar voz a proyectos educativos exitosos, tanto desde la perspectiva de los docentes como de los alumnos. Para este número de la RDU se presentan tres experiencias; dos narradas por maestros de bachillerato y licenciatura, y una desde de un grupo de estudiantes de licenciatura. En el artículo: “Las lenguas extranjeras en la difusión de las ciencias biológicas y de la salud”, dos comprometidas maestras de la Escuela Nacional Preparatoria –Paola Garcés y Yadira Alma Hadassa Hernández–, nos narran su experiencia en el desarrollo de un programa que busca integrar el aprendizaje y la práctica de las lenguas extranjeras que se ofertan en la preparatoria (inglés, francés, alemán e italiano). Como parte del proyecto, los estudiantes de bachillerato realizan en las cuatro lenguas diversas actividades, entre las que se incluyen conferencias y talleres, la creación de sitios web y la edición de una revista de difusión científica, todas ellas con temas vinculados a las ciencias biológicas y de la salud. En la segunda experiencia incluida, la Dra. Nelly Rigaud, maestra de la Facultad de Estudios Superiores campus Aragón, comparte una extensa y detallada reflexión acerca de su práctica docente en la enseñanza de las matemáticas, la cual reconoce se ha transformado y mejorado a partir de su participación en el Seminario Universitario para la Mejora de la Educación Matemática (SUMEM) de la UNAM. Esta experiencia se complementa con el artículo de Diana Martínez, Guillermo Alvarado, Kristel Boyzo y Fernando Casales, cuatro estudiantes de ingeniería, quienes, desde su perspectiva, narran la riqueza y utilidad que tienen las matemáticas y plantean la forma en que les gustaría que se enseñara esta disciplina. Universidades En esta sección, cuyo propósito es mostrar actividades relevantes de y para la vida universitaria, la Dra. Eugenia Marmolejo, cuenta el origen del SUMEM en el año 2013, cuyo propósito es mejorar el nivel de los conocimientos matemáticos de alumnos y maestros de la UNAM. En el texto se describen algunos eventos recientes de este seminario que ilustran las conexiones entre conceptos matemáticos y otras áreas del conocimiento. Caleidoscopio Esta sección, pensada como un espacio para incluir materiales diversos, preferentemente de forma audiovisual, presenta en este número una infografía dinámica titulada: “Recordando a José Vasconcelos a 58 años de su muerte”, pensada para conmemorar este acontecimiento a través de la descripción de los eventos y acciones más importantes de la vida de este polémico personaje, quien fuera rector de la UNAM y secretario de educación pública. Esperamos, a través de este abanico de escritos, cumplir con la finalidad de la RDU en esta nueva época, al presentar narrativas y perspectivas de diversos campos de conocimiento, que difunden resultados de investigación y experiencias vitales de primera mano, con la intención de comunicar la ciencia para el uso y disfrute de los diversos lectores de la comunidad universitaria y del público en general, a quienes invitamos a que interactúen con el equipo editorial de la RDU compartiendo sus opiniones sobre los artículos incluidos en este número y sugiriéndonos temas de su interés para publicaciones posteriores.
Show Buttons
Hide Buttons

Revista Digital Universitaria Publicación bimestral Vol. 18, Núm. 6julio-agosto 2017 ISSN: 1607 - 6079