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Vol. 27, núm. 3 agosto-octubre 2026

Cómo leemos la Tierra: principios geológicos para reconstruir la historia del planeta

Benedetto Schiavo Cita

Resumen

¿Cómo es posible reconstruir la historia de la Tierra a partir de rocas y fósiles dispersos? Este artículo explora cómo los principios geológicos permiten leer el registro terrestre e interpretar la evolución del planeta. Mediante una aproximación narrativa, se presentan conceptos como la superposición, la horizontalidad original, la continuidad lateral, la sucesión faunística, el actualismo y las relaciones de inclusión e intersección, mostrando cómo ayudan a ordenar acontecimientos, reconocer transformaciones y reconstruir ambientes del pasado. Formulados entre los siglos xvii y xix, estos principios continúan siendo esenciales para la interpretación geológica moderna y para teorías como la tectónica de placas. Más allá de su valor técnico, representan una forma de construir conocimiento basada en la observación, la comparación y el razonamiento a partir de evidencias naturales.
Palabras clave: geología histórica, estratigrafía, tiempo geológico, registro geológico, fósiles.

How We Read the Earth: Geological Principles for Reconstructing the History of the Planet

Abstract

How can Earth’s history be reconstructed from scattered rocks and fossils? This article explores how geological principles allow scientists to read the geological record and interpret the evolution of the planet. Through a narrative approach, concepts such as superposition, original horizontality, lateral continuity, faunal succession, uniformitarian reasoning, and inclusion and cross-cutting relationships are presented as tools for ordering events, recognizing transformations, and reconstructing past environments. Formulated between the seventeenth and nineteenth centuries, these principles remain essential to modern geological interpretation and theories such as plate tectonics. Beyond their technical value, they represent a way of building knowledge grounded in observation, comparison, and reasoning from natural evidence.
Keywords: historical geology, stratigraphy, geological time, geological record, fossils.


Fósiles en la cima del mundo

En la cima del monte Everest, a casi 9,000 metros sobre el nivel del mar, existen fósiles marinos: restos de organismos que alguna vez habitaron antiguos océanos, hoy incrustados en las rocas que forman la montaña más alta del planeta (Zhan et al., 2014). La pregunta surge de inmediato: ¿cómo llegaron allí? Responderla implica aprender a leer la Tierra.

A diferencia de un libro convencional, la historia del planeta no está escrita en páginas ordenadas. Sus registros han sido deformados por la tectónica, fragmentados por la erosión y reescritos por volcanes y océanos a lo largo de millones de años. Cada paisaje conserva pistas de acontecimientos pasados que los geólogos interpretan para reconstruir esa historia; leer la Tierra consiste, precisamente, en reconocer esas señales y comprender lo que revelan sobre el pasado.

Este modo de pensar no siempre existió. Durante siglos, el origen del relieve terrestre se explicó mediante interpretaciones míticas o religiosas, ancladas en razonamientos teológicos. Fue a partir de la revolución científica de los siglos xvii y xviii cuando algunos naturalistas (figura 1) comenzaron a observar las rocas desde una perspectiva distinta, buscando explicaciones sustentadas en la observación directa y el razonamiento a partir de evidencias (Cartwright, 2023; Hepburn y Hanne, 2021).

Nicolas Steno (izquierda) y James Hutton (derecha)

Figura 1. Nicolas Steno (izquierda) y James Hutton (derecha), dos de los naturalistas que transformaron la manera de interpretar las rocas al proponer que el paisaje terrestre conserva una historia que puede leerse e interpretarse mediante la observación científica.
Créditos: Benedetto Schiavo.

Entre ellos, Nicolas Steno propuso que los estratos sedimentarios se depositan en capas sucesivas capaces de registrar eventos pasados, mientras que James Hutton planteó que los procesos que modelan la superficie terrestre en la actualidad también operaron en el pasado profundo (University of California Museum of Paleontology). Estas ideas sentaron las bases de una nueva forma de interpretar el planeta, en la que las rocas dejaron de ser simples objetos para convertirse en registros de una historia que puede reconstruirse (Eyles, 1947).

A lo largo del tiempo, otros naturalistas ampliaron este enfoque. William Smith demostró que los fósiles siguen patrones consistentes que permiten correlacionar estratos a grandes distancias, y Charles Lyell consolidó una visión del planeta basada en cambios graduales acumulados durante largos intervalos de tiempo. Más adelante, avances como la datación radiométrica y la teoría de la tectónica de placas —hoy explicada de manera interactiva por el British Geological Survey— permitieron integrar estas observaciones en un marco más amplio sobre la evolución de la Tierra, transformando la comprensión de su dinámica interna durante el siglo xx (Lyell, 2009; Celâl Şengör, 2021; Qian et al., 2025).

A partir de estas ideas, los geólogos desarrollaron una serie de principios que funcionan como herramientas de interpretación. Más que reglas rígidas, son guías que permiten ordenar acontecimientos, reconocer transformaciones y reconstruir ambientes del pasado a partir de evidencias fragmentarias. En este artículo exploramos cómo estos principios hacen posible leer la historia de la Tierra, mostrando de qué manera los geólogos interpretan el registro geológico para comprender la evolución del planeta.

Un puñado de reglas para ordenar el caos

Cuando un geólogo observa un acantilado, una pared volcánica o el afloramiento —es decir, el corte expuesto— de una carretera, no ve únicamente capas de roca superpuestas. Ve una secuencia de acontecimientos: antiguos mares que avanzaron y retrocedieron, ríos que depositaron sedimentos, erupciones volcánicas que cubrieron paisajes previos, fuerzas tectónicas que deformaron lentamente la corteza terrestre. El problema es que esa historia rara vez aparece ordenada de forma evidente: las rocas han sido inclinadas, fracturadas o erosionadas; partes del registro han desaparecido y otras se encuentran incompletas.

Leer la historia de la Tierra implica, por tanto, reconstruir una narración a partir de evidencias fragmentarias, como si las páginas de un libro hubieran sido mezcladas antes de llegar a nuestras manos. Frente a este escenario surge una pregunta central: ¿cómo determinar qué ocurrió primero? ¿Cómo saber si una montaña existía antes que un océano, o si una fractura es más reciente que las rocas que atraviesa?

A lo largo del desarrollo de la geología, los naturalistas formularon una serie de principios que permiten responder a estas preguntas. A partir de observaciones repetidas en distintos paisajes, establecieron reglas de interpretación que ayudan a ordenar acontecimientos y reconocer relaciones temporales entre cuerpos de roca. Estos principios no son leyes en el sentido estricto de las ciencias físicas: a diferencia de la ley de la gravitación universal, que describe relaciones constantes y cuantificables, funcionan como herramientas de interpretación que admiten excepciones y se aplican según el contexto geológico. Permiten reconstruir historias a partir de pistas —identificar qué procesos ocurrieron primero, cuáles modificaron después el paisaje y cómo diferentes fragmentos del registro se relacionan entre sí a través del tiempo (Genske, 2024).

Imaginemos de nuevo un acantilado expuesto por la erosión. Las capas aparecen apiladas unas sobre otras, algunas inclinadas, otras interrumpidas por fracturas o atravesadas por materiales volcánicos. En ciertos niveles aparecen fósiles; en otros, cambios en el tipo de roca sugieren transformaciones ambientales profundas. Cada uno de estos elementos constituye una pista, e interpretarla correctamente es lo que permite leer la historia que las rocas conservan. A continuación, exploramos algunos de estos principios.

La ley de la superposición: reconocer las primeras páginas de la historia terrestre

Al observar un acantilado sedimentario, resulta difícil evitar la sensación de estar frente a un libro abierto. Las capas de roca se apilan unas sobre otras, formando bandas de distintos colores y composiciones que se extienden a lo largo del paisaje. Sin embargo, a diferencia de un libro convencional, ninguna página indica explícitamente cuándo fue escrita. Surge entonces una pregunta central: ¿qué capa se formó primero?

En el siglo xvii, el naturalista danés Nicolas Steno enfrentó este mismo problema al estudiar rocas sedimentarias en Italia. A partir de sus observaciones, reconoció un patrón aparentemente simple pero profundamente revelador: los sedimentos se depositan de manera progresiva, capa sobre capa, a medida que las partículas transportadas por el agua o el viento se acumulan con el tiempo. De esta idea surge el principio de la superposición: en una secuencia de rocas que no ha sido alterada posteriormente, las capas inferiores se formaron antes que las superiores. Dicho de otro modo, las rocas más antiguas se encuentran en la base, mientras que las más recientes se sitúan hacia la parte superior. Este principio permitió, por primera vez, ordenar los acontecimientos registrados en las rocas sin necesidad de conocer su edad exacta; ofrece, en términos sencillos, una forma de comenzar a leer la historia de la Tierra desde sus primeras páginas (figura 2A).

Sin embargo, los paisajes reales rara vez conservan esta disposición ideal. En muchos casos, los estratos han sido inclinados, plegados o incluso invertidos por la actividad tectónica, y aplicar este principio implica interpretar el contexto geológico y reconocer las transformaciones que ocurrieron después del depósito original. Aun con estas complejidades, la superposición sigue siendo una de las herramientas más básicas y poderosas para reconstruir el pasado: el punto de partida para comenzar a ordenar la historia que las rocas conservan.

La geometría original de los estratos: horizontalidad y continuidad lateral

Después de reconocer que las capas de roca conservan un orden en el tiempo, surge una nueva dificultad: en muchos paisajes reales los estratos no se observan horizontales, sino inclinados, plegados o incluso interrumpidos. Esto plantea una pregunta obligada: ¿siempre fueron así, o algo los modificó después de su formación?

Al observar ambientes actuales —deltas, lagos, fondos marinos— es posible notar que los sedimentos transportados por el agua tienden a depositarse formando capas prácticamente horizontales. Estas capas se extienden lateralmente a lo largo de la cuenca hasta que se adelgazan o encuentran un límite natural. A partir de este tipo de observaciones, Nicolas Steno propuso dos ideas complementarias. La primera es el principio de la horizontalidad original, que establece que los sedimentos se depositan inicialmente en capas cercanas a la horizontal. La segunda es el principio de la continuidad lateral, según el cual esas capas se extienden de manera continua en el espacio antes de ser interrumpidas.

Estas ideas permiten interpretar muchos paisajes actuales. Cuando se observan estratos inclinados en una montaña, por ejemplo, se puede inferir que originalmente se depositaron de forma horizontal y que después fueron deformados por fuerzas tectónicas. De manera similar, si dos afloramientos separados por un valle presentan capas con características semejantes, es posible que en el pasado formaran parte de una misma unidad continua, fragmentada luego por la erosión o el desplazamiento de fallas (figura 2B y C). Los estratos, en este sentido, no sólo registran el tiempo: también la historia de los procesos que los modificaron. Reconstruir su geometría original permite “reordenar” las páginas del registro geológico y entender cómo era el paisaje antes de ser transformado.

El actualismo: cuando el presente permite interpretar el pasado

Incluso después de ordenar las capas de roca y reconstruir su disposición original, persiste una pregunta central: ¿cómo saber qué procesos formaron esas rocas si nadie estuvo allí para observarlos?

A finales del siglo xviii, el naturalista escocés James Hutton propuso una idea que cambiaría profundamente la manera de interpretar la Tierra. Al estudiar ríos, costas y procesos de erosión en el paisaje actual, observó que la superficie terrestre se transforma continuamente mediante procesos naturales que pueden observarse de manera directa. De ahí surgió una idea central: los procesos que actúan hoy —la sedimentación, la erosión, la actividad volcánica— también operaron en el pasado. Este enfoque se conoce como actualismo y suele resumirse en la frase “el presente es la clave del pasado”: los geólogos pueden interpretar el registro geológico observando cómo funcionan los procesos naturales en la actualidad. Al observar cómo un río transporta sedimentos y forma capas en su desembocadura, por ejemplo, es posible interpretar depósitos similares preservados en rocas antiguas; de la misma manera, estudiar una erupción volcánica actual ayuda a comprender cómo se formaron ciertas rocas volcánicas en el pasado.

Conviene distinguir esta idea del uniformismo clásico, propuesto originalmente en términos más estrictos. Mientras que el uniformismo enfatizaba la continuidad y regularidad de los procesos a lo largo del tiempo, el actualismo moderno reconoce que esos mismos procesos pueden variar en intensidad, velocidad o escala. Lo importante no es que todo ocurra de la misma manera, sino que los mismos tipos de procesos siguen actuando (figura 2D). Gracias a este principio, el registro geológico deja de ser un conjunto de eventos desconocidos y se convierte en algo interpretable: el presente funciona como una guía que permite descifrar las huellas del pasado.

La sucesión faunística: cuando los fósiles marcan el paso del tiempo

A finales del siglo xviii, durante la construcción de canales y minas en Inglaterra, surgió una observación que cambiaría la forma de interpretar las rocas. En distintos lugares, ciertos fósiles aparecían siempre asociados a tipos específicos de estratos. No era una coincidencia: parecía existir un orden.

William Smith, ingeniero y especialista en medición de terrenos —agrimensor—, fue uno de los primeros en reconocer el significado de esta regularidad. Mientras trabajaba en proyectos de construcción, observó que las asociaciones de fósiles se repetían de manera consistente en diferentes regiones. A partir de estas observaciones formuló el principio de la sucesión faunística: los fósiles no aparecen al azar, sino siguiendo una secuencia temporal definida (figura 2E). Cada intervalo del tiempo geológico está caracterizado por organismos particulares, lo que permite identificar y correlacionar estratos aun cuando se encuentran separados por grandes distancias.

Esto tiene una implicación central: si dos formaciones rocosas contienen fósiles similares, es muy probable que se hayan formado en el mismo intervalo de tiempo, aunque hoy se encuentren a cientos de kilómetros de distancia. Capas de roca con ciertos tipos de amonitas —organismos marinos ya extintos—, por ejemplo, pueden identificarse en distintas regiones del mundo, lo que permite relacionarlas entre sí y reconstruir antiguos ambientes marinos. Este tipo de observaciones puede explorarse en colecciones digitales como las del Smithsonian National Museum of Natural History, donde es posible comparar fósiles de distintas edades y regiones. Gracias a este principio, los fósiles dejaron de ser simples curiosidades naturales y se convirtieron en herramientas esenciales para leer la historia de la Tierra: marcadores del tiempo que permiten ordenar los acontecimientos y conectar fragmentos del registro geológico que, a primera vista, parecen aislados.

Inclusión e intersección: reconstruir el orden de los acontecimientos

En muchos paisajes geológicos, los distintos procesos no ocurren de forma aislada. Al contrario: se superponen y se modifican entre sí. Materiales volcánicos atraviesan rocas más antiguas, fallas desplazan bloques completos, fragmentos de roca quedan incorporados dentro de nuevas formaciones. Ante este tipo de relaciones surge una pregunta central: ¿qué ocurrió primero?

Una de las herramientas más útiles para responderla es el principio de inclusión, que establece que cualquier fragmento de roca contenido dentro de otra debe ser más antiguo que el material que lo rodea. Estos fragmentos, conocidos como clastos, son restos de rocas preexistentes incorporados en un depósito más reciente. Un ejemplo sencillo puede observarse en ciertas rocas sedimentarias como los conglomerados, donde es común encontrar fragmentos redondeados de distintas rocas unidos por un material más fino: esos fragmentos tuvieron que existir antes de ser erosionados, transportados y, finalmente, depositados dentro de la nueva roca. Los clastos, dicho de otro modo, cuentan una historia previa al depósito que los contiene.

De manera complementaria, el principio de intersección permite interpretar relaciones aún más evidentes: cualquier estructura geológica que corta a otra —una fractura, una falla, una intrusión magmática— es necesariamente más reciente que las rocas que atraviesa (figura 2F y G). Si un cuerpo de roca volcánica corta una serie de capas sedimentarias, por ejemplo, se puede concluir que las capas ya existían antes de que el material volcánico se introdujera en ellas; de forma similar, una falla que desplaza estratos indica un evento posterior a la formación de esas rocas. En conjunto, estos principios permiten reconstruir secuencias complejas de eventos: funcionan como pistas que ayudan a ordenar procesos de formación, deformación y transformación registrados en el paisaje. Aplicarlos correctamente es esencial para comprender cómo diferentes etapas de la historia terrestre quedaron superpuestas en las rocas.

Principios para interpretar el registro terrestre

Figura 2. Representación esquemática de los principales principios utilizados por los geólogos para interpretar el registro terrestre. A) superposición de estratos; B) horizontalidad original; C) continuidad lateral; D) actualismo; E) sucesión faunística; F) principio de inclusión; G) principio de intersección. En conjunto, estos principios permiten reconstruir la historia geológica a partir de relaciones espaciales y temporales preservadas en las rocas.
Créditos: Benedetto Schiavo.

Leer la Tierra: una forma de construir conocimiento

Más allá de su utilidad para interpretar rocas, los principios geológicos reflejan una forma particular de construir conocimiento. A diferencia de otras ciencias experimentales, los geólogos no pueden reproducir montañas, océanos o continentes en condiciones controladas: su trabajo consiste en interpretar procesos que ocurrieron hace millones de años a partir de las evidencias que quedaron registradas en el paisaje.

En este sentido, la geología comparte similitudes con la investigación histórica. Así como un historiador reconstruye el pasado a partir de documentos y vestigios, un geólogo interpreta la historia de la Tierra a partir de rocas, fósiles y estructuras que han sobrevivido al paso del tiempo. Los principios descritos a lo largo de este artículo funcionan como herramientas para organizar esa información: permiten transformar fragmentos dispersos en una narración coherente, identificar qué ocurrió primero, qué procesos modificaron el paisaje y cómo diferentes eventos quedaron registrados en las rocas (Paola et al., 2018).

Al observar, por ejemplo, un conjunto de capas sedimentarias atravesadas por una falla y que contienen fósiles específicos, un geólogo puede combinar distintos principios para reconstruir la secuencia de eventos: cuándo se depositaron los sedimentos, qué organismos existían en ese momento y qué procesos deformaron después el terreno. Leer la Tierra implica, así, mucho más que reconocer rocas: significa aprender a interpretar señales, establecer relaciones y construir explicaciones a partir de evidencias incompletas. Es un ejercicio de observación, comparación y razonamiento. En un contexto marcado por el cambio ambiental y la evaluación de riesgos naturales, esta forma de pensar resulta especialmente relevante: comprender cómo ha cambiado el planeta en el pasado permite también anticipar posibles transformaciones futuras.

Una historia que sigue escribiéndose

Volvamos a la pregunta inicial: ¿cómo es posible encontrar fósiles marinos en la cima del Everest? La respuesta no depende de un único descubrimiento ni de una tecnología sofisticada, sino de la aplicación conjunta de los principios geológicos que permiten interpretar el registro terrestre. Gracias a estas herramientas, los geólogos reconocen que esas rocas se formaron en antiguos fondos oceánicos y que, millones de años después, fueron elevadas por la colisión entre placas tectónicas hasta alcanzar las mayores altitudes del planeta. Cada estrato, fósil o fractura constituye una pista dentro de una narración mucho más extensa, que se desarrolla a lo largo de millones de años.

Leer la Tierra implica aprender a reconocer esas pistas e interpretarlas en conjunto. No se trata de memorizar principios, sino de desarrollar una forma de observar el mundo basada en la evidencia, la comparación y el razonamiento. Más allá de su valor científico, esta manera de pensar permite comprender que el paisaje que vemos hoy es sólo una etapa dentro de un proceso continuo de transformación: montañas, océanos y volcanes no son estructuras estáticas, sino el resultado de procesos que siguen actuando en el presente.

En última instancia, la geología nos invita a mirar el planeta con una perspectiva histórica. Nos recuerda que la Tierra cambia constantemente y que, a través de las rocas, es posible leer una historia que continúa escribiéndose.

Agradecimientos

El autor agradece a la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (secihti) por el financiamiento del proyecto cbf-2025-i-1974.

Referencias



Recepción: 31/07/2025. Aceptación: 01/06/2026. Publicación: 14/08/2026.


Este es un artículo de acceso abierto bajo la licencia de Creative Commons 4.0.

Vol. 27, núm. 3 agosto-octubre 2026

La medicina tradicional de México para la herbolaria del mundo

Francisco Javier Luna Vázquez Cita

Resumen

La medicina tradicional mexicana es producto del conocimiento médico que se tiene de las plantas nativas de nuestro país y de aquellas que fueron traídas desde tiempo atrás. Muchas de las plantas originarias de México han sido estudiadas para comprobar sus propiedades medicinales y, más aún, para descubrir nuevas acciones benéficas para la salud. Ante la imposibilidad aquí de hablar de todas ellas, presentamos cinco plantas mexicanas, con características particulares: una en riesgo de extinción, otra que se diseminó por todo el mundo, una como ejemplo de planta que puede ser confundida con otras, una que es empleada en África, y finalmente una a la que se le descubrió una acción medicinal diferente a la señalada por la medicina tradicional. Todas con estudios científicos que avalan sus propiedades terapéuticas como ejemplo de la riqueza florística, medicinal y cultural mexicana.
Palabras clave: plantas medicinales, medicina tradicional mexicana, antiinflamatorios, desparasitantes, sedantes, antimicrobianos.

Traditional medicine from Mexico to the world of phytomedicine

Abstract

Traditional Mexican medicine is a product of the medical knowledge we have of our country’s native plants and those brought here long ago. Many of Mexico’s native plants have been studied to verify their medicinal properties and, even more so, to discover new health benefits. Since it is impossible to discuss them all, we present five Mexican plants, each with unique characteristics: one that has spread throughout the world, another that is used in Africa, another that is at risk of extinction, another as an example of a plant that can be confused with others, and finally, one that has been found to have a medicinal effect different from that claimed by traditional medicine. All these plants have been scientifically studied, and their therapeutic properties have been supported. They are examples of the floral, medicinal, and cultural richness of Mexico.
Keywords: medicinal plants, traditional Mexican medicine, anti-inflammatory, deworming, sedative, antimicrobial.


Introducción

Si has pasado por un puesto de hierbas en algún mercado, te habrás dado cuenta de la gran diversidad de plantas que se ofrecen para diferentes remedios. Se sabe de más de 3000 especies vegetales con acciones terapéuticas en México. Muchas de ellas, como la manzanilla, la valeriana o el árnica se conocen en todo el mundo, pero otras sólo en nuestro país. ¿Te has preguntado cuáles plantas son originarias de México? ¿Crees que haya investigaciones científicas que comprueban sus beneficios?

Existen muchas plantas nativas mexicanas, pero son pocas las que tienen estudios científicos que demuestran su eficacia: entre éstas podemos mencionar al cuachalalate que se usa para la gastritis, la hoja de guayabo para malestares intestinales, la calderona amarilla para los “nervios”, el chicalote para las infecciones de los ojos, así como el chilcuague para los dolores de muelas y las úlceras de la boca. Te invito a que revisemos los estudios científicos que avalan los usos tradicionales de estas plantas y otros más que han descubierto distintas acciones terapéuticas.

Cuachalalate (Amphipterygium adstringens)

El cuachalalate es un árbol de tallo curvado, ramas delgadas y corteza de color gris marrón. Se encuentra en los estados de la costa del océano Pacífico y del centro de México (Biblioteca digital de la medicina tradicional mexicana, 2009b). Es una de las especies de mayor demanda en la herbolaria mexicana y se usa para la gastritis, las úlceras y la cicatrización de heridas. Martínez (1979), en su obra Las plantas medicinales de México, menciona que se tiene registro de su uso al menos desde el siglo xvi.

Sotelo-Barrera y colaboradores (2022) señalan que los resultados de los estudios científicos realizados sobre el cuachalalate muestran que posee actividad antiinflamatoria, antimicrobiana, protectora del estómago y cicatrizante. Otros grupos de investigación, como el de Guzmán Aguilar y Núñez (2023) estudian su efecto sobre el cáncer de colon, con resultados muy alentadores para el tratamiento de esta enfermedad. Existen otras investigaciones, pero todas coinciden en que el uso tradicional del cuachalalate puede explicarse desde una base científica.

Sin embargo, el aumento del consumo de este remedio natural, que con toda seguridad podemos encontrar en cualquier puesto de hierbas del mercado, en las tiendas naturistas y hasta por internet, ha llevado a su sobreexplotación y al riesgo de extinción de esta especie, debido a que el descortezamiento de los árboles puede ocasionar su muerte. Sin lugar a duda, es una especie vegetal valiosa que forma parte de nuestro patrimonio natural, por lo que es importante su preservación y el establecimiento de estrategias para un consumo sustentable.

Si no conocías el cuachalalate, de la siguiente planta seguro sí has oído hablar.

Guayabo (Psidium guajava)

La guayaba que todos conocemos, que disfrutamos sola, en dulce, en atole, en tamales, en nieve, en agua o en el ponche, viene de un árbol, que, además de ofrecernos esta fruta con sabor inconfundible, también tiene propiedades medicinales.

De acuerdo con Rivera-Arce y colaboradores (2003), el guayabo, o xalxócotl en náhuatl, es considerado nativo de México, específicamente de Mesoamérica, aunque actualmente ya se puede encontrar en todo el mundo. El cocimiento de las hojas se emplea en el tratamiento de la diarrea, reducir el dolor abdominal y eliminar parásitos intestinales.

El guayabo es mencionado en el códice de la Cruz-Badiano, libro de plantas medicinales escrito por el médico nahua Martín de la Cruz en 1552, y posteriormente por Francisco Hernández, médico español que llegó a México en 1572, quien documentó el uso curativo de muchas plantas y animales (Biblioteca digital de la medicina tradicional mexicana, 2009c). Kumar y colaboradores (2021) refieren diversos estudios científicos que demuestran los efectos antiinflamatorio, antiespasmódico y antimicrobiano en las hojas de guayaba, lo que comprueba la validez de su uso en la medicina tradicional.

Actualmente, se pueden encontrar medicinas hechas a partir de extractos de hoja de guayaba para la diarrea y la inflamación intestinal. Quizás has visto o usado alguno de estos llamados “medicamentos herbolarios”, no solamente de guayaba, también de otras especies vegetales, pues con ellos se busca aprovechar de manera integral los compuestos activos presentes en las plantas medicinales.

La próxima vez que tomes una refrescante agua de guayaba, recuerda que además de sabrosa y nutritiva, pues tiene gran cantidad de vitamina C, el árbol también nos ofrece sus hojas para el alivio de malestares estomacales.

Otra planta originaria de México que, al igual que la guayaba, puede emplearse para problemas digestivos, es la calderona amarilla y de ella vamos a hablar a continuación.

Calderona amarilla (Galphimia glauca)

Es un arbusto originario de las zonas de clima seco del norte y centro del país, que también recibe los nombres de ojo de gallina, flor del desprecio y flor estrella. Muchas plantas reciben nombres distintos dependiendo del lugar; revisa en la figura 1 la imagen correspondiente a la calderona y piensa si la conoces. ¿Cómo se llama en el lugar donde vives? (Biblioteca digital de la medicina tradicional mexicana, 2009a).

Plantas mexicanas de uso medicinal tradicional

Figura 1. Fotografías de cinco plantas mexicanas de uso medicinal tradicional y con investigaciones científicas que avalan sus efectos. a) Cuachalalate. b) Guayaba. c) Chicalote. d) Calderona amarilla. e) Chilcuague. Créditos: a) DanielFA8, 2016; b) y c) autoría propia; d) Yercaud-elango, 2015; e) J. Ivan Castro, 2016.

La medicina tradicional enseña el empleo de la calderona amarilla para problemas digestivos, tales como diarrea e infecciones intestinales. Sin embargo, el uso más relevante de la calderona es para los “nervios”, es decir, como tranquilizante y para calmar la ansiedad.

Guzmán Gutiérrez y colaboradores (2014) señalan que, de las aproximadamente 92 plantas mexicanas empleadas para la ansiedad y otros trastornos relacionados, 11 han sido abordadas científicamente, y de éstas, la calderona amarilla es la especie más estudiada. Así, de acuerdo con lo reportado por Sharma y colaboradores (2018), esta hierba posee compuestos con una acción tranquilizante significativa, lo que abre la posibilidad al desarrollo de medicamentos para controlar la ansiedad. Los estudios científicos en este caso también avalan el uso medicinal sugerido por la tradición.

Algunas veces, las especies vegetales son difíciles de identificar, ya que tienen características similares a otras, por ejemplo: la menta y la hierbabuena, o la manzanilla dulce y la manzanilla amarga. Esto mismo pasa con la calderona amarilla, pues comúnmente se confunde con otras plantas, por lo que es importante pedir la opinión de un experto, si se desea utilizarla con fines medicinales.

Nuestra siguiente especie medicinal también tiene que utilizarse con asesoría de una persona experimentada, pues tiene algunas características que hay que tener en cuenta y que veremos a continuación.

Chicalote (Argemone mexicana)

El chicalote o cardosanto es un arbusto de hojas verdes grisáceas con bordes dentados muy visibles y flores blancas o amarillas. Tal vez lo conoces porque es común encontrarlo como maleza en zonas áridas, terrenos baldíos o al borde de algunas carreteras del país.

Esta planta medicinal también se menciona en el códice de la Cruz Badiano con el nombre de xiuhtontli tlanenpopoloua. El conocimiento de esta especie data de la época prehispánica y podemos encontrar una referencia en los murales de Teotihuacán, con sus características hojas, flores amarillas y frutos. Si alguna vez tienes oportunidad de ir a esta zona arqueológica, busca la pintura de este arbusto de flores amarillas.

De acuerdo con Martínez (1979), la medicina tradicional mexicana emplea el chicalote para la irritación e infecciones en los ojos y para enfermedades de la piel. Rubio-Piña y Vázquez-Flota (2013) indican que también se utiliza como sedante, para calmar la tos y como purgante. Sin embargo, su uso no es tan común como el del cuachalalate o de la hoja de guayaba.

Brahmachari y colaboradores (2013) mencionan que el chicalote se emplea en otras partes del mundo para el tratamiento de verrugas, sarna, ictericia y paludismo. En Malí, un país en el noroeste de África, se aprobó un fitomedicamento de Argemone mexicana contra el paludismo. Como podemos ver, este arbusto mexicano también atravesó fronteras para participar en la medicina de otras partes del mundo.

Estos investigadores también resaltan que existen diversos estudios que comprueban la actividad antimicrobiana, contra parásitos intestinales y contra el paludismo. Sin embargo, varios de los compuestos presentes en esta especie, particularmente en la semilla, poseen un efecto sedante y son altamente dañinos para el sistema nervioso, produciendo pérdida de coordinación, mareos y convulsiones.

El chicalote es un buen ejemplo de una especie vegetal con acción medicinal que también posee un afecto tóxico, lo que nos lleva a considerar que los remedios de origen natural, si no se administran correctamente, pueden ser peligrosos, contrario a lo que se piensa de las medicinas naturales.

Dejando de lado las plantas de alta toxicidad, hablemos ahora de una especie que además de tener acciones medicinales, también se utiliza en la cocina.

Chilcuague (Heliopsis longipes)

El chilcuague es un arbusto que crece en la Sierra Gorda de los estados de Guanajuato, Querétaro y San Luis Potosí. Una característica peculiar es que su raíz tiene un sabor pungente, sensación picante y de hormigueo en la boca, por lo que se utiliza como condimento en la elaboración de salsas y guisos, así como para realzar el gusto de bebidas alcohólicas, como el mezcal. Además, esta pungencia también involucra una sensación de adormecimiento y analgesia por lo que, de acuerdo con Cilia-López y colaboradores (2008), la medicina tradicional de la región mencionada usa el chilcuague para tratar los dolores de muelas y de garganta, para afecciones de la piel y calmar el escozor de las picaduras de insectos.

Existen muchos estudios que confirman científicamente la acción de la raíz; por ejemplo, Cariño-Cortés (2010) menciona que esta planta es efectiva contra algunas bacterias y hongos; además, tiene acción analgésica y antiinflamatoria. Recientemente, Luz-Martínez y colaboradores (2024) demostraron que los extractos de chilcuague poseen un efecto antihipertensivo, acción que no está documentada en la medicina tradicional, pero que pone de manifiesto el gran potencial que poseen las plantas empleadas en la medicina tradicional como fuente de compuestos útiles para combatir otros padecimientos además de los indicados por los usos tradicionales.

Siendo el chilcuague una especie con alto valor económico y medicinal, también se hacen estudios para mejorar las condiciones de cultivo y de cosecha, lo que garantiza un alto contenido de componentes medicinales activos, y evita la sobreexplotación que podría llevar a la extinción de esta preciada especie.

Es común encontrar diversos productos de raíz de chilcuague en los tianguis del centro de país, en los puestos de herbolaria e incluso a través de internet, donde se promocionan para tratar diversas afecciones de la piel, infecciones bucales o el malestar de garganta. Si compras alguno de estos productos, experimentarás la característica sensación de hormigueo que produce sobre la piel o en la boca, que te garantiza que efectivamente es chilcuague lo que estás aplicando.

Plantas mexicanas con estudios científicos

Figura 2. Cinco plantas mexicanas con estudios científicos que han comprobado sus acciones medicinales.

Conclusiones

Las plantas originarias del territorio mexicano, como las cinco de las que hemos platicado y que resumimos en la figura 2, forman parte fundamental de la medicina tradicional mexicana, y su uso se ha extendido en ocasiones a otras regiones del mundo. Este conocimiento tradicional, que está siendo corroborado con estudios científicos, ofrece un potencial terapéutico sobresaliente que descansa en la riqueza vegetal de nuestro país. Con ello, también se valida la sabiduría ancestral y se confiere certidumbre científica a su uso.

Las plantas nativas de México son parte de nuestro patrimonio natural y cultural. Sin embargo, toda esta riqueza y potencial medicinal puede perderse si no se implementan estrategias para conocer, valorar y aprovechar de manera sustentable estos recursos. Ser conscientes de esta responsabilidad y actuar para preservar este patrimonio es uno de los desafíos que tenemos como nación.

Referencias

  • Biblioteca digital de la medicina tradicional mexicana. Árnica roja. (2009a). En Atlas de las Plantas de la Medicina Tradicional Mexicana. https://tinyurl.com/bdpf782d.
  • Biblioteca digital de la medicina tradicional mexicana. (2009b). Cuachalalate. En Atlas de las Plantas de la Medicina Tradicional Mexicana. https://tinyurl.com/2cutk8ns.
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Recepción: 2025/07/04. Aceptación: 2026/06/01. Publicación: 2026/08/14.


Este es un artículo de acceso abierto bajo la licencia de Creative Commons 4.0.

Vol. 27, núm. 3 agosto-octubre 2026

TDP-43 y el rompecabezas de las enfermedades neurodegenerativas

Isaías López-Ramírez, Francisco J. Padilla-Godínez, Omar Hernández-González, Luis Oskar Soto-Rojas y Magdalena Guerra-Crespo Cita

Resumen

TDP-43 es una proteína esencial para el funcionamiento neuronal. En condiciones normales se localiza en el núcleo celular, donde participa en la regulación de la expresión genética y el mantenimiento del arn. En diversas enfermedades neurodegenerativas puede desplazarse al citoplasma, acumularse de forma anormal y sufrir modificaciones que alteran su estructura y función, favoreciendo la disfunción y muerte celular. La acumulación de tdp-43 es característica de la esclerosis lateral amiotrófica y la demencia frontotemporal, pero también se observa en enfermedades como Alzheimer y Parkinson. En estos casos suele coexistir con otras proteínas alteradas, como tau, β-amiloide y α-sinucleína, formando las llamadas proteinopatías mixtas. Este artículo propone una visión integradora que sitúa a tdp-43 como un elemento central de distintos procesos neurodegenerativos. Comprender su dinámica celular y los mecanismos que favorecen su agregación podría contribuir al desarrollo de nuevas estrategias terapéuticas.
Palabras clave: tdp-43, neurodegeneración, esclerosis lateral amiotrófica, demencia frontotemporal, proteinopatía mixta.

TDP-43 and the neurodegenerative diseases puzzle

Abstract

TDP-43 is an essential protein for neuronal function. Under normal conditions, it is located in the cell nucleus, where it helps regulate gene expression and maintain RNA homeostasis. In several neurodegenerative diseases, however, it can relocate to the cytoplasm, accumulate abnormally, and undergo chemical modifications that alter its structure and function, ultimately contributing to cellular dysfunction and death. The abnormal accumulation of tdp-43 is a hallmark of amyotrophic lateral sclerosis and frontotemporal dementia, but it is also found in disorders such as Alzheimer’s and Parkinson’s diseases. In these conditions, it often coexists with other misfolded proteins, including tau, β-amyloid, and α-synuclein, giving rise to what are known as mixed proteinopathies. This article proposes an integrative perspective that positions tdp-43 as a central player in multiple neurodegenerative processes. A better understanding of its cellular dynamics and the mechanisms that promote its aggregation may contribute to the development of new therapeutic strategies for these complex disorders.
Keywords: neurodegeneration, amyotrophic lateral sclerosis, frontotemporal dementia, mixed proteinopathy.


Mal plegamiento de proteínas y neurodegeneración

A lo largo de la historia, la humanidad ha enfrentado numerosas enfermedades que han afectado profundamente la calidad de vida de millones de personas. Gracias a los avances médicos, hoy contamos con tratamientos eficaces, a tal grado que incluso hemos logrado erradicar algunas. Sin embargo, las enfermedades neurodegenerativas siguen siendo uno de los mayores retos de nuestro tiempo, tanto para la ciencia como para la sociedad. No sólo deterioran progresivamente el cerebro, sino que también impactan de forma profunda la vida de los pacientes y su entorno.

Estas enfermedades comparten un rasgo central: el mal plegamiento de proteínas y la pérdida progresiva de neuronas, las células encargadas de la comunicación dentro del cerebro y el sistema nervioso. A medida que estas células mueren, se pierden funciones motoras, cognitivas y funcionales, lo que afecta seriamente la autonomía y calidad de vida. Estos trastornos son más comunes en adultos mayores de 60 años, y su prevalencia crece rápidamente con el envejecimiento de la población.

Se estima que más de 50 millones de personas en todo el mundo viven con alguna enfermedad neurodegenerativa. En México, según datos de la Secretaría de Salud publicados en 2023, alrededor de 1.3 millones de personas viven con alguno de estos padecimientos (Dirección General de Comunicación Social, 2023). La más común es la enfermedad de Alzheimer, seguida por la enfermedad de Parkinson. Sin embargo, existen otras menos comunes, pero igualmente devastadoras, como la esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad que provoca la degeneración progresiva de las neuronas encargadas de controlar los músculos, y la demencia frontotemporal, en la que se degeneran principalmente neuronas de las regiones frontal y temporal del cerebro, afectando la conducta, la personalidad y el lenguaje.

A pesar de sus diferencias clínicas, muchas de estas enfermedades comparten mecanismos celulares en común. Uno de ellos es el mal plegamiento y funcionamiento de una proteína clave: TDP-43. Entender cómo esta proteína pasa de ser funcional a convertirse en tóxica es clave para comprender estas enfermedades.

¿Qué es TDP-43 y por qué es tan importante en el cerebro?

Para entenderla, hay que describirla. TDP-43 (por sus siglas en inglés: tar dna-binding protein 43; proteína de unión al adn TAR de 43 kilodaltones) es una proteína compuesta por 414 aminoácidos, codificada por el gen TARDBP. Se encuentra principalmente en regiones clave del sistema nervioso, como el hipocampo (asociado con la memoria), el bulbo olfatorio, distintas áreas de la médula espinal, los lóbulos frontal y temporal, y las células de Purkinje en el cerebelo (Nonaka y Hasegawa, 2018). Su mal plegamiento y agregación citoplasmática se asocia a enfermedades neurodegenerativas como esclerosis lateral amiotrófica y demencia frontotemporal.

Dentro del núcleo, TDP-43 desempeña funciones vitales. Participa en la regulación de genes, en el procesamiento del arn y en la producción de pequeñas moléculas llamadas microarns, que controlan qué genes se activan o desactivan. Cuando sale al citoplasma, TDP-43 participa en la estabilización, traducción y transporte del arn mensajero, esencial para la producción de proteínas. En situaciones de estrés celular, forma parte de unas estructuras temporales conocidas como gránulos de estrés, que protegen al arn y ayudan a las células a adaptarse y sobrevivir (Buratti, 2018).

En condiciones normales, podríamos imaginar a TDP-43 como un gestor de información, que mantiene el orden dentro de la célula: el problema comienza cuando deja de funcionar correctamente.

De reguladora a tóxica: el punto de quiebre de TDP-43

Las neuronas mantienen un equilibrio interno, conocido como homeostasis, que permite que sus funciones ocurran de forma ordenada. Sin embargo, cuando este equilibrio se altera, puede afectar a proteínas clave, como TDP-43. En lugar de permanecer en el núcleo, donde cumple sus funciones, la proteína se acumula en el citoplasma, iniciando su transición de reguladora a tóxica. Esta acumulación contribuye a la degeneración y muerte de las neuronas.

Normalmente, TDP-43 entra y sale del núcleo gracias a sus secuencias NLS y NES (descritas en la figura 1), las cuales actúan como puertas de entrada y salida. Sin embargo, cuando existe una alteración, por ejemplo, por mutaciones como A90V en la NLS, el sistema se rompe, comenzando con la acumulación patológica de TDP-43 fuera del núcleo (Ni et al., 2023).

Características de la proteína TDP-43

Figura 1. Características estructurales de la proteína TDP-43. Consta de dos dominios de reconocimiento de ARN: RRM1 y RRM2, una señal de exportación nuclear (NES), una señal de localización nuclear (NLS), un dominio C-terminal rico en glutamina/asparagina y una región rica en glicina (GLY) donde se encuentran la mayoría de las mutaciones TARDBP y sitios de fosforilación.
Créditos: imagen creada con BioRender por Isaías López-Ramírez.

Una de las regiones más vulnerables de TDP-43 es su extremo C-terminal (figura 1). Su estructura rica en aminoácidos como la glicina, glutamina y asparagina, presenta la mayoría de las mutaciones del gen TARDBP y los sitios de fosforilación para el desarrollo de esclerosis lateral amiotrófica. Además, en esta región se generan fragmentos pequeños de la proteína como resultado de una actividad anormal de enzimas llamadas caspasas. Estos fragmentos son tóxicos para las células y favorecen aún más la formación de agregados patológicos (figura 2).

Otro factor clave en esta disfunción son las modificaciones postraduccionales, cambios químicos que alteran la función y el comportamiento de la proteína. Una de las más frecuentes observada en tejidos de pacientes post-mortem es la hiperfosforilación.1 Estos cambios se deben a cierto tipo de enzimas llamadas quinasas, que “pegan” grupos fosfato2 de más en el extremo C-terminal de TDP-43 y favorecen que la proteína pierda su función normal y aumente su tendencia a formar agregados tóxicos (Gruijs da Silva et al., 2022).

Además, TDP-43 puede sufrir ubiquitinación,3 un mecanismo que consiste en la adición de una o varias moléculas de ubiquitina que marcan a la proteína para su degradación. Este mecanismo es realizado por varias etapas coordinadas por enzimas especializadas. La ubiquitina es de suma importancia ya que se encarga de regular las vías de comunicación dentro de la célula: si TDP-43 falla, la ubiquitina se encargará de que se elimine (Zhang et al., 2022).

TDP-43 y el efecto dominó en el cerebro: de una alteración a múltiples daños

Cuando TDP-43 se acumula de forma anormal en las neuronas, no lo hace en silencio. Su presencia desencadena una serie de procesos patológicos que afectan gravemente la salud celular y contribuyen al avance de enfermedades neurodegenerativas. Una vez que TDP-43 ha hecho esta transición hacia una forma tóxica, sus efectos se extienden a múltiples procesos dentro de la célula, los cuales se describen en la figura 2 .

Procesos patológicos ante la agregación de TDP-43

Figura 2. Esquema de los principales procesos patológicos ante la agregación de TDP-43.
Créditos: imagen creada con BioRender por Isaías López-Ramírez.

Uno de los primeros efectos es el desequilibrio del calcio (Ca²+) dentro de la célula. Un aumento en sus niveles puede activar rutas tóxicas que dañan estructuras internas. Al mismo tiempo, se produce un fenómeno llamado estrés oxidativo,4 en el que se generan moléculas inestables que deterioran lípidos, proteínas y adn (Zuo et al., 2021).

Otro blanco importante es la mitocondria, la estructura encargada de generar la energía de la célula. Cuando TDP-43 interfiere con su funcionamiento, la célula pierde la capacidad de mantenerse activa y funcional. Además, se ve afectado el transporte axonal, el sistema de “carreteras” que permite mover moléculas y organelos a lo largo de las prolongaciones de las neuronas (Gao et al., 2019).

TDP-43 también altera el equilibrio de una molécula llamada glutamato, un neurotransmisor esencial para la comunicación entre neuronas. Su exceso puede generar excitotoxicidad,5 un fenómeno en el que las neuronas se sobreestimulan hasta dañarse o morir. A esto se suma la acumulación de glutamato en las células gliales, las cuales normalmente ayudan a proteger y nutrir a las neuronas (Odierna et al., 2024).

Además de estos efectos principales, existen otros procesos que también contribuyen al daño celular, como la formación de agregados proteicos dentro de la célula y alteraciones en funciones celulares críticas como el procesamiento del arn, el sistema de eliminación de proteínas defectuosas (ubiquitina-proteasoma) y los mecanismos de reparación del adn (Imaizumi et al., 2022).

Finalmente, TDP-43, además de acumularse de forma anormal en las neuronas, también activa procesos de inflamación crónica en el cerebro. Su presencia fuera del núcleo puede estimular a las células inmunes del sistema nervioso para que liberen sustancias inflamatorias (citocinas) que dañan aún más a las neuronas. Esta inflamación no sólo empeora la salud celular, sino que puede acelerar el avance de enfermedades como la esclerosis lateral amiotrófica y la demencia frontotemporal (Bright et al., 2021).

En conjunto, estos múltiples frentes de daño hacen que la acumulación de TDP-43 no sólo sea una consecuencia de la enfermedad, sino también una fuerza activa que impulsa la degeneración neuronal (Nilaver y Urbanski, 2023).

TDP-43 y su asociación con enfermedades neurodegenerativas

Como consecuencia de esta transformación hacia una forma tóxica, TDP-43 se acumula de forma anormal y la podemos observar en diversas enfermedades neurodegenerativas, como la esclerosis lateral amiotrófica y la demencia frontotemporal. Cuando esta proteína se acumula dentro de las neuronas y células gliales, desencadena un deterioro progresivo que afecta funciones vitales como la memoria, la fuerza muscular, el habla, la deglución e, incluso, la respiración (Ding et al., 2021).

Aunque la esclerosis lateral amiotrófica y la demencia frontotemporal presentan síntomas diferentes, ambas enfermedades comparten muchas similitudes a nivel molecular, genético y celular. La diferencia principal está en las regiones del sistema nervioso que afectan, como se puede ver en la figura 3. La esclerosis lateral amiotrófica se caracteriza por la degeneración de las neuronas motoras (las que controlan el movimiento) y presenta inclusiones citoplasmáticas de TDP-43. En cambio, la demencia frontotemporal afecta sobre todo los lóbulos frontal y temporal del cerebro, áreas clave para la personalidad, el lenguaje y la conducta (Babazadeh et al., 2023a). Allí, TDP-43 puede formar tanto inclusiones citoplasmáticas como inclusiones dentro del núcleo de las células.

TDP-43 en diferentes enfermedades neurodegenerativas

Figura 3. TDP-43 en diferentes enfermedades neurodegenerativas. Las zonas cerebrales afectadas en cada padecimiento se identifican con un color: esclerosis lateral amiotrófica (verde), demencia frontotemporal (azul), enfermedad de Parkinson (rosa, zona pequeña en el tallo cerebral) y enfermedad de Alzheimer (amarillo).
Créditos: imagen creada con BioRender por Isaías López-Ramírez.

Lo más interesante es que TDP-43 también aparece en otras enfermedades neurodegenerativas (figura 3). Por ejemplo, en la enfermedad de Parkinson, que normalmente se asocia al mal plegamiento de la proteína α-sinucleína, también se han encontrado depósitos de TDP-43, especialmente en regiones cerebrales relacionadas con el movimiento. Se estima que alrededor del 19% de las personas con la enfermedad de Parkinson presentan acumulaciones de TDP-43 (Martinez-Valbuena et al., 2025).

Por su parte, en la enfermedad de Alzheimer, donde las principales proteínas involucradas son el péptido β-amiloide y la proteína tau, se ha detectado TDP-43 en uno de cada cuatro pacientes. En estos casos, el 75% de las inclusiones se localizan en regiones vinculadas con la memoria, como el córtex entorrinal y el giro dentado, mientras que el 25% restante aparece en áreas frontotemporales. Su presencia se ha relacionado con formas más agresivas de la enfermedad, ya que los pacientes con TDP-43 tienden a tener un deterioro cognitivo más rápido y severo (Meneses et al., 2021).

Estas observaciones han llevado a los científicos a usar el término proteinopatías mixtas, que significa que una misma enfermedad puede involucrar la acumulación de varias proteínas alteradas al mismo tiempo, lo que complica tanto el diagnóstico como el tratamiento. Además de TDP-43, otras proteínas como la huntingtina (asociada a la enfermedad de Huntington) o los priones (implicados en enfermedades como la de Creutzfeldt-Jakob) también pueden participar en trastornos neurodegenerativos (figura 4).

Proteinopatías mixtas

Figura 4. Proteinopatías mixtas. Representación de la distribución de las principales proteínas agregadas y acumuladas en diferentes enfermedades neurodegenerativas: demencia fronto temporal, esclerosis lateral amiotrófica, enfermedad de Parkinson y enfermedad de Alzheimer. En estudios post-mortem se han llegado a encontrar simultáneamente en un mismo padecimiento.
Créditos: imagen creada con BioRender por Isaías López-Ramírez.

¿Qué se está haciendo?

Las enfermedades asociadas a la proteína TDP-43 tienen un problema de origen: son difíciles de ver. Durante mucho tiempo, su diagnóstico sólo podía confirmarse después de la muerte. Sin embargo, los efectos de la transformación de TDP-43 comienzan mucho antes de que aparezcan los síntomas clínicos. Hoy, la ciencia intenta adelantárseles. Las nuevas investigaciones se han centrado en buscar las huellas de TDP-43 en lugares como la sangre y el líquido del cerebro llamado cefalorraquídeo, donde sus niveles cambian en el paciente. Sin embargo, esta pista por sí sola no basta: es necesario combinarla con otros marcadores, como la proteína tau, con lo que la precisión pueda mejorarse.

Estas investigaciones buscan nuevas técnicas de imagen, además de estudios de tejidos más accesibles para construir métodos de diagnóstico menos caros y menos invasivos. Entre ellos, la detección en el plasma de la sangre destaca como una de las apuestas más prometedoras.

¿Podemos frenar a TDP-43 antes de que sea tarde?

Por ahora, no del todo. Actualmente no existe una estrategia que detenga completamente la progresión de estas enfermedades: los tratamientos actuales no detienen la neurodegeneración, apenas contienen sus efectos. Fármacos como el riluzol o la edaravona ayudan a ralentizar el daño en enfermedades como la esclerosis lateral amiotrófica al proteger a las células afectadas, mientras que en la demencia frontotemporal se atienden principalmente los síntomas conductuales con antidepresivos y antipsicóticos.

Aunque estas aproximaciones aún están en fase experimental, marcan un cambio clave: pasar de tratar consecuencias a intervenir en las causas. En ese horizonte, entender a TDP-43 no sólo es descifrar una proteína, es abrir la puerta a nuevas formas de combatir la neurodegeneración (López-Carbonero et al., 2024).

Agradecimientos

Este trabajo fue realizado en el marco del Programa de Apoyo a Proyectos de Investigación e Innovación Tecnológica (papiit) IN227026.

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Recepción: 2025/06/26. Aceptación: 2026/06/01. Publicación: 2026/08/14.


Este es un artículo de acceso abierto bajo la licencia de Creative Commons 4.0.

Vol. 27, núm. 3 agosto-octubre 2026

¿Tiene beneficios la arteterapia en niños con cáncer?

Erika Danae Zepeda Ramírez y María del Consuelo Escoto Ponce de León Cita

Resumen

Detrás de cada diagnóstico de cáncer infantil hay un idioma que muchos niños todavía no saben hablar: el de las emociones. Frente a la quimioterapia, el miedo y la incertidumbre, la arteterapia —disciplina que une el arte con la psicoterapia— ofrece pincel, arcilla o color en lugar de palabras. Este artículo revisa sus fundamentos teóricos, sus antecedentes históricos y su aplicación clínica en la oncología pediátrica, a partir de la literatura científica disponible. Los estudios revisados apuntan a efectos alentadores: mejor regulación emocional, más energía y menos estrés en los pequeños pacientes. Sin embargo, la investigación en población infantil aún es incipiente. El texto concluye que se necesita más evidencia empírica para respaldar su implementación sistemática en hospitales y clínicas pediátricas.
Palabras clave: arteterapia, cáncer infantil, terapia complementaria, bienestar emocional, oncología pediátrica.

Has benefits the art therapy in children with cancer?

Abstract

Behind every childhood cancer diagnosis lies a language many kids haven’t yet learned to speak: the language of emotions. Faced with chemotherapy, fear and uncertainty, art therapy —a discipline that merges art and psychotherapy— offers a paintbrush, clay or color instead of words. This article reviews its theoretical foundations, historical background and clinical applications in pediatric oncology, drawing on the available scientific literature. The studies examined point to encouraging effects: better emotional regulation, more energy and reduced stress among young patients. Still, research in pediatric populations remains in its early stages. The article concludes that stronger empirical evidence is needed to support its systematic implementation in pediatric hospitals and clinics.
Keywords: art therapy, childhood cancer, complementary therapy, emotional well-being, pediatric oncology.


Niño
Créditos: elaboración propia con ChatGPT.

El diagnóstico de cáncer en la infancia constituye una amenaza que trastoca profundamente la vida del niño y de su entorno familiar. Esta situación implica una ruptura drástica en la cotidianidad y exige la activación de recursos psicológicos para afrontar experiencias muy estresantes: tratamientos invasivos, hospitalizaciones, dolor físico y recaídas (Bragado et al., 2014).

Además de los síntomas físicos, los niños con cáncer sufren una huella emocional considerable. Su manera de afrontar la enfermedad depende del nivel de desarrollo cognitivo y psicosocial, lo que puede limitar su capacidad para verbalizar emociones y generar estrategias de afrontamiento eficaces (Méndez et al., 2004). Esta carga emocional y psicológica deteriora, en gran medida, su calidad de vida.

Aunque existen diversas estrategias de apoyo al tratamiento médico convencional —entre ellas, la arteterapia—, la evidencia científica sobre su aplicación en población pediátrica sigue siendo escasa. Conviene distinguir dos conceptos: la terapia complementaria se utiliza junto con los tratamientos convencionales para mejorar el bienestar, mientras que la terapia alternativa se emplea en su lugar.

En este sentido, la arteterapia cumple un papel complementario, no sustitutivo, del tratamiento médico.

En este contexto, la arteterapia se plantea como una intervención psicoterapéutica que facilita la expresión emocional, ayuda a reducir el estrés y aumenta la energía corporal en pacientes oncológicos. No obstante, su uso en entornos clínicos infantiles sigue siendo limitado por la falta de estudios que respalden sus beneficios específicos en esta población.

Por ello, este artículo se propone identificar los beneficios y los efectos de la arteterapia en pacientes pediátricos con cáncer, con énfasis en su efecto sobre la regulación emocional, el aumento de energía física y la reducción del estrés, a partir de la revisión de la literatura científica actual.

Cuando hablamos de cáncer infantil, solemos pensar en quimioterapia, pérdida de cabello y una lucha constante. Pero detrás de cada diagnóstico hay un universo emocional que no siempre encuentra palabras. ¿Cómo se nombra el miedo cuando se tiene sólo seis años? ¿Cómo se dice “me duele” cuando ni uno mismo entiende por qué?

¿Qué es la arteterapia?

La arteterapia es una intervención psicoterapéutica que utiliza el proceso creativo para promover el bienestar emocional, cognitivo y social (Malchiodi, 2013). A través de técnicas como la pintura, el dibujo, el collage o la escultura, los participantes exploran sus emociones y experiencias, sin necesidad de poseer habilidades artísticas previas, ya que el énfasis recae en el proceso, no en el resultado final.

Pintar

Créditos: elaboración propia con ChatGPT.

Esta disciplina, todavía poco extendida, integra el desarrollo humano con modelos de asesoramiento y psicoterapia; se aplica en personas con enfermedades crónicas, discapacidades físicas, trastornos mentales y cáncer (Bitonte y De Santo, 2014; Konopka, 2014). En la actualidad, la arteterapia se utiliza en contextos clínicos, educativos, comunitarios y penitenciarios. Se ha aplicado como complemento en el tratamiento de distintos trastornos: ansiedad, depresión, estrés postraumático, demencias, autismo, cáncer y enfermedades crónicas (Schweizer et al., 2014). La arteterapia ha ganado popularidad porque combina la libre expresión artística con el potencial de una intervención terapéutica significativa. Aunque se apoya en datos y testimonios subjetivos, distintas disciplinas artísticas han beneficiado a pacientes con trastornos diversos —del desarrollo o adquiridos, médicos o psiquiátricos— (Monti et al., 2006).

Naumburg (1966), pionera del enfoque psicodinámico en arteterapia, sostenía que el arte espontáneo permite exteriorizar conflictos internos.

Diversas investigaciones han demostrado que la arteterapia contribuye a una mejor regulación emocional, eleva la autoestima y fortalece la capacidad de recuperación emocional (Malchiodi, 2013). Además, estudios en neurociencia han encontrado que el proceso creativo activa regiones del cerebro relacionadas con el placer, la memoria y la autorregulación (Bolwerk et al., 2014).

Dentro del ámbito hospitalario, la arteterapia se presenta como una herramienta prometedora para la expresión emocional y la reducción del estrés: la creación artística permite replantear experiencias, reorganizar pensamientos y obtener perspectivas personales que, a menudo, mejoran la calidad de vida.

Así es una sesión de arteterapia

Las sesiones de arte pueden ser tan variadas como los dibujos que los niños crean. Algunas se centran en pintar libremente; otras, en modelar con arcilla, hacer un collage o construir una historia visual. Se realizan de forma individual o grupal, según las necesidades. La duración suele oscilar entre 40 y 100 minutos, y la frecuencia puede ser diaria o semanal; esta flexibilidad permite adaptar la terapia al estado físico y emocional de cada paciente o grupo.

El terapeuta, un profesional capacitado, no dirige ni corrige, sino que acompaña. A veces también se suman familiares, enfermeros o médicos, fortaleciendo el vínculo emocional con el niño. En muchos hospitales, estas sesiones se convierten en momentos esperados, en los que los niños se sienten más que pacientes.

La arteterapia no se ciñe a actividades específicas, lo que la vuelve adaptable a la vida cambiante del paciente.

Una terapia que también humaniza

Aunque la arteterapia no reemplaza al tratamiento médico, mejora el estado de ánimo, promueve la comunicación, reduce la ansiedad y el estrés, y refuerza el sentido de identidad.

Frente a terapias como la musicoterapia o la terapia cognitivo-conductual, la arteterapia parece mostrar una eficacia particular en el contexto pediátrico oncológico (Zhou et al., 2025). Aporta flexibilidad, accesibilidad y un componente visual que ayuda a materializar lo no evidente.

¿Tiene beneficios la arteterapia en la regulación emocional?

Un estudio con cinco niños iraníes diagnosticados con cáncer utilizó un programa de arteterapia que incluía pintura, dibujo, collage y psicodrama. Tras ocho sesiones individuales de 40 a 60 minutos, se observó una mayor disposición para expresar pensamientos y emociones, mayor entusiasmo y una mejora general del estado de ánimo (Purrezaian et al., 2024).

Se ha sugerido que las intervenciones basadas en el arte en niños con cáncer disminuyen la ansiedad, la depresión y el enojo, además de mejorar la calidad de vida y promover conductas de afrontamiento más saludables (Motlagh et al., 2023).

Dicho de otro modo, la arteterapia ofrece un espacio seguro y creativo para externalizar emociones difíciles de nombrar. Al involucrarse en actividades artísticas, los niños desarrollan mayor conciencia emocional y nuevas herramientas de afrontamiento, lo que favorece una regulación emocional más eficaz.

Actividades recreativas

Créditos: elaboración propia con ChatGPT.

El arte como fuente de energía

La fatiga es uno de los efectos secundarios más debilitantes del tratamiento oncológico. Y el arte, contra todo pronóstico, puede combatirla. En Irak, un estudio demostró que los niños que asistieron a sesiones grupales de arteterapia recuperaron parte de su energía y mostraron más ganas de participar en otras actividades (Balouchi et al., 2018). Otro trabajo en Irán reveló que los niños que pintaban sufrían menos fatiga que aquellos que no lo hacían (Tahmasebi et al., 2023).

Esto se debe a que el arte genera placer, motivación y, sobre todo, una sensación de control. En un entorno donde todo parece impuesto, el poder elegir qué color usar o qué forma crear se vuelve un pequeño gran gesto de libertad para los niños.

Arteterapia: tu mejor aliado contra las emociones negativas y el estrés

El cáncer infantil genera altos niveles de estrés; precisamente ahí radica uno de los grandes beneficios de la arteterapia: su capacidad para aliviarlo. Dibujar un día lluvioso puede ser la forma de decir “estoy triste”; pintar un sol puede significar “hoy me siento mejor”. La expresión artística permite exteriorizar emociones que, a veces, ni siquiera han sido comprendidas del todo.

Un estudio realizado en Irak, que incluyó a 60 niños diagnosticados con cáncer, aplicó un programa de arteterapia basado en pintura y manualidades: los pequeños que asistieron a sesiones de dibujo, pintura y cerámica mostraron una reducción significativa en sus niveles de estrés y ansiedad, en comparación con un grupo control (Melesse et al., 2022).

Los estudios indican que la arteterapia basada en el dibujo tiene efectos positivos en la reducción del estrés y la ansiedad, y mejora la calidad de vida de los pacientes pediátricos (Patil et al., 2021).

De este modo, al involucrarse en actividades creativas, los niños pueden distraerse de las experiencias médicas estresantes.

Lo que revela la evidencia, por ahora

La arteterapia ha demostrado ser una herramienta terapéutica de gran valor en el acompañamiento emocional de niños con cáncer. La evidencia científica, abundante en adultos, pero todavía incipiente en población pediátrica, muestra beneficios importantes en la regulación emocional, la reducción del estrés y el aumento de energía. A través de actividades artísticas como la pintura, el modelado o el collage, los niños logran expresar emociones complejas, reducir la ansiedad y recuperar una sensación de bienestar físico y emocional.

La arteterapia no solo es una vía de expresión emocional, sino también un recurso para fortalecer la autoestima y mejorar la calidad de vida de los pacientes pediátricos. Las sesiones pueden adaptarse a las condiciones individuales y suelen producir un efecto positivo incluso en períodos cortos de intervención.

Si bien los resultados son alentadores, resulta imprescindible seguir generando investigaciones rigurosas que permitan validar y sistematizar su aplicación en contextos clínicos infantiles. La integración de la arteterapia como complemento de los tratamientos médicos no solo enriquece la atención integral del paciente, sino que también promueve una experiencia más humana, creativa y resistente frente a la enfermedad. Los niños con cáncer merecen más que tratamientos farmacológicos: merecen alegría, juego y un lugar seguro para la libre expresión, y la arteterapia podría ser una excelente vía para ello.

Referencias

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Recepción: 11/06/2025. Aceptación: 01/06/2026. Publicación: 14/08/2026.


Este es un artículo de acceso abierto bajo la licencia de Creative Commons 4.0.

Vol. 27, núm. 3 agosto-octubre 2026

Cuando el corazón afecta la mente: la conexión entre hipertensión y Alzheimer

Elivier García González, Gerardo Iván Gálvez Ortega y José Eduardo Huerta Lépez Cita

Resumen

La hipertensión arterial y el Alzheimer son dos condiciones que, a simple vista, parecen no tener nada en común. Una afecta el corazón y los vasos sanguíneos; la otra la memoria y funciones mentales. Sin embargo, recientes hallazgos científicos revelan una conexión más profunda entre ambas. Este artículo explora cómo la presión arterial elevada, más allá de sus efectos cardiovasculares, puede dañar lentamente el cerebro al crear un entorno propicio para el desarrollo del Alzheimer. Además, se abordan los procesos fisiológicos involucrados en ambas enfermedades y la relación que existe entre ellos.
Palabras clave: hipertensión, Alzheimer, neurodegeneración, proteína tau, péptido beta-amiloide.

When the Heart Affects the Mind: The Link Between Hypertension and Alzheimer’s

Abstract

High blood pressure and Alzheimer’s disease may seem unrelated at first, one affects the heart and blood vessels, the other memory and mental functions. However, recent scientific findings reveal a deeper connection between them. This article explores how elevated blood pressure, beyond its cardiovascular effects, can slowly harm the brain by creating an environment that favors the development of Alzheimer’s. It also delves into the physiological processes involved in both conditions and the relationship between them.
Keywords: hypertension, Alzheimer’s, neurodegeneration, tau protein, beta-amyloid peptide.


Introducción

Todos hemos escuchado en algún momento frases como “tengo la presión alta” o “mi abuelita tiene hipertensión”. Es algo tan común que a menudo se percibe como inofensivo, pero ¿qué efectos tiene la presión alta en nuestro cuerpo? ¿Y en nuestra mente? Otra enfermedad frecuente de escuchar es el Alzheimer, que en algún momento fue erróneamente conocido como “demencia senil”.

Estos padecimientos cobran especial relevancia en la actualidad. En México, la hipertensión arterial es una de las enfermedades crónicas más frecuentes en la población adulta, mientras que el envejecimiento de la población ha incrementado la prevalencia de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.

Aún más, la hipertensión puede ser un factor de riesgo para desarrollar Alzheimer. Pero ¿cómo es posible que tener la presión arterial alta tenga relación con una enfermedad de la mente? Explorar este vínculo permite entender mejor cómo la salud del corazón también puede influir en la salud del cerebro.

Sobre la demencia y el Alzheimer

Neurona
Figura 1. Representación esquemática de una neurona. El recuadro muestra un acercamiento a la membrana celular.
Créditos: elaboración propia.

La demencia es un deterioro progresivo de funciones cognitivas tales como la atención, la memoria, la comunicación y la orientación, entre otras.

Existen varios subtipos de demencia, siendo la enfermedad de Alzheimer la más común, al representar entre 60% y 80% de los casos de demencia (Alzheimer’s Association, 2024; Lyon et al., 2024). El Alzheimer es un trastorno neurodegenerativo progresivo, lo que quiere decir que el daño a la función de las células cerebrales, las neuronas (figura 1), aumenta con el tiempo y afecta principalmente a personas de 65 años o mayores (Alzheimer’s Association, 2024). Es aquí donde la salud cardiovascular cobra importancia, pues diversos estudios han demostrado que puede influir sobre estos procesos neurodegenerativos, los cuales se caracterizan por una acumulación excesiva de dos elementos: el primero corresponde a placas amiloides, y el segundo a ovillos neurofibrilares de proteína tau (Yao et al., 2023). Para comprender esta relación, primero es necesario analizar los efectos que estos dos elementos tienen en nuestro cerebro.

El inicio del deterioro neuronal: placas amiloides y proteína tau

En el cerebro existe una proteína llamada proteína precursora amiloidea (app), que atraviesa la membrana de las neuronas. Normalmente, ésta es cortada por enzimas llamadas secretasas, lo que genera pequeños fragmentos de péptidos (figura 2A), que cumplen funciones importantes, como ayudar en la comunicación entre neuronas y favorecer la adaptación del sistema nervioso (Twarowski y Herbet, 2023).

No obstante, cuando este proceso ocurre de manera anormal (figura 2B) se producen fragmentos más grandes, llamados péptidos beta-amiloide, los cuales no se eliminan fácilmente y tienden a acumularse en el cerebro formando placas amiloides (Alzheimer’s Association, 2024). Dichas placas pueden afectar gravemente al cerebro. Además, al depositarse en los vasos sanguíneos, los endurecen y reducen el flujo sanguíneo. Como consecuencia, disminuye el aporte de oxígeno y nutrientes a las neuronas, lo que contribuye a la pérdida de la función mental (Santisteban et al., 2023; Yao et al., 2023). Asimismo, se ha sugerido que contribuyen a alteraciones en otra proteína clave para el cerebro: la proteína tau (Lyon et al., 2024).

Mecanismo fisiológico/Mecanismo patológico

Figura 2. A) Mecanismo fisiológico normal del procesamiento enzimático de la app. B) Mecanismo patológico en enfermedad de Alzheimer de la formación de placas amiloides a través de la app.
Créditos: elaboración propia.

¿Alguna vez te has preguntado cómo mantienen las células su forma? La clave está en los microtúbulos, estructuras que funcionan como el “esqueleto” de las células; éstos son cadenas de proteínas que dan forma y estabilidad a las neuronas (Ferrari y Sorbi, 2021). Aquí es donde entra en acción la proteína tau, cuya función es unirse a estos microtúbulos para mantenerlos estables (figura 3A) y evitar que se rompan o se desorganicen. Sin esta proteína, el “esqueleto” de la célula pierde su firmeza y las neuronas no funcionan adecuadamente (Wegmann et al., 2021).

El problema aparece cuando se forman placas amiloides en el cerebro (figura 4). Éstas activan moléculas llamadas proteínas cinasas que agregan grupos fosfato a la proteína tau. Cuando este proceso ocurre de manera excesiva se denomina hiperfosforilación. Este cambio impide su unión a los microtúbulos, lo que provoca que la proteína se desprenda y que la estructura pierda estabilidad (Busche et al., 2020). Una vez desprendida, empieza a agruparse formando ovillos neurofibrilares (figuras 3B y 4), una especie de maraña que interfiere con la comunicación neuronal (Sinsky et al., 2021).

La combinación de estos factores puede conducir a la muerte neuronal, lo que se asocia con la pérdida de funciones mentales que caracteriza a la enfermedad de Alzheimer (Alzheimer’s Association, 2024). Como sugieren diversos estudios, es una enfermedad compleja que involucra múltiples causas, siendo la hipertensión una de éstas.

Proteína tau

Figura 3. A) Proteína tau unida a microtúbulos estables. B) Representación del proceso de hiperfosforilación de la proteína tau y sus implicaciones negativas en la estructura celular. P representa los grupos fosfato.
Créditos: elaboración propia.

Ambiente de las neuronas

Figura 4. A la izquierda la representación del ambiente normal de las neuronas; a la derecha, el ambiente de las neuronas en un paciente con enfermedad de Alzheimer.
Créditos: elaboración propia.

Hipertensión: un factor silencioso en el desarrollo del Alzheimer

La presión arterial es la fuerza con la que la sangre empuja las paredes de las arterias mientras circula por el cuerpo. Esta presión es necesaria para que la sangre llegue a todos los órganos, incluido el cerebro, al llevar oxígeno y nutrientes (Whelton et al., 2017).

En el cuerpo existen varios factores que pueden afectar la presión arterial, ya sea incrementándola o disminuyéndola; entre ellos podemos encontrar la frecuencia cardiaca, el consumo de sodio, las hormonas o moléculas como la angiotensina II. Hablamos de hipertensión arterial cuando los valores de la presión arterial están elevados de manera constante, lo que puede provocar daño en distintos órganos del cuerpo, incluyendo el cerebro (Harrison et al., 2021).

Otro elemento clave en esta relación son los receptores para productos finales de glicación avanzada (rages, por sus siglas en inglés). Éstos se pueden activar al reconocer moléculas conocidas como productos finales de glicación avanzada (ages, por sus siglas en inglés), compuestos formados cuando el exceso de azúcar en la sangre se une a proteínas o grasas. Los rages funcionan como detectores de daño y envejecimiento (Yao et al., 2023). En condiciones normales presentan una actividad limitada, que puede activar procesos inflamatorios y generar moléculas inestables capaces de dañar a las células; mecanismos que resultan útiles como una respuesta de defensa rápida. Pero si se activan constantemente, como ocurre en la hipertensión arterial, pueden contribuir al daño de los tejidos del cuerpo (Twarowski y Herbet, 2023).

Una vez revisados algunos de los efectos de la hipertensión arterial en nuestro cuerpo, es posible comprender mejor su relación con el Alzheimer; diversos estudios han sugerido que la hipertensión podría favorecer la formación de placas amiloides y disfunción de los sistemas mediante los cuales el cerebro elimina proteínas y sustancias de desecho (Ferreira Silva et al., 2019). Esto plantea una pregunta clave: ¿por qué ocurre este fenómeno? Para responderla, es necesario analizar con mayor detalle los mecanismos que conectan ambas enfermedades.

De la presión alta al deterioro cognitivo: la conexión oculta

El cerebro requiere una circulación constante de sangre que aporte oxígeno y nutrientes para funcionar de manera adecuada. Además, esta circulación ayuda a eliminar desechos (Santisteban et al., 2023).

Cuando la presión arterial permanece elevada durante años, los vasos sanguíneos del cerebro pueden volverse más rígidos y estrechos, reduciendo el flujo sanguíneo. Esto se ha asociado a áreas de daño cerebral por falta de oxígeno, conocidas como microinfartos cerebrales (figura 5; Lyon et al., 2024).

Impacto del flujo sanguíneo

Figura 5. Representación del impacto del flujo sanguíneo en la salud del tejido cerebral. El recuadro azul muestra un cerebro con irrigación adecuada y aporte suficiente de oxígeno. El recuadro rojo muestra áreas de microinfartos cerebrales asociados a una disminución del flujo sanguíneo debida a alteraciones en los vasos sanguíneos, como rigidez o estrechamiento.
Créditos: elaboración propia.

Ante la presencia de daño, el cerebro intenta adaptarse a éste. Tres de las principales respuestas son: el aumento de la app, la activación de la angiotensina ii y un aumento en la cantidad de los receptores rage.

Así, el cerebro incrementa la producción de app, ya que participa en la reparación y la plasticidad neuronal. No obstante, este aumento tiene un efecto secundario: también eleva la generación de péptido beta-amiloide (Ferreira Silva et al., 2019).

Además, la angiotensina ii es una molécula que normalmente ayuda a regular la presión arterial, pero su activación excesiva debido a la hipertensión favorece la inflamación y puede contribuir al daño de los vasos sanguíneos en el cerebro. Sumado a esto, la evidencia sugiere que activa a las secretasas, lo que acelera el daño a las neuronas (Santisteban et al., 2023).

Por último, se ha observado un aumento tanto en la producción de ages como en la activación de rages. Esto favorece una inflamación prolongada en los vasos sanguíneos del cerebro, lo que dificulta la eliminación de desechos y puede promover la hiperfosforilación (Twarowski y Herbet, 2023; Yao et al., 2023).

Estos hallazgos sugieren que el daño cerebral en el Alzheimer no sólo se origina dentro del cerebro, sino que también puede verse influido por factores sistémicos como la hipertensión. Comprender esta conexión podría ser clave, además de para entender la enfermedad, para su prevención: cuidar el corazón también es cuidar la mente.

Conclusión

A primera vista puede parecer que no existe relación entre la hipertensión y el Alzheimer. La hipertensión, una enfermedad que afecta aproximadamente al 30% de los adultos en México (Campos et al., 2021), y que solemos asociar con el corazón o los vasos sanguíneos, puede, en realidad, tener efectos importantes en nuestro cerebro, no únicamente al reducir el flujo de oxígeno y nutrientes, sino al favorecer la acumulación de sustancias que dañan a las neuronas.

Aunado a esto, algunos factores que normalmente ayudan a regular funciones importantes pueden volverse perjudiciales si se alteran, como es el caso de la angiotensina ii. y los receptores rage. De esta manera, todos estos mecanismos facilitarán en conjunto la creación gradual de un ambiente propicio para el desarrollo de Alzheimer.

Entonces, ¿qué podemos hacer? La respuesta está en la prevención. Hábitos cotidianos como mantener un peso saludable, realizar actividad física regularmente, moderar el consumo de sal y controlar enfermedades como la diabetes pueden ayudar a mantener niveles adecuados de presión arterial. Al cuidar nuestro sistema cardiovascular también protegemos nuestro cerebro, lo que puede contribuir a llegar a la vejez con un corazón fuerte y una mente clara.

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Recepción: 2025/05/23. Aceptación: 2026/06/01. Publicación: 2026/08/14.


Este es un artículo de acceso abierto bajo la licencia de Creative Commons 4.0.

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Revista Digital Universitaria Publicación bimestral Vol. 18, Núm. 6julio-agosto 2017 ISSN: 1607 - 6079